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domingo, 7 de enero de 2024

Mensajeros de paz (1957)




Director: José María Elorrieta
España, 1957, 77 minutos

Mensajeros de paz (1957) de J.Mª. Elorrieta


Se acaban las fiestas navideñas y mañana habrá que volver a la rutina del trabajo, pero antes nos queda todavía un rato para comentar una de aquellas películas que en su momento fueron especialmente concebidas para ser vistas en días de entrañable espíritu fraterno como los que en teoría venimos de celebrar. Se trata de Mensajeros de paz (1957), fantasía bienintencionada del hoy un tanto denostado José María Elorrieta (1921-1974) a propósito de una supuesta visita de los Reyes Magos al Madrid de la época y que hay que juzgar con indulgencia si se tienen en cuenta las vueltas que ha dado el mundo (y sobre todo España) desde aquel entonces.

Ni que decir tiene que la gente se queda de pasta de boniato cuando los tres protagonistas se presentan a sí mismos como Gaspar (Rafael Luis Calvo), Melchor (Félix Dafauce) y Baltasar (Antonio Almorós), aunque su fuerza de persuasión y algún que otro milagrillo que se permiten propiciarán que unos y otros, a pesar de las situaciones disparatadas en las que se ven inmersos, acaben rindiéndose a la bonhomía de sus Majestades de Oriente. También es cierto que el mensaje subyacente en el guion de José Manuel Iglesias y el propio Elorrieta apela a la inocencia del niño que todos llevamos dentro, con lo cual ya hay mucho ganado para la causa de tan generosos sabios.



Asimismo, resulta curioso constatar que cada uno de ellos responde a perfiles muy distintos, siendo Melchor el moralista que recrimina las malas acciones de los hombres, Baltasar (con su pendiente y la cara pintada de negro) el más juguetón del trío y Gaspar el líder conciliador. "Mensajeros de paz", al fin y al cabo, tal y como reza el título de la cinta, cuya misión específica, tras su visita a un hospital infantil, consiste en localizar al papá del niño Andresito para que éste, un díscolo agente artístico llamado Enrique (Antonio Casas) que se marchó de casa hace algún tiempo, dejando en la estacada a su mujer e hijos, vuelva de nuevo con su familia.

Claro que moverse por la capital con esas pintas no facilita precisamente la tarea, de modo que los monarcas optan por cambiar de atuendo y sustituyen sus túnicas por elegantes abrigos. Aun así, recalarán brevemente en dependencias policiales y hasta en un cabaré, siempre con la sanísima intención de redimir a la descarriada Marichu (Mariangela Giordano), mujer de vida alegre, además de querida del ya mencionado Enrique... Y aún les quedará tiempo para interceder en favor de una promesa futbolística (Mario Berriatúa), novio de Ana (Concha Velasco), la hermana mayor de Andresito e hija de Enrique (¡qué lío!). Como se ve, trabajo no les falta. Y eso que, además, tienen que repartir todos los juguetes que han comprado (hasta agotar existencias) para los niños de un mundo que, cuando al final regresan a Oriente a bordo de su Land Rover, parece que es un poco menos hostil.



lunes, 23 de agosto de 2021

Crimen para recién casados (1960)




Director: Pedro L. Ramírez
España, 1960, 86 minutos

Crimen para recién casados (1960)


La sombra de Hitchcock planea a lo largo de Crimen para recién casados (1960) como un referente inequívoco que cualquier espectador de la época, y aun de la actual, sería capaz de reconocer en el acto. Calificarla de parodia sea tal vez un poco exagerado, si bien la mayor parte de tópicos asociados al género se daban cita en ella, más con una finalidad cómica que no para crear suspense. La trama, por descontado, ni es muy original ni tampoco rebosa verosimilitud, pero permitía situar la acción en los bellos parajes de la Costa Brava en una época en que disfrutar de ese lujo quizá no estaba al alcance de todos los bolsillos.

Aparte del encanto de sus localizaciones en deslumbrante Eastmancolor, el principal atractivo de la película radica en su pareja protagonista, una Concha Velasco de apenas veinte años que, junto al siempre histriónico Fernán-Gómez, formaban un dúo del que la industria cinematográfica de aquel entonces no supo, tal vez, extraer el máximo provecho... Ésa es, al menos, la impresión que dejan los cinco días de intrigas a los que aquí deberán enfrentarse hasta dar con el asesino.



"Una luna de miel sin luna, sin miel y sin nada." "¡La más divertida de las películas policíacas! ¡La más policíaca de las películas divertidas!". Así era anunciada la cinta en el momento de su estreno: mediante eslóganes tan blancos como el humor que destilan sus diálogos (escritos por Alfonso paso a partir de un guion de Vicente Coello). Más de sesenta años después, los originales títulos de crédito, con lupa detectivesca sobre recortes de sucesos, mantienen intacto su encanto.

Sin embargo, una duda razonable se plantea al analizar detenidamente el argumento y hasta el título del filme. Porque, vamos a ver: ¿eso de equiparar "crimen" y "recién casados" en un mismo enunciado es una simple coincidencia? ¿U obedece, acaso, a algún mensaje subliminal, aviso para navegantes y célibes a propósito de los peligros que entraña el matrimonio? Un detalle de la escena inicial nos da la clave: salen de la iglesia los novios y el séquito de invitados. Entre achuchones y parabienes, y antes de que Elisa (Concha Velasco) y Antonio (Fernán-Gómez) suban al coche, una niña inoportuna pregunta insistentemente: "¿Qué quiere decir Ya está en el bote?"



martes, 17 de agosto de 2021

Nadie lo sabrá (1953)




Director: Ramón Torrado
España, 1953, 81 minutos

Nadie lo sabrá (1953) de Ramón Torrado


La omnipresente voz en off de José María Oviés (1903–1965), el mismo actor que tantas veces dobló a Groucho Marx, nos va a acompañar a lo largo de este rocambolesco periplo cuyo protagonista, humilde empleado de banca, se ve envuelto en un asunto que lo mismo podría resolverle la existencia que enviarlo directamente a prisión. ¿Quién es este Perico Gutiérrez, magistralmente interpretado por Fernando Fernán Gómez? Tras echar un vistazo a través de distintos ambientes madrileños, esa voz de la conciencia da finalmente con el interfecto en una concurrida parada de tranvía. Porque nuestro "Perico es un hombre como usted y como yo: un dignísimo representante de la clase media, un hombre del montón."

Son varios los alicientes que hacen de Nadie lo sabrá (1953) una película excepcionalmente entretenida. En primer lugar por el interesante dilema al que se ve expuesto su personaje central, quien, habiendo sorprendido a unos atracadores en pleno robo, sucumbe a la tentación de quedarse un fajo de billetes que aquéllos, con las prisas de la huida, se han dejado tirado por el suelo. Treinta mil dólares del ala que, sin duda, podrían ayudarle a dejar de ser un don nadie y que se van a convertir, a partir de ese preciso instante, en el principal quebradero de cabeza del contable.



Por otra parte, resulta asimismo esperpéntica la acentuada malicia de la que hace gala el entorno de este pobre individuo, desde sus compañeros de oficina hasta la interesada tía Dolores (Julia Caba Alba) pasando por la oronda casera (Julia Lajos), todos igual de chismosos y gorrones. Incluso el odioso subdirector (Fernando Fernández de Córdoba) se atreverá a acusar a Pedro, soltero y sin hijos, de estar ocupando un puesto que, en puridad, le pertenecería a un padre de familia numerosa.

Ocurrente y satírica a partes iguales, la cinta que nos ocupa expone el caso de un hombre sin atributos, el típico ciudadano anónimo que lleva una existencia gris hasta que las circunstancias le obligan a venirse arriba y dar muestras de una entereza que ni él mismo sabía que posee. Así, enfrentado a sus propios escrúpulos, este antihéroe acabará por aceptar el tópico de que el dinero no da la felicidad. A fin de cuentas, como dice de él el líder de los atracadores (José Nieto), el pobre Perico "es un chico tonto, pero decente".



sábado, 22 de mayo de 2021

¡Centinela, alerta! (1937)




Directores: Jean Grémillon y Luis Buñuel
España, 1937, 74 minutos

¡Centinela, alerta! (1937) de Jean Grémillon


Durante el rodaje, la situación se deterioraba rápidamente. En los meses que precedieron a la guerra, el ambiente era irrespirable. Una iglesia en la que teníamos que rodar unas escenas fue incendiada por la multitud y tuvimos que buscar otra. Mientras hacíamos el montaje, había tiroteos por todas partes. La película se estrenó en plena guerra civil con gran éxito, éxito que se confirmaría en los países latinoamericanos. Por supuesto, yo no me beneficié de él.

Luis Buñuel
Mi último suspiro
Traducción de Ana Mª de la Fuente

Viendo el cartel de la película y el año de estreno de la misma (aparte de las connotaciones inequívocamente castrenses de su título) uno podría pensar que ¡Centinela, alerta! (1937) fue poco menos que un filme propagandístico. Sin embargo, quien se tome la molestia de revisarla hallará que la trama tiene muy poco o nada de alegato en favor de la República (más allá de los uniformes que lucen sus protagonistas durante la primera media hora de metraje) y muchísimo de comedia musical al servicio del ídolo popular que por aquel entonces era Angelillo.

Sorprende, asimismo, que el repertorio del cantaor apenas incluye temas flamencos más allá de unos "Fandangos militares" con el acompañamiento a la guitarra del Niño Posadas y la copla "¡Er caló, er calé!" que entona mientras se hace pasar por sonámbulo: lo demás son piezas burlescas ("El sitio de la gallina", "Si yo fuera capitán") con un marcado aire swing ("Sólo el amor", "Soy un marino") típico de los años treinta.



De nuevo una madre soltera (Ana María Custodio), un señorito crápula (José María Linares-Rivas) y la niña Mari-Tere haciendo monadas: elementos comunes en la mayoría de producciones Filmófono, como lo es la presencia del histriónico Luis Heredia. El actor, que años más tarde volvería a coincidir con Buñuel en el rodaje de Viridiana (es uno de los mendigos que profanan la hacienda de la cándida novicia al son de El Mesías de Häendel), interpreta aquí al gracioso Tiburcio Canales: especie de bufón que comienza haciendo de soldado torpe para convertirse después en un no menos desmañado aprendiz de detective.

El francés Jean Grémillon (1898–1959) se prestó a dirigir el filme con la única condición de no aparecer acreditado, algo a lo que Buñuel, que tampoco firmaba como productor ejecutivo, accedió sin mayores reparos. El resultado final, sumamente condicionado, a nivel técnico, por las horas aciagas que se cernían sobre el país, transmite, sin embargo, una curiosa alegría de vivir (por ejemplo en el número final, que incluye a un grupo de atractivas bailarinas a lo Busby Berkeley), señal evidente de que la cinta aspiraba a infundir ánimos al espectador mediante un ameno ejercicio de pura evasión.



jueves, 20 de mayo de 2021

¿Quién me quiere a mí? (1936)




Directores: José Luis Sáenz de Heredia y Luis Buñuel
España, 1936, 84 minutos

¿Quién me quiere a mí? (1936) de Sáenz de Heredia


Fue tanto el empeño de Luis Buñuel para que su nombre (asociado a la vanguardia surrealista) no figurase en los créditos de las películas por él producidas para Filmófono, que a menudo se tiende a obviar el enorme influjo que el aragonés ejerció sobre el proceso de gestación de las mismas. Sin embargo, basta echarles un vistazo para encontrarse con elementos que posteriormente reaparecerán en algunos de los títulos más célebres de su filmografía.

Tal es el caso, por ejemplo, de la cinta que ahora nos ocupa, a la que Buñuel apenas dedica una frase en sus memorias: "Mi tercera producción, ¿Quién me quiere a mí?, la historia de una muchachita muy desgraciada, fue mi único fracaso comercial." Aun así, resulta inevitable pensar en el hombre sin piernas de Los olvidados (1950) cuando, a las puertas de una iglesia, vemos a una pedigüeña valiéndose de un carrito idéntico para desplazarse.



Mezcla de drama folletinesco (con rapto de niña incluido), comedia amable e incluso ciertas dosis de musical, ¿Quién me quiere a mí? (1936) resume a la perfección el prototipo de cine comercial que se llevó a cabo en España durante los años de la Segunda República. Fórmula cuyo atractivo principal residía, en este caso, en la presencia de la actriz infantil Mari-Tere Pacheco: prodigio el fulgor del cual volvería a dejarse ver, ya en plena contienda, en el drama bélico ¡Centinela, alerta! (1937) para, a continuación, apagarse sin volver a dar ya nunca más señales de vida.

José Luis Sáenz de Heredia, probablemente el director más vinculado con el futuro régimen franquista —suyos son filmes como Raza (1942) o Franco, ese hombre (1964)— daba sus primeros pasos en la industria cinematográfica de la mano de un Buñuel que en breve se convertiría en exiliado republicano: imagen elocuente de lo que iba a suponer la Guerra Civil, aunque en abril del 36 aún fuese posible que dos personalidades tan opuestas uniesen su talento para contar la historia de una célebre soprano (Lina Yegros) o las argucias de dos granujas de medio pelo como Súpito (Luis Heredia) y Alfredo, 'El Águila' (Fernando Freyre de Andrade).



domingo, 8 de marzo de 2020

Con la vida hicieron fuego (1957)




Directora: Ana Mariscal
España, 1957, 77 minutos

Con la vida hicieron fuego (1957)
de Ana Mariscal


Más que por sus méritos cinematográficos, que también los tiene (sobre todo tratándose de un filme dirigido por la actriz y realizadora Ana Mariscal), el interés de Con la vida hicieron fuego radica especialmente en su particular modo de abordar el siempre espinoso tema de la Guerra Civil. Toda una osadía en pleno franquismo —compensada, eso sí, con el heroico rescate del Cristo de los Navegantes— que, a buen seguro, hubo de condicionar lo que, según los estándares de la época, solía ser el normal desarrollo de una producción al uso.

Es muy probable que a ello obedezca la apariencia entrecortada que, en términos generales, se percibe a lo largo de un relato, adornado con apuntes vagamente documentales del folclore astur, en cuyo metraje debieron de cebarse las tijeras de la censura. O lo forzado de algunas líneas de los diálogos, intercaladas, sin duda, para justificar el sesgo ideológico de los personajes: "Fuimos una generación trágica. Encendimos el fuego a nuestro alrededor y ahora... debemos reconocerlo, nos sentimos como supervivientes del incendio." O bien: "Son cosas de la guerra. Sí. Vivimos en un incendio que todos hemos provocado, y estamos haciendo fuego con nuestras propias vidas..."



Con todo, el planteamiento inicial (un antiguo combatiente que, tras largos años fuera de España, regresa a su aldea natal) haría fortuna en lo sucesivo, sirviendo de punto de arranque en las posteriores y muy notables España otra vez (1969) y El amor del capitán Brando (1974), con la única salvedad, huelga decirlo, de que tanto Jaime Camino como Jaime de Armiñán optaron, en sus respectivas películas, por otorgarle el protagonismo a un republicano, mientras que aquí, aun tratándose de un hombre afable, Quico (Jorge Rigaud) había pertenecido al bando nacional.

De vuelta en su idílica aldea asturiana, el marino, que ha pasado quince años en "países jóvenes" de Sudamérica, llega con renovado ímpetu para darse de bruces con su propio pasado: recuerdos que el espectador tendrá ocasión de conocer pormenorizadamente a base de largos flashbacks y que reabren heridas que Quico creía cerradas. Especialmente doloroso es el reencuentro con Armandina (Ana Mariscal), viuda de un su amigo que murió en el frente y con la que le une una incómoda tensión amorosa no resuelta. Como también parece embarazosa la atracción que el viejo olmo siente hacia la turgente Isabelita (Malila Sandoval), muchacha grácil que despierta en él el recuerdo de aquella novia suya a la que en su día fusilaron por republicana.


sábado, 4 de mayo de 2019

Séptima página (1951)




Director: Ladislao Vajda
España, 1951, 74 minutos

Séptima página (1951) de Ladislao Vajda

En una ciudad cualquiera y en el espacio de una breve jornada, unos seres sin más aliento que el de sus propias vidas se salvan o perecen en un mar de pequeñas pasiones. De cerca, todos ellos son protagonistas. Héroes incluso. De lejos, sus fisonomías se borran, sus palabras se apagan y sus historias pierden interés. Son simples comparsas. La vida es demasiado difícil para el que la vive, y demasiado sencilla para el que la contempla...

Texto introductorio
Narrado por Fernando Rey

He aquí lo que suele denominarse una película coral, de marcada estructura circular, con la participación de cuantiosos secundarios (algunos, como Pepe Isbert o Manolo Morán, en fugaces apariciones). Una pluralidad que no se limita únicamente a personajes y actores, sino que sobre todo afecta a la variedad y diversidad de los asuntos que se abordan: números musicales y glamurosas coreografías en locales de baile, planes de boda que se hacen y se deshacen entre familias de alto copete, banqueros con amante, esposas adúlteras, ingenuos estudiantes de medicina, camareros resentidos, serenos con aspiraciones, criadas con cofia, policías afables, reporteros taciturnos, novios juerguistas, sórdidas hospederías, lujosas mansiones, vividores, carteristas y hasta el teatro de marionetas del Retiro.

Su título, Séptima página, alude al lugar habitualmente reservado a la crónica de sucesos y los ecos de sociedad en el diario La jornada, cuya redacción es uno de los espacios en los que se desarrolla la trama. El arranque del filme, en un alarde de maestría, nos muestra al melancólico Méndez (Adriano Domínguez) entrando por la puerta principal: al fondo, un reloj marca la medianoche (momento de máximo trajín antes del cierre de la edición); el hombre se detiene tras un periodista que, absorto en su tarea, escribe frenéticamente a máquina y Méndez introduce la mano en el bolsillo de la americana del otro, de donde extrae un paquete de cigarrillos. Por la naturalidad y presteza con la que actúa se pueden deducir dos cosas: que Méndez es un consumado gorrón (más adelante, un compañero bromeará sobre su costumbre de irse sin pagar el café) y que dicha circunstancia se repite con bastante frecuencia (de ahí que el afectado ni se inmute). El guiño se cerrará, ya al borde del desenlace, cuando Méndez pretenda de nuevo fumar gratis y encuentre el bolsillo vacío... porque el otro tipo —suponemos que harto, pero igualmente impertérrito— ha cambiado el tabaco de sitio...

Maruja (Anita Dayna)

Y es que, pese al desconsuelo que aflige a buena parte de los protagonistas, Séptima página contiene un raro sentido del humor. Particularmente ingeniosos son los diálogos, escritos por Ángel Gamón y José Santugini. Como cuando el avispado Dieguito (Raúl Cancio) se apresura a dar la buena nueva a Fernando (Rafael Arcos) y a su padre (Manuel Arbó) de que ha solucionado lo de las nupcias de aquél con Isabelita:

DIEGUITO: Ea, ya está. ¡Vini, vidi, vinci! 
FERNANDO: ¿Y qué es eso? 
DIEGUITO: Latín. 

También tiene guasa la obsesión del sereno convaleciente (un bigotudo Manolo Morán) por salir en los papeles y el fervor novelesco que le añade a su relato. O la escena, digna de un Jardiel o de un Mihura, en la que Pepe Isbert les vende un bolso a Leonor (María Asquerino) y a Paco (Alfredo Mayo):

VENDEDOR: Vea éste. 
LEONOR: ¿Cocodrilo también? 
VENDEDOR: Mejor aún: imitación. Una imitación auténtica. 
LEONOR: ¿Y dice usted que es mejor?
VENDEDOR: Sí, señora. A pesar de lo cual, cuesta lo mismo que este otro que es cocodrilo legítimo. 
PACO: Pues no lo comprendo. 
VENDEDOR: Tenga en cuenta que la mano de obra ha subido muchísimo. Que las imitaciones hay que hacerlas y los cocodrilos están hechos. Es más fácil cazar cocodrilos que fabricarlos. 
PACO: Como que los cocodrilos no se fabrican. 
VENDEDOR: Ahora sí. Vea éste: de antes de la guerra. 
LEONOR: ¿El modelo?
VENDEDOR: El cocodrilo. Por ser para usted, 2500 pesetas. 
PACO: ¿Y por ser para mí, que es el que va a pagar? 
VENDEDOR: Lo mismo. ¡Un bolso para toda la vida!
LEONOR: Sería demasiado. 
PACO: Nos quedaremos con éste, aunque sea de cocodrilo legítimo. 
LEONOR: Pero es muy caro.
VENDEDOR: Bien. Lo pondré en una cajita. 
LEONOR: No, no hace falta: lo llevaré así mismo.
VENDEDOR: Como quiera, señora. Gracias.

Sin embargo, el mayor interés que hoy pueda conservar Séptima página no proviene tanto de sus réplicas brillantes o de una débil trama policíaca, sino de todo ese submundo que Vajda se atreve a mostrar, de habitaciones realquiladas cuya cochambre salta enseguida a la vista, pobres diablos que viven de pegar el sablazo, potentados en bancarrota y querida con piso puesto en la Avenida de las Acacias. Todo un microcosmos, aderezado con la banda sonora del malogrado Jesús García Leoz (1904–1953) y la fotografía de Willy Goldberger (1898–1965), que el cinéfilo observador tendrá ocasión de advertir, perfectamente consignado, en las columnas del diario que Méndez y la telefonista (Carlota Bilbao) hojean en la última escena, mientras él concluye diciendo: "¡Bah! ¡Lo de todos los días!"

Alfredo Mayo (derecha) junto a una talla africana

martes, 21 de agosto de 2018

El fenómeno (1956)




Director: José María Elorrieta
España, 1956, 83 minutos

El fenómeno (1956) de José María Elorrieta


Ayer hacíamos alusión a esta película al compararla con El sistema Pelegrín (1952) de Iquino, ya que, en ambos casos, se trata de comedias protagonizadas por Fernando Fernán Gómez que ridiculizan determinados aspectos vinculados al mundo del fútbol. En una línea similar, Once pares de botas (1954) de Rovira Beleta había tratado el mismo tema, pero situándolo en el área geográfica barcelonesa. Y, más allá aún de El fenómeno, el propio Elorrieta dirigiría dos años después El hincha (1958), con el mismo plantel de secundarios, aunque ya sin la participación de Fernán Gómez.

El planteamiento del filme que nos ocupa se basa en un recurso que no por antiguo resulta menos efectivo: el equívoco puro y duro. Aquello tan típico de que a un tranquilo ciudadano lo confunden con otro, viéndose inmerso, a partir de ese momento, en mil y una situaciones disparatadas. Subterfugio que en manos de Hitchcock daría como resultado inquietantes thrillers tipo Con la muerte en los talones (1959), pero que aquí se limitó a que un insulso catedrático de ética alemán se vistiese de corto para suplantar a un as ruso del balón, aunque sin haber visto jamás un esférico de reglamento, y poner de moda el meter los goles con el trasero y hasta con la nariz.



El resto de la historia adolece de una imprecisión apenas justificable por el hecho de que estamos ante un producto concebido única y exclusivamente para el entretenimiento. Así pues, queda un tanto en el aire quiénes son ese par de matones que obedecen las órdenes del capo interpretado por José Calvo y cuyo máximo interés es acabar con el que ellos creen que es Pavlovsky. Cabe pensar que se trata de agentes anticomunistas, en una época en la que todo lo procedente allende el telón de acero era considerado poco menos que pecaminoso. En cualquier caso, vale la pena destacar que el actor que hace de Mauro es el torero Rafael Albaicín, ahijado del pintor Zuloaga, gitano granadino culto y selecto que, tras recibir cinco cornadas a lo largo de su carrera, cambió los ruedos por los platós de rodaje. No deja de ser gracioso que la tauromaquia y el balompié, las dos pasiones nacionales (y, hasta cierto punto, rivales) quedaban así aunadas en una misma película.

Como curiosos son los exteriores filmados en Fráncfort (básicamente la Plaza Römerberg) y, ya en Madrid, el antiguo Stadium Metropolitano, coliseo que acoge los encuentros del imaginario Castellana F.C., trasunto del Atlético de Madrid (luce, de hecho, los mismos colores en su camiseta) y donde, aparte de un partido memorable, Claudio Henkel ganará definitivamente el amor de la novelista Elena Bernal (la actriz italiana Maria Piazzai).


sábado, 4 de agosto de 2018

Las chicas de la Cruz Roja (1958)




Director: Rafael J. Salvia
España, 1958, 83 minutos

Las chicas de la Cruz Roja (1958)


Como en tantas otras cintas pergeñadas durante el franquismo a mayor gloria de su particular credo, Las chicas de la Cruz Roja pretendía mostrar lo bien que se lo pasaba la juventud madrileña de finales de los cincuenta viviendo en la capital del mejor de los mundos posibles. Fórmula que el estribillo del tema central, compuesto por Augusto Algueró, resumía en los edulcorados términos siguientes: "Primavera en la solapa. Primavera en el jardín. Y primavera en el cielo del corazón de Madrid". 

Ni un ápice, pues, de realismo tenía cabida en una película que, pretendiendo proyectar una imagen de modernidad, conseguía justamente todo lo contrario, teniendo en cuenta el carácter patriarcal de la sociedad que retrata y la parafernalia paramilitar de una entidad que, pese a su ideario humanitario, no duda en desfilar uniformada por el centro urbano de la villa.

Al margen de lo dudosa que pueda resultar la ideología que se esconde tras tanta fachada y tanto colorido, lo cierto es que el productor Pedro Masó dio en el clavo del éxito comercial, como lo prueba el hecho de que apenas un año más tarde contraatacaba con El día de los enamorados, comedia de similares características y prácticamente el mismo reparto, a la que seguiría la versión viril de la receta con Tres de la Cruz Roja (1961).



Sobre por qué triunfó un planteamiento tan amable y bobalicón hay varias posibles respuestas. En primer lugar, por su innegable carácter de evasión, presente asimismo en las cinematografías de los países del Este, ávidos, como cualquier régimen autoritario, de distraer al personal con historietas subrepticiamente propagandísticas que anulasen su espíritu crítico. Por otra parte, tanto Las chicas de la Cruz Roja como un año antes Las muchachas de azul (1957) de Pedro Lazaga, se hacían eco, aunque tímidamente, de la incorporación de la mujer al mundo laboral, detalle que, por lo novedoso, tenía, sin duda, su tirón entre el público de la época. Y por último, pero no por ello menos importante, conviene no perder de vista cómo cada una de las protagonistas pertenece a distintos sectores sociales: clase trabajadora en apuros económicos (Concha Velasco), la hija de un influyente diplomático (Katia Loritz), una aplicada estudiante universitaria (Mabel Karr) y una joven traumatizada porque su prometido la plantó a los pies del altar (Luz Márquez). Todas luciendo sus modelitos y todas casaderas...

Tampoco el elemento futbolístico podía faltar, siendo, como es, el gancho nacional por excelencia: el hijo de Ricardo Zamora (quien, curiosamente, haría doblete ese mismo año con otro papel en El puente de la paz) interpreta a un portero llamado León. Ingrediente popular que nunca falla, del mismo modo que ese humor achulapado y zarzuelero del que Tony Leblanc (aquí, el novio celoso de Paloma, o sea, Conchita Velasco) fue un consumado intérprete. Y, si no, véase la réplica con la que deja cortado a un panoli que reclama sus servicios como mecánico:

CLIENTE: ¿Se debe algo? 
PEPE: Veinte duros. 
CLIENTE: ¡Hombre...! ¿Veinte duros por apretar un tornillo? 
PEPE: No, eso es gratis: los veinte duros se cobran por saber qué tornillo había que apretar...

De izquierda a derecha: Katia Loritz, Concha Velasco,
Luz Márquez y Mabel Karr

sábado, 12 de mayo de 2018

Aventuras del barbero de Sevilla (1954)




Director: Ladislao Vajda
España/Francia, 1954, 89 minutos



¡Ay, barbero, barbero, barbero...!
Fígaro me puso un Monsieur no sé qué... 
Y al nacer un primero de enero 
mi padrino quiso ponerme Manuel.

Retomando el espíritu de las coproducciones hispanoalemanas de los años treinta, en Aventuras del barbero de Sevilla el productor Benito Perojo quiso llevar a cabo una comedia musical cuyo pintoresquismo estuviese por encima de la acción y los diálogos. A tal efecto, el guionista Jesús María de Arozamena (a la sazón en los inicios de su carrera: ésta fue su tercera película) concibió un batiburrillo de tópicos de inspiración dieciochesca hecho a medida del cantante Luis Mariano.

Este último, nacido en Irún y naturalizado francés tras la guerra civil, volvía a trabajar con el compositor Francis López, con quien formó un exitoso tándem a lo largo de su carrera. Y para acentuar el elemento folclórico de lo que estaba llamado a ser una superproducción Cifesa, el protagonismo femenino recayó sobre Lolita Sevilla, que venía de participar, un año antes, en la mítica ¡Bienvenido, Míster Marshall!



Decir que los decorados fueron obra del siempre excelente Burmann no hace sino añadirle interés a un filme en el que lo trivial del tema contrasta vivamente con la calidad de los profesionales del apartado técnico que en él trabajaron y de las estrellas de su reparto.

Por último, el director Ladislao Vajda supo darle al conjunto ese toque cosmopolita tan habitual en su filmografía, subrayado esta vez por el hecho de que la acción se traslada momentáneamente a Puerto Rico, donde un grupo de bandoleros redime su condena luchando contra los ingleses. Se trata, en general, de situaciones que tienen su origen en el wéstern hollywoodense (el asalto a la diligencia, la toma del fuerte o presidio...), pero que, debidamente adaptadas al imaginario local, harían fortuna hasta desembocar, ya a mediados de los setenta y en el medio televisivo, en productos de consumo masivo como la serie Curro Jiménez.


martes, 2 de enero de 2018

¡Viva lo imposible! (1958)

















Director: Rafael Gil
España, 1958, 98 minutos



Una obra de Joaquín Calvo Sotelo adaptada por Miguel Mihura dio pie a esta entrañable comedia del prolífico Rafael Gil. Y es curioso, pero, como sucede en tantísimas películas de la época, fue Fernando Rey el encargado de poner su voz como narrador. No es el único dato digno de resaltar: la banda sonora corrió a cargo del compositor vasco Jesús Guridi y la fotografía, de Alfredo Fraile, se realizó en un magnífico Eastmancolor.

El planteamiento de ¡Viva lo imposible! responde a una premisa tan simple como universal: nadie está del todo contento con la vida que le ha tocado en suerte. El funcionario envidia la existencia nómada y bohemia del artista de circo, mientras que el domador de leones anhela formar una familia y tener casa propia y sueldo fijo.



Así que haciendo alarde de un planteamiento genuinamente mihurino (si se nos permite el palabro), don Sabino López (Manolo Morán) decidirá liarse un día la manta a la cabeza y cambiar la gris oficina del ministerio por la siempre más atractiva carpa de un circo, donde él y sus dos hijos pasarán a ser el trío ilusionista Nagasaki. Adriani (Miguel Gila) no tardará en conectar con ellos, aunque Eusebio (Julio Núñez) preferirá abandonar a su padre y hermana para retomar las oposiciones, lo mismo que Palmira (Paquita Rico) cuando la reclame su antiguo y estricto novio Vicente (José María Rodero). Pero el padre, firme en sus convicciones, decide seguir adelante hasta alcanzar el éxito a escala internacional.

La concepción del mundo que subyace bajo tan singular historia es, en esencia, calcada a la expuesta por Mihura en Tres sombreros de copa (estrenada en 1952, aunque escrita en 1932). En ambos casos, el protagonista siente un pavor similar ante la perspectiva de dejarse atrapar por la monotonía de una realidad en apariencia segura, pero exenta de todo aliciente. Eterno dilema del hombre moderno, a menudo atrapado en las convenciones de una sociedad que pone freno a la imaginación y que coarta nuestra libertad individual.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

La vida en un bloc (1956)




Director: Luis Lucia
España, 1956, 88 minutos

La vida en un bloc (1956) de Luis Lucia


La monótona existencia de un señor muy tiquismiquis y ordenado puede dar mucho de sí puestos a escribir una comedia (no hay más que recordar el caso célebre de aquel maniático tan puntilloso que interpretaba Jack Nicholson en As Good as It Gets, 1997). Eso mismo debió de pensar el dramaturgo Carlos Llopis (1913-1970) cuando concibió la idea de contar la vida del doctor Nicomedes Gutiérrez, médico rural en la imaginaria aldea zamorana de Villavieja la Nueva.

Años después, Luis Lucia decidiría llevar esta "humorada" (así se la llama en los títulos de crédito iniciales) a la gran pantalla, para lo que contó con la participación de Alberto Closas en el papel principal y Elisa Montés encarnando a la mojigata Gerarda, maestra de escuela y empalagosa esposa del interfecto. Tanto por el tono empleado como por la voluntad manifiesta de ridiculizar determinados comportamientos masculinos, La vida en un bloc se adelantaba en un año a otra película de factura similar: El batallón de las sombras de Manuel Mur Oti.

El doctor don Nicomedes Gutiérrez (Alberto Closas) y su bloc


Hacer, además, que la historia la narre un bloc de notas en primera persona (mediante la voz, nada más y nada menos, que de Fernando Rey) es un recurso original, aunque un tanto pueril al mismo tiempo, casi de redacción de colegial. Pero es que en esta película todo es intencionadamente candoroso, en consonancia con la estricta moral imperante de la que, en cierto modo, pretende ser la crítica amable. Porque hacer que este don Perfecto llegue a la conclusión de que su falta de experiencia en materia de mujeres pueda redundar en perjuicio de la futura felicidad matrimonial no deja se ser una ironía en toda regla. Y ello amparándose en un par de refranes a cuál más retrógrado: "Quien de joven no trotea, de viejo... galopea. O lo que es lo mismo: quien no la corre de soltero, la corre de casado..." 

Analizar en profundidad la doctrina que se esconde detrás de semejante planteamiento nos llevaría a deliberar largo y tendido sobre la pervivencia en la sociedad española de aquel entonces de usos y costumbres más propios del medievo que no de una moderna nación europea. Dejémoslo en que a dicha modernidad aún le quedaba un rato para irrumpir por estos parajes y que los historiadores de hoy en día disponen, gracias a La vida en un bloc, de un interesante documento para el estudio de los respectivos roles y obsesiones de hombres y mujeres en aquel mundo tan patriarcal, como, por ejemplo, la fijación del marido por echar una canita al aire antes de casarse.

El Mago Roberto (José Luis López Vázquez) amonesta al doctor

sábado, 28 de octubre de 2017

Audiencia pública (1946)




Director: Florián Rey
España, 1946, 87 minutos

Audiencia pública (1946) de Florián Rey


Una forma de interpretar bastante alejada de los usos actuales, confiere a Audiencia pública aquel toque teatral tan falto de credibilidad del cine español de los años cuarenta. Y, sin embargo, Florián Rey procuró en todo momento que su película tuviese un aire extranjerizante. No sólo porque la acción se sitúa en una imprecisa nación del continente europeo, sino sobre todo porque determinados ambientes arrabaleros, como el tugurio en el que acaba la descarriada Ellen (Mary Delgado), recuerdan un tanto al cine de Marcel Carné.

Por lo demás, tanto la historia folletinesca a base de estupro de doncellas, niños entregados a la inclusa y desavenencias conyugales fruto de una maternidad frustrada carecerían de mayor interés si no fuese porque va engarzada en la típica contienda judicial con jurado incluido. Algo insólito en el cine patrio de aquel momento y que enlaza con un modelo de clara inspiración hollywoodense.

Ellen (Mary Delgado) y Raúl (Alfredo Mayo)

De modo que mientras la audiencia pública que da título a la película tiene lugar en el presente, los hechos juzgados se irán trayendo a colación conforme los testigos sean llamados al estrado para declarar ante el vehemente defensor (José Nieto) y el fiscal (Ramón Martori, célebre actor catalán de doblaje, por cierto).

Lo malo del caso es que tantas deliberaciones culminan, conforme a la moral imperante en 1946, en un veredicto que al espectador de hoy día se le antojará absolutamente demencial, en tanto que criminaliza a Ellen sólo por haber sido una pobre madre soltera y premia a los pudientes Holbein (Paola Barbara y Raúl Cancio) pese a haber cometido una adopción fraudulenta.

Mary (Paola Barbara) y el niño Guillermito

sábado, 11 de marzo de 2017

Fedra (1956)




Director: Manuel Mur Oti
España, 1956, 97 minutos

Fedra (1956) de Manuel Mur Oti


Esta tragedia es tan vieja como el mar latino: hija del mito, rueda por el mundo desde que Eolo movió el primer grano de arena o azuzó los caballos de una nube sin hermana en el cielo. Todas las caracolas la cantan incansables en su rumor sin pausa. Para aquéllos que no entienden la palabra eterna del mar, nos asomaremos a una playa cualquiera del Levante español. Los hombres y las cosas han cambiado, pero el amor, el deseo, el pecado y la muerte siguen teniendo el prestigio dramático y bello de los siglos de Ulises, como el mar y el viento, como el de sol y el cielo, como lo eterno...



Son muchos los méritos que hacen que la Fedra de Manuel Mur Oti deba ser contada entre las producciones más memorables de la historia del cine español: el espléndido reparto (encabezado por una pletórica Emma Penella, Enrique Diosdado y un inverosímil Vicente Parra teñido de rubio), la luminosa fotografía en blanco y negro de Manuel Berenguer o los impecables decorados de Gil Parrondo son sólo algunos de sus muchos alicientes.

Ya desde el inicio, con esos títulos de crédito que semejan letras griegas, se pone de manifiesto una fuerza especial: es éste un filme de felices hallazgos visuales, con un hijo apegado a la tierra que galopa a lomos de su recua de caballos y un padre marinero que, en paralelo, cabalga sobre los olas del mar. Y la bella Estrella en medio... En la imaginaria villa de Aldor, pues, el guion de Mur Oti y de Antonio Vich sitúa unos hechos que enlazan a la perfección la trama ideada por Séneca con el paisaje genuinamente mediterráneo.



A menudo se ha tildado a esta película de drama exacerbado, más como demérito que como virtud. Pero ¿acaso no hallamos la misma vehemencia en Almodóvar, si bien en clave de comedia? ¿O en Buñuel, bajo el prisma surrealista? Hasta en Hitchcock es relativamente fácil encontrar ejemplos de una semejante explosión de sensualidad. El que las pasiones afloren y se desborden no debiera contarse jamás entre los defectos de un filme, máxime cuando se trata de una sabia puesta al día de un clásico de la literatura universal.

Tanto es así que el triángulo formado por Juan, Estrella y Fernando mantiene intacta la pulsión original que cautivaba a la madrastra con un ímpetu inversamente proporcional al empeño del joven por zafarse de ella y del ambiente opresivo que representa la pequeña aldea de pescadores. Porque, al igual que le sucedía al muchacho del poema "Adolescencia" de Juan Ramón Jiménez, Fernando siente la necesidad imperiosa de huir muy lejos, "adonde el cielo / esté más alto, y no brillen / sobre mí tantos luceros". Los tres, en fin, seguirán eternamente apremiándose o esquivándose, cada uno en pos de sus quimeras y obsesiones, porque suyo es el único Olimpo verdadero: el del celuloide.


martes, 3 de enero de 2017

El hincha (1958)




Director: José María Elorrieta
España, 1958, 73 minutos

El hincha (1958) de J.Mª Elorrieta


Que el deporte rey recibe ese nombre porque mueve pasiones queda más que claro en El hincha, amable comedia dirigida por José María Elorrieta a finales de los años cincuenta y protagonizada por Ángel de Andrés. 

Nicolás vive las veinticuatro horas del día por y para el fútbol, prestando atención especial al Centella, equipo de sus amores y rival acérrimo de la Unión, y a la peña de aficionados La Madrileña. A tal punto llega su obsesión balompédica que en la oficina está más pendiente de comentar con los compañeros las jugadas polémicas que no de atender al público. Como consecuencia, tanto él como don Gregorio, su inmediato superior (Antonio Riquelme), son despedidos. El resto de la trama consistirá en cómo se las ingenian el bueno de Nicolás y sus amigotes para poder costearse el viaje a Sevilla, donde el Centella debe disputar el próximo partido.

"¡Centella, Centella! ¡Ra-ra-rá!"

Al margen de que el guion pueda parecer previsible e independientemente de lo planos que son los personajes, el paso del tiempo ha jugado a favor de una película que muestra la vertiente entrañable del fútbol mucho antes de que se convirtiera en fenómeno mediático y nido de horteras tatuados. En ese sentido, El hincha sale sin duda ganando en la comparación, con su humor blanco y el ambiente sano que se respira entre los forofos.

Es, por otra parte, bastante ingenioso el prólogo que encabeza el filme, con la "retransmisión" incluida de un hipotético partido prehistórico entre trogloditas. Lo cual, unido al personaje de doña Amalia, la suegra de Nicolás (interpretada por Mary Santpere), contribuye a subrayar el carácter caricaturesco de una cinta concebida como si de un tebeo se tratase. Sus personajes, carentes por completo de cualquier tipo de inquietud intelectual, son felices única y exclusivamente con la fidelidad a los colores de su equipo. Algo que, por otra parte, resultaba enormemente hábil a la hora de evitar problemas con la censura, ya que se puede extraer entrelíneas, si se quiere, una cierta lectura crítica de El hincha, aunque, al mismo tiempo, la realidad es que la imagen que proyectaba de los españoles y de su obcecada afición por el fútbol es la que le convenía al régimen de Franco.

En la Edad de piedra ya se practicaba el futbo-litos

viernes, 23 de diciembre de 2016

¡A mí la Legión! (1942)




Director: Juan de Orduña
España, 1942, 78 minutos

¡A mí la Legión! (1942) de Juan de Orduña


El cine de cruzada que se gestó durante la inmediata posguerra suele presentar una serie de elementos comunes, siendo los más habituales la exaltación patriótica en clave fascista, la apología del militarismo o la defensa a ultranza de los valores tradicionales. De todos ellos se da cumplida cuenta en ¡A mí la Legión!, producción Cifesa protagonizada (como fue habitual en la mayoría de películas de propaganda franquista) por Alfredo Mayo, quien interpreta a un aguerrido legionario de la 4ª Bandera que se hace llamar El Grajo.

El guion, obra del futuro director Luis Lucia sobre un argumento de Jaime García Herranz y el actor Raúl Cancio (que aquí no actúa), presenta el curioso caso de un tal Mauro (Luis Peña), joven apuesto del que poco o nada se sabe y que se alista directamente en la Legión tras su llegada al norte de África. Enseguida hará buenas migas con El Grajo y con Curro (Miguel Pozanco), un andaluz con funciones de donaire que siempre tiene en la boca expresiones del tipo: "¡Viva el Tercio y que se mueran los feos!"

Los tres, en compañía de la atractiva cantinera Leda (Pilar Soler), saldrán una noche de juerga. Pero con tan mala fortuna que Mauro es acusado de haber matado a un hombre de un navajazo. A partir de ese momento, sus amigos se esforzarán en demostrar la inocencia del muchacho, lo cual no será nada difícil teniendo en cuenta que el verdadero culpable era un judío "traicionero" que por allí pasaba: como se ve, lo del contubernio judeo-masónico valía para todo, hasta para salvar al héroe de una película.

Isaac Leví, el judío traicionero


Pero no acaban ahí las sorpresas, no: en el tramo final se sabrá que Mauro era en realidad el heredero del trono de Eslonia, un imaginario reino centroeuropeo, y que su verdadero nombre es Osvaldo. Si huyó de sus obligaciones principescas fue a causa de un amor imposible por una mujer que no pertenecía a la nobleza. Diez años después de haberse conocido en Marruecos, El Grajo llegará a Eslonia en julio del 36 como agente en una misión secreta, sin saber que el monarca y objetivo del atentado que se está preparando es su antiguo camarada...

La visión que se da de la aristocracia en ¡A mí la Legión! persigue claramente la finalidad de ridiculizar a la corona, lo cual debe entenderse en función de la realidad sociopolítica que se vivía en España tras finalizar la guerra civil: presentando la vida en palacio como un irrisorio cúmulo de solemnidades protocolarias de las que hasta el propio Osvaldo reniega para volver a ser Mauro y enrolarse de nuevo en la Legión se estaba justificando, indirectamente, el Alzamiento nacional.