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sábado, 19 de septiembre de 2026

Un grito en la noche (1956)




Título original: A Cry in the Night
Director: Frank Tuttle
EE.UU., 1956, 76 minutos

Un grito en la noche (1956) de Frank Tuttle


Todo sucede muy deprisa en A Cry in the Night (1956), habida cuenta de los escasos setenta y cinco minutos en los que transcurre su trama. Y es que la acción se desarrolla en una sola noche, partiendo de una premisa cargada de tensión dramática. Liz Taggart (Natalie Wood), una adolescente de 18 años, se encuentra junto a su novio Owen (Richard Anderson) en Lover's Loop ("La Colina del Amor": un mirador solitario frecuentado por parejas jóvenes a bordo de sus respectivos automóviles). Ambos son acechados por Harold Loftus (Raymond Burr), individuo mentalmente inestable e infantilizado que vive bajo el dominio de una madre sobreprotectora. Tras golpear en la cabeza a Owen, Loftus secuestra a Liz y se la lleva a una guarida oculta. Posteriormente, Owen recupera el conocimiento e informa a la policía, encabezada por el metódico capitán Bates (Brian Donlevy) y el capitán Dan Taggart (Edmond O'Brien) quien resulta ser el estricto y controlador padre de Liz, completamente ajeno al hecho de que su hija tenía novio y sale de noche a sus espaldas.

Dirigida por el hoy olvidado Frank Tuttle (1892-1963), este fascinante y compacto thriller de serie B fue producido para Warner Bros bajo los auspicios de Jaguar Productions, compañía propiedad del actor Alan Ladd, cuya voz en off (no acreditada) se encarga de la introducción que puede escucharse durante la secuencia inicial de la cinta. A caballo entre el drama policíaco, el cine negro tardío e incluso el melodrama pulp de suspense, la película destaca por sus decisiones narrativas inusuales, así como por una notable atmósfera de nocturnidad urbana.



Uno de los aspectos más logrados del guion (firmado por David Dortort a partir de la novela All Through the Night de Whit Masterson) consiste en el paralelismo entre la relación de Liz con su padre y la de Harold con su madre. En ese orden de cosas, el capitán Taggart representa la autoridad patriarcal en la sociedad americana de posguerra. De ahí que el afán de éste por hiperproteger a su hija, como ya hiciera antes con su hermana solterona, sofoque a la joven, obligándola a mentir y a buscarse espacios de libertad alternativos. Harold Loftus, en cambio, vendría a ser la versión patológica del mismo problema: un hombre traumatizado y anulado por una madre que nunca le permitió madurar, convirtiéndolo en un niño en el cuerpo de un adulto. Así pues, el choque entre la búsqueda de autonomía de la juventud de los cincuenta y la rigidez de la generación madura le otorga al conjunto un subtexto sociológico muy revelador de aquella época.

Aunque su desenlace peca de cierto apresuramiento melodramático, la combinación de la brillante fotografía en blanco y negro de John F. Seitz, la sólida dirección de Tuttle y, sobre todo, la magnética interpretación de Raymond Burr, que le "roba" el protagonismo al resto del reparto, la convierten en una pieza de culto muy estimable, antesala premonitoria de grandes títulos posteriores como Psicosis (1960) o El coleccionista (1965) de William Wyler, por no mencionar, en clave más precisa, al personaje de Robert Duvall en Matar a un ruiseñor (1962).



miércoles, 1 de mayo de 2019

Los verdugos también mueren (1943)




Título original: Hangmen Also Die!
Director: Fritz Lang
EE.UU., 1943, 134 minutos

Los verdugos también mueren (1943)
de Fritz Lang


Comenzando por su título, perspicaz y combativo, y rematada con un esperanzador juego de palabras según el cual The End pasa a ser NOT The End, Los verdugos también mueren puede considerarse una película redonda de principio a fin. Sobre todo por la suma de talentos que supuso el contar con dos colosos de la altura de Bertold Brecht y Fritz Lang en un mismo rodaje, aunque la presencia del primero acabaría suscitando, pocos años después, las suspicacias del aciago Comité de Actividades Antiamericanas, que calificaría el filme de subversivo.

Pero en 1943 la guerra aún no había terminado y desde Hollywood se quiso contribuir a la derrota del nazismo mediante cintas de alto contenido propagandístico en las que se aunaba la calidad de los guiones con el firme propósito de despertar conciencias. Mucho más que la glamurosa Casablanca (1942), Hangmen Also Die opta por reivindicar la lucha armada como método perfectamente válido cuando se trata de ganarle el pulso a los regímenes totalitarios.



No es pues casual que se eligiera un hecho verídico —el magnicidio de Reinhard Heydrich (1904–1942), a la sazón gobernador nazi de la Checoslovaquia ocupada— para advertir al resto del mundo del alcance de la barbarie que en aquellos mismos instantes se estaba perpetrando en el corazón de Europa. ¿O es que acaso no eran alemanes, exiliados por más señas, Brecht y Lang? Motivo más que suficiente para hacerse una idea del grado de implicación emocional de ambos en el proyecto.

Son muchos los momentos memorables del filme, como, por ejemplo, la escena en la que los miembros de la Resistencia constatan que Czaka (Gene Lockhart) es un colaboracionista porque se ríe a mandíbula batiente del chiste en alemán que acaba de contar un camarero. O los versos, henchidos de fervor patriótico, que un recluso del campo de concentración recita ante sus compañeros de celda y que terminarán convirtiéndose en un himno a favor de la desobediencia civil.

El uso de las sombras denota el origen expresionista de Lang