Mostrando entradas con la etiqueta Olivier Gourmet. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Olivier Gourmet. Mostrar todas las entradas

miércoles, 21 de diciembre de 2022

Eugénie Grandet (2021)




Director: Marc Dugain
Francia/Bélgica/Reino Unido, 2021, 103 minutos

Eugénie Grandet (2021) de Marc Dugain


Los avaros no creen en una vida futura, el presente lo es todo para ellos. Esta consideración proyecta una horrible claridad sobre la época actual, en la que, más que en cualquier otro tiempo, el dinero domina las leyes, la política y las costumbres. Instituciones, libros, hombres y doctrinas, todo conspira para minar la creencia en una vida futura, sobre la cual está apoyado el edificio social desde hace mil ochocientos años. Ahora, el féretro es una transición poco temida. El futuro, que nos esperaba más allá del Réquiem, ha sido trasladado al presente. El pensamiento general es llegar por fas o por nefas al paraíso terrenal del lujo y de los goces vanidosos, petrificarse el corazón y macerarse el cuerpo para obtener posesiones pasajeras, como se sufría antaño el martirio de la vida para conseguir los bienes eternos; pensamiento escrito en todo, hasta en las leyes que preguntan al legislador: «¿Qué pagas?», en vez de decir: «¿Qué piensas?» Cuando esta doctrina haya pasado de la burguesía al pueblo, ¿qué será del país?

Honoré de Balzac
Eugénie Grandet (1834)
Traducción de Luis Romero

Enésima adaptación cinematográfica del clásico de Balzac, esta vez a cargo de Marc Dugain, el mismo cineasta (además de consumado narrador, por cierto) que ya nos deleitara hace algunos años con la interesante cinta de ambientación histórica Cambio de reinas (L'échange des princesses, 2017). Sin embargo, y a diferencia de la magistral novela de la que parte —todo un portento en lo concerniente al grado de penetración en el alma humana del que hace gala el prolífico autor decimonónico—, el filme que nos ocupa tira más por la vía de la contención dramática. Algo del todo comprensible si se tiene en cuenta que los gustos actuales del público distan enormemente de la emotividad propia de la literatura de hace dos siglos. Así pues, el avaro padre de familia que interpreta Olivier Gourmet, pese a encajar de pleno en el perfil de viejo tonelero, carece de aquel característico toque un tanto pueril del personaje.

Pasa un poco lo mismo con la madre (Valérie Bonneton) y la hija (Joséphine Japy), desprovistas de buena parte de la inocencia que destilan en las páginas del libro. Y es que Dugain, si bien acierta a recrear la atmósfera fría y austera que se respira en la vieja casa solariega de Saumur, prescinde, en cambio, de la sutil ironía con la que el narrador del texto adorna continuamente su perspicaz análisis de aquel microcosmos provinciano. Una simplificación con respecto a la sofisticada fuente literaria que visualmente se concreta en la insistencia con la que la cámara capta en contrapicado a los actores, añadiéndoles una nota trascendente a costa de restarles causticidad.



Queda claro, por lo tanto, que, fruto de dicha puesta al día, las motivaciones que determinan la conducta de los personajes responden a una sensibilidad más actual que romántica. Buena prueba de ello es la fugaz escena de sexo que protagonizan Eugénie y su primo Charles (César Domboy), en abierta oposición con las cándidas promesas de amor eterno que ambos se dedican en la novela. O, más evidente todavía, la "sobria" reacción del padre (en contraste con el desproporcionado berrinche que describe Balzac) cuando descubre que su hija y única heredera se ha deshecho de sus joyas. En esa misma línea, el reencuentro final entre los primos, otra licencia con respecto al libro, ayuda a resolver la puesta en escena de lo que, en principio, era un simple intercambio epistolar.

Consideraciones, al margen de la cuidada fotografía de Gilles Porte o unas excelentes localizaciones en el Valle del Loira, que permiten concluir el carácter meramente superficial de una producción tan correcta como falta de vigor.



lunes, 12 de septiembre de 2022

El tiempo del lobo (2003)




Título original: Le temps du loup
Director: Michael Haneke
Francia/Austria/Alemania, 2003, 114 minutos

El tiempo del lobo (2003) de Michael Haneke


Nunca llega a saberse con certeza el motivo exacto del cataclismo que tiene lugar en Le temps du loup (2003). En un momento dado, los personajes apenas mencionan unas "dificultades pasajeras de abastecimiento". Y eso es todo. Sin embargo, y probablemente a causa de ese mismo desconocimiento, se apodera del espectador una angustiante sensación de vulnerabilidad semejante a la que padecen los personajes en la ficción. A fin de cuentas, si alguna vez llegáramos a un colapso de tales proporciones, el caos generalizado y la lucha feroz por la supervivencia tampoco nos permitirían conocer con detalle el origen de la catástrofe.

Tal vez sea ésta una de las películas más oscuras de Haneke, que ya es decir. Lóbrega en cuanto a iluminación y fotografía se refiere, pero también en sentido figurado por lo sombrío de un argumento que no nos da tregua de principio a fin del relato. Su tesis, si es que la tiene, coloca a la humanidad en una situación límite que cuestiona los principios más básicos de la civilización. Así las cosas, y enfrentado al trance de subsistir en un mundo inhóspito, el individuo queda reducido a un mero depredador y poco más.



De fondo resuena el eco lejano de Hobbes (1588-1679) y aquello de que "el hombre es un lobo para el hombre". Lo vemos una y otra vez en las continuas discusiones que sostienen los damnificados por tanta barbarie, constantemente expuestos a sufrir las consecuencias de la ley del más fuerte. Y es que bajo dichas circunstancias, un bidón de agua, una bicicleta o un simple encendedor dejan de ser objetos cotidianos para convertirse automáticamente en codiciadas pertenencias por cuya posesión la gente estaría dispuesta a matar si hiciese falta.

Por último, otra de las fuentes de inspiración de Haneke a la hora de escribir este filme, tal y como hemos señalado más de una vez, pudiera haber sido La vergüenza (Skammen, 1968) del sueco Ingmar Bergman. De hecho, ambas cintas abordan la eventual irrupción de la anarquía en un contexto hasta entonces apacible, como si intentasen advertirnos del carácter voluble de nuestra teóricamente sólida sociedad del bienestar. Queda por ver, el tiempo lo dirá, si ello obedece a la lógica de una distopía o si, por contra, se trata de una alarmante premonición de nuestro futuro inmediato.



lunes, 26 de agosto de 2019

Una íntima convicción (2018)




Título original: Une intime conviction
Director: Antoine Raimbault
Francia/Bélgica, 2018, 110 minutos

Una íntima convicción (2018) de Antoine Raimbault


Una película de juicios a la antigua usanza, pero con el aliciente de que muestra las interioridades del aparato judicial francés a partir de un caso verídico, algo no muy frecuente en comparación con la acostumbrada presencia en el cine de Hollywood de la maquinaria procesal norteamericana. En todo caso, de un tiempo a esta parte no son pocos los títulos de la cinematografía gala en los que el poder persuasivo de la palabra posee un papel preponderante: Una razón brillante (Le brio, 2017), A viva voz (À voix haute, 2016), etc., etc.

De ser cierto lo que indican los créditos finales, Nora (Marina Foïs) es el único personaje ficticio de cuantos intervienen en Une intime conviction. Todos los demás, incluido el letrado Eric Dupond-Moretti (Olivier Gourmet), aparecen con los mismos nombres que en la vida real, lo cual da una idea del grado de implicación del debutante Antoine Raimbault a la hora de documentarse para el que ha sido su primer largometraje.



Éste es un filme en el que se emplea muy a menudo el vocablo verdad, esa criatura escurridiza tras la que media humanidad anda a vueltas y que es tan cambiante como el parecer de cada cual. En ese sentido, Nora está convencida de la inocencia de Viguier (Laurent Lucas) y removerá Roma con Santiago hasta conseguir que se repita el juicio. Queda claro, pues, que para esta cocinera con vocación de abogada defensora no hay más certeza que el hecho de que el acusado no mató a su mujer, por lo que no se arredrará ni ante la incomprensión de su entorno familiar y laboral ni ante cualquier otro impedimento con tal de que se haga justicia.

Lo preocupante vendrá cuando la obsesión por el tema adquiera tintes enfermizos, llegando a poner en peligro no sólo su estabilidad personal (es madre soltera de un menor y mantiene una relación con un compañero de trabajo), sino incluso su integridad física. Y es que tantas horas escuchando, en busca de alguna pista, las cintas con los centenares de conversaciones telefónicas de los encausados son capaces de desquiciar a cualquiera. Con todo, y tras arduos esfuerzos, servirán para que el discurso final del letrado, en la más pura tradición de los clásicos del género, sea un soberbio ejercicio de elocuencia de los que hacen historia.


miércoles, 3 de julio de 2019

El joven Karl Marx (2017)




Título original: Le jeune Karl Marx
Director: Raoul Peck
Francia/Bélgica/Alemania, 2017, 118 minutos

El joven Karl Marx (2017) de Raoul Peck


La lucha entre el capitalista y el asalariado comienza con la relación capitalista misma, y sus convulsiones se prolongan durante todo el período manufacturero. Pero no es sino con la introducción de la maquinaria que el obrero combate contra el medio de trabajo mismo, contra el modo material de existencia del capital. Su revuelta se dirige contra esa forma determinada del medio de producción en cuanto fundamento material del modo de producción capitalista.

Karl Marx
"Lucha entre el obrero y la máquina"
El capital
Traducción de Manuel Pedroso

Es muy probable que la imagen que habitualmente se tiene de Marx, condicionada por el uso que de ella hicieron los antiguos regímenes socialistas, sea la de un viejo barbudo, adusto y rancio. De ahí la audacia de añadirle el adjetivo joven para devolverle al personaje un atractivo que hace mucho tiempo que perdió.

En ese sentido, el último trabajo del haitiano Raoul Peck (Puerto Príncipe, 1953), aunque dista mucho de ser un filme redondo, acierta a presentar desde una óptica moderna (y no exenta de superficialidad) un período histórico y unos personajes de vital importancia para el ulterior desarrollo del mundo tal y como lo conocemos hoy en día.

La Liga de los justos


El afianzamiento de la Revolución industrial y el consiguiente advenimiento del proletariado fueron el caldo de cultivo para que una nueva hornada de teóricos (Engels, Proudhon, Bakunin, el propio Marx...) abogase por otra forma de entender la filosofía, menos encaminada a describir la realidad y vocacionalmente predestinada a transformarla.

Coproducida, entre otros, por el también cineasta Robert Guédiguian, uno de los principales abanderados del cine social europeo, Le jeune Karl Marx alterna diálogos en francés, inglés y alemán para reivindicar la vigencia de una ideología que dejó buena parte de su ímpetu primitivo por el camino.


viernes, 12 de abril de 2019

Un pueblo y su rey (2018)




Título original: Un peuple et son roi
Director: Pierre Schoeller
Francia/Bélgica, 2018, 121 minutos

Un pueblo y su rey (2018) de Pierre Schoeller


Demasiada solemnidad y poca realidad. O lo que viene a ser lo mismo: mucho Delacroix y apenas nada de Bresson. Porque a pesar de un cuidado diseño de vestuario y de sus localizaciones esmeradamente elegidas y/o reconstruidas, Un peuple et son roi no pasa de ser, sin embargo, un simple cromo histórico lastrado por las interpretaciones excesivamente enfáticas de su prestigioso elenco de actores. Con esto no se pretende desmerecer el trabajo del director Pierre Schoeller, sino simplemente recordar que el cine es (debería ser) otra cosa.

A buen seguro que los profesores de Historia, a la hora de ilustrar en sus clases lo que supuso la Revolución Francesa, sacarán un enorme partido de los vehementes discursos de Robespierre (Louis Garrel) o de Marat (Denis Lavant) en la recién inaugurada Asamblea Nacional. Pero, aun así, el simple espectador, el cinéfilo que, todavía en 2019, se adentra en la penumbra de la sala de proyecciones en busca de un ápice de verdad, difícilmente puede, tras dos horas de recreación reverencial y marmórea, salir del todo satisfecho.

Louis Garrel caracterizado como Robespierre


Hay, eso sí, determinados momentos en los que se produce algún que otro hallazgo. Como la escena en la que los protagonistas, miembros del Tercer Estado, contemplan absortos la demolición de la Bastilla: al sentir sobre sus rostros los rayos de sol, hasta entonces ocultos por las torres de la fortaleza, experimentan una fascinación similar a la de los simios de 2001 frente al monolito. Un influjo, el de Kubrick, que, por extraño que parezca, volvemos a percibir en escenas de interior, iluminadas con velas, un poco a lo Barry Lyndon. A fin de cuentas, ¿no fue precisamente Kubrick quien pasó décadas preparando un megalómano proyecto, que nunca llegaría a materializarse, sobre Napoleón?

Titular Un pueblo y su rey una película que versa, entre otras cosas, sobre la ejecución de Luis XVI deja la puerta abierta a posibles interpretaciones sobre la simpatía que, a día de hoy, algunos franceses puedan sentir hacia la figura del monarca guillotinado. En cualquier caso, las calles de París se llenan últimamente de otro tipo de "revolucionarios", los gilets jaunes ("chalecos amarillos") cuyas reivindicaciones, como las de los sans culottes de hace más de dos siglos, aspiran a saciar la sed de justicia social de los sectores más desfavorecidos de la sociedad.


miércoles, 20 de febrero de 2019

Cambio de reinas (2017)




Título original: L'échange des princesses
Director: Marc Dugain
Francia/Bélgica, 2017, 100 minutos

Cambio de reinas (2017) de Marc Dugain


Cuando estudiábamos la Historia de España en el colegio, se solía pasar de puntillas sobre el reinado de Luis I, "el Bienamado" o "el Liberal", básicamente porque el suyo —apenas 229 días que van desde enero de 1724 hasta agosto de ese mismo año— sigue ostentando, en la actualidad, la dudosa marca de haber sido el más efímero de todos los tiempos en lo que respecta a la monarquía española.

La ventaja de un filme como L'échange des princesses —dirigido por Marc Dugain e interpretado, entre otros, por Lambert Wilson (Felipe V) o el joven Kacey Mottet Klein (el malogrado rey de 17 primaveras)— es que le pone cara a personajes de los que, hasta la fecha, sólo conocíamos su vida y milagros. Factor nada desdeñable y que, automáticamente, convierte a la película en candidata a ilustrar no pocas lecciones sobre la materia en institutos y facultades universitarias.



La anécdota en cuestión gira en torno a un peculiar pacto de Estado entre la Corona Hispánica y la Francesa, que consiste, tal y como recoge el elocuente título de la cinta, así como la novela homónima de Chantal Thomas en la que está basada, en intercambiarse sendas futuras herederas con la finalidad de zanjar, así, las severas diferencias que habían conducido a ambas naciones a hacerse mutuamente la guerra.

Factor que adquiere una relevancia aún mayor, si cabe, dada la corta edad de los contrayentes: Luis XV de Francia (11) y la párvula María Ana Victoria (4); Luisa Isabel de Orleáns (12) y el enfermizo Príncipe de Asturias (15: le quedaban dos para fallecer...). Y poco más: vistoso dispendio en vestuario y localizaciones versallescas; algún que otro conato de sensualismo sáfico o efébico; la extraña conducta (históricamente contrastada) de la reina consorte española; etc. Vamos: lo que de siempre se ha llamado una película de época.


lunes, 6 de agosto de 2018

Dos mujeres (2017)




Título original: Sage femme
Director: Martin Provost
Francia/Bélgica, 2017, 117 minutos

Dos mujeres (2017) de Martin Provost


Los créditos iniciales de Dos mujeres (que en Hispanoamérica se ha estrenado como El reencuentro) juegan con el doble sentido del título original haciendo aparecer y desaparecer un simple guion: Sage-femme ('Comadrona') versus Sage femme ('Mujer sabia'). De acuerdo con ese detalle el mismo calificativo serviría para designar a ambas protagonistas: Claire (Catherine Frot) porque ése es su oficio; Béatrice (Catherine Deneuve) porque su filosofía de vida, aparentemente caótica y nada convencional, demuestra, sin embargo, una profunda sabiduría.

Son, en realidad, personas antagónicas a las que el destino se ha empeñado en dar una última oportunidad para complementarse, comprenderse, perdonarse o como se le quiera llamar. Y, pese a lo mucho que las separa, ambas comparten un hecho capital que es que las dos se encuentran, por diferentes motivos, en un momento crucial de sus respectivas existencias: a Béatrice le acaban de diagnosticar un tumor cerebral; Claire, en cambio, recibe la noticia de que va a ser abuela al mismo tiempo que inicia una relación con un vecino (Olivier Gourmet) y se confirma el cierre de la maternidad en la que trabaja.



Hay, por otra parte, una historia en común: Béatrice fue la amante del padre de Claire, aunque un buen día desapareció del mapa sin dejar rastro, cosa que la partera no parece haber olvidado. Y es que Claire ni tiene amigos ni se relaciona con su propia madre, de la que apenas sabemos nada ni llega a aparecer en toda la película, lo cual subraya la misantropía en la que vive instalada casi tanto como esa horrible gabardina de la que nunca se desprende y que Béatrice no soporta.

Una, extremadamente sincera y sobria, ha traído al mundo a muchas criaturas; la otra, capaz de construirse un personaje a medida (el de supuesta princesa húngara) que le ha permitido vivir holgadamente del cuento, se apresta a una muerte tal vez inmediata. En definitiva, cara y cruz de una misma moneda, como se confirma en la secuencia en la que Simon (Quentin Dolmaire), que es el vivo retrato de su abuelo (campeón olímpico de natación), irrumpe en el cuarto en el que Béatrice está mirando viejas diapositivas junto a Claire: en un instante, casi mágico, quedan superpuestas las imágenes de ambos sobre la pared y Béatrice tiene la sensación de viajar en el tiempo, sobre todo cuando el muchacho la besa.


lunes, 1 de mayo de 2017

Río arriba (2016)




Título original: En amont du fleuve
Directora: Marion Hänsel
Bélgica/Holanda/Croacia, 2016, 90 minutos

Río arriba (2016) de Marion Hänsel

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca 
pide que el camino sea largo, 
lleno de aventuras, lleno de experiencias.

Konstantino Kavafis

1º de mayo. Cuatro de la tarde. Los Cines Girona son los únicos en toda la ciudad que proyectan En amont du fleuve. Así que aprovechamos para verla antes de que la vorágine de estrenos arramble con ella y con otras joyas de la cartelera. La dirige la marsellesa Marion Hänsel, aunque la película es una coproducción entre Bélgica y Holanda que se ha rodado en Croacia.

Y el planteamiento no puede ser más simple: dos hermanos (interpretados por Olivier Gourmet y Sergi López) navegan a través de los ríos de aquel país intentando esclarecer la reciente muerte del padre. En realidad son hijos de madres distintas y se acaban de conocer, lo cuál confiere una profundidad aún mayor al sentido último de su búsqueda. Aunque teniendo en cuenta que uno de ellos se llama Homer, el referente de la Odisea salta enseguida a la vista. Queda por ver, entonces, si ambos lograrán alcanzar su Ítaca particular.



Tanto el uno como el otro son muy diferentes y han seguido caminos del todo dispares en la vida: Homer como camionero y Joé como escritor de éxito. En todo caso, la travesía les servirá para irse conociendo mutuamente, al tiempo que aflora el recuerdo de un padre bestial. Homer (Gourmet) no tuvo ocasión de conocerlo personalmente, pero al beber más de la cuenta se comportará con similar violencia, como constata enseguida Joé (López).

Pero la irrupción de un tercer elemento, el irlandés Sean (John Lynch), añadirá una nota de inquietud al periplo de los hermanos: armado con un rifle y teóricamente encargado de preservar la flora y la fauna del lugar, parece ser, sin embargo, que sabe más de lo que admite sobre las circunstancias que rodearon la muerte del padre.


viernes, 17 de marzo de 2017

El hijo (2002)




Título original: Le fils
Directores: Jean-Pierre y Luc Dardenne
Bélgica/Francia, 99 minutos

El hijo (2002)


La exmujer de un circunspecto maderero que se gana la vida enseñando el oficio a muchachos problemáticos se presenta un buen día en su casa para comunicarle que está embarazada y que piensa casarse de nuevo. He ahí el punto de inflexión que hará reaccionar al hombre.

Lo comentábamos hace unos días al hablar de Rosetta (1999) y volvemos a insistir en ello tras el visionado de Le fils: la cámara de los Dardenne atosiga hasta tal extremo a los personajes (sobre todo al carpintero interpretado por Olivier Gourmet) que acaba por incordiar también al espectador. Como si de una mosca cojonera se tratase, el objetivo se adhiere al cogote del protagonista para no soltarlo ni a la de tres: ¿que el hombre sube unas escaleras? Pues allí que se va la cámara tras él; ¿que echa a correr? Pues tres cuartos de lo mismo.



De nuevo sin un ápice de música incidental; de nuevo ahondando en una depuración estilística que es más una deconstrucción conducente a mostrar las contradicciones y ambigüedades de la condición humana. Porque en el caso de Olivier el hijo muerto se irá paulatinamente transformando en un hijo recobrado. Y, al mismo tiempo, en ese proceso de aceptación el carpintero se convertirá para el joven Francis (Morgan Marinne) en una figura paternal que llene el vacío que le condujo a delinquir y acabar absurdamente con la vida de otro muchacho...

En esa misma línea, la situación planteada en El hijo por la pareja de cineastas belga sería una carambola del destino, en la que el adulto, a punto de incurrir en el mismo error que arruinó la vida del joven, pecará muy a menudo de medroso frente a la valiente generosidad del menor. Por lo que no le quedará más remedio, mal que le pese, que ir poco a poco tomándole cariño.


jueves, 9 de marzo de 2017

Rosetta (1999)




Directores: Luc y Jean-Pierre Dardenne
Bélgica/Francia, 1999, 95 minutos

Rosetta (1999) de los Dardenne


Accidentada proyección de Rosetta en la Filmo. Pero al margen de las continuas interrupciones (es lo que tienen, a veces, las copias en 35 mm), la película de los hermanos Dardenne sigue manteniendo intacta la rabia que los llevó a ganar la Palma de Oro en Cannes. Furia que transmiten las imágenes rodadas cámara en mano y siguiendo muy de cerca a su protagonista, una Émilie Dequenne que se daba a conocer con este filme, al igual que Fabrizio Rongione, su partenaire en la ficción.

Extremo es el adjetivo que probablemente mejor define el perfil de los personajes, comenzando por la joven cuyo nombre sirve de título al filme: Rosetta, como la homónima estela egipcia, es la clave que permite descifrar el verdadero alcance de unas existencias vividas intensamente al límite. Porque de no entrar en conflicto con su entorno más inmediato no habría detonante de la acción.



Mas, ¿qué incomoda a la protagonista? De entrada, el que su propia madre se dedique a la prostitución ocasional, en la caravana en la que viven, para sufragarse el alcohol al que es adicta. No es poca cosa, sin duda. Pero es que, además, Rosetta está enfadada con el mundo, ya que, necesitada de empleo para poder huir de un ambiente familiar tan tóxico como opresivo, únicamente parece hallar una cierta tabla de salvación en el panadero encarnado por Olivier Gourmet. De lo que se deriva que no dude en traicionar a Riquet: pura cuestión de supervivencia.

Y todo ello sin olvidar la intensa escena de lucha con la que se abre el filme, en la que la muchacha, visiblemente alterada, es perseguida por los servicios de seguridad de la fábrica de la que acaba de ser despedida. Parece mentira, a la vista de la creciente precarización que vive la sociedad europea a todos los niveles, que una película como ésta se rodase en 1999. Lo cual nos lleva a concluir dos cosas: la primera es el evidente carácter visionario del cine de los Dardenne; la segunda, su indiscutible maestría a la hora de profundizar en unas formas narrativas (en apariencia deslavazadas, pero que conllevan una minuciosa planificación) que han creado escuela en las dos últimas décadas.


jueves, 2 de marzo de 2017

La promesa (1996)




Título original: La promesse
Directores: Luc y Jean-Pierre Dardenne
Bélgica/Francia/Luxemburgo/Tunicia, 1996, 90 minutos

La promesa (1996)


Segunda (y última) sesión presentada personalmente por Luc y Jean-Pierre Dardenne en la Filmoteca de Catalunya, si bien la retrospectiva continuará a lo largo de todo el mes de marzo. Es La promesse una cinta descarnada en torno al drama de la inmigración ilegal en Europa. Hasta tal punto, que resulta inevitable pensar en el final de Los olvidados de Buñuel cuando Roger (Olivier Gourmet) se deshace del cuerpo sin vida de Amidou. Sin embargo, lo que en el genio de Calanda era punto de llegada para los belgas es el inicio de uno de esos dilemas morales a los que tan dados son: los remordimientos de conciencia que llevan al adolescente Igor (Jérémie Renier) a prometer al moribundo que se hará cargo de su viuda.

Finalizada la proyección, comentan varias cosas interesantes durante el coloquio con los asistentes. Reconocen que es inevitable el hecho de que haya similitudes entre su cine y el de otros realizadores: admiten que hay algo en su estilo de Bresson (aunque bromean diciendo que para él lo que hacen los Dardenne sería puro teatro). De todas maneras, confiesan no ser excesivamente cinéfilos.



En cuanto a la desaparición de los formatos analógicos frente a la presencia imperante del digital, comentan que no todo está perdido: hay cámaras digitales que permiten recrear en pantalla una textura similar a la de la película de 35 mm. y, además, la Cinematek de Bruselas ha podido restaurar (y nosotros disfrutar estos días en Barcelona) la filmografía de los hermanos Dardenne gracias a la tecnología digital.

Por último, hay lugar también para las anécdotas. Como aquella ocasión, con motivo del Festival de Toronto, en la que, tras un pase de Le gamin au vélo, fueron abordados en la calle por tres ancianitas ataviadas con bambas de colores: "Your film is fantastic! No sex, no violence, no bad words!" Ríe el público la ocurrencia, quedando claro, una vez más, el excelente sentido del humor de estos cineastas.


miércoles, 1 de marzo de 2017

La chica desconocida (2016)




Título original: La fille inconnue
Directores: Jean-Pierre Dardenne y Luc Dardenne
Bélgica/Francia, 2016, 113 minutos

La chica desconocida (2016)


Vistos desde lejos se diría que son Paul Newman y Henry Fonda. Pero no: son los Dardenne (Jean-Pierre y Luc) que hoy y mañana jueves visitan la Filmoteca de Catalunya para inaugurar la retrospectiva que allí se les dedica. Y no defraudan. Porque, a pesar de llevar toda la tarde concediendo entrevistas, con rueda de prensa incluida, aún han querido dedicar media hora larga a presentar su última película antes de la proyección. Por supuesto, la Sala Chomón está a reventar con todas las localidades vendidas.

Tampoco les falta el sentido del humor: "Una vez, en el Festival de Gante, nos tocó introducir a otros hermanos cineastas: los Taviani. El animador de la gala hizo una primera pregunta a uno de ellos y éste se explayó en su respuesta durante más de diez minutos. Transcurridos los cuales, nos preguntó algo distinto a nosotros. Pero entonces, el otro Taviani lo interrumpió airadamente diciendo: 'No, no, no! Siamo due!' Y se tiró otros diez minutos respondiendo a la primera pregunta..." Aviso para navegantes: aguantar las fraternales explicaciones de una pareja de cineastas puede llegar a ser desesperantemente tedioso. El que avisa no es traidor.

Pero los belgas, lejos de cumplir tan desalentador vaticinio, no nos han aburrido, ni mucho menos, a pesar de su advertencia inicial. Todo lo contrario: han obsequiado a los presentes con algunas curiosidades dignas de ser referidas. Como el hecho de que, tras ser exhibida en Cannes (de cuya Palma, por cierto, no han sido merecedores esta vez), decidieron cortar algunos minutos de La fille inconnue. O de cómo originariamente el protagonista iba a ser un médico, hasta que se cruzó en su camino la joven actriz Adèle Haenel y cayeron de inmediato rendidos ante su natural encanto.

La doctora Davin (Adèle Haenel) evolucionará, en su relación con los demás,
desde la severidad hacia una compasión de consecuencias imprevisibles


Hay en La chica desconocida algunas de las constantes habituales del cine de los hermanos que la han dirigido: acción ubicada en Seraing (la pequeña ciudad obrera en la que transcurre la práctica totalidad de su filmografía), ausencia de música incidental, un personaje en apariencia fuerte (en este caso la doctora Davin) que debe enfrentarse, tras descubrir su debilidad, a alguien todavía más débil que ella, etc. Y una curiosa investigación, en plan thriller, por parte de una protagonista que no logra sobreponerse al sentimiento de culpa que le genera el no haber querido abrirle la puerta de su consulta a una muchacha de origen africano que aparecerá muerta al día siguiente. He ahí el detonante de toda la historia.

Lo llamativo del caso es que dicho planteamiento no deja de ser metáfora palmaria de la situación que está viviendo Europa con la crisis de los refugiados. Tema que ya fue abordado por los Dardenne hace veinte años en La promesse, pero que desgraciadamente mantiene toda su vigencia.

No podemos resistirnos, por último, a consignar cómo determinados detalles de La fille inconnue recuerdan al Haneke de Caché: ese aire de maldad flotando en el ambiente; la incertidumbre sobre lo que realmente ha ocurrido (las circunstancias simplemente se exponen y es el espectador quien extrae sus propias conclusiones); la importancia que tiene una grabación en vídeo para el desarrollo posterior de la trama; la más que presumible implicación de un adolescente en los hechos... En definitiva, nadie que ame realmente el cine podrá sentirse decepcionado ante la inteligente propuesta que nos ofrecen los hermanos Dardenne.


viernes, 20 de enero de 2017

El puente de las Artes (2004)




Título original: Le pont des Arts
Director: Eugène Green
Francia, 2004, 126 minutos

El puente de las Artes (2004) de Eugène Green


¡Más Green! La entrega de hoy nos traslada a un París a orillas del Sena en el que los personajes (puro intelecto) disfrutan con la música de Monteverdi y se extasían con los sonetos de Miguel Ángel. Y, sin embargo, se trata de un filme muy Nouvelle vague, con ese amor más poderoso que la muerte entre Pascal (Adrien Michaux) y la cantante Sarah (Natacha Régnier) que tanto recuerda a las películas de Truffaut. De hecho es él quien le da un aire a Jean-Pierre Léaud.



Aun así, el realizador francobárbaro no puede evitar las continuas referencias culturalistas, que generalmente remiten a la Edad Media o al Barroco: algunas, las de tipo musical, son fácilmente reconocibles. Otras, en cambio, son muchos más sutiles. Como el personaje interpretado por Denis Podalydès: Guigui, alias el Innombrable. A primera vista se diría que nos hallamos ante la versión erudita del profesor de jazz que, una década más tarde, le tocará padecer al baterista de Whiplash (2014). Pero no: se trata de algo mucho más profundo. La clave nos la aporta esa extraña onomatopeya que profiere continuamente: "¡Eu!, ¡Eu!" La misma que Santa Hildegarda (Hildegard von Bingen) atribuía al diablo a mediados del siglo XII en su Ordo Virtutum, drama litúrgico sobre la lucha del alma entre las virtudes y el maligno.



Plano contra plano; actores que miran fijamente a cámara... El estilo de Eugène Green es el propio de alguien que llegó tardíamente al cine procedente del mundo del teatro y la literatura: tenía 54 años cuando debutó en la dirección en 2001. Sus referentes son, por tanto, muy distintos de los habituales en el cine contemporáneo (tan poco dado, por otra parte, a los arrebatos espirituales), pero, por ello mismo, deberían hacer las delicias de cualquier alma sensible que se atreva a asomarse a su filmografía.


viernes, 7 de octubre de 2016

Les mans buides (2003)













Títulos alternativos: Las manos vacías / Les mains vides
Director: Marc Recha
Francia/España, 2003, 130 minutos



Tras una hora de proyección, la voz cavernosa de un señor mayor se deja oír en la fila de atrás: "Todavía no he entendido de qué va la peli..." Pocos minutos después, una señora de la fila de delante se levanta exasperada y abandona la sala. Y el espectador que se sienta a su izquierda sonríe satisfecho, quizá porque concibió Les mans buides con esa finalidad: se trata de Lluís Miñarro, el exproductor más famoso de Catalunya, y escenas como ésta sólo se viven en la Filmoteca, dedicada en los últimos días a revisar la trayectoria de la extinta Eddie Saeta.

Ciertamente, la película se las trae... ¿Qué pueden tener en común una lavadora, un loro y una pequeña aldea del Pirineo francés? Por descontado que no lo vamos a explicar aquí, ni tampoco vale demasiado la pena. Porque en el cine de Marc Recha lo esencial no es el argumento sino mostrar instantes de la vida de unos personajes en un entorno determinado. En ese sentido, la naturaleza vuelve a tener un protagonismo considerable en Les mans buides, como sucede en la mayor parte de títulos que integran la filmografía de Recha.



En la breve presentación que ha hecho del filme, Miñarro ha dado algunas claves sobre el mismo: rodado en coproducción con Francia, participó en la sección Un certain Regard del Festival de Cannes y contó en su reparto con dos actores notables que exploran registros nada habituales en ellos: el belga Olivier Gourmet (Éric) y el español Eduardo Noriega (Gerard).

Según el productor, en esta película no contamos con el anzuelo que muchas veces constituyen los personajes protagonistas. Por el contrario, no empatizamos con ninguno de ellos y de ahí el título: una vacuidad que Miñarro ha vinculado también con la desolación de un paisaje (los alrededores de Argelès) heredero de los crueles sucesos que allí acontecieron entre el final de la Guerra Civil Española y el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Tal vez ése sea el origen de los fantasmas que acosan a Éric, aún muy vivos en una época en la que en apariencia, o al menos oficialmente, empezaban a desaparecer las fronteras entre los estados europeos.

Eduardo Noriega y Marc Recha durante el rodaje de Les mans buides

jueves, 16 de junio de 2016

Salvoconducto (2002)




Título original: Laissez-passer
Director: Bertrand Tavernier
Francia/Alemania/España, 2002, 170 minutos

Salvoconducto (2002) de Bertrand Tavernier


Si el martes de la semana pasada tuvimos ocasión de ver y comentar La mano del diablo gracias a Bertrand Tavernier, hoy le llega el turno a la película en la que el propio director francés recreó dicho periodo histórico. 

Es Salvoconducto una de esas superproducciones de época, un poco en la línea de la posterior Bon voyage de Jean-Paul Rappeneau (2003), en la que a lo largo de casi tres horas de metraje se evoca el periodo de la ocupación nazi y, en concreto, el funcionamiento de la Continental, la productora alemana para la que trabajaron los hoy olvidados Jean-Devaivre (Jacques Gamblin), Jean Aurenche (Denis Podalydès), Jean-Paul Le Chanois (Ged Marlon) o Maurice Tourneur (Philippe Morier-Genoud). Este último, director en 1943 de la ya mencionada La main du diable, tiene a sus órdenes a Jean-Devaivre como ayudante de dirección, en cuya peripecia vital se centrará la película.

Jean-Devaivre (Jacques Gamblin) en su peculiar estudio


Son muchas las proezas que lleva a cabo este hombre, como por ejemplo recorrer en bicicleta 385 kilómetros para reunirse con su familia, lanzarse en paracaídas o poner en peligro su integridad física con tal de hacer llegar a los mandos aliados unos relevantes documentos a los que ha tenido acceso. Merecidísimo, pues, el Oso de plata con el que Jacques Gamblin fue recompensado en Berlín.

Igualmente meritoria es la cuidada reconstrucción de unos hechos que Jean Cosmos y el propio Tavernier relatan a partir de las memorias de Jean-Devaivre. Se nota que el tema les apasiona y ello se refleja en los 170 minutos de duración: habiendo tantas cosas a explicar, no han querido renunciar a contarlo todo, por lo que en algún momento Laissez-passer parece resentirse de una cierta sensación de falta de objetivo, reforzada por el poco original recurso de finalizar el filme con la voz en off de Gamblin resumiendo cuál sería el destino de los personajes principales en los años venideros.

Bertrand Tavernier (centro) dirige a sus actores
durante el rodaje de Laissez-passer


lunes, 16 de mayo de 2016

Mayo de 1940 (2015)




Título original: En mai, fais ce qu'il te plaît
Director: Christian Carion
Francia, 2015, 114 minutos

Mayo de 1940 (2015) de Christian Carion


Desde que estrenara La chica de París (Une hirondelle a fait le printemps) en 2001, los filmes del francés Christian Carion (Cambrai, 4 de enero del 63) han ido llegando puntualmente a nuestras pantallas: Feliz Navidad (Joyeux Noël, 2005), El caso Farewell (L'affaire Farewell, 2009) y ahora Mayo de 1940. No es una filmografía extensa, cierto. Pero en ella se aprecia ya, a excepción de la primera película, una predilección por los temas históricos y políticos. Si en Feliz Navidad abordó la Gran Guerra, ahora le toca el turno a la IIª Guerra Mundial, basándose en las vivencias de sus propios padres.

Dos son las tramas principales de En mai fais ce qu'il te plaît (como salta a la vista, el título español es mucho más pedestre): por una parte se nos cuenta la historia de Hans (August Diehl) y Max (Joshio Marlon), padre e hijo de nacionalidad alemana que, huyendo del régimen Nazi, se refugian en Francia para después padecer las consecuencias de la ocupación; por otra, los habitantes del pueblo de Lebucquière (Pas-de-Calais) se echan a la carretera con sus pertenencias, alarmados ante el avance de las tropas enemigas. Hay también un oficial escocés, una maestra de escuela y una gaita, pero eso son cosas que descubrirá quien vaya a ver la película.



Y embadurnándolo todo, como un tarro de melaza desparramado, lo que se supone que debería ser uno de los puntos fuertes de la peli: la empalagosa banda sonora de Ennio Morricone. Hombre, sí: que el italiano te componga la música le da caché a la producción, qué duda cabe. Pero cuando vuelve, por enésima vez, a repetir el mismo esquema sensiblero de tantas y tantas partituras, al final uno acaba por tener la sensación de que al oscarizado Morricone hace tiempo que se le agotaron las ideas.

De modo que, en líneas generales, Mayo de 1940 no llega a convencer. Y no porque los actores lo hagan mal (Olivier Gourmet, Mathilde Seigner y la joven Alice Isaaz se mantienen en sus registros habituales) sino más bien por esa sensación de déjà vu que se apodera del espectador de principio a fin, de que al guion le falta alma, y que nos deja con la triste impresión de que con semejantes ingredientes se le podía haber sacado más partido a todo.

Los habitantes de Lebucquière en pleno éxodo