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domingo, 23 de junio de 2024

La invasión de los ladrones de cuerpos (1956)




Título original: Invasion of the Body Snatchers
Director: Don Siegel
EE.UU., 1956, 80 minutos

La invasión de los ladrones de cuerpos (1956)


Por más que sus creadores negaran cualquier lectura política del filme, parece obvio que el trasfondo de Invasion of the Body Snatchers (1956) bebe del contexto ideológico que se respiraba en aquel entonces en un mundo dividido en dos bloques. No es de extrañar, pues, que tras esa insólita epidemia de histeria colectiva que afecta a buena parte de la población de Santa Mira se esconda alguna alusión velada a cuanto supuso la convulsa "caza de brujas" macartista.

Se da el caso, además, de que la cinta, una producción de Serie B rodada en apenas diecinueve días, se ha ido convirtiendo, con el paso de los años, no sólo en un clásico del cine de ciencia ficción, sino sobre todo en título de culto de dicho subgénero cinematográfico. Entre otras cosas porque su atmósfera inquietante y opresiva depende más de factores de tipo psicológico que no de unos modestos efectos especiales.



Con su fotografía en blanco y negro, rodada en formato SuperScope, la historia se narra mediante un larguísimo flashback en el que el doctor Bennell (Kevin McCarthy) explica minuciosamente sus infortunios a quienes le atienden en el hospital donde ha sido ingresado. Circunstancia que los responsables de la Allied Artists aprovecharon para acabar imponiendo un final "feliz" que, en cierto modo, calmara la inquietud de un público más crédulo que el actual.

Y es que, en el fondo, la puesta en escena de Don Siegel, a partir de un serial de Jack Finney que se había ido publicando en las páginas de la mítica revista Collier's, no aborda exclusivamente una posible invasión alienígena. En realidad, y es ahí donde radica la clave de su éxito, el guion contiene un claro mensaje existencial que plantea interrogantes sobre la identidad y la naturaleza humanas. De ahí la paranoia de unos individuos que asisten con asombro al progresivo reemplazo de sus familiares y amigos por réplicas exactas, aunque desprovistas de emociones.



jueves, 5 de marzo de 2020

Perseguido (1947)




Título original: Pursued
Director: Raoul Walsh
EE.UU., 1947, 101 minutos

Perseguido (1947) de Raoul Walsh


En Más allá del principio de placer, obra cumbre del psicoanálisis y de cuya publicación se conmemora precisamente este año el centenario, Freud exponía una serie de elementos con los que superar lo que hasta aquel entonces había sido el primer estadio de su propia teoría. Planteamiento revolucionario por la importancia que confería a la pulsión de muerte como motor de no pocas conductas humanas.

Y qué mejor escenario para dar rienda suelta a dichas pasiones que el lejano Oeste. Del análisis atento de un wéstern con ribetes de cine negro como Pursued (1947) se desprende que su guionista, Niven Busch, debía de ser un lector voraz del corpus freudiano, teniendo en cuenta la atormentada psique de sus personajes: hermanastros que lo mismo se odian que se aman y una madre adoptiva que tiene mucho de Electra.



Narrada a base de flashbacks, el trauma del protagonista tuvo su origen en la más tierna infancia, momento en el que el niño se vería trágicamente arrancado de un entorno familiar a cuyas ruinas evocadoras regresa al cabo de muchos años. En el ínterin, Jeb (Robert Mitchum) habrá tenido tiempo de ser héroe de guerra en Cuba, donde resulta gravemente herido en una pierna por las balas españolas, y renunciar luego a la gloria, ya de regreso en su hogar de Nuevo Méjico.

Detalles en los que, de haber sido más inteligentes, podrían haber reparado los censores macarthistas durante la caza de brujas y que demuestran hasta qué punto los entresijos de una trama tan retorcida (visualmente subrayada por la profundidad de campo de la esplendorosa fotografía en blanco y negro de James Wong Howe) conectan de pleno con una crítica velada de los valores más rancios del patriotismo yanqui.


viernes, 19 de julio de 2019

El regreso del Capitán Invencible (1983)




Título original: The Return of Captain Invincible
Director: Philippe Mora
Australia, 1983, 96 minutos

El regreso del Capitán Invencible (1983)
de Philippe Mora


¿Es un pájaro? ¿Es un avión? ¡No! ¡Es un bodrio! Pero un bodrio hecho a conciencia, en la línea de las mejores parodias que alumbró la década de los ochenta. Títulos como, por ejemplo, ¡Aterriza como puedas! (Airplane!, 1980) o Top Secret! (1984) o incluso la mítica serie televisiva El gran héroe americano (1981-1986), con la que esta película guarda bastantes puntos en común. Hasta con el universo de nuestro Jesús Franco podría conectar, considerando la presencia en el reparto de Christopher Lee haciendo de malo.

Aunque, si tiramos un poco más atrás en el tiempo, sería posible compararla también con The Rocky Horror Picture Show (1975). De hecho, tres de las diez canciones contenidas en este musical tan sui géneris fueron compuestas por Richard O'Brien y Richard Hartley, responsables de la banda sonora del susodicho filme de culto.



Con todo, conviene señalar que tras la caricatura indisimulada de la figura del superhéroe como salvador de la humanidad se esconde una visión absolutamente agorera del futuro que nos aguarda: "¡Esto ya no hay quien lo arregle!", parece que nos digan los creadores de semejante engendro y, por eso mismo, convierten en protagonista a un "superhombre" torpe y cutre que se dio a la bebida cuando, en pleno macarthismo, el Comité de Actividades Antiamericanas lo acusó de comunista por lucir una capa roja...

Tiene guasa que fueran los australianos quienes imaginasen una historia tan disparatada, probablemente porque, dada su condición de periferia dentro del mundo anglosajón, debían de sentirse legitimados para afrontar con sentido del humor los devaneos de la Administración Reagan en el contexto (eran los últimos coletazos de la Guerra Fría) de la Iniciativa de Defensa Estratégica, más conocida popularmente como "Guerra de las Galaxias". Sin embargo, lo que no tiene precio es ver al ya mencionado Christopher Lee (Mr. Midnight) cantando y bailando como un descosido.


viernes, 1 de marzo de 2019

Llegó del más allá (1953)




Título original: It Came from Outer Space
Director: Jack Arnold
EE.UU., 1953, 81 minutos

Llegó del más allá (1953) de Jack Arnold


¿Ciencia ficción o alegato anticomunista? Probablemente, It Came from Outer Space tiene más de lo segundo que de inocente producción alienígena de serie B. A decir verdad, fueron varias las películas que, en pleno envite macarthista, se valieron del subterfugio sideral para disfrazar la amenaza marxista de platillo volante. Ahí están, si no, La invasión de los ladrones de cuerpos (Invasion of the Body Snatchers, 1956) de Don Siegel o Invasores de Marte (Invaders from Mars, 1953) de William Cameron Menzies para demostrarlo.

Amparándose en un formato eminentemente televisivo, enriquecido con el aliciente de las tres dimensiones, el director Jack Arnold planteaba la hipotética llegada de seres de otro mundo como si de agentes infiltrados se tratase, capaces de adoptar la apariencia de cualquiera de nosotros y, por ende, de ir propagando sigilosamente sus ideas.



Planteamiento burdo donde los haya (casi tanto como el monstruito de un solo ojo que se aloja en el interior de la nave incandescente estrellada en pleno desierto de Arizona), pero que destila el inconfundible encanto de los relatos de Ray Bradbury, autor del texto en el que se basó el guion de Harry Essex.

Con todo, y volviendo a las innegables connotaciones políticas del filme, llama la atención el hieratismo de los replicantes, así como la tendencia a vestirlos con monos de trabajo o, en el caso de la pareja protagonista, con un sofisticado atuendo que podría recordar al de los intelectuales (él) y/o miembros del mundo del espectáculo (ella). Curiosa forma de plasmar en imágenes unos estereotipos que venían no "del espacio exterior", sino de "más allá del Telón de Acero".


viernes, 29 de diciembre de 2017

Trumbo: La lista negra de Hollywood (2015)




Título original: Trumbo
Director: Jay Roach
EE.UU., 2015, 124 minutos

Trumbo (2015) de Jay Roach


No hay nobleza alguna en la muerte. Ni siquiera cuando mueres por defender el honor. Ni aun cuando seas el gran héroe de la humanidad. Ni aun cuando seas tan grande que tu nombre nunca sea olvidado y ¿quién es tan grande? Lo más importante es la vida, muchachos. Muertos no servís nada más que para los discursos. No os dejéis engañar más. No os deis por aludidos cuando os den palmadas en el hombro y os digan "vamos, tenemos que luchar por la libertad" o cualquier otra palabra.

Dalton Trumbo
Johnny cogió su fusil
Traducción de María Susana Eguía

Si hay un nombre que sobresale por encima del resto en la nómina de los Diez de Hollywood, ése es, sin lugar a dudas, el del guionista Dalton Trumbo. Paladín del pacifismo y miembro confeso del Partido Comunista, Trumbo (1905-1976) sería incluido a finales de la década de los cuarenta en la lista negra auspiciada por el Comité de Actividades Antiamericanas del senador MacCarthy. Lo cual, en términos prácticos, se tradujo en su destierro de las grandes producciones, a las que sólo regresaría eventualmente y bajo pseudónimo.

Es muy probable que el personaje real, fumador empedernido y adicto al trabajo, no fuese exactamente el entrañable padre de familia que por momentos se nos muestra en el biopic dirigido por Jay Roach. Pero ya se sabe lo que ocurre con este tipo de películas: en aras de ganarse las simpatías del espectador hay que obviar el lado oscuro del personaje para así darle mayor relieve a su heroísmo. En ese aspecto, Bryan Cranston borda el papel de represaliado que jamás llega a desdecirse de sus ideas ni, mucho menos aún, delatar a sus antiguos camaradas.



Dos son, a nuestro juicio, los momentos estelares en los que el intérprete pone de manifiesto su talento. Uno es el diálogo que mantiene con su hija en una de las escenas iniciales, cuando, preguntado por ésta sobre si ella es también comunista, le responde el padre con un test o más bien parábola a propósito de un sándwich de jamón y queso y sobre si la niña estaría dispuesta a compartirlo o no con alguien hambriento. El otro, ya al final, es el emotivo discurso que Trumbo dirige a la concurrencia con motivo de la concesión del premio Laurel: toda una muestra de cómo reivindicar sin acritud la memoria de aquéllos que todo lo perdieron por atreverse a pensar diferente.

¿La pega? Pues que representar en pantalla a estrellas tan icónicas como John Wayne o Edward G. Robinson mediante actores de hoy en día le resta credibilidad al producto, cosa que en el caso de Kirk Douglas se resuelve bastante mejor gracias al enorme parecido físico de Dean O'Gorman con el mítico intérprete de Espartaco.


domingo, 10 de julio de 2016

Cuerpo y alma (1947)




Título original: Body and Soul
Director: Robert Rossen
EE.UU., 1947, 104 minutos

Cuerpo y alma (1947) de Robert Rossen


Revisar la nómina de profesionales que trabajaron en la producción de Cuerpo y alma pone ciertamente los pelos de punta: dirigida por Robert Rossen, a partir de un guion de Abraham Polonsky, con Robert Aldrich como asistente y montaje de Robert Parrish. Sin duda, ríos de talento (ya que Polonsky, Aldrich y Parrish también dirigirían reputados filmes en el futuro) a los que se sumó la banda sonora de Hugo Friedhofer y las actuaciones de John Garfield (el boxeador Charley Davis) y Lili Palmer (la pintora Peg Born).

En muchos aspectos, la historia narrada en Body and soul es arquetípica: el muchacho humilde de buen corazón e instintos primarios que, sin embargo, está a punto de dejarse corromper por el malévolo entorno de intereses creados que rodea al mundo del boxeo. En ese aspecto, será decisiva la influencia de su madre (Anne Revere, ¡sólo era diez años mayor que John Garfield!) y de su novia Peg, así como el triste final que tendrán sus amigos Shorty (Joseph Pevney) y Ben (Canada Lee): Charley podría haber acabado como ellos, aunque la suerte está de su parte.

El director de fotografía James Wong Howe (en cuclillas y con patines)


La atmósfera de cine negro que se respira en Cuerpo y alma se completa con la intervención de ese "malévolo entorno" al que hacíamos referencia en el párrafo anterior: Quinn (William Conrad) es el cazatalentos sin escrúpulos que guarda un enorme parecido con Orson Welles; Alice (Hazel Brooks) sería la femme fatale que nada tiene que hacer frente a la ternura de Peg; Roberts (Lloyd Gough) es, por último, ese tipo de empresario prepotente que está acostumbrado a comprarlo todo (y a todos) con sus fajos de billetes, pero al que Charley dejará con un palmo de narices al final de la peli.

Lástima que en la vida real ni los pérfidos muerden siempre el polvo ni los combates amañados se suelen frustrar frente a la integridad del púgil: si hay algo que flota alrededor de un filme como Body and soul es el triste recuerdo de la caza de brujas macarthista que tan gravemente afectó a la carrera de buena parte de quienes trabajaron en él. Aunque esa es otra historia y ya no tiene remedio. Suerte que al menos nos quedan las películas como consuelo...


viernes, 28 de agosto de 2015

Mi hijo John (1952)




Título original: My Son John
Director: Leo McCarey
EE.UU., 1952, 122 minutos

Mi hijo John (1952) de Leo McCarey


Si preguntáramos a día de hoy a cualquier padre de familia cuál sería la revelación más preocupante o incluso más decepcionante que podría recibir procedente de un hijo, casi con toda seguridad respondería algo relacionado o bien con su salud o bien con su conducta. Sin embargo, formulando la misma cuestión en Estados Unidos durante los años cincuenta a buen seguro que habría que prever otra contestación: que fuera comunista. Comunista... y, por supuesto, espía, porque al parecer una cosa era indisociable de la otra en el imaginario colectivo.

Quienes acuñaron la expresión "Caza de brujas" para referirse al macarthismo no exageraban un ápice, tal era el terror que suscitaba el más mínimo atisbo de ideología izquierdista en la América de la Guerra Fría. Más allá de lo que pensaran o defendieran sus partidarios, el Comunismo se demonizó hasta tal punto que la visión que de él se ofrecía en los medios de comunicación y de propaganda rayaba en lo esperpéntico. Y el cine no fue una excepción.

Uno de los mejores ejemplos que ilustran este periodo es Mi hijo John, dirigida en 1952 por Leo McCarey y con el malogrado Robert Walker como protagonista (de hecho, el actor murió con apenas 32 años durante el rodaje de esta película, lo cual obligó a rehacer algunas escenas insertando planos procedentes de Extraños en un tren de Hitchcock, estrenada un año antes).

Robert Walker (John) y Helen Hayes (Lucille)


Los Jefferson representan la típica familia tradicional de la América profunda, católicos practicantes y fervientes patriotas. Herederos de los valores que les han sido inculcados, dos de sus tres hijos se han marchado a luchar al frente. Pero el descastado John, el tercer hermano, es harina de otro costal: el "intelectual" de la familia, parece haberse distanciado de la manera de pensar de sus padres desde que se fue a vivir a Washington.

Hasta aquí todo más o menos normal. Lo llamativo del caso es cómo afrontan los Jefferson la situación y, por ende, la visión que de los personajes nos ofrece la película. De entrada, John es mostrado como un tipo raro, extremadamente cínico en sus comentarios y reacciones. Se diría, incluso, que parece más bien un desequilibrado convaleciente de algún tipo de trastorno. Su padre (Dean Jagger), a su vez, pierde la paciencia y hasta los papeles a medida que constata la diferencia de criterios que lo separa de su hijo. A fin de cuentas, él es un hombre poco inteligente que presume de su fe ciega hasta en las partes de la Biblia que no entiende.

Undécimo mandamiento: "No golpearás la cabeza de tu hijo con una biblia"


La madre (Helen Hayes) es menos temperamental y en un principio parece comprender mejor a John, ejerciendo de mediadora entre él y su padre. De hecho, Lucille es todo corazón y posee, además, un peculiar sentido del humor: por ejemplo, recibe al agente Stedman del FBI (Van Heflin) ataviada con unas plumas de indio o bromea por teléfono con uno de sus hijos: "¡He recibido el quimono que me mandaste, pero echo en falta la pipa para fumar opio!" Hay un momento en el que incluso parece por fin conectar con John a raíz del precepto bíblico de amor al prójimo y ayuda al necesitado, pero se trata tan solo de un espejismo que muy pronto se desvanece y la buena mujer se irá desmoronando conforme las evidencias confirmen sus recelos.

La madre interponiéndose entre su hijo y el agente Stedman (Van Heflin)


En todo caso, las reacciones de unos y de otros ponen de manifiesto la incomodidad que suscita un tema tabú, la palabra impronunciable que nadie se atreve a emplear porque en ella se condensan todos los males habidos y por haber: Comunismo.

"¿Qué dirá la gente...?"


Respecto a la reaccionaria diatriba final, con abjuración de ultratumba incluida, no hay palabras: el calificativo más oportuno para definirla sería quizá el de antítesis del discurso de Chaplin en El gran dictador. Sólo el contexto político e histórico del momento disculpan hasta cierto punto semejante desvarío, cuya finalidad última no parece tanto convencer a los indecisos sino el regocijo de los ya persuadidos.

Helen Hayes y Leo McCarey durante un descanso del rodaje