martes, 12 de mayo de 2026

Torrente 5: Operación Eurovegas (2014)




Director: Santiago Segura
España, 2014, 105 minutos

Torrente 5: Operación Eurovegas (2014)


Torrente 5: Operación Eurovegas (2014) transcurre en un futuro, el Madrid de 2018, que hoy ya es nuestro pasado. Y a su salida de la cárcel, donde ha permanecido varios años, el protagonista se encuentra con una multitud famélica que implora ingresar en ese mismo centro penitenciario, donde al menos tendrán techo y comida, antes que seguir padeciendo la carestía del infierno en el que se ha convertido la sociedad española. Le esperan también el Cuco (ahora interpretado por Julián López) y su primo Jesusín, un tipo tirando a lerdo, con las mismas facciones que Jesulín de Ubrique.

Valiéndose del marco conceptual de la distopía satírica, Segura presenta una España decadente que ha sido expulsada de la Unión Europea y que, por tanto, ha vuelto a la peseta. Por otra parte, un demacrado Torrente comprueba con estupor cómo la tumba y el mausoleo de su admirado Fary han sido vandalizados, tal vez (según apunta el Cuco) por los catalanes, que son ya independientes del resto del Estado. Igualmente irreconocible encuentra su coche, en cuyo interior vive ahora un negro. Hasta el estadio Vicente Calderón, sede del club de sus amores, aparece en ruinas, lo cual provoca el llanto y la rabia de un hombre que se pregunta si es que ya no queda nada sagrado en este país…



Así es cómo el otrora ciudadano “ejemplar” decide convertirse paradójicamente en un fuera de la ley, un "romántico" de la vieja delincuencia frente a la frialdad del capitalismo de casino. Y aunque sigue siendo un ser abyecto, lo cierto es que se consigue que el espectador empatice con su condición de paria absoluto. En ese sentido, Santiago Segura demuestra un dominio absoluto del personaje, rebajando un punto la escatología gratuita de la tercera y cuarta entregas para centrarse en la comedia de caracteres y el equívoco, un poco al estilo de lo que vendría a ser una parodia cañí de Ocean's Eleven.

A nivel estrictamente cinematográfico, el filme sufre de los males endémicos de la saga: un ritmo que se resiente conforme avanza la trama y una dependencia excesiva del cameo (que a veces frena la narrativa en seco sólo para que el espectador reconozca a una determinada figura pública). Aun así, ésta es quizá visualmente la entrega más ambiciosa de toda la saga. Entre otras cosas porque la dirección de fotografía de Teo Delgado huye del feísmo de las primeras secuelas para abrazar un contraste lumínico muy deudor del cine norteamericano, lo cual acentúa el carácter irónico de una película que pese a parecer una superproducción de Hollywood, con Alec Baldwin haciendo de villano, sigue oliendo a Soberano y fritanga.



lunes, 11 de mayo de 2026

Torrente 4: Lethal Crisis (Crisis letal)




Director: Santiago Segura
España, 2011, 93 minutos

Torrente 4: Crisis letal (2011)


Pocas novedades proponía la cuarta entrega de una fórmula, esta vez subtitulada Lethal Crisis, con la que Santiago Segura volvía de nuevo a la carga para delicia de un público incondicional que, episodio tras episodio, respalda el éxito en taquilla de las andanzas de su Torrente. Tal vez lo más destacable fuese la presencia del mediático Kiko Rivera haciendo de subalterno del protagonista en un papel que remedaba descaradamente la imagen pública de muchacho corto de miras que de él suele tenerse.

Por otra parte, si en Torrente 3 no faltaban escenas curiosas, a priori sorprendentes (e incluso provocadoras) dado el carácter reaccionario del personaje, como aquélla en la que el protagonista habla durante unos segundos en catalán para, acto seguido, despertar de lo que no era más que una simple pesadilla recurrente, Torrente 4 tampoco se queda corta. Por ejemplo en la secuencia en la que el supuesto defensor de la ley le roba el polo a un pobre niño que pasea tranquilamente por un concurrido centro comercial. Un cúmulo de despropósitos que culminará, ya en los créditos finales, con la espectacular coreografía de todos los reclusos, encabezados por Torrente, en el patio de la prisión.



Porque éste es, en muchos sentidos, un "drama" carcelario. No en vano, allí va a parar el susodicho y allí es también donde se reencuentra con su tío Gregorio (enésima y última participación del veterano Tony Leblanc en la saga). Ni que decir tiene que la posterior huida de la prisión será uno de los momentos álgidos de la película. Tanto como el colofón con el tema central de la banda sonora, “Aquí te pillo, aquí te mato”, interpretado por David Bisbal, otra de las muchas celebrities que se apuntaron al carro de aparecer fugazmente en la ya larga nómina de títulos auspiciados por el emporio Segura, cuya productora lleva el significativo nombre de Amiguetes Entertainment.

Sin embargo, y pese al reclamo comercial del 3D, Torrente ya no es en esta película un policía corrupto, sino un superviviente patético que refleja los peores instintos de una sociedad acorralada. En ese sentido, bajo los chistes de fluidos corporales late una crítica feroz. Y es que la "Crisis Letal" a la que alude el título no es sólo la del propio personaje, sino la de un país sumido en el desempleo y la pérdida de valores. De ahí que incurra continuamente en la autoparodia (con alusiones a anécdotas de anteriores entregas, como la del tenedor de plástico) y que abuse del recurso de hacer desfilar, desde Belén Esteban hasta el cantante Francisco (en funciones de villano), a los rostros más conocidos del famoseo mediático.



domingo, 10 de mayo de 2026

Torrente 3: El protector (2005)




Director: Santiago Segura
España, 2005, 91 minutos

Torrente 3: El protector (2005)


La tercera entrega de la saga Torrente presentaba al ex miembro de la policía volviendo a formar parte del Cuerpo, esta vez al frente de una misión cuyo objetivo radica en preservar la integridad física de la eurodiputada ecologista Giannina (Yvonne Sciò). Planteamiento que parodiaba el argumento de cintas hollywoodenses como El guardaespaldas (Mick Jackson, 1992) y para la que Santiago Segura contó con la participación amistosa, en forma de cameo, de celebridades internacionales de la talla de Oliver Stone o John Landis. Como también Íker Casillas, Fernando Torres y otros futbolistas del momento.

Como secundarios a las órdenes del peculiar agente destacan dos pesos pesados de la comedia patria: José Mota y Javier Gutiérrez, encargados de dar vida, respectivamente, al inefable Josito y al esforzado agente Solís. Completaban el reparto una variopinta galería de personajes, a cuál más tronado, en la que sobresalen el Risitas, Carlos Latre o Fabio Testi en el papel de Montellini. Y es que la trama, de hecho, se siente a veces como una sucesión de sketches hilados por la presencia de famosos, más que como una historia sólida con desarrollo de personajes.



Aparte del hecho innegable de que, tras el éxito estratosférico de las dos primeras entregas, la fórmula comenzaba a mostrar síntomas de agotamiento, Segura regresó con un presupuesto de 5 millones de euros y una maquinaria de marketing sin precedentes en el cine español de la época que convertía a su personaje en icono de consumo masivo. Así pues, José Luis Torrente se vuelve más "caricatura" que nunca, de modo que, aunque la suciedad física y moral sigue ahí, el guion se apoya más en el slapstick y en la escatología pura que en la crítica social subterránea de 1998.

Sin embargo, y a pesar de recibir críticas mixtas que la tacharon de "innecesaria" o "excesiva", ésta fue un éxito rotundo de público, recaudando más de 18 millones de euros. Una película, en definitiva, diseñada para fans, que llevaba al límite la grosería y el espectáculo. Lo cual no es óbice para que, aun careciendo de la frescura y la mala leche política de la primera parte, siga siendo una pieza fundamental para entender el cine comercial español de principios de los 2000 y la figura de Santiago Segura como "Rey Midas" de la taquilla.



jueves, 7 de mayo de 2026

Torrente 2: Misión en Marbella (2001)




Director: Santiago Segura
España, 2001, 99 minutos

Torrente 2: Misión en Marbella (2001)


El éxito en taquilla de la primera entrega de Torrente motivó esta secuela, ambientada en la Marbella ostentosa de Jesús Gil, quien por aquel entonces, a principios del siglo XXI, encarnaba el summum de la España hortera y corrupta. Y enseguida se percibe que los ingredientes de los que se sirve Santiago Segura obedecen a la misma fórmula que le ha valido el favor del público en sucesivas reediciones de las andanzas del "brazo tonto de la ley": chistes soeces, comentarios abiertamente misóginos y un cutrerío casposo y grasiento que, en definitiva, constituye la esencia de la franquicia. Sin la chispa contracultural, conviene matizar, que quizá tenía el personaje en sus orígenes.

Por otra parte, los títulos de crédito a lo James Bond (con tema musical, por cierto, interpretado por el mítico Raphael) ponen de manifiesto la apuesta decididamente espectacular de una producción con voluntad de rendir homenaje a los clásicos del cine popular, si bien pasados por el tamiz de la parodia de brocha gorda. Que, en todo caso, y al margen de consideraciones de orden artístico, se beneficia de un mayor presupuesto, respecto a la primera entrega, con explosiones, persecuciones y una estética inspirada en los tópicos habituales en torno a los devaneos de la jet set en la Costa del Sol.



Gabino Diego, como Cuco, representa el contrapunto perfecto gracias a su interpretación de drogadicto con buen corazón pero pocas luces, mientras que Torrente sigue siendo tan racista, misógino y fantasmón como siempre. En cambio, José Luis Moreno da vida a un malvado de opereta, dispuesto a destruir la ciudad lanzando misiles por doquier, que encaja perfectamente en el tono caricaturesco del filme.

Vista con los ojos de hoy en día, el humor de Torrente puede resultar, en ocasiones, una barrera difícilmente asumible. Sin embargo, para entender la película hay que aplicar la teoría del espejo deformante. Así pues, Torrente no representaría tanto un modelo a seguir, sino una caricatura de los peores vicios de una parte de la sociedad española, la del "pelotazo" y la brillantina, por lo que, al reírnos de él, nos reímos de lo que no queremos llegar a ser. A fin de cuentas, la trama de espionaje no es más que un pretexto para dar cabida a los chistes y a la infinidad de cameos marca de la casa.



miércoles, 6 de mayo de 2026

Torrente: El brazo tonto de la ley (1998)




Director: Santiago Segura
España, 1998, 97 minutos

Torrente: El brazo tonto de la ley (1998)


Más que por su discutible calidad cinematográfica, la saga Torrente ha llegado a convertirse en un auténtico fenómeno sociológico. Su creador e intérprete, el mismo Santiago Segura que había saltado a la fama tres años antes, de la mano de Álex de la Iglesia, gracias al papel de heavy en El día de la bestia (1995), se metió en la piel de un ex agente corrupto, misógino e hincha del Atlético de Madrid cuyos aires de típico garrulo han dado pie, a lo largo de los años y seis entregas (la última de las cuales todavía en cartelera), a todo tipo de memes.

Además de sentar las bases de sus sucesivas reencarnaciones, Torrente: El brazo tonto de la ley (1998) contó en su reparto con la presencia de grandes secundarios (Javier Cámara, Chus Lampreave…), aparte de rescatar del olvido a viejas glorias como Tony Leblanc, encargado de dar vida, pese a las limitaciones de su delicado estado de salud, al padre del protagonista.



Sin embargo, si hay un rasgo que caracteriza la puesta en escena de ésta y posteriores continuaciones de la franquicia es la enorme cantidad de cameos que contiene. Así pues, podemos ver, entre muchos otros, a Fernando Trueba haciendo de cura o a Javier Bardem en el rol de quinqui de bar. Una larguísima nómina de celebridades en la que tuvieron también cabida estrellas televisivas como Andreu Buenafuente o Cañita Brava, este último reclamándole a Torrente 6000 pesetas de güisqui, gag que tendría continuidad posteriormente, ya en forma de autocita o incluso autoparodia.

El debut cinematográfico de Santiago Segura como director no solo reventó la taquilla, sino que creó un icono cultural que camina por la fina línea entre la sátira brillante y el "cuñadismo" más puro. Y es que no estamos únicamente ante una película, sino ante el espejo deformante en el que España se miró a finales de los 90 y en el que, sorprendentemente, se reconoció. Parodia del cine de acción estadounidense (al estilo de Cobra o Harry el Sucio), pero trasladada a la mugrienta realidad de Carabanchel, es asimismo políticamente incorrecta y técnicamente sólida. Aunque sus secuelas derivaron hacia un espectáculo más comercial y de brocha gorda, la cinta original de 1998 permanece como un éxito popular de la comedia negra española.



martes, 5 de mayo de 2026

Intimidad (2001)




Título original: Intimacy
Director: Patrice Chéreau
Francia/Reino Unido/ Alemania, 2001, 120 minutos

Intimidad (2001) de Patrice Chéreau


Hay ocasiones en las que un papel encasilla e incluso estigmatiza de por vida a una actriz. Casos célebres serían los de Maria Schneider tras El último tango en Paris (1972) o el de la neozelandesa Kerry Fox por Intimacy (2001), cinta con varias escenas de contenido sexual explícito, incluida una felación, en la línea de otras producciones de la misma época como, por ejemplo, 9 songs (2004) de Michael Winterbottom o Batalla en el cielo (2005) del mejicano Carlos Reygadas.

Dejando a un lado dicha polémica, la puesta en escena de Patrice Chéreau aborda cuestiones tradicionalmente consideradas tabú (por lo menos en pantalla) como el hecho de mostrar la sexualidad de unos personajes cuya relación escapa, asimismo, de lo que se suele considerar convencional. En todo caso, los encuentros furtivos entre Claire (Kerry Fox) y Jay (Mark Rylance) ponen de manifiesto la necesidad de contacto físico por parte de dos desconocidos que dan rienda suelta a sus instintos al margen de los dictados de una sociedad en la que no terminan de encajar.



En ese sentido, Claire encarna a una esposa y actriz amateur cada vez más insatisfecha ante la evidente incomprensión que experimenta hacia ella su marido taxista (Timothy Spall), mientras que Jay nunca llegó a identificarse plenamente con el papel de padre de dos chavales, por lo que abandonó a su familia. De ahí que ambos busquen fuera de los cauces habituales esa intimidad a la que alude el titulo de una película que en su día resultó bastante controvertida.

En realidad, Chéreau no filma el sexo de forma erótica o glamurosa, sino que los cuerpos de Rylance y Fox son cuerpos reales: pálidos, con imperfecciones, sudorosos. Así pues, la cámara se sitúa tan cerca de ellos que la piel se convierte en un paisaje. Lo cual resulta clave para entender que el sexo es el único lenguaje que les queda. Estudio descarnado sobre la soledad en el seno de una gran metrópolis y la desesperada búsqueda de conexión humana en un Londres gris y desolado, la cinta, ganadora del Oso de Oro en Berlín, sigue siendo, un cuarto de siglo después de su estreno, una de las exploraciones del deseo más crudas y honestas en el cine contemporáneo.



Tumba abierta (1994)




Título original: Shallow Grave
Director: Danny Boyle
Reino Unido, 1994, 89 minutos

Tumba abierta (1994) de Danny Boyle


Lo que comienza como una colorida comedia juvenil sobre tres presuntuosos treintañeros escoceses que comparten apartamento evoluciona gradualmente hasta convertirse en una violenta persecución cuyo desenlace apunta hacia esa tumba de escasa profundidad a la que alude el título original. Efectivamente, Shallow Grave (1994), ópera prima del hoy ya consagrado Danny Boyle, plantea un incómodo triángulo entre tres personajes a priori joviales y despreocupados que, por un azar del destino, se ven envueltos en una espiral de fatales consecuencias.

El hecho de que uno de los implicados, Alex (Ewan McGregor), sea periodista de investigación (al que además, en un alarde de audacia narrativa, envían a cubrir el caso del que él mismo es partícipe) tiene su correlato en la condición de médico forense de Juliet (Kerry Fox), circunstancia que favorece igualmente el que la joven pueda ir poco a poco deshaciéndose de los miembros de un cadáver descuartizado... En cambio, David (Christopher Eccleston) es quien vive la transformación más aterradora, ya que su paso de contable retraído a paranoico violento que vive en el ático constituye el corazón del horror psicológico de la película.



Pocas veces se ha visto un debut en la dirección (de largometrajes, se entiende, pues Boyle ya acumulaba por aquel entonces una cierta experiencia en el ámbito televisivo) tan atrevido como el que supuso la cinta que nos ocupa. Y no sólo por la crudeza con la que se abordan temas enormemente incómodos, sino también por la osadía de un auténtico dilema moral, en forma de maletín repleto de billetes, que conducirá a los protagonistas a enfrentarse encarnizadamente a vida o muerte.

Un par de años antes de que Trainspotting (1996) supusiera el grito de guerra de toda una generación, el joven Danny Boyle irrumpía en la escena cinematográfica con un filme que no sólo marcó el inicio de una de las colaboraciones más fructíferas del cine moderno (entre Boyle, el productor Andrew Macdonald y el guionista John Hodge), sino que redefinió el thriller de serie negra con una estética vibrante y una moralidad retorcida. Cruel, divertida, sangrienta y profundamente cínica, no sólo representa una disección de la ética yuppie, sino una obra maestra en la que se sugiere que la amistad es apenas un barniz muy fino que desaparece en cuanto entra en juego el beneficio personal.



lunes, 4 de mayo de 2026

Un ángel en mi mesa (1990)




Título original: An Angel at My Table
Directora: Jane Campion
Reino Unido/Australia/Nueva Zelanda/EE.UU., 1990, 158 minutos

Un ángel en mi mesa (1990) de Jane Campion


Correcto biopic en torno a la figura de Janet Frame, novelista neozelandesa que permaneció confinada en una institución psiquiátrica durante varios años de su vida a consecuencia de haber sido erróneamente diagnosticada de esquizofrenia. Lo cual no significa, como muy bien muestra la película, que no padeciese de evidentes problemas mentales achacables a su carácter hipersensible. La trama se divide en tres actos marcados por el crecimiento físico y emocional de Janet, interpretada por tres actrices distintas (Alexia Keogh, Karen Fergusson y Kerry Fox) que logran una continuidad psicológica asombrosa.

Ya en su etapa adulta, Kerry Fox se mete en la piel de una mujer que, desde la más tierna infancia, demuestra unas dotes extraordinarias para la poesía y la creación literaria, vocación tal vez alentada, a modo de refugio, por las duras condiciones de un hogar humilde y la estricta educación impuesta por el padre. Especialmente emotiva es, además, la relación con sus hermanos y hermanas, en lo que supone un retrato muy conseguido de cómo sus juegos y rituales, imaginativos en extremo, marcarán el destino de la futura escritora.



Aun así, An Angel at My Table (1990) adolece de un defecto especialmente chirriante para los espectadores catalanes. Que no es otro sino el hecho de que la tercera parte ("The Envoy from Mirror City") se rodó en localizaciones de la costa gerundense, si bien el argumento pretende que la protagonista se encuentra de viaje por España (sin precisar ninguna ciudad en concreto) mientras de fondo no para de sonar flamenco. En ese sentido, resulta especialmente cómica la escena en que, sobre la pared de un callejón, se aprecian sendos carteles en catalán en los que puede leerse "A Sant Pere de Roda" y "A la font".

Dirigida por una joven Jane Campion antes de ser definitivamente eclipsada por el éxito internacional de El Piano (1993), la cinta constituye una de las exploraciones más crudas, líricas y empáticas jamás filmadas sobre el proceso de convertirse en escritor. Originalmente concebida como una miniserie en tres partes para la televisión neozelandesa (de ahí su extenso metraje de más de dos horas y media de duración), su fuerza narrativa y visual fue tal que terminó conquistando algunos de los principales certámenes de cine (incluyendo el Gran Premio del Jurado en Venecia), consolidando a Campion como una voz única en el panorama contemporáneo.