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domingo, 1 de diciembre de 2019

La momia (1969)




Título original: Al-mummia / المومياء
Título alternativo: The Night of Counting the Years
Director: Chadi Abdel Salam
Egipto, 1969, 99 minutos

La momia (1969) de Chadi Abdel Salam

Los que dormís, os levantaréis. 
Los que camináis, seréis resucitados. 
Porque se os debe la Gloria...
Elévate, no perecerás. 
Has sido llamado por tu nombre. 
Has sido resucitado...

Lejos de remedar el modelo que en su día fijara el Hollywood clásico, asociado ad æternum al rostro impasible de Boris Karloff, la versión egipcia de La momia optó, en cambio, por seguir una caligrafía vagamente deudora de un cierto cine soviético. De modo que el espectador avezado reconocerá de inmediato la impronta de, por ejemplo, Sayat Nova (1969) en el hieratismo de los actores o en el tratamiento preciosista del color. Cine que imita al arte para convertirse, a su vez, en tableau vivant.

Rodada hace justo medio siglo, Al-mummia (1969) se habría perdido para siempre, casi con toda probabilidad, de no haber sido por el buen hacer de Martin Scorsese. En ese sentido, el cineasta cinéfilo puso los medios, a través de World Cinema Project, la fundación por él auspiciada, para que se llevase a cabo la pertinente restauración del filme.



Los hechos narrados se remontan a 1881, cuando una buena cantidad de sarcófagos y demás objetos de valor, pertenecientes a diferentes dinastías, fue encontrada en un lugar recóndito del Valle de los Reyes. A partir de ese momento, un grupo de arqueólogos de El Cairo pondrá en marcha un arriesgado operativo con la finalidad de que la tribu de los Horabat deje de saquear las tumbas.

Sendas citas del Libro de los muertos abren y cierran una película cuya omnipresente banda sonora, compuesta por el italiano Mario Nascimbene a base de sintetizadores y demás efectos electrónicos tan en boga a finales de los sesenta, contribuye a crear la atmósfera de suspense que se presupone en una cinta de tales características. El resto del misterio lo aportan las antiguas ruinas faraónicas, inquietantes figuras de negro vagando sobre la arena del desierto y unos diálogos más bien crípticos que denotan, por parte de su director, Chadi Abdel Salam (1930–1986), la voluntad de emparentar su obra con el Faraón (1966) de cartón piedra del polaco Kawalerowicz.


viernes, 9 de agosto de 2019

Wedad (1936)




Directores: Ahmed Badrakhan, Fritz Kramp y Gamal Madkoor
Egipto, 1936, 99 minutos

Wedad (1936) de Fritz Kramp et alii


Wedad, el que pasa por ser uno de los musicales clásicos del cine árabe, así como historia romántica con el trasfondo de Las mil y una noches, fue, en realidad, una de las mayores producciones de su tiempo, la primera película sonora que salía de los recién creados Estudios Misr de El Cairo. 

Narra las desventuras de Baher, un rico mercader egipcio que está locamente enamorado de la bella sirvienta que da nombre al filme. Pero cuando éste pierda toda su fortuna a consecuencia de una emboscada que le tiende un comerciante rival, la muchacha, con tal de poder ayudarle, decidirá venderse a sí misma a otro hombre más rico para convertirse en su esclava y cantante particular.



Protagonizado por la diva de la canción Om Kolthoum (1904–1975) en su primer papel como actriz, Wedad posee la particularidad de que la música predomina por encima de las escenas dialogadas, lo cual refleja los gustos de un público poco o nada habituado al cine sonoro y que, dada la novedad, asistía a las salas de proyección no tanto para que le contasen historias, sino, sobre todo, para deleitarse escuchando las lamentaciones amorosas de la protagonista.

En cuanto al hecho de que sean tres los directores de la cinta, uno de ellos alemán, cabe deducir la fuerte dependencia que la incipiente industria cinematográfica egipcia mantenía aún respecto a su no tan lejano pasado colonial.


sábado, 23 de febrero de 2019

Estación central (1958)
















Título original: Bab el hadid
Director: Youssef Chahine
Egipto, 1958, 77 minutos

Estación central (1958) de Youssef Chahine

En su flamante nuevo filme, Le livre d'image, Godard incluye, entre decenas de referencias cinéfilas, alguna que otra secuencia perteneciente a la película que nos disponemos a comentar. Homenaje bastante revelador por parte de un cineasta que, más que ningún otro, ha sido fagocitado por su propia pasión hasta convertirse él mismo en el cine.

Bab el hadid (conocida a nivel internacional bajo el título de Cairo Station) arranca como si de un apólogo milesio se tratara, introducido por la voz en off del viejo Madbouli mientras el ajetreo de pasajeros y trenes en un día laborable cualquiera envuelve su céntrico quiosco. Misterio y cotidianeidad se dan la mano en torno a la figura del mísero Qinawi, tullido al que da vida el mismísimo Youssef Chahine y cuya simpleza le hará obsesionarse por la bella Hanuma hasta enloquecer.



Viendo cómo se desarrolla la actividad diaria en semejante microcosmos resulta inevitable caer en la tentación de comparar la capital egipcia con la Barcelona de finales de los cincuenta, emporios mediterráneos, en ambos casos, en los que la miseria y el bullicio de una gran urbe conviven en perfecta simbiosis. En dicho sentido, un título que dialogaría a las mil maravillas con Estación central pudiera ser Hay un camino a la derecha (1953) de Rovira Beleta.

Por último, y al margen de sus muchas cualidades cinematográficas, Bab el hadid posee, además, el valor añadido que confiere el paso del tiempo, máxime cuando la realidad convulsa en la que el mundo árabe se halla inmerso amenaza con destruir la pluralidad que los integristas niegan y que aquí refulge en todo su esplendor, desde la procacidad de Hanuma hasta los jóvenes que invaden un vagón de tren a ritmo de rock, pasando por los ferroviarios que reclaman sus derechos sindicales. Enjambre de azares y voces al que Chahine, sin embargo, opta finalmente por otorgar apariencia de melodrama en el que Qinawi pretenderá saciar su pasión no correspondida empuñando un cuchifarro de grandes proporciones.


martes, 27 de noviembre de 2018

Una llama en mi corazón (1987)




Título original: Une flamme dans mon cœur
Director: Alain Tanner
Francia/Suiza, 1987, 107 minutos

Una llama en mi corazón (1987)


Hará cosa de un par de meses, escuchaba atónito en un espacio informativo de la televisión autonómica catalana la relectura que una experta en no sé qué hacía del popular "Every Breath you Take" de The Police. Según esta buena señora, el tema (compuesto por Sting en 1983) no es la balada romántica que hasta la fecha todo el mundo creía, sino la perturbadora amenaza de un acosador que, en el estribillo, le dice a su víctima aquello tan célebre de "I'll be watching you" ('Te estaré vigilando').

A la luz revisionista de estos replanteamientos tan en boga, me pregunto qué dirán los abanderados del Me Too de una película tan sumamente voluptuosa como Une flamme dans mon cœur. No lo sé y, en cualquier caso, aquí los emplazo para que nos hagan llegar sus opiniones. Lo que sí me consta, y de muy buena tinta, es que para quienes la vieron en el momento de su estreno (hace de esto ya más de tres décadas) la sensualidad desbordada de la protagonista (una despampanante Myriam Mézières que esta tarde presentaba su autobiografía, titulada El sol tiene una cita con la luna, en la Filmoteca de Catalunya) supuso una deleitosa bocanada de aire fresco.



Que, no obstante, deja entrever un poso de tristeza, subrayado por las no menos melancólicas notas de la Sonata nº 1 y la Partita para violín nº 2 de Bach. En efecto, Mercédès es una mujer en apariencia fuerte, pero que alberga una enorme fragilidad en su interior. La misma que la conduce al borde de la depresión y a alimentarse únicamente de cereales cuando uno de sus amantes (el periodista Pierre, al que ha conocido casualmente en el metro y con el que, más adelante, viajará a Egipto) se ausenta, por motivos profesionales, durante una temporada; la misma que, previamente, la había hecho caer bajo el influjo del posesivo Johnny.

El suizo Alain Tanner se sirve de la sobriedad del blanco y negro para confeccionar una estampa tan profunda como impúdica del personaje central, esa hembra de belleza casi animal que, con la única ayuda de un enorme gorila de peluche, es capaz de dejar boquiabiertos, en la impactante escena que tiene lugar en el parisino bulevar Barbès, a los lugareños que se agolpan frente a la sórdida barraca de feria donde actúa.