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miércoles, 1 de noviembre de 2017

Hablamos esta noche (1982)




Directora: Pilar Miró
España, 1982, 97 minutos

Hablamos esta noche (1982) de Pilar Miró


Víctor (Víctor Valverde) es, a todas luces, lo que suele llamarse un triunfador: 45 años, seductor, máximo responsable de la central nuclear de Almonacid. Pero la cara opuesta a la de su éxito profesional resulta bastante menos halagüeña: divorciado, su ex mujer (Amparo Soler Leal) le hace saber que Claudio, el hijo adolescente que ambos comparten, es homosexual. Algo que le cuesta digerir, quizá porque la relación con su propio padre (Alfredo Mayo) no fue excesivamente fluida. A lo que cabe añadir el nunca aclarado suicidio de su hermana Charo. Por si fuera poco, su amigo y subordinado Luis María (Daniel Dicenta) le alerta de una peligrosísima falla a causa de una vena líquida en los terrenos donde se ha construido la central, mientras que su relación con Julia (Mercedes Sampietro) hace aguas por todas partes, al tiempo que inicia un romance con Clara (Amparo Muñoz), sobrina de un influyente miembro del consejo de administración y licenciada en Ciencias Físicas que está preparando una tesina sobre energía nuclear.

Hablamos esta noche, coescrita por Pilar Miró junto al uruguayo Antonio Larreta (con quien ya colaborara dos años antes en la escritura de Gary Cooper, que estás en los cielos) y rodeándose de su habitual reparto de actores de confianza, planteaba los temas habituales en la filmografía de la malograda realizadora, especialmente la crisis personal de un individuo que afronta la madurez con más resignación que entusiasmo.

Daniel Dicenta y Víctor Valverde


De hecho, casi podría decirse que la película actúa de reverso de Gary Cooper... (relato de tintes autobiográficos sobre una mujer que opta por enfrentarse ella sola a los retos de la vida) en tanto que ofrece el retrato de un antipático hombre de negocios.

Con todo, y a pesar de la completa instantánea que lleva a cabo de la sociedad española de principios de los ochenta (primeros gobiernos socialistas, boom económico, especulación financiera, cómo la generación que protagonizó el cambio político se ve ahora obligada a replantearse sus viejos ideales o a afrontar prejuicios cuya existencia ignoraban...), ni los diálogos transmiten excesiva naturalidad ni la impresión general de conjunto logra huir del tedioso tono plúmbeo que caracterizó a un determinado tipo de cine español de aquellos años (Garci sería otro ejemplo), tal vez porque, en un momento en el que lo que arrasaba a nivel popular eran las comedias de Pajares y Esteso, se consideraba erróneamente que seriedad o profundidad debían ser sinónimo de aburrimiento.

Víctor Valverde

sábado, 20 de febrero de 2016

Las palabras de Max (1978)




Director: Emilio Martínez Lázaro
España, 1978, 93 minutos

Las palabras de Max (1978)


Quién le había de decir a Emilio Martínez Lázaro que al cabo de los años terminaría dirigiendo las películas más taquilleras de la historia del cine español. Mucho antes de los apellidos vascos o catalanes, mucho antes incluso de los lados de la cama (el uno y el otro), un joven y progre Martínez Lázaro debutaba en el largometraje (en solitario, puesto que antes había participado junto a Bellmunt, Chávarri y Vallés en la dirección de Pastel de sangre) con Las palabras de Max, ganadora en Berlín junto a Las truchas de José Luis García Sánchez.

Se trata de una película típica del cine de la Transición, producida por Elías Querejeta y protagonizada por su hija Gracia, Héctor Alterio, Myriam de Maeztu y el sociólogo Ignacio Fernández de Castro (1919-2011). Este último es Máximo Gascón, Max, un personaje que oscila entre la lucidez y el egoísmo, pero que a fuerza de darle demasiadas vueltas a las cosas acabará quedándose solo. Ya en la escena inicial (nueve minutos de llamadas telefónicas a altas horas de la noche, algunas de ellas a personas a las que hace años que no ha visto) revelan el carácter obsesivo de Max. En su aspecto un tanto desaliñado, en sus barbas y casi melena, se averigua la expresión de un medio loco. En realidad, quien pasó en el manicomio una temporada fue su amigo Julián (Héctor Alterio), con el que se reencuentra casualmente paseando por las calles de Madrid.



Separado de su mujer desde hace tiempo, Max suele dar largas caminatas junto a Sara, su hija adolescente (Gracia Querejeta). Aunque quien en teoría es un hombre progresista terminará por mostrar su lado más posesivo y controlador, lo mismo con Sara que con Luisa (Myriam de Maeztu), la joven cantante con la que ha entablado una relación sentimental.

Las palabras de Max, rodada a lo largo de cuatro etapas distintas comprendidas entre 1976 y 1977, no cuenta unos hechos en concreto sino que muestra la vida cotidiana de unos personajes hablando en sitios (de ahí el título). Lo malo es que las palabras del protagonista, un perfecto maniático obsesionado por su pasado y capaz de herir con sus comentarios a quienes le rodean, le conducirán irremisiblemente a la soledad.