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viernes, 11 de abril de 2025

El segundo acto (2024)




Título original: Le deuxième acte
Director: Quentin Dupieux
Francia, 2024, 80 minutos

El segundo acto (2024) de Quentin Dupieux


Excéntrico como pocos cineastas y responsable de una de las filmografías más insólitas que pueda haber actualmente en el panorama internacional, el francés Quentin Dupieux (Hauts-de-Seine, 1974) presenta ahora su último trabajo, titulado Le deuxième acte (2024) como el restaurante en medio de la campiña en el que transcurre parte de la acción. Aunque lo curioso de la propuesta no radica tanto en el lugar, sino en las relaciones y diálogos que entablan los cuatro personajes principales.

Por una parte, están David (Louis Garrel) y Willy (Raphaël Quenard), dos amigos que tienen sus más y sus menos cuando el primero le propone al otro que intente satisfacer sexualmente a su novia. Ésta, llamada Florence (Léa Seydoux), pretende a su vez que su padre (Vincent Lindon) conozca personalmente a David. De modo que los unos y los otros mantienen acaloradas conversaciones mientras pasean por los alrededores.



El carácter metacinematográfico de la puesta en escena provoca que los protagonistas hagan referencia explícitamente a la película de la que forman parte, como cuando David se sulfura con Willy porque este último no para de hacer comentarios despectivos a propósito de transexuales y minusválidos que, además de no figurar en el guion, podrían suponer la cancelación del proyecto.

De todo lo cual se acaba derivando una reflexión bastante pirandelliana por boca del propio David, quien llega a la extraña conclusión de que la realidad es ficticia y viceversa. Quizá por ello no habría que concederle excesiva importancia al hecho de que la cinta se cierre con un largo trávelin hacia atrás sobre los rieles que el equipo de filmación ha colocado a través de los desiertos parajes de la Dordoña. Ni tampoco cuando, ya en los créditos finales, Dupieux incluye en los agradecimientos a su propio cerebro y hasta al mismísimo Dios.



martes, 18 de abril de 2023

El inocente (2022)




Título original: L'innocent
Director: Louis Garrel
Francia, 2022, 99 minutos

El inocente (2022) de Louis Garrel


¿Drama cómico o comedia dramática? Quienes aborden el visionado de L'innocent (2022) se van a encontrar ante una disyuntiva de muy difícil solución. Probablemente porque a su director, coguionista e intérprete principal, el francés Louis Garrel (París, 1983), le gusta transitar por unos derroteros donde coexisten códigos de muy distinto origen. De ahí que su protagonista, un ensimismado y algo inmaduro individuo que responde al elocuente nombre de Abel Lefranc (literalmente "el sincero"), suscite lástima y carcajadas a partes iguales.

Aunque tampoco el resto de personajes parecen excesivamente centrados. Sobre todo la madre (Anouk Grinberg), recién casada, tras varios matrimonios fallidos, con un ex convicto al que ha conocido en la cárcel, donde da clases de teatro. Lo cual dará pie a una implacable vigilancia por parte del hijo, suspicaz ante la posibilidad de que el tal Michel Ferrand (que así se llama el padrastro, interpretado por Roschdy Zem) pudiera involucrar a su flamante esposa en algún turbio asunto.



Y es que Abel manifiesta los síntomas de un más que probable complejo de Edipo, unido a su condición de viudo al que le cuesta superar la muerte de la difunta Maud. Hasta el extremo de visitar asiduamente la tumba donde yacen los restos de la malograda joven. Pero no hay mal que cien años dure y tampoco sería descabellado intuir que la complicidad que le profesa Clémence (Noémie Merlant), compañera de fatigas del antihéroe Lefranc en el acuario donde ambos trabajan, pudiera acabar convirtiéndose en algo más…

Lo demás es un puro enredo, a ratos tierno, a ratos trepidante, con persecuciones automovilísticas, tiroteos y un cargamento de caviar iraní de incalculable valor. No puede decirse, ni mucho menos, que se trate de una cinta realista, si bien arroja una cierta impronta de lo que constituye hoy día la Francia de la clase trabajadora, deseosa de abandonar los vecindarios de la banlieu y hacer realidad sus sueños (como la tienda de flores de Sylvie) aun a riesgo de pagar un altísimo precio por ello.



sábado, 4 de enero de 2020

El oficial y el espía (2019)




Título original: J'accuse
Director: Roman Polanski
Francia/Italia, 2019, 132 minutos

El oficial y el espía (2019) de Roman Polanski


Je n’ai qu’une passion, celle de la lumière, au nom de l’humanité qui a tant souffert et qui a droit au bonheur. Ma protestation enflammée n’est que le cri de mon âme...

Émile Zola

Remontarse al affaire Dreyfus supone retrotraerse a la madre de todos los escándalos, la injusticia mayor que se recuerda y origen de uno de los primeros juicios paralelos de la historia, en el que el célebre "J'accuse... !" que entonara Zola desde las páginas de L'aurore a buen seguro que contribuyó enormemente a mitificar los hechos en el ideario colectivo. Episodio que, por cierto, ya fue llevado a la pantalla en 1958 por el director e intérprete puertorriqueño José Ferrer.

Y es que, al margen de consideraciones históricas o políticas, queda claro que la figura del falso culpable ha sido ampliamente explotada por la industria cinematográfica en numerosas ocasiones, y ahí está el cine de Hitchcock para demostrarlo. Una fórmula que, en cierta manera, tendría su correlato en la vida real con los asuntos que el propio Polanski ha debido o tiene aún que saldar ante la justicia (y que, por ser de sobras conocidos, no nos vamos a detener ahora a explicar aquí).



En cualquier caso, hay que rendirse ante la evidencia y admitir que El oficial y el espía (título español de J'accuse) es una obra maestra sin paliativos. Evidentemente, no faltarán quienes tachen a su director de oportunista o de querer justificarse a sí mismo a través del atropello cometido por el Estado contra un capitán de origen judío. No obstante, y aunque así fuera, ello no ha sido óbice para narrar la trama con firme pulso narrativo, logrando una solidez considerable en las actuaciones de su reparto, encabezado por Jean Dujardin (Picquart) y en el que también interviene lo más granado de la actual escena francesa, desde Louis Garrel (Dreyfus) hasta Mathieu Amalric (Bertillon), pasando por Vincent Pérez (Leblois) o Melvil Poupaud (Labori).

Y como ya viene siendo habitual en muchas producciones ambientadas a finales del siglo XIX o principios del XX que han podido verse en los últimos tiempos —tal sería el caso de Nos vemos allá arriba (2017) o El collar rojo (2018)— la fotografía del polaco Pawel Edelman remeda la coloración que solían presentar las instantáneas tomadas durante aquel período, con especial predominio de tonalidades frías que dotan de un cierto aire de cromo al conjunto (probablemente, no hay que olvidarlo, por lo que tiene el filme de recreación histórica). Sea como fuere, y eso es un mérito innegable, Polanski ofrece con J'accuse un fresco imponente de los acontecimientos que un día pusieron en jaque al Estado Mayor de la República Francesa.


lunes, 20 de mayo de 2019

Un hombre fiel (2018)




Título original: L'homme fidèle
Director: Louis Garrel
Francia, 2018, 75 minutos

Un hombre fiel (2018) de Louis Garrel


Desprendiendo ese aire de romántico atormentado que le es tan característico, el actor Louis Garrel se descuelga ahora con el segundo largometraje por él dirigido. Un filme de apenas hora y cuarto de duración y narrado en primera persona, al más puro estilo Nouvelle vague. Sobre todo en lo que a Truffaut y su alargadísima sombra se refiere, ya desde el propio título, L'homme fidèle, en clara oposición a L'homme qui aimait les femmes (1977).

Tal vez por ello y tal vez, también, porque Garrel fue durante mucho tiempo el actor fetiche de Christophe Honoré, lo cierto es que su película plantea un curioso triángulo amoroso. Tan peculiar, o más, que los que se mostraban en Jules et Jim (1962) o en Les chansons d'amour (2007). Como llamativa es la coincidencia de que tanto Plaire, aimer et courir vite (2018) como la cinta que nos ocupa contengan escenas rodadas en el parisino cementerio de Montmartre (que es donde está enterrado Truffaut).



En todo caso, estamos frente a la típica comedia existencialista de amores que van y vienen, coescrita por el propio Garrel en colaboración con un espléndido Jean-Claude Carrière, que, casi nonagenario, continúa en activo y en pleno estado de forma. Savia nueva y experiencia que se alían para alumbrar un proyecto de aire desenfadado, en la línea de Baisers volés (1968), Domicile conjugal (1970), L'amour en fuite (1979) o hasta La femme d'à côté (1981).

Parecidos más que razonables y que ponen al espectador en la disyuntiva de si adorar el filme, por aquello de la nostalgia vintage, o bien rechazarlo frontalmente en razón de una mímesis huera y gratuita. Debate acaso estéril, toda vez que lo más singular de L'homme fidèle no son ni los avatares sentimentales de Abel (Garrel) ni sus devaneos amorosos ora con Marianne (Laetitia Casta), ora con Ève (Lily-Rose Depp), sino ese niño maquiavélico que todo lo enreda y todo lo complica y que, grabadora en mano, se acabará erigiendo en árbitro trapisondista de los idilios que se dirimen en su entorno familiar más inmediato.


domingo, 5 de mayo de 2019

Les chansons d'amour (2007)




Título en español: Las canciones de amor
Director: Christophe Honoré
Francia, 2007, 91 minutos

Les chansons d'amour (2007) de Christophe Honoré


Comienzan los títulos de crédito —apenas los apellidos de los miembros del equipo, en letras blancas, mayúsculas— exactamente de la misma forma que en su última película: Plaire, aimer et courir vite. Lo cual nos lleva a pensar más bien en una autocita que no en la supuesta voluntad vintage, por parte de Christophe Honoré, de la que hablábamos hace unos días. Conjetura que, más adelante, acaba por corroborar la escena en la que los tres protagonistas comparten cama.

Les chansons d'amour es lo que se diría un musical atípico, muy en la línea del François Ozon de 8 mujeres (2002), donde también participaba la actriz Ludivine Sagnier, que aquí interpreta el papel de Julie. Aunque asimismo podría recordar, en menor medida, a la española El otro lado de la cama (2002), de Emilio Martínez Lázaro, y su secuela Los 2 lados de la cama (2005). Sin embargo, la puesta en escena de Honoré resulta menos teatral que la de Ozon y mucho más profunda que la de las comedias de Martínez-Lázaro.

Los protagonistas de Domicilio conyugal (1970) de Truffaut
también leían en la cama

De hecho, el referente más explícito es bastante anterior en el tiempo: nada más y nada menos que Les parapluies de Cherbourg (1964) de Jacques Demy que, si bien era íntegramente cantado, se dividía en tres partes con el mismo título que las del presente filme: "Le départ", "L'absence", "Le retour".

Menos acentuada, pero igualmente destacable, es la influencia ejercida por Truffaut: aparte de la sonoridad de sus respectivos nombres, el personaje de Ismaël Bénoliel tiene algo de aquel Antoine Doinel que creció a lo largo de tantos filmes del director de Los cuatrocientos golpes, un poco como Louis Garrel o el resto de actores (Romain Duris o Vincent Lacoste) que en alguna ocasión han ejercido de trasunto de Honoré. En cualquier caso, la ya mencionada secuencia del trío parece remitir a Domicilio conyugal (1970) o incluso a Jules et Jim (1962), de las que podría considerarse una curiosa puesta al día.


viernes, 3 de mayo de 2019

Non ma fille, tu n'iras pas danser (2009)




Título en español: No, hija mía: tú no irás a bailar
Director: Christophe Honoré
Francia, 2009, 105 minutos

Non ma fille, tu n'iras pas danser (2009)
de Christophe Honoré


Adentrarse en las escabrosas interioridades que pueblan el extravagante universo de Christophe Honoré lo mismo puede acarrear repulsa visceral que adhesiones inquebrantables, dependiendo de lo convencional que sea el espectador. Porque si hay una constante en la filmografía del cineasta francés es su continuo empeño en dinamitar la institución familiar en tanto que fuente de vínculos potencialmente perversos entre sus miembros.

Enfoque que no es exclusivo, ni mucho menos, del director de Ma mère (2004), sino que puede encontrarse en un puñado de películas que el cine galo ha producido en lo que llevamos de siglo y aun puede que antes. Títulos como: Un air de famille (1996) de Cédric Klapisch, Nue propriété (2006) de Joachim Lafosse o la más reciente Custodia compartida (Jusqu'à la garde, 2017) de Xavier Legrand.



Non ma fille, tu n'iras pas danser plantea la disyuntiva en la que se haya inmersa Léna (Chiara Mastroianni): separada y madre de dos niños, deberá decidirse entre si seguir los dictados de su propio instinto o, en cambio, acabar acatando la rutina que el sentido común parece reservar para las mujeres que se encuentran en su misma tesitura. Situación que, por si no fuera suficiente, se ve agravada cuando Léna decide pasar unos días junto a sus padres y hermanos (a cuál más neurótico) en la casa que éstos tienen en Bretaña.

Indecisa y voluble, no puede decirse que Léna sea precisamente un dechado de virtudes. Hay determinados momentos en los que, como sucedía con el personajes de Gena Rowlands en A Woman Under the Influence (1974) de John Cassavetes, casi casi se podría dudar incluso de su salud mental, abrumada por la inesperada presencia del ex marido, el flirteo con el joven Simon (Louis Garrel) y unos padres gamberros cuya falta de tacto la supera por completo.


sábado, 27 de abril de 2019

Mi madre (2004)




Título original: Ma mère
Director: Christophe Honoré
Francia/Portugal/Austria/España, 2004, 110 minutos

Mi madre (2004) de Christophe Honoré


Provocadoramente amoral, Ma mère plantea una puesta en escena que, a nivel visual, desciende, por vía directa, del Pasolini de Saló o los 120 días de Sodoma (1975). Desprovista, eso sí, de cualquier connotación de tipo político. Y es que, en los inicios de su carrera, el francés Christophe Honoré aspiraba a convertirse en una suerte de enfant terrible, digno heredero de los planteamientos más rupturistas de la Nouvelle vague.

Incomodar al espectador, poner a prueba su paciencia hasta conseguir, en algunos casos, que éste abandone la sala, parece ser el objetivo de una película que recurre a tabúes como el incesto o la necrofilia para desafiar los prejuicios de la moral pequeñoburguesa. Eso es, al menos, lo que se ha vivido esta tarde en la sala Laya de la Filmoteca de Catalunya, una de las sedes del D'A y responsable de la retrospectiva que, en el marco de dicho festival, se le dedicará al director hasta el próximo mes de mayo.



Rodada en Canarias, Ma mère parece la síntesis de dos filmes clásicos de la cinematografía francesa: por una parte, la estrecha relación existente entre Pierre (Louis Garrel) y Hélène (Isabelle Huppert) recuerda enormemente a la de madre e hijo en El soplo al corazón (Le souffle au cœur, 1971) de Louis Malle; por otra, contiene determinados elementos vagamente sadomasoquistas que bien podrían entroncar con la estética de Maîtresse (1976) de Barbet Schroeder.

En todo caso, y habida cuenta de que en los próximos días comentaremos buena parte de su filmografía, dejémoslo, de momento, en que Honoré es simplemente Honoré, un cineasta controvertido, tal vez discutible e incluso irregular, pero que, y eso está fuera de dudas, no suele dejar a nadie indiferente. Podemos dar fe.


viernes, 12 de abril de 2019

Un pueblo y su rey (2018)




Título original: Un peuple et son roi
Director: Pierre Schoeller
Francia/Bélgica, 2018, 121 minutos

Un pueblo y su rey (2018) de Pierre Schoeller


Demasiada solemnidad y poca realidad. O lo que viene a ser lo mismo: mucho Delacroix y apenas nada de Bresson. Porque a pesar de un cuidado diseño de vestuario y de sus localizaciones esmeradamente elegidas y/o reconstruidas, Un peuple et son roi no pasa de ser, sin embargo, un simple cromo histórico lastrado por las interpretaciones excesivamente enfáticas de su prestigioso elenco de actores. Con esto no se pretende desmerecer el trabajo del director Pierre Schoeller, sino simplemente recordar que el cine es (debería ser) otra cosa.

A buen seguro que los profesores de Historia, a la hora de ilustrar en sus clases lo que supuso la Revolución Francesa, sacarán un enorme partido de los vehementes discursos de Robespierre (Louis Garrel) o de Marat (Denis Lavant) en la recién inaugurada Asamblea Nacional. Pero, aun así, el simple espectador, el cinéfilo que, todavía en 2019, se adentra en la penumbra de la sala de proyecciones en busca de un ápice de verdad, difícilmente puede, tras dos horas de recreación reverencial y marmórea, salir del todo satisfecho.

Louis Garrel caracterizado como Robespierre


Hay, eso sí, determinados momentos en los que se produce algún que otro hallazgo. Como la escena en la que los protagonistas, miembros del Tercer Estado, contemplan absortos la demolición de la Bastilla: al sentir sobre sus rostros los rayos de sol, hasta entonces ocultos por las torres de la fortaleza, experimentan una fascinación similar a la de los simios de 2001 frente al monolito. Un influjo, el de Kubrick, que, por extraño que parezca, volvemos a percibir en escenas de interior, iluminadas con velas, un poco a lo Barry Lyndon. A fin de cuentas, ¿no fue precisamente Kubrick quien pasó décadas preparando un megalómano proyecto, que nunca llegaría a materializarse, sobre Napoleón?

Titular Un pueblo y su rey una película que versa, entre otras cosas, sobre la ejecución de Luis XVI deja la puerta abierta a posibles interpretaciones sobre la simpatía que, a día de hoy, algunos franceses puedan sentir hacia la figura del monarca guillotinado. En cualquier caso, las calles de París se llenan últimamente de otro tipo de "revolucionarios", los gilets jaunes ("chalecos amarillos") cuyas reivindicaciones, como las de los sans culottes de hace más de dos siglos, aspiran a saciar la sed de justicia social de los sectores más desfavorecidos de la sociedad.


miércoles, 27 de marzo de 2019

Funan (2018)




Director: Denis Do
Francia/Luxemburgo/Bélgica, 2018, 84 minutos

Funan (2018) de Denis Do


Amparándose en el encanto que, a priori, suscitan los filmes de animación, durante la última década han sido varios los cineastas que se han atrevido a abordar determinados conflictos internacionales. Es el caso de Vals con Bashir (2008) del israelí Ari Folman, sobre la invasión del Líbano, así como de Persépolis (2007), visión de Vincent Paronnaud y Marjane Satrapi a propósito de la caída del Shah de Persia y la posterior revolución islámica.

Al igual que esta última, Funan nos llega ahora desde Francia, antigua metrópolis de lo que luego sería la actual Camboya y destino de una parte de la escasa disidencia que logró huir del implacable genocidio perpetrado por los Jemeres Rojos de Pol Pot, entre 1975 y 1979, en su terrible afán por imponer el agrarismo radical en el conjunto del territorio de Kampuchea.



Su director, el debutante Denis Do (París, 1985), desciende precisamente de refugiados, motivo más que obvio para comprender por qué eligió semejante temática para su primera película. El caso es que, a pesar de lo cruento de la historia que cuenta (en buena medida, recuerdos de lo que le tocó vivir a su propia familia), Funan es la flamante ganadora del Cristal, o máximo galardón, del último Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy.

Merecida recompensa, a buen seguro, pero que no impide que se nos ocurra algún que otro reparo respecto a cómo tantísima crueldad acaba difuminada tras la inocua apariencia de sus personajes dibujados. O de hasta qué punto las sensuales voces de Bérénice Bejo y Louis Garrel actúan de edulcorante en una trama un tanto folletinesca (con niño perdido incluido). Circunstancias en las que quizá no caía (o puede que no tanto, al hallarse temporalmente más cerca de los hechos relatados) Roland Joffé en su ya clásica The Killing Fields (1984).


sábado, 8 de diciembre de 2018

Los fantasmas de Ismaël (2017)




Título original: Les fantômes d'Ismaël
Director: Arnaud Desplechin
Francia, 2017, 135 minutos

Los fantasmas de Ismaël (2017) de Arnaud Desplechin


¿Cómo definir una película que es de todo menos convencional? Baste decir que se trata de un filme de Arnaud Desplechin (Roubaix, 1960) y ya no hará falta añadir nada más. Hay, eso sí, en Les fantômes d'Ismaël diversos estratos sobre los que se irá saltando de un modo tan caprichoso como inesperado. Así, por ejemplo, la acción arranca en un cónclave de espías que se preguntan por el paradero del misterioso Ivan Dédalus (Louis Garrel), su agente más avispado, aunque luego resulta que ello no era más que la visualización de los diálogos que Ismaël, cineasta profesional, está escribiendo para su próximo proyecto.

Este Dédalus es, según parece, el hermano de un personaje que lleva años transitando a lo largo de la filmografía de Desplechin y cuyo nombre aparece, además de aquí, en Comment je me suis disputé... (ma vie sexuelle) (1996), Un conte de Noël (2008) y la más reciente Trois souvenirs de ma jeunesse (2015). Casi siempre interpretado por Mathieu Amalric, si bien el actor se mete, en esta ocasión, en la piel del ya mencionado Ismaël Vuillard (y Vuillard era, por cierto, el apellido de la familia que se tiraba los trastos a la cabeza en Un cuento de Navidad).

Carlotta (Marion Cotillard) e Ismaël (Mathieu Amalric)


Todo conectado, pues, aunque no por ello más claro... Aun así, el propio Desplechin nos aporta algunas claves, en forma de referencia cinematográfica, para arrojar algo de "luz" sobre la verdadera naturaleza del relato que estamos viendo. En ese sentido, el hecho de que Ismaël toque al piano el tema central de la banda sonora que Bernard Herrmann compusiera para Marnie (1964) no deja de ser un tanto equívoco, ya que es, sobre todo, de Vértigo (1958) de donde más bebe el director francés. Como sucedía en la mítica cinta de Hitchcock, Carlotta (Marion Cotillard) regresa "de entre los muertos" veintiún años después de que se la diese por desaparecida. Rasgo de tono fantasmagórico que la emparenta con la mujer que interpretaba Kim Novak hace ahora seis décadas y que —como curiosamente sucedía, asimismo, en 8 mujeres (2002) de François Ozon— nos mira fijamente desde el interior de un inquietante retrato al óleo que cuelga de la pared en casa del protagonista.

Sylvia (Charlotte Gainsbourg) es, por último, el eslabón que faltaba para completar un puzle de compleja resolución en el que no todas las piezas encajan con la misma facilidad. En cualquier caso, ella es la esposa resignada que ocupó el vacío dejado por Carlotta y que ahora deberá enfrentarse, con flemático estoicismo, a la repentina e inesperada irrupción de su predecesora (que es, por cierto, la hija de un neurótico director de cine judío con el que Ismaël tiene también sus más y sus menos y al que éste acompañará hasta Tel Aviv con motivo de una retrospectiva que allí le dedican).

Sylvia (Charlotte Gainsbourg) junto a Ismaël en el cementerio


En fin, ¿alguien da más? Y eso no es todo: quien tenga la paciencia de aguantar hasta el final las más de dos horas del montaje del director también podrá ver a la Cotillard bailando al son de Bob Dylan, así como identificar (o al menos intentarlo) las citas textuales extraídas de las obras de Lacan o Philip Roth que contienen los diálogos... No es, pues, de extrañar la frialdad con la que Los fantasmas de Ismaël fue acogida en su presentación en el Festival de Cannes del año pasado: es prácticamente la misma que le ha dispensado la cartelera barcelonesa, donde el filme sólo puede verse en un par de salas...


El director Arnaud Desplechin en pleno rodaje

martes, 24 de octubre de 2017

Mal genio (2017)




Título original: Le Redoutable
Director: Michel Hazanavicius
Francia, 2017, 107 minutos

Godard sin Godard

Mal genio (2017) de M. Hazanavicius


Hace justo veinte días que nos dejaba Anne Wiazemsky, esposa y musa de Godard a finales de los sesenta, autora de un par de novelas que relatan su vida junto al cineasta de origen suizo. Partiendo, precisamente, de una de ellas (Un an après), el director Michel Hazanavicius intenta ahora repetir la jugada que tan buenos resultados le diera hace seis años con The Artist (2011).

Porque si en la laureada cinta que coprotagonizaban Jean Dujardin y Bérénice Bejo recreó la época dorada del cine mudo americano, con Le Redoutable (2017) hace lo propio inspirándose en el estilo visual y creativo del otrora enfant terrible de la Nouvelle vague. Arriesgada pirueta, sin duda, la de imitar lo inimitable, por más que el cartel de la película nos recuerde que se trata de una comedia: "Godard sin Godard", como decimos arriba, o "revolución sin revolución" vendría a ser la fórmula seguida en un filme cuya fotografía revela una textura y un tratamiento del color calcados a los de, por ejemplo, La chinoise (1967), pero muy lejos de la osadía que marcaron aquellos títulos, hoy ya míticos.



En dicho sentido, es indiscutible el esfuerzo llevado a cabo por Hazanavicius para emular el vestuario, el ambiente contracultural, la atmósfera del mayo parisino y sus protestas estudiantiles. En una palabra: el espíritu de una época. Pero por más que Mal genio se estructure en diez partes de ingenioso título, por mucho que incluya escenas que remiten a algunos de los momentos más célebres de la filmografía del homenajeado, ello no basta para que el resultado final suscite el mismo interés.

Quizá porque lo que entonces era radicalmente innovador hace ya tiempo que fue digerido y superado; tal vez porque Godard aún vive y sigue en activo... No sé. Lo cierto es que una película como ésta lo único que pone de manifiesto es la banalización innecesaria de un personaje mucho más profundo y complejo que la superficial caracterización llevada a cabo por el actor Louis Garrel. Claro que, partiendo de la base de que se titula "El temible" y que pretende desmitificar al genio adoptando el punto de vista de su exmujer, puede que el verdadero objetivo no fuese otro sino ridiculizar a Godard dejando al descubierto las muchas contradicciones de su carácter marcadamente egocéntrico. A lo mejor es por eso que Hazanavicius ha querido que al personaje se le rompan tantas veces las gafas: para subrayar simbólicamente la cortedad de miras de alguien que, de puro endiosado, es incapaz de valorar a la mujer que comparte su vida con él, primorosamente encarnada en la película por la cautivadora Stacy Martin.


viernes, 16 de junio de 2017

El sueño de Gabrielle (2016)




Título original: Mal de pierres
Directora: Nicole Garcia
Francia/Bélgica/Canadá, 2016, 120 minutos

El sueño de Gabrielle (2016) de Nicole Garcia


Car au fond, en amour, il s’agit peut-être au bout du compte de se fier à la magie, on ne peut pas dire qu’on puisse trouver une règle, quelque chose à suivre pour que tout se passe bien.

Milena Agus
Mal di pietre (Traducido del italiano por Dominique Vittoz)

¿Cuántas películas deben de haberse estrenado durante los últimos años que contengan el nombre de Gabrielle? ¿Y no fue también Marion Cotillard quien protagonizó El sueño de... Ellis...? ¿A las órdenes de James Gray...? Pero, antes de dejarnos arrastrar por una más que justificada sensación de déjà vu, conviene aclarar que el título francés de El sueño de Gabrielle es Mal de pierres: "mal de piedra", jugando con el doble sentido de los cálculos en las vías urinarias que padece la protagonista y la pétrea rigidez de su vida sentimental.

Poco más se puede añadir a propósito de una historia que transcurre entre los años cuarenta y sesenta y que se centra en el matrimonio forzoso entre los Rabascall. Él (Alex Brendemühl) es un republicano español; ella, la hija de unos granjeros que no entienden sus ansias de libertad. Cuando, tiempo después, Gabrielle sea internada en un balneario suizo para ser tratada de sus dolencias renales, conocerá al que cree ser el amor de su vida: el teniente André Sauvage, convaleciente de las heridas recibidas en Indochina e interpretado por Louis Garrel. Pero "toda la vida es sueño y los sueños..."



Es curioso constatar, a raíz de un filme como éste, cómo lo que funciona sin mayores problemas en una novelita de apenas cien páginas resulta, en cambio, vagamente sensiblero y escasamente verosímil al ser trasladado a la pantalla. Por más que su directora (la también actriz Nicole Garcia) haya introducido varios cambios en el guion con respecto a la obra de la italiana Milena Agus, siendo el más llamativo el trasladar la acción desde Cerdeña hasta la Provenza francesa.

Con todo, debería ser valorado en su justa medida el esfuerzo interpretativo de los actores, en especial el llevado a cabo por una Marion Cotillard que realiza una compleja labor de introspección a la hora de hacer entender qué es lo que lleva a una mujer perteneciente a un determinado medio social a enfrentarse contra los dictados del entorno a través de los sueños que forja en su mente.