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martes, 26 de noviembre de 2019

Las hermanas Munekata (1950)




Título original: Munekata kyôdai
Director: Yasujiro Ozu
Japón, 1950, 112 minutos

Las hermanas Munekata (1950) de Yasujiro Ozu

El cine japonés, a partir de ahora, se caracterizará sobre todo por la realización de películas realistas, y aunque seguramente habrá muchas comedias superficiales e improvisadas y películas sensacionalistas que aprovecharán la situación caótica de la posguerra, serán sólo fenómenos transitorios que desaparecerán cuando lleguen las películas realistas comprometidas.

Yasujiro Ozu
La poética de lo cotidiano
Traducción de Amelia Pérez de Villar

Dos hermanas, enamoradas del mismo hombre, pero cuyos respectivos caracteres se definen por rasgos diametralmente opuestos. Una es recatada, sumisa y luce el tradicional kimono; la otra es extrovertida, deslenguada y se viste al modo occidental. La primera está casada con un hombre alcoholizado que la maltrata, mientras que la segunda, soltera irredenta, la anima a rebelarse contra la tiranía del marido.

El simbolismo latente en Munekata kyôdai resulta de una claridad meridiana, de tal manera que cada una de las protagonistas simbolizaría, respectivamente, al antiguo y al nuevo Japón: el de las viejas costumbres deudoras del lastre feudal y, en franca oposición, la nueva sociedad occidentalizada que, con más motivo aún a raíz de la presencia norteamericana en el Archipiélago, lucha por pasar página tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.



Aunque, como acostumbra a suceder con las grandes obras (y ésta lo es), un análisis más en profundidad puede llevarnos a pensar que la relación tóxica de Setsuko (Kinuyo Tanaka) con Ryosuke (Sô Yamamura) representa, en realidad, los malos hábitos que han ido calando en aquel país, conduciendo a la progresiva pérdida de sus esencias o incluso al peso que, como nación milenaria, le correspondería tener en el mundo.

Visto así, el personaje de Hiroshi (Ken Uehara) puede representar, en cierto sentido, un regreso al alma japonesa anterior a la injerencia extranjera. Lo cual explicaría la insistencia por parte de la hermana menor para que Setsuko rehaga su vida junto a él... Sin que ninguna de tales lecturas, evidentemente, tenga por qué condicionar lo que, en el fondo, no deja de ser la típica trama folletinesca con implicaciones familiares tan del gusto de Ozu.


sábado, 16 de noviembre de 2019

Suspendí, pero... (1930)




Título original: Rakudai wa shita keredo
Director: Yasujiro Ozu
Japón, 1930, 65 minutos

Suspendí, pero... (1930) de Yasujiro Ozu

Esta historia es, en cierto modo, la otra cara de Me gradúe, pero... (1929). En ella, un estudiante que debe presentarse a los exámenes de fin de carrera escribe afanosamente todas las posibles respuestas sobre los puños de su camisa blanca. El día del examen, sin embargo, la hija del dueño de la pensión donde vive, llena de buenas intenciones, lava la camisa y al estudiante le suspenden. Por otra parte, todos los que superan el examen buscan trabajo, pero no encuentran nada. Así que el único que se lo pasa en grande con el dinero que le manda la familia es el estudiante suspenso. Una película breve. Con ella empecé a contar con Chishû Ryû en papeles importantes.

Yasujiro Ozu
La poética de lo cotidiano
Traducción de Amelia Pérez de Villar

Se abre la acción con un trávelin lateral que muestra una hilera de estudiantes uniformados, sentados sobre el bordillo de la acera, mientras repasan con denuedo sus apuntes. Lo cual nos sitúa en un contexto académico, pero también, y ése es el verdadero tema de la película, ante la idea de que en las sociedades asiáticas, tradicionalmente competitivas, la educación se concibe sobre todo como un ascensor social de primer orden. De ahí el anhelo con el que dichos alumnos se empeñan en aprobar sus exámenes, aunque sea copiando mediante subterfugios de toda índole.

De modo que, pese a sus innegables aires de comedia juvenil, Rakudai wa shita keredo no deja de ser una crítica contundente contra la corrupción de un sistema que, conviene no olvidarlo, había entrado en crisis a escala mundial, un año antes, con motivo del crac de la bolsa en Wall Street. Y, lo que resulta aún más grave: es la propia juventud la que se presta a medrar a toda costa valiéndose de engaños. Luego el problema está en la base, puesto que los futuros dirigentes del país ven con total normalidad el hecho de obtener el aprobado a cualquier precio.



Asimismo, el filme ofrece también —entre risas y bromas, pero de forma certera— una visión nada halagüeña del sistema educativo japonés, totalmente masificado y obsoleto. Nótese, a este respecto, cómo la imagen que se muestra del profesorado es la de unos individuos ridículamente serios, con mostacho y monóculo, pero incapaces de darse cuenta de que los chicos copian en los exámenes. Sin embargo, será el más gamberro de la clase el único que salga hasta cierto punto airoso: el resto, pese a haber aprobado, se encuentra, ironías del destino, con que buscarse la vida es todavía más difícil que obtener un diploma.

Paralelamente, y en clara oposición a los desmanes de la escuela, la intimidad del ámbito doméstico aparece dominada por la mujer (frente a la aplastante presencia masculina en las aulas). Un espacio en el que, como no podía ser menos, el kimono sustituye al atuendo occidental, pero cuyo interior dista bastante aún de la estilización a la que será sometido por parte de Ozu a medida que vaya alcanzando su madurez creativa.


domingo, 3 de noviembre de 2019

He nacido, pero... (1932)




Título original: Otona no miru ehon - Umarete wa mita keredo
Director: Yasujiro Ozu
Japón, 1932, 100 minutos

He nacido, pero... (1932) de Yasujiro Ozu

Esta película nació del deseo de hacer una película con niños. Es una historia que comienza con niños y termina con adultos. Inicialmente iba a ser alegre, dentro de lo que cabe, pero durante la filmación hubo muchos cambios. Al final se convirtió en una historia tan oscura que la productora dijo que no se esperaba una película así, y tardó casi dos meses en distribuirla a las salas. Con ella decidí, además, no utilizar los fundidos de apertura y cierre, y emplear el corte para pasar de una escena a otra. Después, si no recuerdo mal, no los volví a usar. Los fundidos de apertura y de cierre no son elementos de la gramática del cine: son simplemente características técnicas de la cámara.

Yasujiro Ozu
La poética de lo cotidiano (Escritos sobre cine)
Traducción de Amelia Pérez de Villar

La monumental retrospectiva sobre Ozu que acaba de arrancar en la Filmoteca de Catalunya supone un feliz reencuentro con la obra del cineasta japonés para quienes, hará de esto unos quince años, ya tuvimos ocasión de seguir el ciclo que le fuera dedicado por el mismo ente cuando su sede se hallaba en la sala Aquitania. Mucho ha llovido desde entonces, por lo que se comprende la necesidad de volver cíclicamente, en éste como en casos anteriores (Bergman, Mizoguchi...), a uno de los autores capitales de la historia del cine para que, de esta manera, sea descubierto por una nueva generación de espectadores.

El argumento de He nacido, pero... (1932) resultará de inmediato familiar para quienes ya hayan visto una obra muy posterior del mismo director: Buenos días (Ohayô, 1959), uno de los filmes más populares de Ozu y remake de la cinta que ahora nos ocupa. Sin embargo, quizá porque la circunstancia histórica era para entonces muy distinta en el seno de la sociedad japonesa o simplemente por tratarse de un trabajo rutinario, oportunista, tal vez alimenticio, por parte de un autor ya consagrado dentro de la industria, pero lo cierto es que la versión de finales de los cincuenta no pasa de ser una amable comedia familiar en color, mientras que la cinta muda de principios de los treinta es, como dice el propio Ozu (véase más arriba), "una historia oscura".



Y todo porque la pareja de hermanos protagonista se avergüenza del padre por ser éste un simple empleado a las órdenes de su jefe: una situación que los niños, en su inocencia, no pueden ni entender ni mucho menos aceptar (ellos aspiran a ser, algún día, generales del ejército) y que les lleva a declararse en huelga de hambre (en la edulcorada Ohayô, por cierto, simplemente se negarán a hablar...), llevando a cabo lo que significa un acto de rebeldía, en toda regla, contra la autoridad paterna.

Curiosa derivación de una trama que había comenzado con las típicas pandillas de chicos que se pelean en la calle y que hacen novillos, pero que, tras una interrupción fortuita del rodaje a causa del accidente sufrido por uno de los niños, acabaría adquiriendo tintes subversivos en la línea de Zéro de conduite (1933) de Vigo, rodada, curiosamente, por aquellas mismas fechas. En cualquier caso, el padre, que contempla con sonrisa resignada y afectuosa la reacción de sus hijos, lejos de enfadarse (eso iría contra la afabilidad que rezuma todo el cine de Ozu) da en el clavo al confesarle a su esposa mientras los chicos duermen: "Me pregunto si les espera una vida tan dura como la nuestra..." Terrible vaticinio, hoy lo sabemos, el que suponen tales palabras, toda vez que, una década más tarde, esos mismos niños estarán o luchando en el frente o padeciendo las consecuencias de la bomba atómica...