Mostrando entradas con la etiqueta Wladimir Sokoloff. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Wladimir Sokoloff. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de abril de 2020

La Atlántida (1932)




Título original: L'Atlantide/Die Herrin von Atlantis
Director: Georg Wilhelm Pabst
Francia/Alemania, 1932, 90 minutos

La Atlántida (1932) de G.W. Pabst


Antinéa ! Chaque fois que je l’ai revue, je me suis demandé si je l’avais bien regardée alors, troublé comme je l’étais, tellement, chaque fois, je la trouvais plus belle. Plus belle ! Pauvre mot, pauvre langue. Mais vraiment est-ce la faute de la langue, ou de ceux qui galvaudent un tel mot ?

Pierre Benoit
L'Atlantide

—Al menos podríamos enterrarlo... —dice una joven al intuir un esqueleto medio sepultado entre las dunas—. "¿Para qué?" le responde uno de los hombres desde lo alto de su dromedario: "Esta noche el viento habrá vuelto a barrer la arena. Así es el Sáhara, señorita". He ahí la esencia de una película que, como ya hiciera, una década antes, la primera adaptación cinematográfica de La Atlántida, ahonda en el poder subyugador que el páramo y la leyenda ejercen sobre quienes caen irremisiblemente en sus redes.

El encargado de dirigir las tres versiones sonoras (en francés, alemán e inglés) fue Georg Wilhelm Pabst, lo cual añadía al conjunto una interesante veta germánica, subrayada, además, por la presencia estelar de la actriz Brigitte Helm (célebre por haber encarnado a la María de Metrópolis) en el papel de reina Antinea.



A diferencia de la puesta en escena de casi tres horas que Jacques Feyder concibiera para el filme mudo, Pabst opta por prescindir de lo accesorio y centrarse en los aspectos más psicoanalíticamente atractivos del personaje femenino: la pulsión erótica que la lleva a ejercer como fría dominatriz de los hombres hasta acabar con ellos, o incluso instigando al capitán Saint-Avit (Pierre Blanchar) para que mate a martillazos a su compañero Morhange (de nuevo interpretado, como en la versión muda, por Jean Angelo).

Todo lo cual acaba redundando en una mayor ambigüedad argumental, un distanciamiento (si se prefiere) en el que las motivaciones de los protagonistas no resultan tan claras y cuya consecuencia más llamativa es esa atmósfera de ensoñación, en mitad de una impetuosa tempestad de arena, en que queda envuelto el desenlace.