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sábado, 5 de septiembre de 2020

Cómo ser John Malkovich (1999)




Título original: Being John Malkovich
Director: Spike Jonze
EE.UU., 1999, 113 minutos

Cómo ser John Malkovich (1999) de Spike Jonze


Introducirse en el cuerpo de un prestigioso actor a través de un túnel secreto puede parecer tan improbable como trabajar en la planta siete y medio de un edificio de oficinas cuyos ocupantes deben caminar siempre encorvados, compartir las estrecheces del apartamento familiar con un chimpancé, una iguana y una cacatúa o escenificar mediante marionetas los amores de Abelardo y Eloísa en las calles de Nueva York. Sin embargo, todo es posible cuando se trata de un guion escrito por Charlie Kaufman, ese genio de imaginación desbordante, autor de títulos memorables como Anomalisa (2015) o la recién estrenada Estoy pensando en dejarlo (I'm Thinking of Ending Things, 2020), que aquí daba sus primeros pasos de la mano del también debutante Spike Jonze.

¿Drama o comedia? A juzgar por lo estrambótico del planteamiento y las risas que muchas de las situaciones provocan en el espectador, casi habría que decantarse por lo segundo, si bien la soberbia banda sonora de Carter Burwell subraya en todo momento la verdadera desdicha que aqueja al titiritero Craig. Porque no cabe duda de que el personaje al que da vida John Cusack es un auténtico fracasado, incapaz de encontrarle sentido a una existencia que para él carece de todo aliciente. De ahí su afán por meterse en la piel de otros, ya sean títeres o un célebre intérprete. Ni siquiera tendrá suerte a la hora de seducir a Maxine (Catherine Keener), la arisca compañera de trabajo que, para más inri, acaba sintiéndose atraída por su esposa Lotte (Cameron Diaz).



La azarosa trayectoria que siguió el guion de Kaufman hasta que el director Spike Jonze terminó convirtiéndolo en la película que hoy conocemos hizo que, en algún momento de la preproducción, se barajase la posibilidad de que ésta fuese protagonizada por Tom Cruise, lo cual habría supuesto una aproximación totalmente distinta al tema de fondo, tal vez más caricaturesca y mucho menos profunda en su puesta en escena.

Y es que Being John Malkovich tiene algo kafkiano e incluso de realismo mágico en su forma de abordar cuestiones tan diversas como el paso del tiempo, los pros y contras del estrellato o la tragedia personal de un hombre sin atributos. A este respecto, es quizá el doctor Lester (Orson Bean) el personaje que mejor encarna el afán de inmortalidad de unos seres que van en busca de recipientes corpóreos capaces de garantizar la eternidad del alma. Asuntos de índole metafísica que hacen de este filme, producido, entre otros, por Michael Stipe (vocalista de R.E.M.), una de las cintas más extravagantes de finales de los noventa.


viernes, 26 de julio de 2019

Velvet Goldmine (1998)




Director: Todd Haynes
Reino Unido/EE.UU., 1998, 118 minutos

Velvet Goldmine (1998) de Todd Haynes


La estructura de Ciudadano Kane más el universo creativo de David Bowie y hasta el espíritu errante de Oscar Wilde: con semejantes referentes, Velvet Goldmine reúne las condiciones necesarias para convertirse en película de culto, si es que no lo es ya. Un homenaje profundo e inteligente a la escena musical británica underground mediante el que el director Todd Haynes presentaba sus credenciales como fiel devoto de la estética andrógina del glam-rock de los setenta.

Para encabezar tan soberbio proyecto, se eligió al actor y modelo irlandés Jonathan Rhys Meyers, quien encarna al excéntrico Brian Slade, artista iconoclasta cuyo alter ego Maxwell Demon transita por la estela de aquel mítico Ziggy Stardust de pelo rojizo en el que Bowie solía metamorfosearse para deleite de sus legiones de fans.



Ewan McGregor —ese intérprete que posee la rara habilidad de estar siempre presente en los filmes más rompedores, aquéllos que marcan época— es Curt Wild. Por su aspecto (melena rubia, voz aguardentosa, carácter autodestructivo) se le ha comparado con Kurt Cobain, cosa que Haynes desmiente, porque el modelo en el que se inspira no es otro sino Iggy Pop.

Christian Bale, por último, da vida a Arthur, un periodista empeñado en desvelar qué fue de su ídolo de juventud, el mismo Brian Slade cuya estrella se apagaría tras ser acusado de haber fingido su propio asesinato. A tal efecto, el reportero se dedicará a ir entrevistando a quienes lo conocieron para así, a partir de muy diversos testimonios, reconstruir los acontecimientos que marcaron su misteriosa desaparición.


viernes, 1 de febrero de 2019

Wonderstruck: El museo de las maravillas (2017)




Título original: Wonderstruck
Director: Todd Haynes
EE.UU., 2017, 116 minutos

Wonderstruck (2017) de Todd Haynes


La inconfundible guitarra de Robert Fripp se deja oír en los momentos más emotivamente mágicos de Wonderstruck, genial obra maestra de Todd Haynes que adapta la novela del no menos extraordinario Brian Selznick (el mismo que viajara a los inicios del cinematógrafo en La invención de Hugo Cabret). Tiene lógica que el director norteamericano recupere un corte de Evening Star, viejo álbum que el líder de King Crimson grabase en compañía de Brian Eno a finales de 1975, habida cuenta de que una de las dos historias narradas en la película transcurre en 1977. De hecho, la banda sonora de Wonderstruck aparece trufada de hits de los setenta de la altura de "Space Oddity" de Bowie o la versión funky que el brasileño Eumir Deodato realizó de "Also sprach Zarathustra" en 1973.

La otra trama se sitúa mucho antes, en el 1927 en blanco y negro inmediatamente anterior a la irrupción del cine sonoro, y enlaza de pleno con el resurgimiento del mudo desatado a partir de The Artist (2011) y seguido, después, por la española Blancanieves (2012). Sólo que aquí se acierta a contar la historia desde el punto de vista de dos niños sordos cuyos vínculos, más allá del espacio y del tiempo, no se aclararán hasta el final del relato.

Julianne Moore (izquierda) junto a Millicent Simmonds


Un muchacho huérfano que busca a su padre, una chica obsesionada con una actriz de Hollywood, la fascinación que ambos sienten por los museos, cómo se las apañarán para sobrevivir solos en la gran ciudad... Elementos todos ellos que se dan cita en Wonderstruck ('asombrado', 'sorprendido' en inglés) para ser contados de un modo insólitamente original.

Y, al mismo tiempo, maquetas, dioramas, muñecos, libros antiguos, viejos recortes de prensa... se combinan sabiamente con enormes dosis de inventiva para dar lugar a una de esas películas de un cierto tipo de cine americano (cuyos tótems, aparte del ya mencionado Haynes, serían el guionista Charlie Kaufman o el director Wes Anderson, entre otros) en las que la imaginación ocupa un lugar destacado.


viernes, 25 de enero de 2019

El gran Lebowski (1998)




Título original: The Big Lebowski
Directores: Joel Coen y Ethan Coen
EE.UU., 1998, 117 minutos

El gran Lebowski (1998) de Joel y Ethan Coen


¿Qué ingredientes se deben dar cita en una película para que ésta se convierta en objeto de culto? De haber una respuesta específica a tan capciosa pregunta, probablemente consistiría en un listado de elementos que, en su mayor parte, se hallan presentes en El gran Lebowski. Por ejemplo, un protagonista de lo más peculiar que suelte frases lapidarias (sobre alfombras o sobre Vietnam, eso da igual), pero susceptibles de convertirse, con el tiempo y una caña, en aforismos que cualquier cinéfilo reconozca y aun utilice de vez en cuando. O que tenga algún hábito fácilmente identificable, como el beber White Russians con la misma frecuencia y avidez que quien come caramelos.

A los hermanos Coen los pintaron para fabricar filmes memorables según la anterior fórmula, lo mismo en el terreno de la comedia (Arizona Baby, O Brother!) que en el del thriller (No es país para viejos). Y a menudo con ese toque ligeramente kafkiano, heredado tal vez de una cierta tradición judía, que los convierte en dignos herederos, salvando las distancias, de otros hermanos que marcaron época: los Marx.

El Nota (por siempre jamás unido a la imponente efigie de Jeff Bridges) es, por así decirlo, la versión sofisticada de un zángano: un individuo sin oficio ni beneficio, hippy trasnochado, fan de los Credence y, al igual que la singular corte de secundarios que lo rodean, empedernido jugador de bolos. De entre estos últimos, comparte protagonismo con The Dude el orondo Walter (John Goodman), especie de gurú-sionista converso-veterano de guerra cuyo paso por el ejército le dejó notables secuelas en su particular forma de percibir la realidad.



Y así podríamos seguir hablando, largo y tendido, de la pléyade de antihéroes, la mayoría episódicos, que pueblan el reparto de El gran Lebowski y que, como el arrogante y hortera Jesús Quintana (John Turturro) en el ámbito de la bolera, se irán cruzando en el accidentado camino de El Nota para dar con la solución que lo libere del mortificante acoso de un multimillonario en silla de ruedas y su cortejo de matones nihilistas.

Sin embargo, valdría la pena llamar la atención, por último, a propósito de la enorme cantidad de referencias cinéfilas (otro de los rasgos definitorios, por cierto, del estilo de los Coen) que encierra un filme como éste y que van, entre muchas otras, desde el jefe de policía de Malibú remedando al sargento Hartman de La chaqueta metálica (1987) hasta la oreja arrancada de un mordisco y escupida al aire, en el clímax de la historia, que alude claramente a El expreso de medianoche (1978).


lunes, 30 de abril de 2018

Tres anuncios en las afueras (2017)




Título original: Three Billboards Outside Ebbing, Missouri
Director: Martin McDonagh
EE.UU./Reino Unido, 2017, 115 minutos

Tres anuncios en las afueras (2017)


Poco se puede añadir a lo mucho que ya se ha dicho a propósito de una de las sensaciones del año pasado. Con un par de Óscars en su haber, Tres anuncios en las afueras (2017) se inscribe en la particular nómina de películas contundentes ambientadas en la América profunda que, como la magnífica Comanchería (David Mackenzie, 2016), han sido dirigidas por cineastas británicos. En ese aspecto, ni el londinense Martin McDonagh ni el escocés Mackenzie desentonan un ápice a la hora de captar la pulsión que palpita bajo la corteza de estos wésterns modernos.

Que, en el caso que nos ocupa, posee además la singularidad de darle un enfoque femenino al género a través de la insistente demanda de justicia por parte de la madre que ve con estupor cómo pasan los meses sin que la policía de la pequeña localidad de Ebbing (Missouri) avance en las pesquisas para identificar a los asesinos de su hija. Una Frances McDormand pletórica, y digna merecedora del premio de la Academia a la mejor actriz, que no oculta el haberse inspirado en John Wayne a la hora de componer su personaje.



Aunque, en realidad, Three Billboards... es un filme coral por lo que tiene de análisis sobre cómo la ira engendra más ira entre los habitantes de una humilde comunidad del centro de los Estados Unidos: como si de las piezas de un dominó se tratase, las decisiones que toma uno afectan irremediablemente a las vidas de sus vecinos. Todo está conectado: los anuncios que pone Mildred, con la enfermedad incurable del sargento Willoughby (Woody Harrelson); la ineptitud del oficial Dixon (Sam Rockwell, el otro premiado por su papel), con el incendio de la comisaría... Y así sucesivamente, hasta que alguien decida romper el círculo vicioso de una vez por todas. Es, al respecto, conmovedora la escena en la que Red (Caleb Landry Jones) y Dixon comparten habitación de hospital y el primero, en lugar de dar rienda suelta a su rencor, opta por ofrecerle al otro, dejándolo sobre su mesilla, un vaso de zumo con una caña.

Porque, a pesar de todo el humor negro que destila la cinta, lo que realmente la hace interesante es la reflexión que lleva implícita sobre cómo a menudo tendemos a prejuzgar a los demás: en un alarde de valentía, Martin McDonagh hace que sus personajes cuestionen la profesionalidad de la policía, aludiendo abiertamente al racismo de sus agentes o mostrando en imágenes lo excesivo de unos métodos que, en el caso de Dixon, distan bastante de ajustarse a la legalidad vigente, para, más tarde, sorprendernos con su lado más humano a la hora de hacer prevalecer la justicia.


sábado, 2 de julio de 2016

Anomalisa (2015)




Directores: Duke Johnson y Charlie Kaufman

EE.UU., 2015, 90 minutos

Anomalisa (2015) de Duke Johnson y Charlie Kaufman


Cuando se estrenó Anomalisa nos pareció que la peli tenía buena pinta, pero, entre una cosa y otra, al final acabó siendo fagocitada por la vorágine de la cartelera y pasó de largo sin que tuviéramos ocasión de verla. Ahora, como cada verano, los cines Renoir le dan una segunda oportunidad a esta y otras cintas para goce y disfrute de los atolondrados que en su momento se la perdieron.

Y las expectativas se cumplen al cien por cien. Viendo Anomalisa uno piensa enseguida en películas como Being John Malkovich (Cómo ser John Malkovich, 1999): ¡y, ¿cómo no?, si ambas fueron concebidas por el mismo tipo! Charlie Kaufman, esta vez en colaboración con Duke Johnson, ha vuelto a crear una obra maestra rebosante de originalidad. Un filme que nos habla de la América profunda, donde los protagonistas no son héroes o villanos sino más bien neuróticos con sobrepeso. Enlaza, pues, con el universo de Alexander Payne o Richard Linklater, aunque se trate de una película de animación (detalle que, paradójicamente, le confiere más humanidad, en lugar de restársela).



Producida a través de micromecenazgo y rodada mediante la técnica de stop-motion, Anomalisa debía ser en principio apenas un cortometraje. Pero, poco a poco, la cosa se fue complicando hasta llegar a los noventa minutos actuales. En ellos, como, por otra parte, sucede tantas veces en el cine de los autores arriba indicados, tendremos ocasión de conocer una historia de soledad muy en la línea de Lost in Translation: la de un hombre de éxito (Michael Stone, autor de best sellers sobre atención al cliente) que, en realidad (gran contradicción), es víctima de sus enormes dificultades para conectar con los demás.

En ese sentido, y quizá sin proponérselo, Kaufman y Johnson han ideado una estética que recuerda a la de los cuadros del pintor Edward Hopper (1882-1967): enormes espacios cuasi desiertos en restaurantes y hoteles urbanos (como el aburrido Fregoli de Cincinnati donde tiene lugar la acción de Anomalisa) en los que alguna figura humana transmite una honda sensación de desamparo por el aislamiento al que se ve sometida. Dicha incomunicación se verá eficazmente subrayada por el hecho de que Michael se relaciona con personajes que siempre poseen la misma voz masculina (la del actor Tom Noonan), aunque sean mujeres. Únicamente Lisa parece tener voz propia, de lo cual se desprende que el resto sólo deben de existir en la imaginación del protagonista.

El codirector Duke Johnson en pleno rodaje


En cuanto al uso de la banda sonora (la música incidental es de Carter Burwell), hay un par de ocasiones en las que, además, se viven momentos mágicos gracias a los temas "Girls Just Want to Have Fun" (cantado, en los ochenta, por Cyndi Lauper) y "None of Them Are You". Este último, con letra de Kaufman y música de Burwell, parece expresamente compuesto para el film, aunque a uno le queda la sensación de haber escuchado antes su misteriosa melodía: ¿a qué otra canción se parece? Si alguien tiene alguna idea, se admiten sugerencias.



Y nada más: ha sido un placer descubrir un filme de rara belleza, otro más en la interesante filmografía de Charlie Kaufman. Os dejamos con "None of Them Are You", ejemplo magistral de cómo se puede condensar la sinopsis de una película en escasamente cuatro minutos.