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sábado, 8 de diciembre de 2018

Los fantasmas de Ismaël (2017)




Título original: Les fantômes d'Ismaël
Director: Arnaud Desplechin
Francia, 2017, 135 minutos

Los fantasmas de Ismaël (2017) de Arnaud Desplechin


¿Cómo definir una película que es de todo menos convencional? Baste decir que se trata de un filme de Arnaud Desplechin (Roubaix, 1960) y ya no hará falta añadir nada más. Hay, eso sí, en Les fantômes d'Ismaël diversos estratos sobre los que se irá saltando de un modo tan caprichoso como inesperado. Así, por ejemplo, la acción arranca en un cónclave de espías que se preguntan por el paradero del misterioso Ivan Dédalus (Louis Garrel), su agente más avispado, aunque luego resulta que ello no era más que la visualización de los diálogos que Ismaël, cineasta profesional, está escribiendo para su próximo proyecto.

Este Dédalus es, según parece, el hermano de un personaje que lleva años transitando a lo largo de la filmografía de Desplechin y cuyo nombre aparece, además de aquí, en Comment je me suis disputé... (ma vie sexuelle) (1996), Un conte de Noël (2008) y la más reciente Trois souvenirs de ma jeunesse (2015). Casi siempre interpretado por Mathieu Amalric, si bien el actor se mete, en esta ocasión, en la piel del ya mencionado Ismaël Vuillard (y Vuillard era, por cierto, el apellido de la familia que se tiraba los trastos a la cabeza en Un cuento de Navidad).

Carlotta (Marion Cotillard) e Ismaël (Mathieu Amalric)


Todo conectado, pues, aunque no por ello más claro... Aun así, el propio Desplechin nos aporta algunas claves, en forma de referencia cinematográfica, para arrojar algo de "luz" sobre la verdadera naturaleza del relato que estamos viendo. En ese sentido, el hecho de que Ismaël toque al piano el tema central de la banda sonora que Bernard Herrmann compusiera para Marnie (1964) no deja de ser un tanto equívoco, ya que es, sobre todo, de Vértigo (1958) de donde más bebe el director francés. Como sucedía en la mítica cinta de Hitchcock, Carlotta (Marion Cotillard) regresa "de entre los muertos" veintiún años después de que se la diese por desaparecida. Rasgo de tono fantasmagórico que la emparenta con la mujer que interpretaba Kim Novak hace ahora seis décadas y que —como curiosamente sucedía, asimismo, en 8 mujeres (2002) de François Ozon— nos mira fijamente desde el interior de un inquietante retrato al óleo que cuelga de la pared en casa del protagonista.

Sylvia (Charlotte Gainsbourg) es, por último, el eslabón que faltaba para completar un puzle de compleja resolución en el que no todas las piezas encajan con la misma facilidad. En cualquier caso, ella es la esposa resignada que ocupó el vacío dejado por Carlotta y que ahora deberá enfrentarse, con flemático estoicismo, a la repentina e inesperada irrupción de su predecesora (que es, por cierto, la hija de un neurótico director de cine judío con el que Ismaël tiene también sus más y sus menos y al que éste acompañará hasta Tel Aviv con motivo de una retrospectiva que allí le dedican).

Sylvia (Charlotte Gainsbourg) junto a Ismaël en el cementerio


En fin, ¿alguien da más? Y eso no es todo: quien tenga la paciencia de aguantar hasta el final las más de dos horas del montaje del director también podrá ver a la Cotillard bailando al son de Bob Dylan, así como identificar (o al menos intentarlo) las citas textuales extraídas de las obras de Lacan o Philip Roth que contienen los diálogos... No es, pues, de extrañar la frialdad con la que Los fantasmas de Ismaël fue acogida en su presentación en el Festival de Cannes del año pasado: es prácticamente la misma que le ha dispensado la cartelera barcelonesa, donde el filme sólo puede verse en un par de salas...


El director Arnaud Desplechin en pleno rodaje

lunes, 31 de julio de 2017

Sieranevada (2016)




Director: Cristi Puiu
Rumanía/Francia/Bosnia/Croacia/Macedonia, 2016, 173 minutos

Sieranevada (2016) de Cristi Puiu


Quizá algún despistado crea que la acción de Sieranevada transcurre en una estación de esquí o que se trata de una peli sobre guiris que pasan las vacaciones en Andalucía. Pero no: estamos ante un intenso drama familiar, de casi tres horas, rodado en Rumanía, aunque con vocación universal. Y su director y guionista, Cristi Puiu (Bucarest, 1967), opta en varias ocasiones por situar la cámara a distancia, con alguno de los actores incluso fuera de campo. Una caligrafía que recuerda, por momentos, a la de un Haneke, pese a tratarse de cineastas bien distintos.

El viejo Emil ha fallecido y sus familiares y allegados se disponen a honrar la memoria del difunto con un banquete. Si, ya de por sí, este tipo de celebraciones suelen acabar como el rosario de la aurora, tanto en el cine (no hay más que recordar la genial Un conte de Noël [2008] de Arnaud Desplechin) como, sobre todo, en la vida real, ¿qué decir de un pequeño apartamento en el que se darán cita nostálgicos del régimen comunista, partidarios de la monarquía y de la Iglesia Ortodoxa, adúlteros confesos, defensores de la teoría de la conspiración durante el 11-S, médicos, un militar, un profesor de matemáticas y una yonqui croata?



Lo fácil sería concluir que se trata de una visión alegórica de la historia reciente de Rumanía, en la que la vivienda representa al país y los comensales a las sucesivas generaciones y clases que integran aquella sociedad. Así pues, cuando la anciana vecina (antigua miembro del Partido) comenta horrorizada que, en vida del difunto, jamás se habría permitido tamaño escándalo, es plausible pensar en una alusión velada al dictador Ceaușescu. O interpretar el ansiado viaje a Tailandia que proyecta la mujer de Lary, así como la discusión inicial en el coche a propósito de un disfraz Disney para la hija de ambos, bajo el prisma paródico de lo mal asimilada que está la economía de mercado por parte de unos individuos a los que el capitalismo hizo más horteras pero no más libres.

En cualquier caso, y ahí reside el mérito, uno puede obviar el contexto local y dejarse llevar únicamente por una lectura en la que prime lo humano por encima de todo. A fin de cuentas, los piques entre primos, hermanos y cuñados, con unos y otros metiendo cizaña y recriminándose mil y una perrerías, son un manido lugar común de alcance global, lo mismo en Bucarest que en Barcelona.


martes, 31 de mayo de 2016

Tres recuerdos de mi juventud (2015)




Título original: Trois souvenirs de ma jeunesse (nos Arcadies)
Director: Arnaud Desplechin
Francia, 2015, 123 minutos

Tres recuerdos de mi juventud (2015)
de Arnaud Desplechin


El ligero barroquismo culturalista que transmiten sus películas es la marca de fábrica del cineasta francés Arnaud Desplechin (Roubaix, 1960): pasiones desbordadas, referencias novelescas o cinematográficas, todo vale con tal de conmover al espectador.

En Trois souvenirs de ma jeunesse (nos Arcadies) el protagonista vuelve a ser Paul Dédalus (de nuevo interpretado por el actor Mathieu Amalric), como ya sucediera en Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle), cinta dirigida en 1996 por el propio Desplechin y de la que estos Tres recuerdos... suponen la precuela. De hecho, el apellido Dédalus procede del universo literario de James Joyce, siendo ésta la tercera ocasión (la anterior fue en Un conte de Noël, 2008) en la que dicho personaje aparece en un filme del director.



Para su última película, Desplechin ha optado por conceder el papel principal a una pareja de jóvenes debutantes: Quentin Dolmaire (encarnando al joven Dédalus) y Lou Roy-Lecollinet (Esther). Mediante una estructura más bien deslavazada asistiremos a lo largo de dos horas largas a lo esencial de la adolescencia de Paul, marcada por un amor de los que dejan huella y que condicionará el resto de su trayectoria vital: lector de Yeats, antropólogo vocacional, entusiasta de la lengua griega, aficionado a los lieder de Hugo Wolf… las intensas (e inconexas) vivencias del muchacho permiten retratar un carácter inestable y sumamente sensitivo.

Once nominaciones a los premios César (de los cuales Desplechin obtuvo el de mejor realizador) avalan la validez de un planteamiento tan extremado como claramente deudor del lenguaje instaurado en su día por la Nouvelle vague. No es casual, en ese sentido, ni el uso de la voz en off ni la elección de determinados pasajes de la banda sonora que Georges Delerue compusiera en 1960 para Tirez sur le pianiste ! de Truffaut.

Mathieu Amalric vuelve a ser Paul Dédalus