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domingo, 24 de noviembre de 2019

Los hombres del domingo (1930)




Título original: Menschen am Sonntag
Directores: Robert Siodmak y Edgar G. Ulmer
Alemania, 1930, 73 minutos

Los hombres del domingo (1930)


La progresión lógica de los hechos que se expondrán a continuación vino a ser, más o menos, como sigue: Walter Ruttmann, tal vez influido por las teorías del cine-ojo de Vértov, alumbró aquella pequeña gran maravilla que fue (y sigue siendo) Berlín, sinfonía de una ciudad (1927); dos o tres años después, la cinta que ahora nos ocupa, firme precursora de lo que, andando el tiempo y ya en Francia, daría en denominarse Nouvelle vague, añadía a la propuesta la frescura despreocupada de un grupo de domingueros no muy distinto al que mostraría, en la década siguiente, el Renoir de Une partie de campagne (1946).

Con su tono de vida sucediendo en tiempo real, Menschen am Sonntag no sólo se adelantó varios decenios a los Godard, Truffaut y demás gurús surgidos de las páginas de Cahiers du cinéma, sino que muestra en todo su esplendor el potencial de una generación de cineastas que acabaría dando con sus huesos en el Hollywood de posguerra, lo cual, dada la incomprensión que algunos padecieron al ser fagocitados por el inmisericorde sistema de estudios (caso de Ulmer), no siempre fue sinónimo de un final feliz.



En cualquier caso, este primer trabajo de juventud arroja la impronta de una sociedad absorbida por el ajetreo diario y cuyos miembros se muestran deseosos de que llegue el ansiado fin de semana para entonces esparcirse a orillas de cualquier lago, disfrutando de un copioso pícnic en compañía de chicos y chicas de su misma edad. 

Un documento impagable con el que los Wilder, Siodmak e incluso Zinnemann (aunque este último sin acreditar) dejaron constancia de la vida cotidiana en Alemania durante el período previo a la inflación galopante que terminaría conduciendo al país a la quiebra y, más tarde, tras el ascenso al poder del nazismo, a la guerra sin cuartel.


domingo, 24 de febrero de 2019

La escalera de caracol (1946)
















Título original: The Spiral Staircase
Director: Robert Siodmak
EE.UU., 1946, 80 minutos

La escalera de caracol (1946)
de Robert Siodmak

Siempre he sentido debilidad por esta vieja producción de serie B desde que la descubrí, hace ya muchos años, probablemente gracias a algún pase televisivo. E independientemente de sus muchos e imperdonables fallos de guion (¿por qué los protagonistas insisten en bajar al sótano, una y otra vez, alumbrándose con una simple vela, que la ventisca podría apagar en cualquier momento, si en la casa hay varios quinqués?) lo cierto es que The Spiral Staircase ocupa un lugar destacado en mi particular olimpo cinéfilo.

Detrás de la claustrofóbica y expresionista puesta en escena, adornada con la habitual música de theremín de los filmes de misterio de la época, se hallaba un cineasta de singular talento, nacido en Alemania y muerto en Suiza, pero que desarrolló lo mejor de su extensa carrera a caballo entre París y Hollywood. Robert Siodmak (1900–1973) había aprendido el oficio junto a otros miembros destacados de su generación tales como Edgar G. Ulmer, Fred Zinnemann o Billy Wilder, con quienes llevó a cabo el largometraje Los hombres del domingo (Menschen am Sonntag) en 1930.



En La escalera de caracol se hace patente aquello de que menos es más: un primer plano de un ojo, de unas manos crispadas y ya está todo dicho. No hace falta entrar en detalles ni servirse de costosos efectos especiales, sino que Siodmak pone al servicio de la RKO todo su bagaje artístico para lograr una atmósfera entre claustrofóbica y onírica cuya efectividad se ve incrementada con creces dado el mutismo de la protagonista (Dorothy McGuire).

En cualquier caso, y ahí es donde reside precisamente la grandeza del director alemán, hay que saber leer entre líneas los símbolos que encierra esa laberíntica mansión victoriana en la que transcurren los hechos: fiel metáfora del nazismo, el asesino fija su objetivo en los débiles e imperfectos, para quienes considera que no debería haber lugar en el mundo.


jueves, 28 de julio de 2016

El caso de Thelma Jordon (1950)











Título original: The File on Thelma Jordon
Director: Robert Siodmak
EE.UU., 1950, 100 minutos

El caso de Thelma Jordon (1950) de Robert Siodmak

¿Puede el ayudante de un fiscal, casado y con hijos, enamorarse de la mujer a la que debería acusar? The File on Thelma Jordon parte de esta premisa para acabar llegando a un desenlace que por momentos parece prefigurar lo que hará Otto Preminger dos años más tarde en Cara de ángel (Angel Face, 1952), pero que finalmente deriva hacia un final moralizante al estilo de El cartero siempre llama dos veces.

El alemán Robert Siodmak dirigió con maestría a Barbara Stanwyck (Thelma) y Wendell Corey (Cleve) en una película cuya acción arranca una noche cualquiera, cuando Cleve Marshall se queda a trabajar hasta tarde ahogando sus penas con la ayuda de una botella de bourbon. En éstas, una despampanante Thelma Jordon irrumpe en la oficina del Fiscal del Distrito para quejarse de la falta de acción de la policía a la hora de impedir que unos desconocidos penetren en la casa donde ella y su tía anciana residen. Pese a su estado de embriaguez, Marshall quedará prendado de Thelma...

Luego intervendrán un ladrón de joyas llamado Tony Laredo (Richard Rober), la desconsolada esposa de Cleve (Joan Tetzel), el juez, el fiscal, un jurado popular... Evidentemente, nada de todo esto tendría mayor relevancia de no ser porque la relación que mantiene la pareja protagonista es del todo ilícita. Algo que según el estricto Código Hays sólo podía terminar con un merecido escarmiento para ambos.





miércoles, 29 de junio de 2016

Mollenard (1938)








Título alternativo: Capitaine corsaire
Director: Robert Siodmak
Francia, 1938, 106 minutos

Mollenard (1938) de Robert Siodmak

Que es mi barco mi tesoro,
que es mi Dios la libertad;
mi ley, la fuerza y el viento;
mi única patria, la mar.

Espronceda

Mollenard es ese tipo orondo que vemos en el cartel de la película, con la gorra de marinero sempiternamente calada y un puro colgando del labio. De vuelta de todo, nada le intimida si no es la hipocresía del mundo pequeñoburgués del que un día decidió evadirse: como el capitán pirata de Espronceda en el estribillo de la célebre canción que le dedicó, Mollenard podría decir de sí mismo que "su única patria es la mar". Porque, de hecho, se dedica al tráfico de armas cerca de Shangái, aunque más tarde se vea forzado a regresar a Dunkerque, donde, a pesar de ser recibido como un héroe, le esperan también su mujer e hijos...

Porque la esposa, a nuestra izquierda en el cartel, es esa mujer seca de carácter adusto que le aguanta la mirada: carente del sentido de la aventura, para ella las andanzas del marido no son más que la prueba fehaciente de su negligencia en cuestiones familiares. Es imposible verla actuar y no odiarla, tan desabrido resulta su temperamento. Aunque los hombres de Mollenard acudirán al rescate del admirado patrón para devolverlo, a pesar de la enfermedad, a su medio natural.



La importancia de Mollenard/Capitaine corsaire radica en el hecho de que prefigura diversos géneros: por una parte, las escenas ambientadas en China anuncian algunos de los estereotipos que serán habituales en el Cine negro; por otra, las desavenencias familiares entre el marino y su esposa e hijos se enmarcarían en la tradición del realismo poético francés.

¿Y qué pinta Robert Siodmak (1900–1973) rodando películas en Francia? Pues lo de tantos alemanes en los años treinta: hacer tiempo mientras huían de los nazis antes de dar el salto definitivo a Hollywood. En suelo francés apenas rodaría un título más (Trampas, con Maurice Chevalier), para debutar en América, ya en 1941, gracias a West Point Widow.