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jueves, 1 de agosto de 2024

En algún lugar del tiempo (1980)




Título original: Somewhere in Time
Director: Jeannot Szwarc
EE.UU., 1980, 104 minutos

En algún lugar del tiempo (1980)


Pese a la escasa repercusión en taquilla de Somewhere in Time (1980), la película experimentaría posteriormente un inusitado éxito hasta el extremo de convertirse en título de culto para los miles de personas que integran su club de admiradores. A medio camino entre la ciencia ficción y un drama romántico de época, el filme supuso, además, el otro gran papel en la carrera de Christopher Reeve antes de que el actor quedase definitavemente encasillado como rostro habitual de Supermán.

El guion de Richard Matheson, a partir de su propia novela Bid Time Return, sitúa los hechos en dos planos temporales muy distintos. Por una parte, el dramaturgo Richard Collier (Reeve) se halla en plena crisis creativa ocho años después de que, en 1972, una misteriosa anciana le hiciese entrega de un reloj. En cambio, Elise McKenna (Jane Seymour) tiene ante sí una prometedora trayectoria sobre los escenarios en el Chicago de 1912. Dos almas separadas por el tiempo y la distancia, pero que, sin embargo, vivirán una hermosa historia de amor más allá de toda lógica.



Probablemente es esa atmósfera un tanto onírica, a la que contribuye enormemente la música de Rajmáninov (Rapsodia sobre un tema de Paganini), lo que explica el encanto de una cinta cuya trama se adentra en territorios no muy distintos a los que después han explorado otros clásicos del género como, por ejemplo, Ghost (1990).

Lo curioso del asunto es que si ya en la ficción el Grand Hotel sugería la nostalgia por una época idealizada, las numerosas convenciones que allí celebran regularmente los fans han acabado convirtiendo el lugar en centro de peregrinaje, lo que constituye todo un fenómeno sociológico que excede los límites estrictamente cinematográficos. Buena prueba, en cualquier caso, de la fuerza de un relato que ahonda en cuestiones tan profundas como el poder de la mente o la búsqueda de la felicidad.



domingo, 26 de diciembre de 2021

Los mejores años de nuestra vida (1946)




Título original: The Best Years of Our Lives
Director: William Wyler
EE.UU., 1946, 170 minutos

Los mejores años de nuestra vida (1946) de William Wyler


Algo no debía ver muy claro parte de la sociedad estadounidense cuando, a principios de los años cuarenta, el cineasta Frank Capra decidió titular una serie de sus documentales de guerra con un asertivo Why We Fight ("Por qué luchamos"). El caso es que, entonces como ahora, ni todo el mundo siente por igual el ardor patriótico ni ningún conflicto armado se saldó jamás sin cobrarse un inmenso sacrificio en vidas humanas. De ahí que la maquinaria propagandística, valiéndose de su poderoso brazo hollywoodense, necesitase agitar conciencias en pro de la causa. Incluso, como a continuación veremos, inmediatamente después de la victoria.

El éxito apabullante de The Best Years of Our Lives (1946) sólo puede explicarse si se tiene en cuenta que muchos veteranos de guerra se sintieron identificados con las dificultades a las que se enfrentan los tres protagonistas de la película en su ardua reincorporación a la vida civil. Ellos y sus respectivas familias, por supuesto, para quienes tampoco fue tarea fácil recibir a unos esposos o hijos que volvían notablemente transformados del frente, a menudo con secuelas irreversibles.



Quizá porque el propio William Wyler quedó parcialmente sordo en acto de servicio, lo cierto es que puso especial esmero en la realización de un filme que se vio recompensado por la Academia con ocho estatuillas (incluidas las de Mejor Película y Mejor Director) más un premio especial para Harold Russell "por traer esperanza y coraje a sus compañeros veteranos a través de su papel de Homer Parrish". De hecho, el suyo constituye un caso insólito, puesto que, habiendo obtenido también el galardón a Mejor Secundario, se trata del único actor que ha ganado dos Óscar por la misma interpretación.

Son varios los momentos en los que los diálogos subrayan cómo debieran ser acogidos quienes han sacrificado "los mejores años de sus vidas" defendiendo la libertad. Uno de los más emotivos es el discurso en el que Al (Fredric March), en su nueva faceta de ejecutivo bancario, defiende que los ex combatientes merecen recibir créditos hipotecarios con el único aval de su honestidad. Aviso para navegantes, teniendo en cuenta, como señalan un par de personajes en el centro comercial, que ya había quienes miraban con recelo a estos recién llegados en busca de empleo y hasta quien pone en tela de juicio si realmente valió la pena luchar contra Alemania y Japón en lugar de hacerlo contra el Comunismo. En cualquier caso, las palabras finales de Fred (Dana Andrews) a Peggy (Teresa Wright) dejan traslucir el mismo espíritu del "Sangre, sudor y lágrimas" con el que Churchill había arengado a los británicos: "Tal vez nos lleve años llegar a algún lado. No tendremos dinero ni un lugar decente donde vivir. Tendremos que trabajar y dejarnos la piel..."



jueves, 5 de marzo de 2020

Perseguido (1947)




Título original: Pursued
Director: Raoul Walsh
EE.UU., 1947, 101 minutos

Perseguido (1947) de Raoul Walsh


En Más allá del principio de placer, obra cumbre del psicoanálisis y de cuya publicación se conmemora precisamente este año el centenario, Freud exponía una serie de elementos con los que superar lo que hasta aquel entonces había sido el primer estadio de su propia teoría. Planteamiento revolucionario por la importancia que confería a la pulsión de muerte como motor de no pocas conductas humanas.

Y qué mejor escenario para dar rienda suelta a dichas pasiones que el lejano Oeste. Del análisis atento de un wéstern con ribetes de cine negro como Pursued (1947) se desprende que su guionista, Niven Busch, debía de ser un lector voraz del corpus freudiano, teniendo en cuenta la atormentada psique de sus personajes: hermanastros que lo mismo se odian que se aman y una madre adoptiva que tiene mucho de Electra.



Narrada a base de flashbacks, el trauma del protagonista tuvo su origen en la más tierna infancia, momento en el que el niño se vería trágicamente arrancado de un entorno familiar a cuyas ruinas evocadoras regresa al cabo de muchos años. En el ínterin, Jeb (Robert Mitchum) habrá tenido tiempo de ser héroe de guerra en Cuba, donde resulta gravemente herido en una pierna por las balas españolas, y renunciar luego a la gloria, ya de regreso en su hogar de Nuevo Méjico.

Detalles en los que, de haber sido más inteligentes, podrían haber reparado los censores macarthistas durante la caza de brujas y que demuestran hasta qué punto los entresijos de una trama tan retorcida (visualmente subrayada por la profundidad de campo de la esplendorosa fotografía en blanco y negro de James Wong Howe) conectan de pleno con una crítica velada de los valores más rancios del patriotismo yanqui.