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sábado, 28 de abril de 2018

El Capitán Veneno (1951)




Director: Luis Marquina
España, 1950, 85 minutos



- I -

Un poco de historia política

La tarde del 26 de marzo de 1848 hubo tiros y cuchilladas en Madrid entre un puñado de paisanos que, al expirar, lanzaban el hasta entonces extranjero grito de ¡Viva la República!, y el Ejército de la Monarquía española (traído o creado por Ataúlfo, reconstituido por Don Pelayo y reformado por Trastamara), de que a la sazón era jefe visible, en nombre de doña Isabel II, el Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de la Guerra, don Ramón María Narváez...

Y basta con esto de historia y de política, y pasemos a hablar de cosas menos sabidas y más amenas, a que dieron origen o coyuntura aquellos lamentables acontecimientos.

Pedro Antonio de Alarcón
El Capitán Veneno

El repaso pormenorizado de los títulos de crédito de El Capitán Veneno nos deja alguna que otra sorpresa: diálogos de Wenceslao Fernández Flórez, música de Cristóbal Halffter... Nombres ilustres de los que cabe inferir la importancia de una película que hoy podría pasar, erróneamente, por una de tantas producciones históricas del cine español de finales de los cuarenta y primeros cincuenta.

Cantando una jota

El carácter cómico de la misma ya estaba presente en el texto de Pedro Antonio de Alarcón en el que se basa, si bien con un estilo muy diferente. Compárese, si no, la alambicada prosa alarconiana con el chiste que, en boca del colérico Jorge de Córdoba, abre la acción en la película:

¿El rey? ¿A qué viene el rey? Qué terrible imprudencia, el rey en la mesa, cuando no tenemos más que dos copas. ¿No comprende usted que me obliga a soltar el tres, en beneficio de Suárez, que tiene el as?

Juego de palabras que contrasta vivamente con la prolija descripción que hallamos al frente del original decimonónico:

- II -

Nuestra heroína

En el piso bajo de la izquierda de una humilde pero graciosa y limpia casa de la calle de Preciados, calle muy estrecha y retorcida en aquel entonces, y teatro de la refriega en tal momento, vivían solas, esto es, sin la compañía de hombre ninguno, tres buenas y piadosas mujeres, que mucho se diferenciaban entre sí en cuanto al ser físico y estado social, puesto que éranse que se eran una señora mayor, viuda, guipuzcoana, de aspecto grave y distinguido; una hija suya, joven, soltera, natural de Madrid y bastante guapa, aunque de tipo diferente al de la madre (lo cual daba a entender que había salido en todo a su padre); y una doméstica, imposible de filiar o describir, sin edad, figura ni casi sexo determinables, bautizada, hasta cierto punto, en Mondoñedo, y a la cual ya hemos hecho demasiado favor (como también se lo hizo aquel señor Cura) con reconocer que pertenecía a la especie humana...

Queda clara, pues, la pericia del director Luis Marquina a la hora de traducir en imágenes un material tan, a priori, alejado de la gramática cinematográfica. Y que, interpretado por un elenco de actores encabezado por Fernando Fernán Gómez y Sara Montiel (y en el que no faltaron los habituales secundarios: Pepe Isbert como el perogrullesco doctor Sánchez, Manolo Morán haciendo de relamido primo del protagonista o Julia Lajos en el papel de Marquesa de Villadiego), conforma un delicioso cuadro en torno a la disparatada figura de un atrabiliario oficial, herido de guerra y soltero irredento.

Rasgos, estos últimos, que encajaban a la perfección en la escala de valores franquista, al tratarse de un héroe que pone en peligro su integridad física intentando sofocar una sublevación republicana (palabra que aún conservaba temibles connotaciones apenas transcurrida una década tras la contienda civil) y que finalmente sucumbe a los encantos de la vida familiar.


sábado, 29 de abril de 2017

La pródiga (1946)




Director: Rafael Gil
España, 1946, 90 minutos



Hace ya de esto quince o veinte años. Preparábase en nuestra siempre revuelta España una elección general de Diputados a Cortes. La batalla debía reñirse aquella vez por circunscripciones, y los tres candidatos de embozada oposición que aspiraban a representar la parte Nordeste de cierta provincia andaluza, donde eran mucho menos conocidos que en Madrid, bien que en ella tuviesen tal o cual deudo y alguna finca, andaban recorriendo, juntos y a caballo, villas, aldeas y cortijos, en busca de votos contrarios al Ministerio; oficio divertidísimo si los hay, cuando uno es todavía joven y poco ambicioso, aficionado a montar, indiferente a los peligros o dado a correrlos, más devoto de la naturaleza que de la política, y más amante de las buenas mozas, del rico vino y de las fatigas corporales, que de todas las formas de gobierno habidas y por haber.

Pedro Antonio de Alarcón
La pródiga

Superproducción por todo lo alto: vestuario, decorados, elenco de estrellas... Todo en La pródiga fue impecablemente impecable. Tanto, que a día de hoy se nos antoja engolada y pomposa. En realidad, hasta el propio argumento ha perdido interés, toda vez que los amores entre un aspirante a diputado liberal y una marquesa venida a menos aparecen a nuestros ojos como algo remoto y tedioso. Luego está el tema del honor, tan importante otrora y tan carente de sentido en la actualidad, vinculado en este caso al turbio pasado de doña Julia (Paola Barbara). Si se le añade, por último, lo poco convincente de la actuación de Rafael Durán, quien en su papel de Guillermo de Loja, se esfuerza en vano en llorar y poner cara compungida, obtendremos el retrato de la vacuidad de un filme enfundado, sin embargo, en un cuidadísimo envoltorio.



No era la primera vez que Rafael Gil adaptaba un texto de Alarcón (dos años antes había hecho lo propio con El clavo) y, a decir verdad, La pródiga cosechó varios premios del Círculo de escritores cinematográficos. El prolífico director concibió la película como una larguísima elipsis (que abarca prácticamente todo el metraje, desde el minuto siete hasta el ochenta y ocho), en la que asistimos al sueño/remembranza de Guillermo al evocar los dolorosos hechos de un pasado que revive en él al contemplar el cuadro que pintó Julia.



Mención aparte merece el personaje de José (Fernando Rey), especie de Heathcliff a lo Cumbres borrascosas que se debatirá entre su atracción hacia la marquesa y una creciente ojeriza contra Guillermo. O la visión nada favorable que se da de los compañeros de este último (interpretados por Guillermo Marín y Ángel de Andrés), dos liberales oportunistas que declaran, abiertamente, que están en política con el único objetivo de medrar. La censura franquista no perdía comba para, a la mínima, meter cucharada, y por eso se arrojaba aquí esta imagen tan poco halagüeña del sistema parlamentario. Algo que, por otra parte, se pretende subrayar con las escasas visitas a la iglesia de Guillermo y doña Julia y la consiguiente amonestación que reciben del cura de Abencerraje (José María Lado).


domingo, 5 de junio de 2016

El escándalo (1943)




Director: José Luis Sáenz de Heredia
España, 1943, 107 minutos

El escándalo (1943) de J.L. Sáenz de Heredia

El lunes de Carnestolendas de 1861 -precisamente a la hora en que Madrid era un infierno de más o menos jocosas y decentes mascaradas, de alegres estudiantinas, de pedigüeñas murgas, de comparsas de danzarines, de alegorías empingorotadas en vistosos carretones, de soberbios carruajes particulares con los cocheros vestidos de dominó, de mujerzuelas disfrazadas de hombre y de mancebos de la alta sociedad disfrazados de mujer; es decir, a cosa de las tres y media de la tarde-, un elegante y gallardo joven, que guiaba por sí propio un cochecillo de los llamados cestos, atravesaba la Puerta del Sol, procedente de la calle de Espoz y Mina y con rumbo a la de Preciados, haciendo grandes esfuerzos por no atropellar a nadie en su marcha contra la corriente de aquella apretada muchedumbre, que se encaminaba por su parte hacia la calle de Alcalá o la Carrera de San Jerónimo en demanda del Paseo del Prado, foco de la animación y la alegría en tal momento...

Pedro Antonio de Alarcón
El escándalo

Es, sin duda, El escándalo una de esas novelas que se leen de un tirón, pero no tanto porque nos enganche su calidad literaria sino más bien por la estructura de breves capítulos con que la dotó su autor, el insigne guadijeño Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891). Hablar de ella es hablar de su protagonista, Fabián Conde por más señas, ese "elegante y gallardo joven" al que vemos avanzar a contracorriente en el párrafo inicial y del que poco después se dirá que "En la Atenas de Pericles [...] no hubiera pasado por un Apolo; pero en la Atenas de lord Byron podía muy bien servir de Don Juan".

Heredero, por lo tanto, de la estirpe de los Tenorio, su carácter arrogante y donjuanesco actúa de detonante de las innúmeras vicisitudes que se suceden a lo largo del relato y de la adaptación cinematográfica de la que sería objeto en 1943. La versión de Sáenz de Heredia contó con la participación de los actores Armando Calvo (Fabián), Manuel Luna (Diego) y Guillermo Marín (Lázaro), siendo Mercedes Vecino (Matilde), Trinidad Montero (Gabriela) y Porfiria Sanchíz (Gregoria) las intérpretes femeninas. El rol que desempeña cada uno de ellos obedece a una finalidad muy determinada: si el doctor Diego representa, en un principio, al cómplice admirador de Fabián, al final acabará ejerciendo de víctima propiciatoria que paga el pato de la falta de escrúpulos de su amigo; mientras que el recto (y un tanto papanatas) Lázaro actúa de voz de la conciencia.

Manuel Luna (izquierda) y Armando Calvo (derecha)

En su costosa recreación decimonónica, el filme destaca por el diseño de vestuario de José Caballero y Juan Antonio Morales, así como por los decorados de Luis Santamaría. Menos actual, como es lógico, resulta toda la trama del supuesto "escándalo", junto con los adulterios, duelos de honor y demás mandangas que tanto excitaban a los lectores del XIX y a los censores del periodo franquista. En ese sentido, hay que tener en cuenta que el hecho de adaptar esta novela justo después de haber dirigido Raza muestra bien a las claras la intención moralizante de su director, un Sáenz de Heredia que supo intuir en la redención final de Fabián Conde el oportuno paralelismo con los valores que pretendía imponer el nuevo Régimen.


lunes, 18 de abril de 2016

El clavo (1944)




Director: Rafael Gil
España, 1944, 99 minutos

¿APOPLEJÍA FULMINANTE O CRIMEN NOVELESCO...?



Lo que más ardientemente desea todo el que pone el pie en el estribo de una diligencia para emprender un largo viaje, es que los compañeros de departamento que le toquen en suerte sean de amena conversación y, tengan sus mismos gustos, sus mismos vicios, pocas impertinencias, buena educación y una franqueza que no raye en familiaridad.

Pedro Antonio de Alarcón, El clavo

Un poco como en La diligencia de John Ford (Stagecoach, 1939), los protagonistas de El clavo se conocen durante un largo viaje en coche de postas. De ambientación claramente decimonónica, el filme de Rafael Gil tiene sin embargo algo del Tú y yo de Leo McCarey: como La diligencia, la primera versión es de 1939, aunque todo el mundo tenga en mente el remake de 1957; en ambas versiones, eso sí, la pareja de enamorados se cita en un mismo lugar al cabo de un año, si bien ella no llega a cumplir la promesa por motivos ajenos a su voluntad (cosa que, no pudiendo ser sabida por el otro, es vivida como una traición). En el caso de El clavo, el encuentro estaba previsto para el 15 de mayo.

Javier Zarco (Rafael Durán) y Blanca (Amparo Rivelles)
en la escena inicial de El clavo (1944)


De todas formas, la fuente de la que bebe la película no es sólo cinematográfica sino esencialmente literaria, puesto que se trata de la adaptación de un relato de Pedro Antonio de Alarcón que la productora CIFESA rodó para competir con el éxito que había tenido un año antes El escándalo, basada en otro texto del mismo autor y dirigida por José Luis Sáenz de Heredia. Además, el clavo al que alude el título también hace pensar en Chéjov debido a una célebre anécdota espuria atribuida al autor ruso: "Si al inicio de un relato se indica, como de pasada, que en una de las paredes de un cuarto sobresalía un clavo, éste deberá servir, al final del mismo, para que acabe pendiendo de él el cuerpo sin vida del protagonista...".

Es, asimismo, este puntiagudo objeto el que contribuye a que la historia se desvíe desde la inicial comedia romántica hacia la investigación policíaca, merced a un cráneo agujereado que hallará el juez Javier Zarco cinco años después en el vetusto cementerio de Mérida Nueva y que le pondrá en guardia en su afán por esclarecer un crimen cometido en 1865, el cual, sin él saberlo, acabará estando relacionado con el paradero desconocido de Blanca y su verdadera identidad.

Pieza fundamental de la trama es la intervención de Juan (Juan Espantaleón), el ayudante del juez que, mediante las pesquisas que lleva a cabo en Madrid, contribuirá involuntariamente al trágico desenlace.