Mostrando entradas con la etiqueta Juan Bosch. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan Bosch. Mostrar todas las entradas

domingo, 4 de diciembre de 2022

Un tesoro en el cielo (1957)




Director: Miguel Iglesias
España, 1957, 98 minutos

Un tesoro en el cielo (1957) de Miguel Iglesias


A juzgar por la cantidad de manos que intervinieron en la escritura del guion de Un tesoro en el cielo (1957), donde, entre otros, destacan los nombres de Josep Maria Forn, Mariano Ozores y Alfonso Paso, merece la pena analizar con detenimiento una historia que, sin duda, tiene su miga. 

Ante la posibilidad de que fallezcan durante el parto su esposa y el hijo que esperan, un hombre desesperado (Alberto Closas) jura frente al altar de una iglesia que dará cuanto posee a cambio de que la madre y el niño se salven. Promesa que, cuando ambos estén ya fuera de peligro, caerá un tanto en el olvido. Aunque una serie de percances que se van a ir sucediendo a su alrededor pondrán en guardia al individuo en cuestión, quien, en lo sucesivo y pese a la oposición de su familia, se obsesiona con la idea de desprenderse de su patrimonio a base de donativos y obras de caridad.



Luego está el elemento misterioso que sobrevuela determinados momentos de la trama. Como la presencia de ese mendigo, dotado con el don de la ubicuidad, que se le aparece a Aguilar (Closas) en las situaciones más insospechadas y que casi se convierte en la voz de su conciencia. Lo cual no impide, sin embargo, que también la comedia se cuele en algunas escenas, en especial aquellas en las que interviene el suegro del protagonista, un señor entrometido y fatigoso al que da vida Luis Orduña.

El caso es que el asunto llegará incluso a los tribunales, dándose la paradoja de que el acusado, precisamente por haber querido salvar a su mujer y a su hijo, se arriesga a perderlos para siempre. De hecho, y así lo señala su defensa, el único delito de Ernesto Aguilar consiste en "haber sido fiel a su fe, entregarse por completo a su familia y creer realmente en la existencia de Dios hasta el punto de ligarse a él con una promesa".



viernes, 24 de diciembre de 2021

Los mil ojos del asesino (1973)




Director: Juan Bosch
España/Italia, 1973, 83 minutos

Los mil ojos del asesino (1973) de Juan Bosch


El inspector Michael Lawrence (Anthony Steffen) pone tanta vehemencia en su particular cruzada contra el tráfico de estupefacientes en los bajos fondos londinenses que sus superiores deciden enviarlo a Lisboa como agente especial para que investigue la muerte en extrañas circunstancias de un compañero de profesión. Una vez en la capital portuguesa, Lawrence se encontrará con que el escurridizo enemigo contra el que lucha despliega sus tentáculos hasta las más altas esferas, dejando a su paso un reguero de crímenes que lo hacen especialmente peligroso.

Como todo lo que lleva la etiqueta giallo, Los mil ojos del asesino (1973) ha terminado por convertirse en película de culto. Tal vez porque para los amantes de este subgénero, que no son pocos, cuanto más cutre es el producto mayor estimación suscita. En cualquier caso, el responsable de esta coproducción hispanoitaliana rodada en Portugal no fue otro sino un ya curtido Juan Bosch, el mismo director que, veinte años antes, iniciara su andadura profesional entre las filas, nada desdeñables, del cine policíaco barcelonés.

Sarah (María Kosty)


Uno de los principales atractivos de la puesta en escena radica en la fisicidad de los múltiples combates cuerpo a cuerpo que se van sucediendo conforme avanza la trama. No en vano, ya desde los propios títulos de crédito se anuncia que la película ha contado con el asesoramiento de Rainer Boelhoff, quien tres años antes se había proclamado primer campeón de Cataluña de karate.

Por otra parte, los métodos expeditivos de los que hace gala el protagonista en su batalla contra el imperio de la droga denotan una más que probable influencia de la oscarizada The French Connection (William Friedkin, 1971) como modelo y fuente de inspiración bastante plausibles. El resultado, ni que decir tiene, es más de estar por casa, aunque no por ello menos efectivo.

Costa, el millonario brasileño (Eduardo Fajardo)


jueves, 23 de diciembre de 2021

Investigación criminal (1970)




Director: Juan Bosch
España, 1970, 82 minutos

Investigación criminal (1970) de Juan Bosch


Remake de la muy notable Brigada criminal (1950) con la que Ignacio F. Iquino inauguró la época dorada de nuestro cine policíaco. En esta ocasión, sin embargo, transcurridos veinte años exactos del estreno de aquella película, el tarraconense ejerció únicamente como productor, delegando la dirección en el no menos curtido Juan Bosch, quien, tras prodigarse en acarameladas comedias playeras al servicio de Arturo Fernández, realizaba una nueva incursión en el género que lo había visto nacer como cineasta.

Con todo y con eso, y pese a la espectacular persecución final en una cementera abandonada, esta nueva versión dista una enormidad de los méritos de su modelo. De entrada, porque lo que prima en ella es un erotismo incipiente que, merced a la explicitud de algunos insertos (destinados al mercado internacional y, por razones obvias, excluidos del circuito patrio), permitía rentabilizar la producción en el extranjero.



Por otra parte, en Investigación criminal (1970) no queda ni rastro de aquel carácter propagandístico de su predecesora que subrayaba la conducta intachable de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado. En su lugar, la pareja protagonista viaja a bordo de un modesto SEAT-600 que, para colmo, el novato (Ángel Aranda) le "roba" al avejentado inspector Basilio Lérida (Luis Prendes). Mientras tanto, sus desconsoladas esposas tienen que aguantar que las dejen plantadas, una y otra vez, cuando ellos salen corriendo de súbito en pos de algún delincuente.

La trata de blancas, llevada a cabo por una red de lúbricos malhechores con conexiones en Barcelona y Palma de Mallorca, parece el tema ideal de cara a justificar el componente voyerista de una cinta que anuncia ya, sin ambages, la posterior deriva pornográfica que experimentarán los olvidables productos de la prolífica factoría IFISA.



miércoles, 22 de diciembre de 2021

Bahía de Palma (1962)




Director: Juan Bosch
España, 1962, 97 minutos

Bahía de Palma (1962) de Juan Bosch


El mismo equipo de guionistas que había escrito El último verano (1962) fue el responsable de esta otra muestra de cine turístico, ahora centrada en un virtuoso pianista (Arturo Fernández) que, tras una traumática experiencia que no se desvelará hasta prácticamente el final de la película, decide aparcar durante un tiempo su prometedora carrera como concertista para ganarse la vida tocando música ambiental en una selecta sala de fiestas de la capital balear.

La presencia de Cassen en el reparto (en el papel de batería de la banda y fiel amigo del protagonista) confiere a Bahía de Palma (1962) una cierta comicidad que contrasta con el drama de un hombre abocado a dos frentes bien distintos: por una parte, lidiar con la fierecilla Olga (Elke Sommer), engreída hija de papá acostumbrada a hacer lo que le da la gana, y, por otra, recuperar la confianza en sí mismo que le permita volver a estar entre los mejores intérpretes de Chopin del mundo.



Ciertamente, el compositor polaco está muy presente en la película, desde las escenas rodadas en la cartuja de Valldemossa hasta los diferentes motivos (Tristesse, el Preludio nº 16) recogidos en la banda sonora y que culminan con la espectacularidad del Concierto para piano y orquesta nº 1 interpretado (según se indica en los títulos de crédito iniciales) por la Sinfónica de Barcelona.

Idilios estivales con el colorido telón de fondo de las playas mallorquinas: he ahí la fórmula que Juan Bosch, el otrora maestro del cine policíaco, puso en práctica a partir de la década de los sesenta para deleite de un tipo de espectador dispuesto a dejarse embelesar por las lindezas del paisaje y las curvas de las suecas. En ese aspecto, Bahía de Palma pasa por ser el primer filme español en el que aparece una actriz en bikini: dudoso honor para una cinta cuyo argumento giraba en torno al complejo de culpabilidad de su atormentado protagonista.



martes, 21 de diciembre de 2021

El último verano (1962)




Director: Juan Bosch
España, 1962, 92 minutos

El último verano (1962) de Juan Bosch


No deja de ser curioso que, coincidiendo con el solsticio de invierno (por lo menos aquí en el hemisferio norte), nos haya dado por comentar El último verano (1962), una de esas cintas playeras sobre turistas enamoradas y galanes con aires de playboy en las que este último papel solía ser interpretado por Arturo Fernández. Actor que, sin embargo, había destacado, hasta muy poco antes, en producciones de corte policíaco que poco o nada tenían que ver con el colorido de dramas románticos como el que nos ocupa.

La trama, fruto de un guion coescrito entre Manuel Vela Jiménez, José Luis Colina y el propio Juan Bosch, resulta un tanto folletinesca: una joven francesa llamada Susanne (Jeanne Valérie) rememora su llegada, dos años atrás, al pueblecito de la Costa Brava en el que su madre (María Asquerino) regenta, desde hace casi una década, un modesto hotel frente al mar. En realidad, el objetivo de la muchacha no es otro sino persuadir a la mujer para que regrese junto al padre (Jorge Rigaud), tarea nada fácil puesto que Monique mantiene una relación sentimental con un apuesto chico un tanto casquivano.



Ni que decir tiene que, mal que les pese, Jaime (Arturo Fernández) y Susanne se sentirán de inmediato atraídos el uno por el otro, suscitando así no sólo la rivalidad entre madre e hija, sino todo tipo de celos y prejuicios entre unos personajes a los que, en el fondo, les cuesta asumir la libertad de las mujeres en materia afectiva.

Rodada en diferentes enclaves del litoral ampurdanés (Tossa de Mar, Sant Feliu de Guíxols, Palamós, Calella de Palafrugell...), la película muestra una incipiente industria turística de sol y playa especialmente concebida para atraer visitantes extranjeros. Buena prueba de ello (y de su evidente condición de postal repleta de tópicos) es el innecesario número flamenco protagonizado por La Chunga.



lunes, 20 de diciembre de 2021

Regresa un desconocido (1961)




Director: Juan Bosch
España, 1961, 92 minutos

Regresa un desconocido (1961) de Juan Bosch


Barcelona, bajos fondos... Como suele decirse en estos casos, un sobrio ejercicio de cine negro con todos los ingredientes habituales del género: timbas, alcohol y una muerte accidental. También un desfalco millonario que provoca el encarcelamiento del protagonista. Aunque Juan Valdés (Arturo Fernández) descubre que ha sido víctima de una sucia encerrona, por lo que, habiendo cumplido los tres años de su condena, no parará hasta vengarse de los tipos que le hicieron caer en desgracia.

Segunda colaboración, tras la muy notable A sangre fría (1959), entre Arturo Fernández y el director Juan Bosch, Regresa un desconocido (1961) contó, asimismo, con un excelente plantel de secundarios entre los que, aparte de Luis Induni (Andrés) o Pedro Osinaga (Pardo), destaca la presencia de Jorge Rigaud en el papel del ambiguo Ignacio. En cambio, el personaje interpretado por la austríaca Edith Elmay (Laura) se queda a medio camino entre una femme fatale un tanto descafeinada y la redimida amante de Valdés.



No puede decirse que el guion de la película, coescrito entre el propio Bosch y Ángel G. Gauna, profundice excesivamente en las motivaciones de unos personajes que no pasan de ser meros estereotipos. A fin de cuentas, esa indefinición le viene bien a una cinta que, como los grandes títulos del cine negro, destaca más por la atmósfera que recrea, con sus escenas nocturnas rodadas en los callejones del Barrio Chino o a orillas del mar, que no por lo que realmente explica.

A este respecto, Bosch demuestra su maestría en la claustrofóbica secuencia del tiroteo que tiene lugar en el interior de una fábrica, filmando a los actores en escorzo mediante el uso de acusados planos en contrapicado. Que el pérfido Mario (Rafael Navarro) mueva los hilos de una peligrosa red criminal parece lo de menos: aquí lo interesante radica en la plasmación en imágenes de la intrincada disputa entre quienes abrazan el mal sin ambages y los que, tras no pocos percances, optan finalmente por regenerarse.



domingo, 19 de diciembre de 2021

Sendas marcadas (1957)




Director: Juan Bosch
España, 1957, 86 minutos

Sendas marcadas (1957) de Juan Bosch


Filme episódico en torno a la idea de hasta qué punto nuestras vidas están marcadas por el destino. Rodado en los Estudios IFI, si bien la producción corría por cuenta de Alexandre Martí Gelabert (1918-2015), el creador de Urania Films, Sendas marcadas (1957) contiene cinco historias diferentes narradas al calor de la lumbre durante una noche de tormenta. Previamente, el inspector Ortega (Adriano Rimoldi) había llegado, custodiando a un peligroso malhechor, al albergue de montaña en el que transcurren los hechos.

El primero de los relatos plantea una típica situación de suspense: la de dos individuos de asombroso parecido físico (un financiero y el gerente del hotel en el que se hospeda) y cómo este último decide suplantar la personalidad del acaudalado hombre de negocios. A continuación, la temática girará hacia el género fantástico mediante lo que le ocurrió a un esquiador un año atrás cuando, tras haber participado en una competición, se pierde entre la niebla de un bosque donde socorre a una misteriosa mujer malherida que lo invita a ir a su casa.



En esa misma línea fantasmagórica, aunque su protagonista sea el cómico Paco Martínez Soria, se sitúa el episodio siguiente, el único de ambientación urbana: el espíritu de la muchacha a la que atropelló hace un par de años se le aparece a un taxista para pedirle que la lleve en busca de su prometido. Acto seguido, la trama recupera las peripecias del ya mencionado inspector Ortega para aclarar quién es el delincuente al que ha dado caza en las inmediaciones del hostal. Por último, el anciano propietario del refugio cuenta la tierna historia de un chiquillo sin regalo de Reyes y la desaparición de una figura del niño Jesús.

Ópera prima del cineasta catalán Joan Bosch i Palau (1925–2015), su ambientación invernal, con escenas rodadas en las nieves del Pedraforca, la convierte en una película ideal para estas fechas prenavideñas.



lunes, 12 de febrero de 2018

A sangre fría (1959)




Título alternativo: Trampa al amanecer
Director: Juan Bosch
España, 1959, 80 minutos

A sangre fría (1959) de Juan Bosch


Me pregunto si David Lynch tuvo en mente el inicio de A sangre fría de Juan Bosch (cámara subjetiva desde el interior de un automóvil que avanza a toda velocidad por una desierta carretera secundaria) a la hora de concebir el arranque de Lost Highway (1997). Probablemente no. Pero quienes sí que tuvieron en cuenta la película del insigne representante del "Policíaco catalán" (como lo llaman en Madrid) fueron los directivos de Columbia Pictures que en 1967 comprobarían, con estupor, cómo una modesta producción nacional ya había registrado años atrás el mismo título que ahora llevaba la adaptación cinematográfica de la novela de Truman Capote. Bueno, total: que la todopoderosa industria americana, a la sazón potencia colonizadora del mercado patrio, impuso a su pírrica filial española que, a partir de entonces, la que había sido A sangre fría pasase a ser explotada comercialmente bajo el título de Trampa al amanecer.

Carlos Larrañaga (Carlos) bailando con Gisia Paradís (Isabel)


Curiosa anécdota ligada a un filme que, a decir verdad, no tenía nada que envidiar al mejor cine negro de Serie B made in Hollywood. De hecho, todos los actores del reparto, incluidos los galanes Carlos Larrañaga y Arturo Fernández, fueron doblados por los mismos profesionales que prestaban su voz a las producciones americanas, por lo que el resultado final no sólo parecía, sino que sonaba como una película realizada en aquel país. Algo que, en buena medida, también se debió a la portentosa partitura jazzística ejecutada por José Solá y su orquesta para la banda sonora.



Y, sin embargo, los exteriores, las calles, los ambientes... Todo en A sangre fría (perdón: Trampa al amanecer...) remite a la Ciudad Condal: una Barcelona aún de adoquines y fábricas grises, pero en la que fácilmente se reconocen el Hospital Clínico, el puerto y otros enclaves emblemáticos. "A las ocho menos cuarto estarás en la esquina Córcega-Nápoles", le ordena Manuel al más novato de sus compinches. Y uno no puede más que esbozar una sonrisa al ver convertido un lugar de paso cotidiano en el escenario de una peli de atracadores de hace casi sesenta años.

Porque habrán pasado seis décadas, pero Barcelona sigue siendo bona sólo cuando la bossa sona. El joven Carlos (interpretado por un no menos jovencísimo Carlos Larrañaga) lo comprueba en sus propias carnes en la típica historia con botín a repartir, femme fatale y desenlace ejemplarizante / disuasorio: el ascenso y caída del muchacho de extracción social humilde, a menudo hijo de la inmigración, que se deja arrastrar por los delirios de grandeza de quien aspira a huir de la miseria por la vía fácil es un esquema que durante esos años el cine y la literatura repetirán hasta el hartazgo, dejando para la posteridad especímenes tan notables como el Pijoaparte de Marsé.

Arturo Fernández (Manuel) apuntado a través del espejo