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sábado, 24 de junio de 2023

Ángel (2007)




Título original: Angel
Director: François Ozon
Francia/Bélgica/Reino Unido

Ángel (2007) de François Ozon


Segunda incursión en lengua inglesa del francés François Ozon (tras el éxito comercial de la afamada Swimming Pool, 2004), Angel (2007) no pasa de ser un simple biopic a propósito de una exitosa novelista británica. En realidad, el personaje central, Angel Deverell, interpretado por Romola Garai, vendría a ser una especie de trasunto de Marie Corelli (1855-1924) tal y como la imaginó la escritora Elizabeth Taylor (no confundir con la actriz del mismo nombre) en su libro de 1957.

Fantasiosa y rebelde, la joven Angel ascenderá meteóricamente desde la humilde tienda de comestibles que regenta su madre, una oronda viuda sin excesiva fe en el talento de su hija, hasta los salones más selectos de la sociedad eduardiana, adonde, además de ser aclamada gracias a sus frívolas novelas románticas, se enamorará locamente de Esmé (Michael Fassbender), un sombrío pintor que, a pesar de la tortuosa relación que los une (ella todo pasión y alegría; él gris y atormentado), acabará siendo el amor de su vida.



A decir verdad, lo cierto es que el estilo de Ozon, provocativo y un tanto histriónico en muchas de sus películas francesas, queda aquí diluido en aras de un producto decididamente convencional no exento, eso sí, de algún que otro guiño, como la equívoca relación entre la protagonista y Nora (Lucy Russell), hermana de Esmé y devota asistente personal de la literata. En ese orden de cosas, se nota que los productores de la cinta eligieron al director de 8 mujeres (2002) como el candidato idóneo para hacerse cargo de una historia cuyo personaje central destaca por haber llevado una existencia al margen de las convenciones sociales. 

El problema radica en que Ozon, transgresor cuando afronta proyectos personales sobre los que ejerce el control (cuasi) absoluto, difícilmente podía desplegar al cien por cien su temperamento iconoclasta en una coproducción internacional dirigida a un público mainstream. Aun así, o precisamente a causa de ello, la presencia en el reparto de estrellas consagradas como Sam Neill o Charlotte Rampling aporta la necesaria dosis de empaque para salvar un interesante filme de época, pero que, sin embargo, no pasa de correcto retrato de una mujer avanzada a su tiempo.



martes, 14 de febrero de 2017

La posesión (1981)




Título original: Possession
Director: Andrzej Zulawski
Francia, Alemania, 124 minutos

La posesión (1981) de Andrzej Zulawski


Arrebatada y violenta, excesiva y escatológica: ¿a quién puede dejar indiferente una película como La posesión? Porque otros cineastas han explorado terrenos similares, ciertamente. Estamos pensando en títulos como Saló o los 120 días de Sodoma (1975) de Pasolini o El séptimo continente (1989) de Michael Haneke o incluso Crash (1996) de Cronenberg, Cabeza borradora (1977) de Lynch o Fascinación (1976) de Brian de Palma. Pero ninguno ha llegado tan lejos como el polaco Zulawski. Y, si no, que se lo pregunten a Isabelle Adjani, quien necesitó varios años para recuperarse de las secuelas (físicas y mentales) que le acarreó el rodaje.

Pero, ¿qué hay detrás de semejante barroquismo gore? Pues, de entrada, una ruptura sentimental similar a la que padece el protagonista masculino (Sam Neill) y que dejó al director al borde del colapso. Y, en segundo lugar, una clara actitud de desquite con respecto a las limitaciones que Andrzej Zulawski debió padecer bajo la dictadura comunista antes de instalarse definitivamente en Francia. De lo uno y de lo otro resulta este engendro fílmico, encarnado en la película por ese monstruoso ser tentacular que lo mismo fagocita a las víctimas inmoladas por Anna que copula salvajemente con ella.

¿Qué habrá dentro del frigorífico?

De modo que dos vendrían a ser los temas principales en Possession: por una parte los atropellos del poder político (la elección de Berlín para situar la historia no es baladí, como lo atestigua la omnipresencia del muro) y, por otra, la figura del doble, entendido como presencia inquietante y alienante dispuesta a suplantar a toda costa nuestra verdadera identidad.

En todo caso, y sin que ello sirva de justificación, cabría tener en cuenta que, casi con total certeza, el realizador concibió su película como ajuste de cuentas, tal vez contra el mundo, quizá contra su propio destino. Por lo que cada espectador que se incomoda en su butaca, cada persona que desvía los ojos de la pantalla, todos y cada uno de los que abandonan la sala asqueados a mitad de proyección no están sino corroborando que el engranaje ideado por Zulawski funciona según lo previsto.