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miércoles, 8 de julio de 2020

Masculino, femenino (1966)




Título original: Masculin féminin
Director: Jean-Luc Godard
Francia/Suecia, 1966, 100 minutos

Masculino, femenino (1966) de Jean-Luc Godard


¡Hay que ver cómo se parece Chantal Goya en esta película a Bruna Cusí! O hasta qué punto el cine de muchos jóvenes realizadores de hoy en día, supuestamente modernos, vuelve a recorrer, por enésima vez, un camino que Godard ya se atrevió a trazar, hace más de medio siglo, en genialidades como Masculin féminin. Lo primero es completamente fortuito y anecdótico (y hasta tiene su gracia). Lo segundo, en cambio, resulta cuando menos preocupante...

Rodada a finales de 1965 como si se tratase de una encuesta-testimonio a propósito de la juventud francesa, la cinta podría haber llevado por título Les enfants de Marx et du Coca-Cola. Que es como decir que quienes en un par de años estarían protagonizando las protestas estudiantiles del mayo parisino se hallaban también bajo el influjo del imperialismo yanqui. De hecho, serán varios los momentos, a lo largo de la cinta, en los que se dejen oír proclamas contra la guerra de Vietnam, en lo que supone un claro anticipo de las posturas abiertamente combativas del Godard de La Chinoise (1967) y ulteriores proyectos en el seno del colectivo Dziga Vertov.



Se trata, en todo caso, de un experimento pop, vagamente inspirado en relatos de Maupassant, repleto de las habituales referencias cinéfilas, muchas de ellas dedicadas a compañeros de viaje y generación: en un momento de arrebato, Paul (Jean-Pierre Léaud) invoca a cierto general Doinel, quien comparte apellido con el personaje que el mismo actor interpretaría en no pocas ocasiones para Truffaut (también hay guiños similares en referencia a Pierrot le fou o À bout de souffle, del propio Godard).

En otras secuencias, la efigie del candidato Mitterrand se entrevé en la portada de los periódicos; se alude a Bob Dylan; Brigitte Bardot y Françoise Hardy aparecen en fugaces cameos; los protagonistas van al cine (otra escena recurrente en la filmografía godardiana) donde se está proyectando una película de contenido erótico que lo mismo podría remitir a Vivre sa vie (1962) o al Bergman de El silencio (1963). Madeleine (Chantal Goya) interpreta a una aspirante a estrella de la canción cuyas melodías servirán de hilo conductor para este peculiar sondeo en el que otra joven, de diecinueve años, responde alegremente, frente a la cámara, a las preguntas capciosas que Paul le formula fuera de campo: "¿Tiene el socialismo futuro? ¿Qué significa para ti la palabra reaccionario? ¿Dónde hay guerra, ahora mismo, en el mundo?" La chica, como las mises en esos certámenes de belleza que intentan poner a prueba la cultura general de las candidatas, apenas sabe qué contestar. Muy elocuentemente, Godard tituló este segmento Dialogue avec un produit de consommation…


viernes, 25 de noviembre de 2016

No envejeceremos juntos (1972)












Título original: Nous ne vieillirons pas ensemble
Director: Maurice Pialat
Francia/Italia, 1972, 110 minutos



A fuerza de ir viendo películas de Maurice Pialat con motivo del ciclo que le dedican estos días la Filmoteca de Catalunya y L'Alternativa, Festival de Cinema Independent de Barcelona, se nos va poco a poco perfilando la enfermiza relación que quizá mantuvo el director francés con las mujeres, habida cuenta de cómo insiste en maltratarlas en prácticamente todos los títulos de su filmografía. Algo no resuelto debía de haber en la personalidad del realizador que se acababa transmitiendo a sus personajes masculinos.

El protagonista de Nous ne vieillirons pas ensemble es precisamente un cineasta (Jean Yanne), quien mantiene desde hace seis años, a pesar de estar casado, una relación de amor-odio con su amante Catherine (Marlène Jobert): lo mismo la abraza que la desprecia con violencia, pero ella no parece indignarse (lo cual es, por cierto, otra inquietante constante entre las heroínas de Pialat). Sin embargo, se pelearán y reconciliarán incesantes veces, hasta que al final Marlène parezca decidida a abandonarlo definitivamente para contraer matrimonio con otro hombre.

Como pasará un par de años después en La gueule ouverte, el protagonista de No envejeceremos juntos está claramente inspirado en el odioso carácter del propio Pialat: de hecho, el guion es la adaptación de la novela homónima escrita por él mismo. Aunque ello no fue óbice para que Jean Yanne se hiciese con el premio de interpretación masculina en el festival de Cannes de aquel año.

Hay un momento, durante una de las conversaciones que Jean mantiene con Françoise, su mujer (Macha Méril), en el que ésta confiesa que ha tenido ocasión de conocer en Rusia a gente verdaderamente franca y espontánea: no como en Francia, donde todos son unos hipócritas. Quizá sea ésa la razón por la que los personajes de Pialat vayan de aquí para allá, siempre discutiéndose y sin llegar nunca a comprometerse: el término fidelidad no está incluido en su diccionario. Pese a lo que, en el desenlace, veremos aún a Catherine jugando con las olas a orillas de una playa mientras suena de fondo La Creación de Haydn.


sábado, 12 de marzo de 2016

El arte de vivir... pero bien (1968)




Título original: Alexandre le bienheureux
Director: Yves Robert
Francia, 1968, 100 minutos

El arte de vivir... pero bien (1968)


Como pedrada en ojo de suegra (que ni faltó ojo ni sobró piedra...): así de a propósito le viene al protagonista de esta película la muerte accidental de su mujer, habida cuenta de lo insufrible de sus muchas exigencias. "Que si Alexandre recoge las calabazas, que si Alexandre clava las estacas de la empalizada, que si ahora esto, que si luego lo otro..." Ni un segundo de tranquilidad le deja la Alta (Françoise Brion) al cachazudo de su marido (Philippe Noiret), un campesino de lo más parsimonioso que, una vez viudo, decide encerrarse en su habitación para pasar el día durmiendo a pierna suelta sin hacer absolutamente nada.

Estrenada en 1968, la comedia de Yves Robert parece estar conectada en espíritu con los estudiantes del mayo parisino, ya que el hecho de que Alexandre decida dar suelta a todos los animales de la granja tiene, sin duda, bastante de revolucionario. Como igualmente subversivo es el hecho de sublevarse contra las obligaciones del día a día: lo mismo el protagonista que aquellos de sus paisanos que imitan su ejemplo, todos parecen dar la razón a Freud por aquello de El malestar en la cultura. Incluso los niños que se ponen de acuerdo para no ir al colegio y que recuerdan, por momentos, a los de La guerra de los botones (1962), otro filme de Yves Robert.

Claro que Alexandre el afortunado cuenta con una ventaja sobre los demás: el auxilio canino de Kaly, fiel servidor que, como el Berganza de El coloquio de los perros, va a hacer la compra para su amo con la espuerta en la boca. Aunque no hace falta remontarse a Cervantes para encontrar un chucho tan solícito: en Umberto D. (Vittorio de Sica, 1952) Flick demuestra el mismo cariño hacia el pobre pensionista arruinado. Y de habilidades similares hará gala años después Uggy, el perro estrella de otro filme francés: The artist (Michel Hazanavicius, 2011).

¿Qué hará, finalmente, Alexandre ahora que ha logrado disfrutar plenamente de su existencia? ¿Será Agathe (Marlène Jobert) tan despreocupada como él? ¿Le dará Alexandre el sí quiero para volver a ser un hombre "felizmente" casado? Un bello campo de girasoles con la música de fondo del debutante Vladimir Cosma será la elocuente respuesta con la que se cerrará el filme.