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domingo, 25 de enero de 2026

Brácula: Condemor II (1997)




Director: Álvaro Sáenz de Heredia
España, 1997, 87 minutos

Brácula: Condemor II (1997) Á. Sáenz de Heredia


La segunda parte de Condemor arranca en el mismo punto en el que terminaba su predecesora, con la pareja protagonista a bordo de una diligencia. Aunque no por mucho tiempo, ya que enseguida dejan atrás las praderas del lejano Oeste para embarcarse en un velero que los conduce hasta un castillo tenebroso en las profundidades de Transilvania. Efectivamente, el dúo interpretado por Chiquito de la Calzada y Bigote Arrocet se va a ver envuelto en un fatal malentendido a partir del momento en el que al primero de ellos lo confundan con el mismísimo conde Drácula.

De nuevo dirigidos por Álvaro Sáenz de Heredia, los personajes de Brácula: Condemor II (1997) destacan más por sus ocurrencias lingüísticas que no por su accidentado periplo, repleto de todos los tópicos habidos y por haber en torno a las historias de vampiros, a través de los dominios del Príncipe de las Tinieblas. A este respecto, merece la pena prestar atención a las continuas perlas que suelta Chiquito (por ejemplo: "¡Quítate, torpedo, que ves menos que un murciélago con legañas!") con ese gracejo suyo tan característico y que convierten a Gregorio Sánchez (nombre real del inefable artista malagueño) en uno de los humoristas más imitados de todos los tiempos.



Y como ya sucediera en la particular lectura del wéstern que fue, un año antes, Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera (1996), no faltan canciones que convierten por momentos en un atípico musical lo que de otro modo no habría pasado de ser más que una burda parodia tirando a cutre. Aires de Bizet que remiten a un período entre decimonónico y hasta dieciochesco recreado de manera más que convincente, pese a las limitaciones presupuestarias, tanto a nivel de decorados como de vestuario.

Así pues, los colmillos del aristócrata francés terminan por aflorar con la misma facilidad que se ingieren sapos o se vuela por los aires: un cúmulo de situaciones disparatadas, para mayor lucimiento de la estrella televisiva de aquel entonces, en el que también participaron viejas glorias del destape, como la alemana Nadiuska, en el papel de Baronesa, y el siempre guasón Javivi interpretando al consorte de la susodicha. Una comedia de culto fascinante, en definitiva, máxima expresión de cómo el carisma de una sola persona puede llenar la pantalla, independientemente de las muchas incoherencias de su trama.



domingo, 9 de febrero de 2025

Drácula de Bram Stoker (1992)




Título original: Bram Stoker's Dracula
Dirección: Francis Ford Coppola
EE.UU./Reino Unido, 1992, 128 minutos

«I have crossed oceans of time to find you…»

Drácula de Bram Stoker (1992) de Coppola


El sol casi rozaba las cimas de los montes, y las sombras de todo el grupo se proyectaban sobre la nieve. Vi al Conde tendido dentro de la caja, sobre la tierra, que con la brutal caída desde el carro se le había esparcido por encima. Estaba mortalmente pálido, igual que una máscara de cera; sus ojos rojos centelleaban con una mirada horrible y vindicativa que yo conocía muy bien.

Bram Stoker
Drácula (1897)
Traducción de Francisco Torres Oliver

Que Bram Stoker's Dracula (1992) sea la versión cinematográfica más fiel al texto original no significa que no se tome también sus licencias. Sobre todo porque, dotada de una estética como de videoclip, muy de los noventa, resulta de un barroquismo superior incluso al de la propia novela. Su director, el mismo Coppola que contaba en su haber con sonados fracasos de taquilla y/o crítica como Corazonada (1981) o la tercera parte de El padrino (1990), se empeñó en reconciliarse con el público mediante la nada fácil tarea de adaptar, por enésima vez, la obra cumbre del terror gótico.

A diferencia de las estilizadas interpretaciones que Bela Lugosi y Christopher Lee habían protagonizado para la Universal y la Hammer, respectivamente, el Conde al que da vida Gary Oldman tiene tanto de monstruo como de dandi, pese a que también luzca sus mejores galas cuando se trata de seducir a la joven Mina (Winona Ryder) en los elegantes salones del Londres victoriano. Sin embargo, ya no se trata de un individuo altanero y engominado, sino que su estilo, con mostacho y melenas, tiene más de incomprendida estrella del rock, víctima de siglos de soledad, que no de aristócrata decadente.



Aunque si por algo destaca esta nueva lectura del mito vampírico es a causa de la enorme carga sexual que se hace explícita con cada incursión nocturna del Nosferatu (y su corte de sensuales odaliscas, entre ellas Monica Bellucci) en las alcobas de sus "conquistas". Lo cual no deja de ser, hasta cierto punto, una tergiversación del sentido primigenio de la obra, cuyo innegable trasfondo puritano (la lucha del bien contra el mal) queda reducido a un simple flirteo en el que Mina cede inicialmente a los encantos del maligno.

No podemos concluir, por último, sin destacar la imponente banda sonora del polaco Wojciech Kilar (1932-2013), uno de los puntos fuertes de la cinta y base sobre la que se sustenta buena parte del ritmo narrativo. Y lo mismo pudiera decirse del imaginativo diseño de vestuario de la japonesa Eiko Ishioka, el maquillaje y los efectos de sonido, categorías, estas tres, que fueron recompensadas con sendos premios Óscar.



sábado, 8 de febrero de 2025

Drácula (1958)




Título alternativo: Horror of Dracula
Director: Terence Fisher
Reino Unido, 1958, 82 minutos

Drácula (1958) de Terence Fisher


Al irrumpir en la habitación, el Conde se volvió hacia nosotros, y una expresión demoníaca, cuya descripción yo conocía ya, apareció en su semblante. Sus ojos rojos centellearon con furia diabólica; las grandes ventanas de su nariz aguileña se abrieron y temblaron; y los dientes blancos y afilados, detrás de sus labios manchados de sangre, castañetearon como los de una fiera salvaje.

Bram Stoker
Drácula (1897)
Traducción de Francisco Torres Oliver

Pese al aura legendaria que ha acabado adquiriendo la cinta, Drácula (1958) fue esencialmente una producción de bajo presupuesto en la misma medida que lo fueron la mayor parte de filmes surgidos de la mítica Hammer. Es por ello que la acción se circunscribe a una hipotética e imprecisa Alemania, hacia 1885, para así evitar los cambios de escenario que habría supuesto mostrar en pantalla el traslado desde la lejana Transilvania hasta Londres, por vía marítima, tal y como se describe en la novela.

No obstante, la presencia perturbadora de Christopher Lee encarnando al perverso huésped de las tinieblas, además de la impetuosidad del tecnicolor (sobre todo cuando hay sangre de por medio), proporcionan al conjunto el vigor necesario para que el espectador pase por alto la modestia de los decorados y participe plenamente de la atmósfera terrorífica que los carteles de la época promocionaban mediante eslóganes del tipo "Sensational Shock" o "Don't dare see it alone!" ("¡Ni se le ocurra verla solo!").



En ese mismo orden de cosas, Lee aportaba una apariencia física imponente, una mirada penetrante y una voz profunda que casaban a la perfección con la maldad y el carisma del vampiro. Su Drácula era a la vez seductor y aterrador, una fuerza de la naturaleza que encarnaba el mal y la oscuridad. Asimismo, Peter Cushing interpreta al doctor Van Helsing como un hombre inteligente, decidido y valiente, cuya determinación para destruir al Conde resulta por completo inquebrantable. A este respecto, la dinámica entre Lee y Cushing creó una tensión palpable en la pantalla, elevando así la intensidad de la trama.

Se ha señalado a menudo que la propuesta visual concebida por Terence Fisher destila un innegable erotismo latente, en especial en lo tocante al propio vampiro, un ser seductor y peligroso que ejerce enorme atracción sobre las mujeres y cuya mirada, voz y movimientos están cargados de sensualidad. De ahí que la relación entre Drácula y sus víctimas femeninas esté marcada por la ambigüedad, ya que, por un lado, el Conde sería un depredador que se aprovecha de la vulnerabilidad de las mujeres, pero, por otro, parece que las mujeres también se sienten atraídas por él, a pesar del peligro que representa. Por no hablar del carácter inequívocamente lascivo de las vampiras, ataviadas con ligeras túnicas y siempre dispuestas a clavar sus afilados colmillos sobre el cuello del primer incauto que se cruce en su camino.



viernes, 7 de febrero de 2025

Drácula (1931)




Director: Tod Browning
EE.UU., 1931, 75 minutos

Drácula (1931) de Tod Browning


Me despertaron los aleteos en la ventana […] Perversamente, el sueño trataba de apoderarse de mí cuando yo no quería; así que, como me daba miedo estar sola, abrí la puerta y llamé: "¿Hay alguien por ahí?" Nadie me contestó. […] Fui a la ventana y miré, pero no vi nada, salvo un enorme murciélago que evidentemente había estado golpeando la ventana con sus aleteos.

Bram Stoker
Drácula (1897)
Traducción de Francisco Torres Oliver

Que una monumental obra literaria, dotada de una compleja y reiterativa estructura epistolar, quede reducida a apenas setenta y cinco minutos de metraje pone de manifiesto el carácter sobrio y un tanto naíf que tenían algunas producciones hollywoodenses en los primeros años del cine sonoro. Máxime si, transcurrido casi un siglo desde su estreno, la analizamos bajo el prisma de lo que hoy se entiende por género de terror (y ahí está el reciente estreno del Nosferatu de Robert Eggers para dar fe de ello).

Aunque, a decir verdad, el material del que partieron el mítico productor Carl Laemmle y Tod Browning no fue la novela gótica del irlandés Bram Stoker (1847-1912), sino una adaptación teatral homónima que el tándem formado por Hamilton Deane y John L. Balderston habían estrenado en 1924 en Londres y que tres años después haría lo propio en Broadway. Las diferencias respecto al texto original, por cierto, son notables. Sin ir más lejos, es ahora Renfield (Dwight Frye), en lugar de Jonathan Harker, quien visita Transilvania en calidad de hombre de negocios, mientras que Mina (Helen Chandler) pasa a ser hija del doctor John Seward.



Sin embargo, el Drácula de la Universal, con la excelente fotografía en blanco y negro de Karl Freund y los compases de El lago de los cisnes durante los primeros instantes de la película, pertenece por derecho propio a una categoría, la de las leyendas del séptimo arte, que difícilmente puede ser valorada mediante criterios estrictamente cinematográficos. ¿O acaso la efigie del engominado Bela Lugosi, encarnando al vampírico conde, no es una de las imágenes icónicas por antonomasia de la cultura popular?

En todo caso, el paso del tiempo no es en vano y lo que una vez supuso espeluznante visión de las criaturas de la noche resulta, a día de hoy, involuntariamente cómico. Queda, eso sí, la figura del vampiro con capa y colmillos como símbolo de la aristocracia decadente, quién sabe si también de una sexualidad reprimida. La superstición de los lugareños, en forma de crucifijos y ristras de ajo, el empeño del doctor Van Helsing (Edward Van Sloan) por clavarle una estaca en el corazón son sólo algunos de los elementos que pasarían a la posteridad, indisociables, en lo sucesivo, de cuantas aproximaciones fílmicas ha gozado el personaje.



sábado, 28 de diciembre de 2024

Nosferatu (2024)




Director: Robert Eggers
EE.UU./Reino Unido/Hungría, 2024, 132 minutos

Nosferatu (2024) de Robert Eggers


Los seres llamados vampiros existen; algunos de nosotros tenemos pruebas irrefutables. Pero aun cuando no contásemos con una dolorosa experiencia, las enseñanzas y testimonios escritos del pasado aportan pruebas suficientes para toda persona sensata. […] El nosferatu no muere como la abeja, cuando pica. Al contrario, se vuelve más fuerte; y al ser más fuerte, tiene más poder para hacer el mal. El vampiro que hay entre nosotros tiene la fuerza de veinte hombres y es más astuto que cualquier mortal, pues su sagacidad ha ido aumentando con los siglos. […] Así que, ¿cómo entablaremos la lucha para destruirle? ¿Cómo descubriremos dónde está, y una vez descubierto, cómo le destruiremos?

Bram Stoker
Drácula (1897)
Traducción de Francisco Torres Oliver

Viviendo como vivimos en la sociedad del empacho, cabía esperar que el remake de Nosferatu (2024) pecase de excesivo. Independientemente de que su teórico modelo, una de las joyas del expresionismo alemán, fuese más bien un ejemplo de austeridad en lo que a efectismo se refiere. Pero hace cien años el cine estaba como quien dice en pañales, mientras que a los espectadores de hoy en día, hijos del mundo desmesurado al que pertenecen, o se les da un poco de carnaza o difícilmente reaccionarán ante la avalancha de estrenos y demás productos audiovisuales que tienen a su disposición.

Dicho lo cual, y a pesar de esas mismas reservas, hay que señalar que Robert Eggers salva con nota el reto de actualizar el clásico de Murnau. Por lo menos en cuanto a fotografía y ambientación se refiere. A este respecto, se percibe enseguida en el trabajo de Jarin Blaschke el influjo de pintores románticos como Caspar David Friedrich en esas atmósferas nebulosas, incluso gélidas, en las que el conde Orlok (que no Drácula) siembra su maligno rastro de podredumbre. En ese sentido, el sueco Bill Skarsgård compone un vampiro fuera de lo común cuyo rostro permanece en el anonimato hasta bien avanzado el metraje. Es de hecho su voz, gutural y profunda, lo que impone verdadero terror. Willem Dafoe, en cambio, es un profesor Albin Eberhart von Franz con cierto toque cómico, mientras que Lily-Rose Depp y Nicholas Hoult, como matrimonio Hutter, y Aaron Taylor-Johnson y Emma Corrin, en el papel de los Harding, están más que correctos.



Por otra parte, el joven cineasta norteamericano, del cuál ya comentamos La bruja (2015) y El faro (2019), no tiene bastante con adaptar el clásico de hace un siglo, sino que también se perciben en este su último largometraje ecos de la versión muda que el propio Murnau hiciera de Fausto (1926), por ejemplo cuando la sombra del maligno sobrevuela la ciudad. Homenaje que pudiera hacerse extensible, asimismo, a su predecesor Werner Herzog, razón por la que sitúa los exteriores en las mismas localizaciones de la República Checa en las que se filmó Nosferatu, vampiro de la noche (1979). Y ya puestos a decir, hasta el mostacho que luce la fiera, y que nunca llevaron ni Max Schreck ni Klaus Kinski, remitiría más bien a la novela de Bram Stoker, donde sí se especifica que el protagonista es un anciano de prominente bigote blanco. 

En resumen, con su monumental aportación (siempre más espectacular, si cabe, si se tiene ocasión de disfrutarla, como ha sido nuestro caso, en la magnífica pantalla del Phenomena), Eggers demuestra una vez más que está llamado a ser uno de los grandes directores del cine de terror, si bien lo hasta ahora expuesto a propósito de Nosferatu da fe de la compleja red de fuentes de la que bebe un mito atemporal del que nunca se llega a escribir la última página.



domingo, 3 de noviembre de 2024

La sombra del vampiro (2000)




Título original: Shadow of the Vampire
Director: E. Elias Merhige
Reino Unido/Luxemburgo/España/EE.UU., 2000, 96 minutos

«Si el objetivo no lo capta, no existe»

La sombra del vampiro (2000) de E. Elias Merhige


Por muy descabellada que fuese la premisa sobre la que se sustenta el guion de Shadow of the Vampire (2000), no cabe duda de que la presencia al frente del reparto de dos astros de la interpretación como John Malkovich, en el papel de Murnau, y Willem Dafoe, haciendo de vampiro, permitió salvar con bastante decoro lo que, de otro modo, no habría pasado de simple engendro cinematográfico.

No obstante, la leyenda en torno a la cual giran los hechos —a saber: que el actor alemán Max Schreck, protagonista de la cinta de terror expresionista Nosferatu (1922), era realmente una criatura maligna del más allá— sirvió de base para que el guionista Steven Katz urdiera una interesante trama a propósito del rodaje de uno de los títulos míticos del cine mudo.



A este respecto, la cinta del director E. Elias Merhige entronca con una tradición de películas ambientadas en los entresijos de algún momento clave de la historia del cine, ya sea la gestación de Ciudadano Kane (1941), caso de la discreta RKO 281 (1999) de Benjamin Ross (donde también intervenía, por cierto, John Malkovich), o de Psicosis (1960) en la regular Hitchcock (2012) de Sacha Gervasi.

Al margen de las muchas licencias que se permite el libreto y del carácter enfático de unos diálogos que tienden a subrayar lo que el espectador puede perfectamente deducir por sí mismo, lo cierto es que Dafoe sería, no obstante, nominado al Óscar a Mejor Secundario al igual que los responsables del maquillaje, de modo que la cinta, producida por Nicolas Cage, salió medianamente bien parada en cuanto a éxito comercial se refiere.



sábado, 2 de noviembre de 2024

Nosferatu, vampiro de la noche (1979)




Título original: Nosferatu - Phantom der Nacht
Director: Werner Herzog
Alemania/Francia, 1979, 107 minutos

Nosferatu, vampiro de la noche (1979)


Pese a tratarse de un remake más o menos fiel del clásico mudo de Murnau, la puesta en escena de Nosferatu - Phantom der Nacht (1979) y, sobre todo, el tratamiento visual de sus imágenes denotan que la mirada del alemán Werner Herzog estaba claramente contaminada por el influjo de la Hammer y su serie de películas protagonizadas por Christopher Lee. En ese sentido, la fotografía de Jörg Schmidt-Reitwein, así como el maquillaje y hasta el diseño de vestuario de Gisela Storch entroncan con una tradición fílmica mucho más reciente (y, por ende, mucho más reconocible para el gran público) que ya no era la del período silente.

Con todo y con eso, la versión que nos ocupa, libre ya de cualquier atadura respecto a los derechos de autor de la novela, restaura el nombre de Drácula para el célebre conde de los Cárpatos —en lugar de Orlok, como lo había rebautizado Murnau—, el cual, en la soberbia interpretación de Klaus Kinski, adquiere una dimensión inusualmente lánguida, muy alejada de anteriores encarnaciones del personaje y, por qué no decirlo, de los habituales tour de force interpretativos del propio y siempre histriónico Kinski. Circunstancia con la que tal vez tuvieron algo que ver, aparte de las indicaciones proporcionadas por Herzog al dirigirlo, las casi cuatro horas diarias de maquillaje a las que se vio sometido el actor.



Las inquietantes momias de Guanajuato con las que se abre el filme, unidas al misticismo de la música de Wagner y a las composiciones del grupo Popol Vuh que sirven de banda sonora, confieren al conjunto una impronta enigmáticamente pausada en la que la belleza marmórea de Lucy (Isabelle Adjani) ejerce un influjo irresistible sobre el Príncipe de las Tinieblas. Dato que no deja de ser curioso, ya que este Drácula, a diferencia de sus antecesores, se lamenta por el hecho de no poder envejecer y morir como todos los mortales. Detalle quizá irrelevante, en vista de que al final de la historia será Harker (Bruno Ganz) quien continúe esparciendo el mal sobre la faz de la tierra.

Aparte de por su aura contemplativa, la cinta de Herzog, rodada parcialmente en Alemania, Holanda y la antigua Checoslovaquia, destaca también por los miles de ratas que se utilizaron durante la filmación. Blancas, al parecer, pero pintadas de gris a requerimiento del cineasta, lo cual suscitó alguna que otra queja entre los miembros del equipo por presunto maltrato animal. Sea como fuere, lo cierto es que Herzog llegaría a comentar irónicamente que los roedores, transmisores de una mortífera epidemia de peste en la ficción, se comportaron mejor durante el rodaje que el un tanto irascible Klaus Kinski…



viernes, 1 de noviembre de 2024

Nosferatu (1922)




Director: F.W. Murnau
Título original: Nosferatu, eine Symphonie des Grauens
Alemania, 1922, 95 minutos

Nosferatu (1922) de F.W. Murnau


Obra maestra del expresionismo alemán, la bien merecida fama de la hoy ya más que centenaria Nosferatu (1922) difiere, sin embargo, del carácter vampírico tal y como quedaría definitivamente fijado en el imaginario colectivo tras la irrupción de Bela Lugosi, primero, y Christopher Lee años después. Se trata, por lo tanto, de una versión con personalidad propia respecto al mito creado a finales del XIX por el irlandés Bram Stoker en su célebre novela. Diferencias con las que Murnau pretendía desmarcarse de su modelo, pero que, aún así, no evitaron que la viuda del escritor emprendiese acciones legales que a punto estuvieron de hacer desaparecer toda copia existente de la película.

Por fortuna, ello no fue así y la terrorífica efigie del conde Orlok (Max Schreck) continuará de por vida acechando en las tinieblas y, sobre todo, haciendo las delicias de un público cinéfilo que lo ha elevado a la categoría de leyenda. Existen, a este respecto, todo tipo de rumores acerca de si el actor protagonista era realmente un vampiro o cualquier otro engendro por el estilo. Y ciertamente, dada su apariencia estremecedora y el significado de su apellido ('terror' en alemán), el terreno parecía abonado para que se extrajeran conjeturas de toda índole. Nada más lejos de la realidad, aunque ya se sabe que esa clase de cuestiones contribuyen a alimentar el aura de misterio en torno a una cinta que, además de criaturas que se desintegran con los primeros rayos del amanecer, plantea también la posibilidad de que éstas viajen en barco propagando una enigmática epidemia de peste.



Subtitulada originalmente como "Una sinfonía del horror", la puesta en escena de Murnau destaca, no obstante, por su predilección por rodar en exteriores y a plena luz del día, cosa nada sencilla hace un siglo, por cierto, cuando las cámaras y demás equipo de filmación no eran precisamente artefactos ligeros. El caso es que, con su gusto por encuadrar los planos ayudándose de arcos, puertas y otros elementos arquitectónicos análogos, el cineasta saca partido de la profundidad de campo en no pocas secuencias.

Por último, y ya en otro orden de cosas, no es un dato irrelevante mencionar el regusto innegablemente decimonónico de lo que no deja de ser una historia de amor romántico (en el sentido literario del término) entre Hutter (Gustav von Wangenheim) y la angelical Ellen (Greta Schröder). Un aliciente más para revisitar este clásico del cine mudo, especialmente si, como es nuestro caso, se tiene ocasión de disfrutar de la impecable versión restaurada por Luciano Berriatúa.



martes, 29 de agosto de 2023

Más ¡vampiros en La Habana! (2003)




Director: Juan Padrón
Cuba/España, 2003, 80 minutos

Más ¡vampiros en La Habana! (2003)


Años después de que Pepe revelase por radio la fórmula del Vampisol, ahora es su hijito, un chavalín superdotado de corta edad, quien, a base de frutos típicos del Caribe, mejora la composición y efectos del brebaje, rebautizándolo como Vampiyaba. Son los días aciagos de la Segunda Guerra Mundial y tanto la mafia, los soviéticos como las potencias del Eje enviarán a sus agentes a la isla para hacerse con el preciado producto.

Aunque sepa mal decirlo, en Más ¡vampiros en La Habana! (2003) ya no se intuye aquella carga subversiva que dejaba entrever su predecesora, una joya de la animación estrenada a mediados de la década de los ochenta, que se acabaría convirtiendo por derecho propio en un clásico de las cinematografías iberoamericanas. Mantiene, eso sí, el gracejo que su director, el desaparecido Juan Padrón (1947-2020), supo darle siempre a sus personajes, pero ahora con un estilo más cercano a la irreverencia de Los Simpson o cualquier otro de los cartoons al uso de hoy en día.



Aparte de su contexto bélico, con unos nazis que se convierten en peligrosos engendros tras la ingesta del mejunje, la trama recupera la presencia fantasmagórica del tío Werner Amadeus Von Drácula, revivido por obra y gracia de los experimentos que el joven Pepín ha ido llevando a cabo en el laboratorio a escondidas de sus padres.

En definitiva, representa que es la voz en off del mismísimo Hemingway la que relata unos hechos tan disparatados como divertidos, al ritmo de una trepidante música mambo en la que finalmente se cuelan los acordes del "Thriller" de Michael Jackson, lo cual indica hasta qué punto se agringaron los gustos del respetable en el seno de una sociedad decadente en la que el comunismo local convive con el consumismo global.



lunes, 28 de agosto de 2023

¡Vampiros en La Habana! (1985)




Director: Juan Padrón
Cuba/España/República Federal Alemana, 70 minutos, 1985

¡Vampiros en La Habana! (1985) de Juan Padrón


Dos facciones vampíricas, la Capa Nostra, con sede en Chicago, y el Grupo Vampiro de Düsseldorf, se disputan la posesión de un preciado elixir que los hace inmunes a los rayos solares. El autor de la fórmula es un vástago del legendario Conde Drácula que, por uno de esos azares del destino, irá a parar a Cuba en la década de los treinta, adonde su sobrino Joseph Amadeus, popularmente conocido como "Pepito", crecerá siendo un niño más durante los años de dictadura del "fascista tropical" Gerardo Machado.

Pese a la aparente inocencia de sus dibujitos animados, cabría preguntarse, no obstante, si la mítica ¡Vampiros en La Habana! (1985) se presta a algún tipo de lectura simbólica. Así pues, ¿cómo hay que interpretar exactamente la presencia de chupasangres en la isla caribeña? Son una metáfora del capitalismo corrupto (valga la redundancia) que se impondría en el país a partir del advenimiento de Batista en septiembre del 33? A priori parecería lo más lógico, si bien tampoco sería descabellado aventurar una más que posible (aunque anacrónica) crítica velada contra los dos bloques de la Guerra Fría o incluso contra el futuro régimen castrista.



Y es que para 1985 el espíritu revolucionario había ya rebasado su popularidad inicial entre la población cubana y una cruenta crisis económica, pero también ideológica, se vislumbraba en el horizonte tras decenios de embargo yanqui. Con todo y con eso, resulta igualmente válido disfrutar de la película como una sencilla cinta de animación, terroríficamente divertida a la vez que provista de un agudo e inteligentísimo sentido del humor.

Razones que justifican de sobras la enorme aura de prestigio que gradualmente ha ido adquiriendo el filme con el paso de los años, multipremiada obra maestra del añorado Juan Padrón (1947-2020), quien posteriormente llevaría a cabo la secuela titulada Más ¡vampiros en La Habana! (2003), aparte de uno de los títulos señeros del cine latinoamericano de todos los tiempos.



viernes, 27 de agosto de 2021

Un vampiro para dos (1965)




Director: Pedro Lazaga
España, 1965, 91 minutos

Un vampiro para dos (1965) de Pedro Lazaga


Rebuscando entre las casi cien películas que dirigiera Pedro Lazaga (1918–1979) se pueden encontrar hasta parodias vampíricas como la que nos disponemos a comentar. Su título, no obstante, parafrasea el de una célebre comedia romántica, Pijama para dos (Lover Come Back, 1961), con la salvedad de que ni José Luis López Vázquez ni Gracita Morales resultan tan apolíneos como Doris Day y Rock Hudson. Lo suyo sería, más bien, la versión de andar por casa de unos españolitos que deciden emigrar a Alemania para ponerse "al nivel europeo".

Porque, a pesar de que la pareja acabe trabajando al servicio de un siniestro aristócrata de origen húngaro, lo cierto es que su verdadero telón de fondo responde a los apuros de un joven matrimonio de operarios del metro madrileño que, después de un año de casados, apenas sí logran verse debido a que los horarios de ambos son incompatibles. A fin de cuentas, tal y como le confiesa Pablo (López Vázquez) al funcionario de la Casa de España en Düsseldorf que les atiende, ellos no aspiran a otra cosa sino a "vivir juntos, comer juntos, dormir juntos..."



Es decir, que tras una cinta concebida para la risa se oculta una realidad social nada halagüeña: la de unos trabajadores abocados al pluriempleo (además de en el metro, él trabaja como vigilante nocturno de una obra y como árbitro de fútbol) y, por ende, desprovistos de cualquier tipo de conciliación familiar. Luego, lo de ver a Fernando Fernán Gómez emulando a un Drácula adicto a la sangría o cómo Pablo y Luisita (Morales) mantienen a raya al barón y a su pérfida hermana Nosferata (Trini Alonso) a base de sopa de ajos tendrá más o menos gracia, pero, para un espectador de hoy en día, puede que no sea lo más interesante de la película precisamente.

En ese sentido, Un vampiro para dos (1965) contiene numerosas referencias a la actualidad política y social de aquellos días, desde el Mercado Común hasta las futuras olimpiadas de México 68. Como también se alude, en el insólito final, a la entrega de unos Premios Óscar cuyo máximo triunfador es un perro español que domina varios idiomas. Aunque ésa es ya otra historia...



sábado, 5 de octubre de 2019

Carmilla (2019)




Directora: Emily Harris
Reino Unido, 2019, 96 minutos

Carmilla (2019) de Emily Harris


Etéreo es, con toda certeza, un adjetivo idóneo para definir la atmósfera de Carmilla (2019), enésima recreación del universo vampírico (y sutilmente lésbico) surgido de la pluma del irlandés Joseph Sheridan Le Fanu (1814–1873) y uno de los filmes proyectados en la edición de este año del Festival de Sitges.

Haces de luz que, procedentes del exterior, penetran por entre los visillos de habitaciones en penumbra; estancias apenas iluminadas por el pálido fulgor de una vela... Tanto la iluminación como la fotografía a cargo de Michael Wood contribuyen enormemente a producir en el espectador la sensación de hallarse inmerso en un ambiente onírico de resonancias góticas, un poco al estilo de Los otros (2001) y tantísimos títulos de inspiración decimonónica.



Los exteriores, rodados en el condado de East Sussex, contrastan con las escenas de interior por lo idílico de un paisaje campestre cuyas tonalidades verdes son la viva antítesis de esa opresiva mansión en la que Lara (Hannah Rae) padece el severo régimen impuesto por Miss Fontaine (Jessica Raine), quien la obliga a atarse el brazo izquierdo a la espalda para corregir la zurdera de la muchacha.

Y, en esa línea de contrastes, ocurre un poco lo mismo con la banda sonora compuesta por Phil Selway, batería del grupo Radiohead, que confiere al conjunto un aire inequívocamente moderno de puesta al día del mito.


miércoles, 11 de septiembre de 2019

El baile de los vampiros (1967)




Título original: Dance of the VampiresThe Fearless Vampire Killers or Pardon Me, but your teeth are in my neck
Director: Roman Polanski
Reino Unido/EE.UU., 1967, 108 minutos

El baile de los vampiros (1967) de Roman Polanski


Entre otras muchas cosas, Dance of the Vampires (rebautizada en Estados Unidos con el más prolijo título de "Los intrépidos asesinos de vampiros o disculpe, pero sus dientes están en mi cuello") fue la película gracias a la cual Polanski conoció a Sharon Tate. También supuso la incursión del cineasta polaco en un género, el de la parodia de los filmes de terror, que un año más tarde (y ya con mayor seriedad) abordaría sin tintes de comedia en La semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968).

Desde un buen comienzo, con el legendario león de la Metro transfigurándose en el dibujo animado de un draculín de tez verdosa, se da a entender que la lógica interna del relato que está a punto de empezar consiste, precisamente, en la subversión de los tópicos tradicionalmente asociados a las cintas cuya acción transcurre en Transilvania: gélidos paisajes nevados, castillos rebosantes de telarañas, ristras de ajos por doquier, lugareños suspicaces, ataúdes que sirven de lecho (o de trineo, según se tercie) y estacas afiladas con el objetivo de atravesar el corazón de algún endriago.



A este respecto, poco importa que la pareja protagonista sea tan patosa que a duras penas pueda afrontar con garantías de éxito la misión científica que los conducirá hasta el interior de la morada del Conde von Krolock (Ferdy Mayne): ni el estrambótico profesor Abronsius (Jack MacGowran) ni su joven ayudante Alfred (Roman Polanski) han sido concebidos, como personajes, con otro objetivo distinto al de producir la carcajada del espectador.

He ahí donde radica el mérito de una puesta en escena que acierta a identificar cuáles son los elementos definitorios del género, pero sin llegar a ridiculizarlos plenamente. En ese sentido, resultan, quizá, mucho más extravagantes algunas producciones surgidas de la factoría Corman por aquellas mismas fechas y rodadas, como Dance of the Vampires, en estudio, si bien exentas del tono moderadamente elegante y de la inteligencia que el tándem Polanski-Brach supo conferir a este clásico del cine de finales de los sesenta.


lunes, 31 de diciembre de 2018

Vampyr (1932)




Director: Carl Theodor Dreyer
Alemania/Francia, 1932, 70 minutos

Vampyr (1932) de Carl Theodor Dreyer


La primera película sonora de Dreyer partía de un relato del escritor irlandés Sheridan Le Fanu (1814–1873), concretamente el titulado In a glass darkly (1872). La elección no era en absoluto inocente, toda vez que Le Fanu, pionero en cultivar la literatura vampírica, había influido decisivamente sobre Bram Stoker a la hora de concebir Drácula. De esta manera, Dreyer demostraba su voluntad de remontarse hasta los orígenes del mito, en un afán por abordar el tema desde una óptica mucho más psíquica que el Nosferatu (1922) de Murnau.

En ese sentido, Vampyr no se sirve de los habituales recursos efectistas para inspirar desasosiego, sino que el suyo es un terror que nace de la creación de una determinada atmósfera, a medio camino entre la realidad y la pesadilla más absoluta. De esta misma fuente beberán el Cocteau de Orfeo (1950) —la escena en la que el féretro de Allan Gray (Julian West) se desplaza a toda velocidad así lo corrobora—, el Bergman de Vargtimmen (1968) o el David Lynch de Eraserhead (1977).



De todo lo cual se desprende que nos hallamos frente a una obra canónica, que ha servido de inspiración a cineastas de todas las épocas y de toda condición. Hasta un director en apariencia tan alejado de Dreyer como es el Peter Weir de Único testigo (1985) no puede negar que la muerte de los villanos en el interior de un depósito de grano está inspirada en la del doctor (Jan Hieronimko), sepultado bajo el peso de toneladas de harina.

Aun así, un pequeño reproche que se le podría objetar a la puesta en escena ideada por el danés es el hecho de que recurre con demasiada insistencia a la letra impresa para reproducir en pantalla pasajes de un antiguo libro o simplemente con tal de ponernos en situación: lastre de la época muda mediante el que, en esta primera fase del cine sonoro, se pretendían solventar los titubeos inherentes a una nueva forma de narrar historias.


lunes, 3 de septiembre de 2018

Drácula negro (1972)




Título original: Blacula
Director: William Crain
EE.UU., 1972, 93 minutos

Drácula negro (1972) de William Crain


Filmada en las postrimerías del Black Power, justo cuando la estrella de organizaciones radicales como los Panteras Negras empezaba a apagarse, Blacula (1972) supuso la respuesta afroamericana al género vampírico. Con un innegable toque paródico, eso sí, que ponía de manifiesto hasta qué punto se trataba de un estilo decadente cuyo declive, por contradictorio que parezca, le iba muy bien a la película en términos de exaltación racial.

De hecho, la trama se inicia en 1780 con la visita del príncipe africano Mamuwalde (William Marshall) y su joven esposa Luva (Vonetta McGee) a Transilvania al frente de una delegación que pretende abolir la esclavitud. Lo que venga después ya será la adaptación del mito clásico a la realidad negra estadounidense de principios de los setenta, haciéndoselo venir bien para que la música soul de grupos como The Hues Corporation, que aparece en varias escenas interpretando sus propias canciones, tenga un peso específico en la descripción de ambientes.



Una vez que la acción se traslade a Los Ángeles, ya en 1972, ésta virará hacia la típica investigación detectivesca, con Mamuwalde transfigurado en Blácula y una curiosa pareja interracial de trabajo, la que forman el doctor Thomas (Thalmus Rasulala) y el teniente Peters (Gordon Pinsent), metáfora indiscutible a favor de la concordia étnica, encargada de esclarecer quién se encuentra detrás de los horribles crímenes que están sembrando el pánico entre la comunidad negra de la ciudad (¿otra alegoría, en este caso de la violencia policial en la vida cotidiana?).

Procedente del mundo televisivo, medio para el que dirigiría episodios de Starsky y Hutch, Los hombres de Harrelson y otras series míticas, el director William Crain se acabó especializando en este tipo de engendros afro —como lo fue, por ejemplo, Blackenstein (1973) de William A. Levey— que mezclaban el terror con lo racial. Suya es, también, Dr. Black, Mr. Hyde (1976), adaptación sui géneris de la novela de Robert Louis Stevenson. Aunque la secuela de Drácula negro, titulada Grita, Blácula, grita (Scream Blacula Scream, 1973) corrió a cargo de otro realizador de televisión: Bob Kelljan.


miércoles, 27 de diciembre de 2017

Drácula Barcelona (2017)




Director: Carles Prats
España, 2017, 88 minutos

Drácula Barcelona (2017) de Carles Prats


Fiel a su estilo fresco y dinámico, el último documental de Carles Prats aborda el rodaje de dos películas míticas que se gestaron en paralelo: El Conde Drácula de Jesús Franco y Vampir Cuadecuc de Pere Portabella. Ambas filmadas a principios de los setenta, las dos en Barcelona, pero separadas  una y otra por el abismo que dista entre el cine de género y la más pura vanguardia. Lo cual no es óbice, sin embargo, para que se puedan establecer diferentes vínculos entre ellas, máxime cuando la segunda "vampirizó" a la primera. De hecho, el propio Christopher Lee volvería a trabajar con Portabella muy poco después en Umbracle (1970).

Como suele ser habitual en este tipo de formato, el filme cuenta con el testimonio en primera persona de quienes protagonizaron ambos proyectos, reforzado con los comentarios de los críticos Carlos Aguilar, Jordi Costa, Álex Mendíbil y Esteve Riambau. Este último, acompañado del cineasta, ha presentado el documental en la Sala Laya de la Filmoteca, haciendo hincapié (tras la proyección) en el detalle de que la única versión de Drácula, de las interpretadas por Lee, en la que el personaje lucía bigote fue precisamente la rodada por Jess Franco en el barrio gótico, dada su pretendida fidelidad al texto original de Bram Stoker.

Jesús Franco


¿Y qué vio el director madrileño en la Barcelona del 69 para rodar en ella hasta cuatro películas? Probablemente una ciudad que le recordaba al París desinhibido y moderno que había conocido en su juventud, siendo él (como era) un joven díscolo procedente de una familia de intelectuales. Riambau, por ejemplo, ahonda en la cuestión subrayando cómo los autores de la Escuela de Barcelona supieron desmarcarse de la influencia del neorrealismo italiano, cuando los directores mesetarios aún no habían captado que, para esas fechas, las tendencias verdaderamente innovadoras estaban llegando de Francia.

Sea como fuere, Drácula Barcelona nos brinda la oportunidad de adentrarnos en los entresijos de un cine y de una época irrepetibles, aportando, además, no pocas anécdotas sobre la materia, desde el aciago accidente que le costó la vida a la malograda Soledad Miranda hasta la ocasión en la que Christopher Lee, de rodaje en Rumanía en el 75, topó con un grupo de oficiales del ejército comunista que, nada más verlo, comenzaron de inmediato a santiguarse.

Pere Portabella

lunes, 25 de septiembre de 2017

El conde Drácula (1970)




Título original: Nachts, wenn Dracula erwacht
Director: Jesús Franco
España/Alemania/Italia, 1970, 93 minutos

El conde Drácula (1970) de Jesús Franco


En la compleja maraña de versiones y más versiones que se han llevado a cabo sobre el personaje creado por el irlandés Bram Stoker (1847-1912), este Conde Drácula de Jesús Franco destaca por su contención: lejos de posteriores excesos de plasma y hematíes, en el año setenta el director, actor, pianista y alumno aventajado de Orson Welles aún era capaz de conducir con mano firme una cinta de terror equiparable en calidad artística con cualquier producción internacional. Contención, eso sí, que flaquea por momentos debido al abuso de primeros planos en los que los personajes miran fijamente a cámara. Pero, bueno: todo es perdonable en aras del horror.

Coproducida con Alemania e Italia, la película pasará, sin embargo, a la historia por anécdotas tan peregrinas como el ser la única en la que Christopher Lee lucía bigote. Aunque también es digno de recuerdo el Renfield compuesto para la ocasión por el siempre histriónico Klaus Kinsky, encerrado a perpetuidad entre cuatro paredes blancas acolchadas, alimentándose de moscas y sin pronunciar ni una sola palabra, más allá de algún que otro alarido.



Más interesante aún es el personaje de Lucy, estilizada vampiresa y prematura habitante de las tinieblas. Puesto que la actriz que le daba vida (Soledad Miranda) la perdió en un accidente de tráfico en Lisboa poco después de finalizar el rodaje, con lo que pasó a formar parte del club de los fallecidos a los 27 años, dejando tras de sí un puñado de películas de culto.

Hoy en día, es posible que este tipo de filmes den más risa que miedo (¡qué se le va a hacer!): que ya no hay retina que se deje impresionar por menos de un 3D o los sofisticados efectos especiales al uso. Pero hubo un tiempo en que con dos piedras y un palo (lo hemos dicho en anteriores entradas y no nos cansaremos nunca de repetirlo) genios como Franco (Jess, ¡no fastidiemos!) fueron capaces de hacernos creer que el castillo de Montjuïc estaba en Transilvania, levantando soberbios largometrajes que, más de cuarenta años después, resisten el paso del tiempo como si tal cosa. No sabemos si, de haber existido, Drácula y su cohorte de vampiros fueron realmente inmortales. En todo caso, quien sí que alcanzó hace ya bastante dicha categoría, y por méritos propios, es el bueno de Jesús Franco.