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viernes, 28 de marzo de 2025

La noche se mueve (1975)




Título original: Night Moves
Director: Arthur Penn
EE.UU., 1975, 100 minutos

La noche se mueve (1975) de Arthur Penn


Incursión en el neonoir a cargo de Arthur Penn cuyo registro decadente y un tanto sórdido entronca de pleno con la atmósfera de filmes como Chinatown (1974) o las algo posteriores Taxi Driver (1976) y Hardcore (1979). Coordenadas en las que se inscribe la no menos interesante Night Moves (1975), que se había rodado tres años antes de su estreno, pero que hubo que retrasar para la exhibición en salas dada la condición de menor de la entonces jovencísima Melanie Griffith y las escenas de desnudo que protagoniza.

A grandes rasgos, estamos ante una película que rinde homenaje a los clásicos del género, con citas explícitas a Sam Spade o incluso a la mítica escena de la avioneta de Con la muerte en los talones (1959). De hecho, parece bastante obvio que la investigación que lleva a cabo Harry Moseby, el detective de Los Ángeles interpretado por Gene Hackman, no es sino un simple macguffin al más puro estilo hitchcockiano.



Y así avanza la acción por derroteros que dejan intuir una oscura trama de intereses familiares, pero que discurre en paralelo con la crisis personal, mucho más interesante, de un hombre atormentado ante el descubrimiento de la infidelidad de su mujer y los cantos de sirena que amenazan con arrastrarlo hacia una vorágine de consecuencias imprevisibles.

Aun así, pese a que la cinta explora la ambigüedad moral de unos y de otros, hay también momentos para el humor, con célebres guiños cinéfilos como la alusión al cine de Rohmer y su cadencia morosa que vendría a ser, en palabras de uno de los personajes, como ver secarse la pintura. Apuntes ocurrentes en una película que, sin embargo, refleja el desencanto y la alienación de la sociedad estadounidense de los años setenta, marcada por la desconfianza y la pérdida de ideales.



domingo, 13 de diciembre de 2020

Two Much (1995)




Director: Fernando Trueba
España/EE.UU., 1995, 118 minutos

Two Much (1995) de Fernando Trueba


Todo empezó de manera bastante inocente; yo quería echar un polvo. Así que cuando Candy y Ralph me dijeron que estaba invitado a una fiesta en Dunewood dije que muy bien, que esperaran a que me cambiara.

Donald E. Westlake
Two Much
Traducción de Alberto Cardín

Sería muy fácil ventilarse el comentario de Two Much diciendo que lo mejor de la película son sus créditos finales, al ritmo del piano de Michel Camilo. O que rodarla sirvió únicamente para que Antonio Banderas se enamorase de Melanie Griffith, al tiempo que Hollywood desaprovechaba el enorme talento de los hermanos Trueba. También podría añadirse, pecando de oportunismo, que ayer sábado, 12 de diciembre, se cumplió un año exacto del fallecimiento de Danny Aiello (1933–2019).

Pero no: vaya por delante nuestro máximo respeto por una comedia, ambientada en un Miami un tanto idílico, que bebe directamente de las esencias de la época dorada del cine, cuando Cary Grant protagonizaba títulos inmortales cuya agudeza se basaba en situaciones de equívoco. Visto así, el hecho de que el protagonista de Two Much se desdoble en un supuesto hermano gemelo con la intención de seducir a su futura cuñada no dista gran cosa del planteamiento de filmes como La novia era él (I Was a Male War Bride, 1949) de Howard Hawks.



Claro que para 1995 el mundo ya no era tan inocente como en los días de las screwball comedies. Y es ahí, precisamente, donde radica la falta de conexión con un público que ya no se mueve por los mismos parámetros que antaño garantizaban la carcajada del espectador: menos cáustica que la novela homónima de Donald E. Westlake en la que está basada, la versión propuesta por Fernando Trueba (hay otra anterior, Le jumeau, dirigida en 1984 por el francés Yves Robert) puede pasar por divertimento amable y poco más, apenas la presentación de credenciales de un cineasta europeo que intenta hacer méritos para introducirse en la Meca del séptimo arte.

Con todo y con eso, y aun admitiendo las limitaciones de un producto correcto pero no genial, merece la pena destacar, como su baza más notable, el plantel de secundarios que logró reunirse para la ocasión. Aparte del ya mencionado Aiello, sobresalen nombres míticos como Eli Wallach (padre de Banderas en la ficción: un antiguo combatiente de la Brigada Lincoln aquejado por los primeros síntomas del Alzheimer). O una ocurrente Joan Cusack en el papel de secretaria y chica para todo en la ruinosa galería de arte que regenta Art Dodge. Del resto, poco más se puede destacar: Gabino Diego y hasta Santiago Segura pasaban por allí, el uno para dar vida a un nada convincente pintor de origen cubano; el otro, metamorfoseado en fugaz paparazzi.



viernes, 19 de julio de 2019

Lolita (1997)




Director: Adrian Lyne
EE.UU./Francia, 1997, 137 minutos

Lolita (1997) de Adrian Lyne


Deseo que esta memoria se publique cuando Lolita ya no viva. Ninguno de los dos vivirá, pues, cuando el lector abra este libro. Pero mientras palpite la sangre en mi mano que escribe, tú y yo seremos parte de la bendita materia y aún podré hablarte desde aquí hacia Alaska. Sé fiel a tu Dick. No dejes que otros tipos te toquen. No hables con extraños. Espero que quieras a tu hijo. Espero que sea varón. Que tu marido, así lo espero, te trate siempre bien, porque de lo contrario mi espectro irá hacia él, como negro humo, como un gigante demente, y le arrancará nervio tras nervio.

Vladimir Nabokov
Lolita
Traducción de Enrique Tejedor

Cuando afrontó el reto de dirigir una nueva versión de la célebre novela de Nabokov, el cineasta británico Adrian Lyne (Peterborough, Inglaterra, 1941) contaba ya en su haber con una larga lista de filmes considerados polémicos por su alto contenido erótico: Zorras (1980), Nueve semanas y media (1986), Atracción fatal (1987), Una proposición indecente (1993)... Parecía, por lo tanto, lógico que fuera él el encargado de poner al día este clásico sobre un otoñal profesor de francés y su tentadora hijastra.

Y lo hizo respetando escrupulosamente el texto original, del que Kubrick, en su aclamada adaptación de comienzos de los sesenta, apenas había aprovechado la carcasa. De modo que, a diferencia de lo que ocurría en su predecesora, aquí se subrayaban aspectos que ayudan a entender mejor la compleja personalidad de Humbert Humbert (Jeremy Irons), como ese frustrado amor de juventud hacia una tal Annabel que el hombre idealiza hasta lo indecible y que marcará el resto de su vida.



Se trata, pues, de una aproximación más psicológica al verdadero conflicto que atenaza el interior de los personajes, sin los rodeos (auto)impuestos en 1962 con el objetivo de salvar el difícil escollo de la censura y demás Ligas de la Decencia. Cierto es que para 1997 el mundo había cambiado, en teoría, lo suficiente como para no escandalizarse tanto, pero, aun así, ello no impidió que la película tuviese dificultades para encontrar distribuidor en Estados Unidos.

Comparada con Sue Lyon, la Lolita a la que da vida Dominique Swain es menos icono y más persona de carne y hueso, aunque tal contraste podría dar pie a una interesante pregunta que afecta de pleno a la esencia del personaje tal y como lo concibió Nabokov: ¿es lo mismo una nínfula que una teenager? Que responda quien entienda del tema. Por de pronto, baste concluir diciendo que el trabajo de Adrian Lyne, pese a ser más que correcto, pasó sin pena ni gloria en el momento de su estreno. Le sobra, quizá, la machacona banda sonora de Ennio Morricone o la voz estridente de Melanie Griffith y le falta, tal vez, el temperamento del que rebosaban Kubrick o Peter Sellers. Cuestión de gustos.


domingo, 24 de marzo de 2019

The Disaster Artist (2017)













Director: James Franco
EE.UU., 2017, 104 minutos

The Disaster Artist (2017) de James Franco

Si no fuera porque cuenta un hecho real (demasiado real), The Disaster Artist pudiese haber sido un gran filme. Pero no: la cosa no pasa de divertida réplica de los acontecimientos que rodearon la gestación de una de las "peores" películas de la historia.

En la estela de títulos como el Ed Wood (1994) de Tim Burton o Rebobine, por favor (Be Kind Rewind, 2008) de Michel Gondry, los hermanos Dave y James Franco consiguen hacer entrañable la figura del peculiar Tommy Wiseau: supuestamente un personaje de origen y fortuna desconocidos, pero que, de ser cierta la información que figura en IMDb, habría nacido en Poznan (Polonia) en 1955.



The Room, la película en cuyo accidentado rodaje se inspira esta otra, fue, sin duda, un engendro simpático que acabó por ganarse el favor del público como filme de culto. The Disaster Artist, en cambio, pretende hacer las funciones de Making Of dramatizado, una especie de "¿Cómo se hizo?" al más puro estilo de las comedias gamberras de antaño.

Todo lo cual no significa que como película carezca de interés, ni mucho menos, si bien es cierto que a base de incluir cameos de celebridades (Melanie Griffith, Sharon Stone, Judd Apatow, Zac Efron, el propio Tommi Wiseau...) termina convirtiéndose en un divertimento tierno e ingenioso, pero falto de la profundidad que cabría esperar en unos tipos que todo lo arriesgaron para hacer realidad su sueño.