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viernes, 1 de septiembre de 2023

Persépolis (2007)




Directores: Vincent Paronnaud y Marjane Satrapi
Francia/EE.UU., 2007, 96 minutos

Persépolis (2007) de Marjane Satrapi y V. Paronnaud
 

Los avatares de una joven iraní antes, durante y después de la Revolución Islámica sirvieron de base para que la dibujante Marjane Satrapi (Rasht, 1969), autora de la novela gráfica Persépolis, dirigiese la versión fílmica de una historia de aprendizaje que, en definitiva, es la suya propia. De ahí que los hechos descritos adquieran una trascendencia aún mayor considerando el carácter trágico que ya de por sí reviste el advenimiento de un régimen tan sanguinario como el de los ayatolás.

A este respecto, la elección del blanco y negro, enmarcado por el ligero colorido del presente, en la sala de espera de un aeropuerto, desde el que la protagonista rememora su trayectoria vital, subraya la naturaleza agridulce de cuanto aquí se expone. Porque, y eso es lo verdaderamente relevante, ni la implacable represión ejercida contra la población en general (y contra las mujeres en particular) ni el brutal alcance de dicha coyuntura a nivel familiar impiden que aflore a cada paso una nota humorística que aporta frescura y, sobre todo, humanidad.



Aparte del vínculo con su tío Anouche, militante comunista y víctima del fundamentalismo chiita, tal vez sea la relación con la abuela uno de los aspectos más entrañables de una película en la que el trasfondo histórico queda supeditado a cómo esa niña (y luego adolescente) hereda de sus mayores una particular visión del mundo que la lleva a rebelarse contra las injusticias aun a riesgo de posibles represalias.

Dicha complicidad entre mujeres de distintas generaciones pone en valor cómo el germen de la libertad se transmite a pesar de todas las trabas que los guardianes de la decencia despliegan en un país regido por la ley Sharia. Rigidez que finalmente empuja a Marjane a su exilio europeo, pero que, sin embargo, no podrá romper nunca el especial lazo que une a la joven con la cultura milenaria de su tierra.



viernes, 17 de julio de 2020

Las señoritas de Rochefort (1967)




Título original: Les demoiselles de Rochefort
Director: Jacques Demy
Francia, 1967, 121 minutos

Las señoritas de Rochefort (1967) de Jacques Demy


Tras el éxito cosechado por Les parapluies de Cherbourg (1964), filme íntegramente cantado y encantado, Demy contraatacaba con la otra cara de la moneda: una explosión de júbilo y tonos pastel cuya banda sonora corría de nuevo a cargo del sublime Michel Legrand, quien optaría al Óscar de aquel año gracias a una partitura sencillamente extraordinaria. A este respecto, Les demoiselles de Rochefort fue y será siempre una cinta que trasmite alegría de vivir merced a una puesta en escena, entre cómica e incluso paródica, con un punto naíf, que va más allá de los parámetros de lo que es estrictamente el género musical.

Sus personajes son seres puros, despreocupados, que habitan un espacio en el que jamás han regido las aburridas normas del mundo convencional. Por eso la señora Garnier (Danielle Darrieux) tuvo sus gemelas y, muchos años después, al pequeño Boubou a raíz de sendos deslices. Y de ahí, precisamente, que el seráfico Maxence (Jacques Perrin), con su inmaculado vestidito de marinero y su inverosímil cabello teñido de rubio, pueda saltar cada noche el muro de la caserna para ir en busca de su ideal.



Consciente de su condición de autor, Demy invoca los referentes de su generación y aun de su propio universo, con alusiones a la ciudad de Nantes (lugar de nacimiento del director y del ya mencionado recluta-pintor Maxence), Lola (1961) o Les parapluies... Juego de citas en el que también tienen cabida mitos tan dispares como Jules et Jim (1962), de su compañero de filas François Truffaut, o los musicales de Stanley Donen (homenaje, este último, subrayado por la presencia estelar en el reparto del mismísimo Gene Kelly: reclamo tan atractivo, para los espectadores de finales de los sesenta, como el que supuso contar con George Chakiris, célebre tras su participación en West Side Story).

Amores que vienen y van, con esa sencillez que únicamente es capaz de auspiciar el celuloide, durante un fin de semana en el que unos feriantes forasteros instalan su caravana en la soleada plaza del pueblo. Delphine (Catherine Deneuve) y Solange (Françoise Dorléac), hermanas a ambos lados de la pantalla, aprovecharán la ocasión para unirse al convoy rumbo a París: tierra prometida donde les aguarda el éxito en compañía de los hombres apuestos ante cuyos encantos, una y otra, acaban de sucumbir.


miércoles, 21 de agosto de 2019

Una habitación en la ciudad (1982)




Título original: Une chambre en ville
Director: Jacques Demy
Francia, 1982, 90 minutos

Una habitación en la ciudad (1982) de Jacques Demy


Dos son los rasgos que, como mínimo, comparte esta película con Les parapluies de Cherbourg (1964). Por una parte, el hecho de estar enteramente cantada de principio a fin; por otra, el particular (y estridente) tratamiento del color. Al hilo de lo cual, se nos ocurre una tercera y hasta una cuarta concomitancia: ambas explican una historia de amor con un trasfondo político. Porque, si a mediados de los sesenta el referente más inmediato era la guerra de Argelia, en Une chambre en ville la acción se sitúa en el Nantes de 1955, durante la huelga de los metalúrgicos. Ciudad, conviene no olvidarlo, en la que Demy pasó su infancia.

Hay, sin embargo, una diferencia decisiva entre los dos filmes. Y es el ligero toque tragicómico que se deja sentir en este segundo musical, tal vez a causa de haber sido rodado en una época en la que difícilmente habría ya nadie que se tomase en serio el apasionado idilio entre un obrero y una burguesa. Buscada o no, dicha comicidad se hace patente cada vez que la película se proyecta en pantalla grande y, al llegar al final (que no desvelaremos), el público presente en la sala... ¡se parte de risa!



En cualquier caso, la partitura compuesta por Michel Colombier (1939–2004) iguala en calidad e intensidad a la que otro Michel —Legrand, (1932–2019)— compusiera para Les parapluies... Con la salvedad de que Richard Berry (Guilbaud) y Dominique Sanda (Édith) no son ni Catherine Deneuve ni Nino Castelnuovo.

Completaron el reparto una magnífica Danielle Darrieux en el papel de la señora Langlois, propietaria de la habitación alquilada y "suegra" del proletario Guilbaud, y Michel Piccoli interpretando al desesperado (e impotente) marido de la bella Édith.


martes, 21 de agosto de 2018

No encontré rosas para mi madre (1973)




Director: Francisco Rovira Beleta
España/Francia/Italia, 1973, 93 minutos

No encontré rosas para mi madre (1973)


Desperté en una luz grisácea, encogido de frío. Mañana cruzada de espejos duros y brillantes bajo el cielo. Dos ojos incoloros se inclinaron sobre los míos. "No es mamá", me dije. "Ni Helia". No conocía aquellos ojos. Tampoco la voz: 
       —¿Te encuentras mal, chico? ¿Quieres que te ayude?

José Antonio García Blázquez
No encontré rosas para mi madre

Cuán diferente habría sido el resultado en esta película si, en vez de cuidar tanto el envoltorio, la mayoría de esfuerzos hubiesen ido dirigidos a dotarla de una mayor profundidad psicológica. Talento no faltaba (no hay más que echar un vistazo al listado de gente que trabajó en ella para darse cuenta), pero cuando falla lo principal, que es el entusiasmo...

Una coproducción entre tres países; un director, en horas bajas, al que no le gusta el guion y decide retocarlo y, lo que es peor, mandarlo retocar una y otra vez (hasta seis personas diferentes intervinieron en él); un reparto internacional plagado de tantas estrellas que produce empacho; una trama que transcurre en tres ciudades distintas y, para colmo, un protagonista al que eligen por su cara bonita, pero que carece de cualidades interpretativas.

Renaud Verley es Jaci


Digámoslo claro: No encontré rosas para mi madre (1973), pese a estar basada en la excelente novela homónima de José Antonio García Blázquez, dista mucho de ser lo que se dice una obra maestra. Se nota, eso sí, el saber hacer de Rovira Beleta tras las cámaras, auxiliado por una impecable dirección de fotografía en color del veterano Michel Kelber y, sobre todo, el amor por su querida Barcelona cuando filma determinados enclaves de la Ciudad Condal (Plaza España, la Plaza Real, las Ramblas, el Paralelo, el puerto... O algunos locales hoy desaparecidos, como el conflictivo Drugstore Liceo de la secuencia inicial, entonces recién inaugurado y que cerraría sus puertas en 1982), aunque la personalidad del cineasta se desdibuja un tanto a la que la acción se traslada a Madrid o a Ibiza.

Por último, la visión que se ofrece de ciertos sectores de la juventud de entonces no es que sea precisamente halagüeña: Jaci (interpretado por el francés Renaud Verley) lo mismo coquetea con señoras de cierta edad (Gina Lollobrigida) que con ancianos libidinosos, pese a que su interés es exclusivamente monetario. Y con las jóvenes África (Concha Velasco) y Elaine (la británica Susan Hampshire) parece incapaz de comprometerse, probablemente por la atracción edípica que lo une a su madre (Danielle Darrieux). En resumidas cuentas, lo mismo él que su cuadrilla se distinguen por una ociosidad malsana y autodestructiva. De lo que se infiere, una vez más, que Rovira Beleta —hombre elegante y sensible, pero de otra generación, con otros valores— no era el más indicado para hacerse cargo de esta historia.


miércoles, 13 de julio de 2016

La verdad sobre Bébé Donge (1952)










Título original: La vérité sur Bébé Donge
Director: Henri Decoin
Francia, 1952, 110 minutos



Aunque ya no estaba casado con ella en esa fecha, Henri Decoin eligió a Danielle Darrieux para protagonizar la fiel adaptación que de La vérité sur Bébé Donge de Georges Simenon llevara a cabo en 1952. Filme muy caro para la actriz, toda vez que, según ha manifestado en alguna ocasión, le permitió relanzar su carrera interpretando papeles más dramáticos que aquéllos en los que hasta entonces había sido encasillada.

Y es que tanto la Darrieux como un espléndido Jean Gabin serían pieza clave en el éxito de una película tan gélida como precisa a la hora de analizar los resortes de un matrimonio de la alta burguesía. Porque de eso trata verdaderamente La verdad sobre Bébé Donge: de cómo un alma en principio soñadora y romántica, la de Elisabeth d'Onneville (alias Bébé), acaba maquinando el envenenamiento de su acaudalado (y mujeriego) esposo.

Recurriendo continuamente a la analepsis, la trama se estructura en torno a los numerosos flashback que François Donge (Jean Gabin) lleva a cabo en el lecho del hospital en el que ha despertado tras varios días en coma. Él, que siempre había sido un cínico e impenitente conquistador, rememora en el umbral de su muerte los diez años de matrimonio con Bébé.



La Cinemateca de Toulouse, en el comentario que dedicaba al filme hace algunos años, resumía su contenido en los siguientes términos; "Allí donde ella esperaba una historia de amor, él únicamente le supo dar su apellido. Más que un drama sentimental, una pesadilla aterradora. Fría. Asfixiante. La incomprensión más absoluta. Oscuramente tenebrosa. Una perla negra trufada de flashback, brillante como un destello de lucidez. La verdad es repugnante".

domingo, 26 de junio de 2016

Ocúpate de Amélie (1949)





Título original: Occupe-toi d'Amélie... !
Director: Claude Autant-Lara
Francia/Italia, 1949, 92 minutos

Ocúpate de Amélie (1949) de Claude Autant-Lara

El universo literario creado por el dramaturgo Georges Feydeau (1862–1921) está poblado de señores rollizos que caminan de puntillas, muchachas de dudosa moral que aspiran a casarse con algún príncipe europeo, barbudos imperturbables, insensatos bigotudos, generales jactanciosos, aristócratas con monóculo y emperejiladas matronas sin otro quehacer que recibir a las visitas. En una palabra: lo que dio en denominarse vodevil en la sociedad anterior a la Gran guerra.

En ese sentido, la acción de Occupe-toi d'Amélie... ! plantea los típicos enredos propios del género. Se sitúa en 1910 y tiene por protagonista a Étienne (André Bervil), quien mantiene económicamente a la joven Amélie d'Avranches (Danielle Darrieux), mujer encantadora y ligera de cascos cortejada por una legión de pretendientes y que encarna a la típica cocotte. Hasta aquí todo "normal". Pero las cosas se complicarán debido a que Marcel Courbois (amigo de Étienne interpretado por Jean Desailly) se encuentra en la incómoda tesitura de que sólo podrá cobrar su herencia cuando se case. Así que, como trampa legal, se organiza un falso matrimonio entre Marcel y la casquivana Amélie, con toda la parafernalia que ello conlleva. Aunque, para acabar de liar aún más el embrollo, Étienne se las apañará para que el matrimonio tenga lugar realmente...



Preservando el habitual ritmo frenético vodevilesco, la adaptación de Ocúpate de Amélie que en 1949 dirige Claude Autant-Lara a partir de un guion de Jean Aurenche y Pierre Bost se caracteriza por una originalísima puesta en escena que prefigura lo que, años más tarde, hará Woody Allen en La rosa púrpura de El Cairo: lejos de atenuar el origen teatral del texto, asistimos a una representación de la obra en la que los espectadores interactúan con los actores/personajes y en la que la frontera entre ficción y realidad se desdibuja totalmente, con continuos saltos del escenario a la sala y de la sala a la vida real.

Es muy ocurrente, en ese mismo orden de cosas, la pausa publicitaria a la que asistimos durante el descanso de un entreacto, con anuncios luminosos de productos (como las píldoras para incrementar el busto) que dan pie a la sátira más mordaz.

Porque, sea como fuere, la corrosiva crítica contra los convencionalismos burgueses ideada por Feydeau se mantiene intacta e incluso aumentada en el filme de Autant-Lara: no hay más que ver cómo el padre de Amélie (interpretado por el histriónico Julien Carette) incita a la joven para que saque el mayor provecho de sus encantos, sobre todo dejándose rondar por el Príncipe extranjero (Grégoire Aslan) que promete recompensar al progenitor de la criatura con un equivalente de la Legión de Honor.


domingo, 19 de junio de 2016

Condesa por una noche (1938)




Título original: Retour à l'aube
Director: Henri Decoin
Francia, 1938, 90 minutos

Condesa por una noche (1938) de Henri Decoin


Hoy en día puede parecer del todo inverosímil, pero hubo una época en la que una película como Retour à l'aube tenía su morbo. Eso de que una mujer recién casada se viese sola en una gran capital durante una noche y dándose la gran vida no podía sino excitar los ánimos de un público cuyas anodinas vidas necesitaban el estímulo de historias provocadoras.

Los tiempos han cambiado, cierto, pero para entender en su justa medida el juego que el director Henri Decoin proponía en Condesa por una noche se hace del todo necesario situarse en un periodo en el que el papel de la mujer solía quedar relegado estrictamente al ámbito familiar. Por otra parte, el hecho de que la acción se sitúe en Hungría añadía un elemento exótico, como lo demuestra la ceremonia nupcial inicial con sus trajes típicos y esos bailes folclóricos tan llamativos.



Los trenes tienen también una presencia notoria en la película: los vemos entrar en el encuadre por la derecha, por la izquierda, en vertical, en horizontal, en diagonal, de arriba a abajo... Y eso cuando el vapor de la locomotora no es utilizado para inundar de blanco la pantalla y facilitar así la transición entre escenas. En fin, queda claro su valor simbólico: es el elemento que lleva el progreso hasta la tranquila localidad de Thaya y el medio de transporte que propiciará que la cándida y aburrida Anita Ammer (Danielle Darrieux, a la sazón esposa de Decoin) pueda echar una cana al aire.

En Budapest, y gracias a la inesperada herencia de ocho mil francos que recibe de su difunta tía, Anita conocerá también el lujo y la vida mundana, sin duda otra de las fantasías recurrentes para el público de aquel entonces. Pero para que la joven quedase redimida a ojos de los espectadores se la muestra en todo momento como bajo los efectos de la hipnosis: se diría que la pobre Anita no es consciente de lo que hace o, incluso, que debido a un fuerte sentimiento de culpabilidad padece una aparente enajenación mental transitoria. Sea como fuere, el hecho de que su marido, en la patética escena final, prefiera no saber nada sobre lo ocurrido y casi la obligue a decir que todo ha sido un sueño abundaría en esta interpretación.

Aparte de la bella Danielle Darrieux (bella entonces y ahora, con casi cien años), completaron el reparto Pierre Mingand (el petulante Osten), Pierre Dux (el tedioso marido Karl Ammer), Raymond Cordy (el ingenuo Pali) y Jacques Dumesnil (el seductor ladrón de guante blanco Dick Farmer).

Anita (Danielle Darrieux) probando el monóculo de Osten (Pierre Mingand)

domingo, 14 de febrero de 2016

Madame de... (1953)











Director: Max Ophüls
Francia/Italia, 1953, 105 minutos



Madame de... porta soudain ses mains à ses oreilles et, l'air égaré, s'écria :
- Ciel ! Je n'ai plus mes boucles d'oreilles ! Elles ont dû tomber pendant la valse.
- Non, non, vous n'en aviez pas ce soir, lui affirmèrent toutes les personnes qui l'entouraient alors.
- Si, je les avais, je les avais, j'en suis sûre, dit-elle et, cachant toujours ses oreilles dans ses paumes, elle courut à son mari :
- Mes boucles d'oreilles ! Mes deux cœurs ! Je les ai perdus, ils sont tombés ! Voyez, voyez, fit-elle en écartant ses mains.
- Vous ne portiez pas de boucles d'oreilles ce soir, répondit Monsieur de...

Madame de...
Louise de Vilmorin



Porque los pendientes son los verdaderos protagonistas de esta historia, claro... Max Ophüls no podía saberlo, pero apenas le quedaban cuatro años de vida cuando estrenó Madame de..., adaptación de la novela corta de Louise de Vilmorin. Tras su aventura americana, el realizador alemán dio lo mejor de sí mismo en cuatro filmes antológicos rodados en Francia que representarían, a la postre, su testamento fílmico: La ronda (1950), El placer (1952), la ya mencionada Madame de... (1953) y Lola Montes (1955).



En todos ellos se aprecia un gusto casi obsesivo por los ambientes decimonónicos así como la misma escritura caligráfica de un cineasta que supo hacer del plano secuencia su recurso más efectivo para llevarnos de la mano. El mundo en el que Ophüls sitúa sus historias, presidido por la elegancia, el refinamiento y la exquisitez, es un mundo que ya no existe: las sucesivas guerras mundiales se encargaron de dinamitarlo. Pero como le ocurría al novelista Stefan Zweig, Ophüls no puede sustraerse a la fascinación que sobre él ejerce la sofisticación europea de sus ambientes más distinguidos.

Louise (Danielle Darrieux) y Donati (Vittorio De Sica)

En Madame de... los carnés de baile, los carruajes, el boato de las veladas con frac y chistera, los duelos, los candelabros, el suntuoso vestuario (nominado al Óscar), los criados solícitos, los palacetes opulentos, los amoríos de opereta, los señores con monóculo... todo, absolutamente todo, actúa de marco ideal para una historia en la que los caprichos del azar no quieren que la protagonista se separe ni de sus preciados pendientes ni de los dos hombres entre cuyo amor se debate.

Jean Debucourt (el joyero Rémy) y la condesa

Acaso porque junto a los valiosos colgantes se alzan varios enigmas que les roban protagonismo: esta es una película que empieza y, sobre todo, acaba con un gran interrogante. ¿Cuál es el apellido de la señora? ¿Quién vence en el duelo final? De nada sirve preguntárselo, ya que quizá se nos ha ido dando la respuesta a lo largo de la historia: Louise es cualquier mujer de su tiempo, el prototipo de aristócrata que se deja llevar por los convencionalismos de su clase social, cuando no es víctima de ellos. Así las cosas, la hipocresía y la falsa moral rigen su vida como la de tantas mujeres de aquel entonces. No hay más que ver cómo el General André y ella se tratan de usted y duermen en camas separadas, al tiempo que ambos tienen sus respectivos amantes: él se las compone con Lola (la italiana Lia di Leo) y ella con el Barón Fabrizio Donati (el también italiano Vittorio De Sica).

Así que, si bien se mira, el interrogante final tal vez no sea más que un apunte pesimista, apenas una manera de decirnos que fuere el que fuere el desenlace habrá sido tan solo una veleidad más del destino antojadizo.

La condesa Louise probándose los pendientes de la discordia

martes, 15 de diciembre de 2015

8 mujeres (2002)




Título original: 8 femmes
Director: François Ozon
Francia/Italia, 2002, 111 minutos

8 mujeres (2002) de François Ozon

¡Qué bello filme 8 mujeres! Y, sin duda, mejora con los años. A pesar de su deliberada teatralidad, de su puesta en escena intencionadamente ingenua, pero, al mismo tiempo y sobre todo, porque en ello mismo radica su verdadero encanto.

Y es que la intriga caricaturesca que aquí se presenta (con sus estereotipadas protagonistas) no debe despistarnos de las verdaderas intenciones del filme: François Ozon acertó a homenajear con él no sólo a varias generaciones de actrices francesas, sino a la condición femenina de manera general. En ese sentido, la pieza teatral de Robert Thomas que sirvió de base para el guion no deja de ser un pretexto, un juego al más puro estilo Agatha Christie en el que el misterio que rodea al crimen de Marcel acabará resolviéndose burdamente.



8 mujeres es también un homenaje a la canción francesa, mediante una fórmula infalible: reunir en una misma película a las mejores actrices de aquel país, todas ellas primeras estrellas (Danielle Darrieux, Catherine Deneuve, Isabelle Huppert, Emmanuelle Béart, Fanny Ardant, Virginie Ledoyen, Ludivine Sagnier y Firmine Richard) para hacer que canten algunas de las más célebres composiciones de todos los tiempos. Así pues, a medida que avance la trama irán desfilando para, sucesivamente, interpretar la siguiente nómina de temas:

"Papa, t'es plus dans le coup" (en la voz de Ludivine Sagnier e interpretada en 1963 por Sheila)

"Message personnel" (a Isabelle Huppert se le saltan las lágrimas con el clásico de Françoise Hardy)

"Pour ne pas vivre seul" (Firmine Richard recupera un viejo éxito de Dalida)

"Pile ou face" (Emmanuelle Béart se desmelena con un hit de Corynne Charby del 87)

"Mon amour, mon ami" (cantada por Virginie Ledoyen y popularizada en su día por Marie Laforêt)

"Toi jamais" (Catherine Deneuve hace suya una canción que Sylvie Vartan cantó en 1976)

"À quoi sert de vivre libre ?" (Fanny Ardant le da otro aire a un éxito disco de Nicoletta del 75)

"Il n'y a pas d'amour heureux" (Danielle Darrieux cierra el film con este emotivo poema de Louis Aragon musicado por Georges Brassens)

François Ozon, el director de la diferencia, firmó un musical fresco y de factura impecable (con sus trávelin y planos secuencia a lo largo y ancho de la lujosa mansión en la que se desarrollan los hechos), no sin olvidar sus muchos guiños cinéfilos (básicamente Hitchcock, aunque también la escena que une a Gaby con Pierrette por los suelos: dos actrices a las que amó en vida Truffaut), así como el vestuario de Pascaline Chavanne y la banda sonora original de Krishna Levy, dos elementos definitivos a la hora de convertir 8 mujeres en una película de extrema elegancia.


sábado, 17 de octubre de 2015

Operación Cicerón (1952)




Título original: 5 Fingers
Director: Joseph L. Mankiewicz
EE.UU., 1952, 108 minutos



Mankiewicz haciendo de Hitchcock o, lo que es lo mismo, una historia de espías durante la Segunda guerra mundial, ambientada en Turquía y con banda sonora de Bernard Herrmann: unos intrigantes pizzicato por aquí, unos trémolos sugiriendo misterio por allá, una inquietante sección de metal por acullá... y el suspense está servido.



Desde el primer momento, con plano inicial del parlamento británico e inserto explicativo, se insiste en que la historia está basada en hechos reales, recogidos en una novela por L.C. Moyzisch (antiguo agregado militar en la embajada alemana de Ankara).



Los papeles principales fueron interpretados por James Mason y la francesa Danielle Darrieux. Él es Diello, el mayordomo del embajador inglés: de origen albanés, sueña con llegar a más y por ello decide pasar documentos altamente secretos a los alemanes a cambio de una suculenta recompensa. Ella, la condesa Anna Staviska: venida a menos, solicitará la ayuda económica de unos y otros, aunque para ello deba sentirse tratada por Diello como su igual.



Y, como en toda intriga que se precie, también habrá, por supuesto, dolorosas traiciones y venganzas meticulosamente calculadas entre los protagonistas, aunque las carcajadas de Diello en la escena final hagan valer el tópico de que quien ríe el último ríe mejor.

Diello en su lujosa terraza de Río de Janeiro

La película obtuvo, sin éxito, sendas nominaciones en los Oscar del 53 a la mejor dirección y al mejor guion, habiendo ganado antes el Globo de oro en esta última categoría para Michael Wilson.