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domingo, 6 de febrero de 2022

El código da Vinci (2006)




Título original: The Da Vinci Code
Director: Ron Howard
EE.UU./Francia/Reino Unido/Malta

El código da Vinci (2006) de Ron Howard


Jacques Saunière, el renombrado conservador, avanzaba tambaleándose bajo la bóveda de la Gran Galería del Museo. Arremetió contra la primera pintura que vio, un Caravaggio. Agarrando el marco dorado, aquel hombre de setenta y seis años tiró de la obra de arte hasta que la arrancó de la pared y se desplomó, cayendo boca arriba con el lienzo encima.

Dan Brown
El código da Vinci
Traducción de Juanjo Estrella

Hubo una época en que era habitual ver a buena parte de los viajeros de un vagón de tren o de metro leyendo, casi invariablemente, el mismo libro: El código da Vinci, de Dan Brown. Idéntica situación que se viviría, al cabo de no mucho tiempo, con la trilogía del sueco Stieg Larsson. La verdad es que la cosa daba un poco de miedo, por lo que tiene de producto fabricado en serie, sensación de formar parte de un rebaño y todo eso. Pero el caso es que la industria cinematográfica, siempre ávida de sacar partido de cualquier éxito editorial, apostó de inmediato por la adaptación de la novela.

El proyecto fue a parar a manos de Ron Howard, director con una sólida trayectoria a sus espaldas y responsable de éxitos de taquilla como Una mente maravillosa (2001) o Cocoon (1985). Tampoco el reparto podía ir a la zaga, por lo que se eligió como pareja protagonista a Tom Hanks y la francesa Audrey Tautou, en aquel entonces un valor en alza tras la popularidad alcanzada, unos años antes, gracias a su papel de Amélie Poulain (2001).



Durante la primera hora de metraje, la trama de The Da Vinci Code (2006) se desenvuelve en la lobreguez de un París nocturno en cuyas entrañas se intuye una conspiración de alcance universal y consecuencias impredecibles. Más tarde, cuando la acción se traslada a Londres, aflora algo más de luz, si bien las pesquisas en torno al paradero del Santo Grial y un hipotético linaje descendiente del mismísimo Jesucristo seguirán desenvolviéndose entre misterios indescifrables y conciliábulos de alto copete.

Y al final uno se pregunta: ¿a qué tanta polémica? ¿Por el simple hecho de insinuar que el Opus Dei se halla envuelto en oscuros tejemanejes? ¿Por especular con la posibilidad de que Jesús se casó y tuvo hijos? A fin de cuentas, ni el libro era nada del otro jueves ni mucho menos la película, pese a haber dado pie a un par de secuelas, igualmente olvidables: Ángeles y demonios (2009) e Inferno (2016).



jueves, 12 de julio de 2018

El último pistolero (1976)




Título original: The Shootist
Director: Don Siegel
EE.UU., 1976, 100 minutos

El último pistolero (1976) de Don Siegel


La noticia del fallecimiento de la reina Victoria copa la portada de los periódicos locales el mismo día que J.B. Books llega a la ciudad. Impresionado por la magnificencia con que la soberana británica se ha despedido del mundanal ruido, el viejo pistolero, sabedor que padece un cáncer en fase terminal, resolverá en su fuero interno urdir un plan que le permita marcharse con semejante dignidad.

También John Wayne fue, a su manera, un monarca (pese a que su alias fuese El Duque): un ídolo de masas que, tras haber participado en casi doscientas películas (dos de ellas —El Álamo, 1960 y Boinas verdes, 1968— dirigidas por él mismo), ponía el punto final a su carrera con este wéstern crepuscular que tantos paralelismos plantea con la delicada situación personal que el actor estaba atravesando en aquel entonces.



Aunque Wayne, que fallecería tres años más tarde a consecuencia de un cáncer de estómago, no es la única vieja gloria del reparto de The Shootist: Lauren Bacall encarna a Bond Rogers, la viuda que le alquila una habitación (lo de Bond, por cierto, era un claro homenaje a Ward Bond, el mítico secundario fallecido en 1960) y un James Stewart algo abatido por el peso de los años y sus problemas de sordera interpreta al doctor que se ve en el apuro de tener que diagnosticarle la terrible enfermedad a Books. Todos ellos, como John Carradine (en un fugaz papel de enterrador) o Richard Boone (Sweeney), fueron imposiciones del viejo Duke, quien no dudaría en enfrentarse con el director Don Siegel, por éste y otros temas, hasta salirse con la suya.

Veteranos en el ocaso de sus días que compartieron cartel con un jovencísimo Ron Howard (Gillom), el mismo que, con el devenir de los años, se acabaría convirtiendo en el afamado director de títulos como Una mente maravillosa (2001), El código Da Vinci (2006), el documental The Beatles: Eight Days a Week (2016) y la reciente (y, en opinión de muchos, fallida) Han Solo (2018). En El último pistolero Howard es apenas un crío, aunque no le tiembla el pulso a la hora de darle la réplica a toda una leyenda (dentro y fuera de la pantalla) que no sólo le enseñará a mejorar su puntería sino que, en un acto de enorme simbolismo, le venderá su caballo poco antes del fatal desenlace, convertido así en el improvisado testigo (real y alegórico) que la vieja guardia del viejo Hollywood le pasaba a una nueva generación de intérpretes y cineastas.