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sábado, 15 de marzo de 2025

Contra el imperio de la droga (1971)




Título original: The French Connection
Director: William Friedkin
EE.UU., 1971, 104 minutos

Contra el imperio de la droga (1971)


¿Quién no recuerda la imagen de un señorial Fernando Rey, con cara de pillo, diciendo adiós desde el interior de un vagón de metro? ¿O esas trepidantes persecuciones a través de las calles de Nueva York, a pie o en coche, con Gene Hackman disfrazado de Santa Claus? Merecedora de cinco premios Óscar, The French Connection (1971) planteaba la lucha sin cuartel de dos policías muy distintos entre sí contra un todopoderoso "imperio de la droga" (anodino título español) cuyo centro de operaciones se situaba en la lejana Marsella.

Pese a la disparidad de caracteres entre el caótico Jimmy "Popeye" Doyle (Gene Hackman) y el sistemático Buddy "Cloudy" Russo (Roy Scheider), las pesquisas que ambos llevan a cabo destapan una compleja red de narcotráfico a escala internacional con implicaciones a todos los niveles, incluido el prestigioso cineasta Henri Devereaux (Frédéric de Pasquale), quien tiene a su cargo la misión de introducir un valioso alijo de heroína por vía portuaria camuflado en el interior de su automóvil, un imponente modelo Lincoln.



El estilo documental de buena parte de la puesta en escena, rodado con cámara en mano y con ese aire de inmediatez tan propio del cine neo noir, lo aprendió William Friedkin de lo que algunos años antes hiciera Costa-Gavras en Z (1969), así como de otros ilustres precedentes franceses en cuanto a contención narrativa se refiere, caso del papel que interpretaba Alain Delon en la mítica El Samurái (1967) de Jean-Pierre Melville. A este respecto, el personaje de Gene Hackman es un policía duro, obsesionado y a menudo controvertido, que está dispuesto a cruzar todo tipo de límites para atrapar a los criminales.

Sea como fuere, la película provocó un enorme impacto en el género policíaco, estableciendo un nuevo estándar para el realismo y la intensidad en las películas de acción. Buena prueba de ello se aprecia en la atmósfera cruda y urbana de una cinta que marcó época y que gozaría de su correspondiente secuela apenas cuatro años después, de nuevo protagonizada por Gene Hackman y Fernando Rey, ahora a las órdenes del director John Frankenheimer.



sábado, 9 de mayo de 2020

Tiburón (1975)




Título original: Jaws
Director: Steven Spielberg
EE.UU., 1975, 124 minutos

Tiburón (1975) de Steven Spielberg


El gran pez se movía silenciosamente a través de las aguas nocturnas, propulsado por los rítmicos movimientos de su cola en forma de media luna. La boca estaba lo suficientemente abierta como para permitir que un chorro de agua atravesase las branquias. Apenas sí se notaba ningún otro movimiento: alguna que otra corrección de su trayectoria, aparentemente sin rumbo, elevando o bajando un poco una de sus aletas pectorales, tal como un pájaro cambia de dirección hundiendo un ala y alzando la otra.

Peter Benchley
Tiburón
Traducción de Sebastián Martínez y Luis Vigil

A veces no es necesario romperse demasiado la cabeza para lograr que el público salga aterrorizado de la sala de proyección. De hecho, suelen ser las emociones más primarias las que producen un mayor impacto. El viejo Hitchcock sabía mucho de ello, pero también el primer Spielberg, aquel avispado niño prodigio que ya en El diablo sobre ruedas (Duel, 1971) había convertido un simple camión de gran tonelaje en símbolo de todos los males.

El planteamiento de Jaws no dista excesivamente de aquella persecución de carretera, con la salvedad de que el mar sustituye al asfalto. Pero es que, además, buena parte de los elementos aquí presentes pueden rastrearse con suma facilidad en no pocos clásicos del género, desde Moby Dick, donde la aversión del capitán Ahab hacia la ballena blanca es idéntica al odio que siente Quint (Robert Shaw) por los tiburones, hasta la lucha del pescador por doblegar a su presa en El viejo y el mar. Incluso The Birds (1963) se prestaría al paralelismo si cambiamos las aves por escualos: a fin de cuentas, la apacible isla de Amity no difiere gran cosa de Bodega Bay.



Queda claro, por tanto, que la película partía de unos ingredientes, tanto literarios como cinematográficos, de sobras conocidos, lo cual no fue impedimento, unido a una eficaz campaña de promoción, para que ésta arrasara en taquilla como pocas veces se ha visto en la historia del cine. Y, sin embargo, el rodaje no fue precisamente agradable, sobre todo porque los tres prototipos que se construyeron del bicharraco (apodado Bruce, como el abogado de Spielberg) dieron bastantes problemas técnicos a la hora de zambullirlos en las aguas de Martha's Vineyard.

Pero Spielberg, que ya apuntaba maneras de genio, solucionó magistralmente dichos contratiempos insinuando la presencia de la fiera en lugar de mostrar una y otra vez sus fauces: una aleta por aquí, unos bidones amarillos por allá, el cuerpo de una nadadora que desaparece súbitamente bajo la superficie y... el espectador se imagina el resto. Añádanse, para acabar de aderezar el conjunto, las notas del tema de John Williams (saqueado de La consagración de la primavera de Stravinski, dicho sea de paso) y tendremos uno de los títulos clave del cine de terror en su vertiente marítima.

Shaw, Scheider & Dreyfuss

miércoles, 1 de enero de 2020

2010: Odisea dos (1984)




Título original: 2010: The Year We Make Contact
Director: Peter Hyams
EE.UU., 1984, 116 minutos

2010: Odisea dos (1984) de Peter Hyams

Cincuenta veces más brillante que la Luna llena, Lucifer había transformado los cielos de la Tierra, barriendo virtualmente las noches durante meses seguidos. Pese a sus siniestras connotaciones, el nombre era inevitable; y, por supuesto, "Conductor de luz" traía consigo tanto mal como bien. Sólo los siglos y los milenios mostrarían al fin en qué dirección se inclinaba la balanza...

Arthur C. Clarke
2010: Odisea dos
Traducción de Domingo Santos

Empezar el 2020 con 2010 vendría a ser lo más parecido a un desfase cinéfilo, un intento de recuperar los días de un futuro pasado aun a sabiendas de que la secuela no fue ni la sombra de su predecesora. Porque todo lo que tenía A Space Odyssey de trascendencia metafísica se desvaneció en The Year We Make Contact para dar paso a una burda parábola en favor de la concordia entre los dos bloques de la Guerra Fría.

Para empezar, las maquetas que Kubrick y su equipo de colaboradores lograban que pareciesen naves espaciales de verdad, avanzando sigilosas a través del cosmos, aquí son simplemente eso: maquetas. Ni rastro del saber hacer que convertiría a la primera entrega en un clásico, mientras que su segunda parte, pese a ser dieciséis años posterior, ha quedado, paradójicamente, del todo obsoleta.



Contiene, eso sí, algún que otro detalle gracioso, como el cameo de Arthur C. Clarke dando de comer a las palomas frente a la Casa Blanca o la portada de la revista Time en la que la efigie de los líderes estadounidense y soviético es representada, respectivamente, con la del autor de la novela y la del propio Stanley Kubrick.

Pero Peter Hyams no posee el mismo talento, de modo que esta Odisea dos, aun contando en su reparto con un Keir Dullea espectral y con HAL 9000 restaurado y redimido, apenas quedará como anécdota; a pesar de sus cinco nominaciones a los Óscar y de que Helen Mirren interprete a la comandante rusa Tanya Kirbuk (anagrama de Kubrick). Y es que para aquel entonces, 2001 ya contaba con una digna heredera que se había estrenado un par de años antes. Se tituló Blade Runner (1982), aunque ya hablaremos de ella en otra ocasión.