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domingo, 5 de noviembre de 2023

Una isla con tomate (1962)




Director: Tony Leblanc
España, 1962, 85 minutos

Una isla con tomate (1962) de Tony Leblanc


De sobras conocido como intérprete, y de los mejores de su generación, a menudo se pasa por alto que Tony Leblanc (1922-2012) dirigió también tres películas: El pobre García (1961), Los pedigüeños (1961) y la insólita Una isla con tomate (1962). El humor blanquísimo y a veces absurdo del que hace gala en esta última pone de manifiesto su carácter eminentemente cándido, en un registro más cercano a las tiras cómicas del célebre TBO que no a lo que cabría esperar de una cinta, magníficamente fotografiada en color por Manuel Berenguer, en la que el propio Leblanc (además de coescribir el guion, ejercer de productor y componer la banda sonora) comparte protagonismo con José Luis López Vázquez y Antonio Garisa.

Verosímil o no, la trama arranca y concluye en la imaginaria población costera de Panaqués, adonde las clases adineradas se dan cita para hacer pública ostentación de su estatus social. Tal es el caso, por ejemplo, del aguerrido Ulpiano (López Vázquez), capaz de cruzar a nado el Canal de la Mancha del revés y en día de lluvia y que será condecorado como hijo único o predilecto (tanto monta) por el alcalde y en presencia de su augusta madre.



El caso es que, aparte de cuatro náufragos (el ya mencionado Ulpiano, más un tipo que se pasa la vida huyendo de su esposa y una pareja de recién casados), por la ínsula de marras irán desfilando piratas, caníbales y demás elementos que el imaginario colectivo suele ubicar en semejante enclave, si bien unos serán fruto de un sueño y el resto los extras que los propietarios del islote, unos señores muy antipáticos, han ido disponiendo para ahuyentar a los visitantes.

Carente casi por completo de un argumento sólido, más allá de que tres hombres y una mujer coincidan en una isla "desierta", la mayor parte de sus diálogos son una sarta de chistes a cuál más ingenuo (a veces incluso de mal gusto, como el gag a propósito de los juanetes del personaje de Garisa), por no mencionar la incorrección política en la que hoy incurrirían algunas de dichas ocurrencias. No obstante, hay que situar la obra en su contexto histórico y juzgarla de acuerdo con los parámetros de una época en la que el público no tenía mayores reparos en divertirse con ésta y otras humoradas por el estilo.



domingo, 14 de agosto de 2022

Náufrago (2000)




Título original: Cast Away
Director: Robert Zemeckis
EE.UU., 2000, 144 minutos

Náufrago (2000) de Robert Zemeckis


Son varias las razones que acreditan que, además de exitoso blockbuster en el momento de su estreno, Cast Away (2000) ha terminado convirtiéndose también en un clásico moderno. Cualidades no le faltan, de hecho, a una película magistralmente interpretada por Tom Hanks bajo la dirección de un Robert Zemeckis que sabía perfectamente lo que se traía entre manos.

Aun así, un análisis superficial de la cinta pudiera llevar a error a quien juzgue que en ella se abordan única y exclusivamente los avatares de un náufrago. Porque, al margen de la historia de superación a la que debe hacer frente el protagonista en su empeño por sobrevivir y luego abandonar una isla desierta en mitad del Pacífico, cabe sumar múltiples detalles, propios de una gran película.



A este respecto, resulta particularmente entrañable la relación que se establece entre Chuck y Wilson, un simple balón de voleibol que se convierte en su amigo imaginario mientras dura la reclusión en el islote. En esa misma línea, la ballena que escolta la singladura de Chuck en alta mar parece una referencia más o menos explícita al mito de Jonás, tal vez a la virtud de la paciencia. Aunque todavía más sutiles son las caras que pone Chuck cuando, tras haber sido rescatado, se queda mirando fijamente un encendedor de cocina o una simple navaja multiusos: utensilios cotidianos que en la isla habrían resultado de vital importancia y que ahora observa con una mezcla de añoranza y estupor.

De todos modos, Cast Away aborda abiertamente una serie de cuestiones sobre el destino y sus múltiples incógnitas. De ahí que la acción empiece y acabe en un cruce de caminos. A fin de cuentas, el motivo del naufragio no deja de ser una metáfora bastante ilustrativa a propósito de hasta qué punto nuestras vidas, eternamente expuestas a infinitos imprevistos, van a la deriva en el mar de la existencia. Por eso Chuck Noland, un ejecutivo de FedEx obsesionado con tenerlo todo bajo control, encarna mejor que nadie el absurdo afán perfeccionista del hombre de hoy en día.



lunes, 20 de julio de 2015

Robinson Crusoe (1954)




Director: Luis Buñuel
Méjico, 1954, 90 minutos

Veintiocho años, dos meses y diecinueve días...

Robinson Crusoe (1954) de Luis Buñuel


Una de las películas de Buñuel que casi nunca se mencionan. Quizá por ser un trabajo de encargo, meramente alimenticio y filmado enteramente en inglés. Junto con La joven (1960), este Robinson Crusoe supondría un tímido acercamiento del director español a la industria de Hollywood. Pero lo cierto es que, a pesar de no ser una de sus obras más personales, la huella de don Luis, como la de Viernes en la orilla de la playa, es perfectamente detectable. Ahí van unos cuantos ejemplos.

Cuando el náufrago sueña con su padre, hay un par de momentos en los que lo ve hundir su cabeza en el agua al tiempo que le habla, lo cual no deja de ser una imagen onírica de clara filiación surrealista. 

En otra ocasión, Crusoe se ve obligado a confeccionar un espantapájaros para evitar que las aves echen a perder su cosecha y lo cubre con un vestido de mujer. De pronto, se queda mirándolo, se acerca con cautela y lo roza suavemente con la punta de sus dedos: sin decir ni una sola palabra, el único habitante de la isla ha manifestado el dolor que le produce su soledad, al tiempo que Buñuel introduce un elemento fetichista. Este mismo recurso se volverá a repetir más adelante, en la escena en la que Viernes se pone otro vestido de mujer tomándolo por un atuendo guerrero.

Jaime Fernández en el papel de Viernes

Por último, prueba del carácter subversivo del genio de Calanda es la idea que asalta a Robinson Crusoe  de tender una trampa a los caníbales, consistente en llenar un agujero de pólvora y, cuando estuviesen todos encima curioseando, volarlos cruelmente por los aires. Aunque, avergonzado, enseguida desiste del empeño. Claramente, se trata de una de esas ensoñaciones que, según nos cuenta en sus memorias, acometían a menudo a Buñuel en la vida diaria.

Dan O'Herlihy en el papel de Robinson Crusoe

A propósito de Mi último suspiro, es interesante detenerse en lo que allí dice sobre esta película:

"Poco entusiasmado al principio, empecé a interesarme en la historia durante el transcurso del rodaje [...] Se trataba de una especie de película-cobaya: por primera vez en América, se rodaba en Eastmancolor [...] Por esta película en inglés, producida por Óscar Dancigers y que constituyó un éxito, cobré en total diez mil dólares, suma más bien irrisoria. Pero nunca me han gustado las discusiones financieras, y no tenía agente ni abogado para defenderme. Enterados de mi salario, Georges Pepper y Hugo Butler me ofrecieron el veinte por ciento de su porcentaje sobre los beneficios, pero lo rechacé." (Mi último suspiro, traducción de Ana María de la Fuente, Plaza & Janés, Barcelona, 1982, pp.186-187).

En definitiva, y por uno de esos curiosos azares del destino, Luis Buñuel, quien llevaba fuera de su país desde el final de la guerra civil española, parecía la persona más indicada para dirigir esta historia, pues, a fin de cuentas, un exiliado no deja de ser una especie de náufrago.


lunes, 22 de junio de 2015

Los cuatro robinsones (1939)




Director: Eduardo García Maroto
España, 1939, 98 minutos

Los cuatro robinsones (1939)


Pedro Muñoz Seca y Enrique García Álvarez habían escrito la astracanada homónima que ya se llevó al cine en 1926. En esta ocasión, además de la ya conocida historia de los cuatro amigos que fingen un crucero para librarse de sus aburridas esposas, pero que finalmente acaban de náufragos en una isla desierta, se incluyen diversos números musicales, algunos de ellos de contenido folclórico. 

En la primera de las mencionadas actuaciones, destaca el uso del plano cenital, a lo Busby Berkeley, para filmar el viraje de una bailaora flamenca sobre unas figuras geométricas en el suelo. Pese a todo, el modelo confeso de García Maroto era el director francés Réné Clair, de quien toma la idea de mezclar comedia, música y baile.

Disfrazados de chinos


De entre los actores, los más relevantes son Alberto Romea en el papel de padre serio de la chica, Mary Santpere y, en una de sus primeras apariciones, Fernando Rey. En cuanto a las escenas, por lo "exótico" de su trama resulta especialmente simpática la secuencia del cabaret chino. En fin...

Aunque hoy día una película como Los cuatro robinsones (1939) pueda parecer excesivamente ingenua, no hay que olvidar que la guerra civil española acababa de terminar y que, como es lógico, esta era la forma más fácil de evadirse de la triste realidad. En ese sentido, los chistes que se incluyen en los diálogos son de lo más blanco. Como aquel empleado que, preguntado por su jefe qué le parecería ir a la pesca del bonito, responde: "¡Ir a la pesca del bonito debe ser precioso!" O aquel otro que no duda en afirmar: "¡Antes morir que perder la vida!"