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domingo, 20 de agosto de 2017

Las muchachas de azul (1957)




Director: Pedro Lazaga
España, 1957, 80 minutos

Las muchachas de azul (1957)


Ya desde la letra de la canción con la que se abren los títulos de crédito ("¿Dónde está? ¿Quién será / el que yo busco sin saberlo? / Le daré mis risas, le daré mis besos / y mi amor sincero yo le entregaré. / Le daré mis risas, le daré mis besos, / todo lo que quiera le daré...") queda claro cuál es el tema de Las muchachas de azul: la caza del marido. Y eso en boca de dependientas de los madrileños almacenes Galerías Preciados (de ahí el color azul de su uniforme que se menciona en el título), jóvenes y, teóricamente, independientes dada su condición de mujeres trabajadoras.

Lo cual nos da la primera clave para contextualizar una comedia romántica de este tipo: la película se estrena en un momento (diciembre de 1957) en el que España está haciendo un aparente esfuerzo por modernizarse, pero en el que a su sociedad eminentemente conservadora aún le queda mucho terreno por andar. Dicho afán modernizador se percibe, por ejemplo, en el hecho de situar la acción en una gran superficie de la capital, otorgando el protagonismo a sus alegres empleadas, así como en el colorido de la fotografía en Technicolor. Y poco más: por debajo de ese envoltorio tan atractivo subyacía el mismo tradicionalismo de siempre.



Hay un par de escenas que son, al respecto, muy significativas. En una de ellas, vemos al Eugenio y a la María, un par de pueblerinos naturales de Torrelaguna, aturdidos por el ajetreo de la clientela ante elementos tan propios del progreso (y tan turbadores para dos pobres aldeanos) como las escaleras mecánicas o un altavoz de megafonía. En otra, un joven y un señor mayor llegan a las manos en la parada del autobús porque el primero piropea a Ana (el personaje de Analía Gadé) y el otro le afea su conducta. Ambos casos ponen de manifiesto una cierta voluntad por desmarcarse, ridiculizándolas, de algunas actitudes típicamente españolas.

Dibildos y Clarasó volvían a apostar con Las muchachas de azul por un tipo de comedia cándida al servicio de la pareja Gadé-Fernán Gómez y habituales secundarios de aquel entonces como Antonio Ozores, José Luis López Vázquez o Tony Leblanc. Hombres que interpretan a solteros en su mayoría bastante reacios a la idea de casarse ("el matrimonio es un suicidio castigado con cadena perpetua"), pero que acabarán sucumbiendo a los melifluos encantos de tanta célibe desesperada.


sábado, 11 de febrero de 2017

Ana dice sí (1958)




Director: Pedro Lazaga
España, 1958, 87 minutos

Ana dice sí (1958) de Pedro Lazaga


Entre las varias películas que protagonizaron la pareja artística (y sentimental) formada por Analía Gadé y Fernando Fernán Gómez, Ana dice sí fue una comedia que giraba en torno a la suculenta herencia que el finado don Patricio había dejado al morir: doscientos millones de pesetas que irían a parar a uno o a otro de sus herederos en función de con quién se casara su hija adoptiva. Lo cual da pie a un singular enredo a cinco bandas en el que el más jeta de todos es Juan: sobrino del difunto y un verdadero gorrón profesional y experto en eso de vivir del cuento. Tanta es su desvergüenza que no se corta ni un pelo a la hora de convencer a sus propios acreedores para que le paguen sus facturas.

Andrés Gutiérrez de Mos (Antonio Ozores) es, en cambio, un joven aristócrata más bien ligero de cascos, por lo que una y otra vez acaba siendo arrojado al mar por los pescadores de Costaclara, que también aspiran a su parte del legado y que ven en él, de casarse con la deseada Ana, a un "peligroso" rival. Olga (Laura Valenzuela) y Vicky (Elisa Montés) completan el quinteto, al que se sumará la larga lista de secundarios omnipresentes en la mayoría de filmes de este período. Como Félix Fernández y Xan das Bolas o, lo que es lo mismo, don Julián y don Cristino, dispuestos a lo que haga falta con tal de cobrar las muchas deudas contraídas con ellos por Juan. También anda por ahí Jesús Franco, tocando el piano en la terraza frente a la playa, o José María Caffarel haciendo de atolondrado turista americano.



Resulta muy llamativo, en ese sentido, cuánto se parecen todas estas comedietas rodadas en color a finales de la década de los cincuenta, casi casi fabricadas en serie con la única finalidad de servir de evasión a una juventud ansiosa de modernidad tras la grisura de la posguerra. Películas como Las dos y media y... veneno (1959) de Mariano Ozores o Tenemos 18 años (1959) del propio Jesús Franco. O las producidas por Dibildos, dirigidas por Lazaga y protagonizadas por Gadé y Fernán Gómez, como la presente o Las muchachas de azul (1957), a menudo escritas por Noel Clarasó, caso de Viaje de Novios (dirigida en el 56 por León Klimovsky).

Aparte del mismo grupo de profesionales y una similar factura en Eastmancolor, varias de entre ellas comparten igualmente localizaciones turísticas (la Costa Brava en Ana dice sí) o espacios vinculados con el ocio (piscinas, coctelerías, salas de fiestas...). Por no hablar del colorido del vestuario y sus modelos a la última moda, de clara ascendencia americana, que suelen lucir los personajes o de la ambientación musical (a cargo de Antón García Abril), a veces evocando, incluso, una cierta estética que recuerda a los años veinte, tal y como sucede en los títulos de crédito de esta película o en las de Ozores y Jesús Franco arriba indicadas.

Elisa Montés bailando el charlestón en los créditos iniciales