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jueves, 9 de agosto de 2018

El fuego fatuo (1963)




Título original: Le feu follet
Director: Louis Malle
Francia, 1963, 108 minutos

El fuego fatuo (1963) de Louis Malle


Tu es lâche et faible et paresseux ! Tu refuses les certitudes parce qu’elles te font peur ! Tu fais l’apologie de l’ombre parce que le soleil te blesse les yeux !

Llamar cobarde, débil y gandul a un amigo que planea suicidarse no parece la mejor manera de disuadirlo. En todo caso, hay que reconocer que la frase que el personaje de Bernard Noël le dedica a Alain Leroy (Maurice Ronet) tiene su enjundia. Sobre todo, eso de "hacer apología de la sombra porque el sol hiere tus ojos". Sentencia brillantísima, pero rebatida de inmediato con un argumento no menos aplastante: "Tu es mon ami. Si tu es mon ami, tu m'aimes comme je suis, pas autrement. Laisse-moi te regarder. Je voudrais que tu m'aides à mourir, c'est tout..."



Pocas veces en la historia del cine se ha abordado la desesperanza de manera tan descarnada como en la existencialista Le feu follet (1963). Filme que Louis Malle comenzaría a rodar en color, pero que, ante la evidencia de que la historia narrada en él rezumaba una pesadumbre a flor de piel, decidió al cabo de dos días continuar en lacerante blanco y negro.

La música de Satie, tanto las melancólicas Gymnopédies como las enigmáticas Gnossiennes, le acaba de conferir al conjunto el tono exacto de desconsuelo que atenaza el día a día del protagonista. Una vacuidad vital de la que seremos testigos excepcionales durante sus últimas cuarenta y ocho horas y que tiene su correlato visual en ese cuarto atestado de libros (la mayoría de Scott Fitzgerald) en el que Leroy (sarcástico apellido para un pobre tipo que antes que "el rey" parece más bien un "príncipe destronado") convive con una mezcla heteróclita de objetos, entre ellos un revólver o un espejo que preside el desorden reinante en la sala y sobre el que aparece escrita una fatídica fecha: 23 de julio.


jueves, 2 de agosto de 2018

Ascensor para el cadalso (1958)




Título original: Ascenseur pour l'échafaud
Director: Louis Malle
Francia, 1958, 91 minutos

Ascensor para el cadalso (1958) de Louis Malle


Una trompeta con sordina desgrana sus notas sobre un fondo noctámbulo, levemente melancólico... No cabe duda: se trata de Ascensor para el cadalso. La música que Miles Davis improvisó para la película de Louis Malle —al parecer de un tirón, de once de la noche a cinco de la madrugada— quedará para la posteridad no sólo como una de las más bellas partituras de la historia del cine, sino, sobre todo, de la historia del jazz.

Aun así, la importancia del filme va, por supuesto, mucho más allá de su mítica banda sonora. Porque, a pesar de que en su momento fuese galardonado con el prestigioso premio Louis Delluc, todavía es hora de que se le reconozca la importancia que merece como verdadera piedra fundacional del nuevo cine francés. Apenas un año más tarde, Godard, gracias a la astuta operación generacional gestada en torno a À bout de souffle (1959), se llevaría la inmerecida gloria que hasta el día de hoy lo acredita como el tótem auspiciador de la Nouvelle vague.

Jeanne Moreau bromeando junto a Miles Davis

Sin embargo, el análisis pormenorizado de Ascenseur pour l'échafaud revela cómo buena parte de los logros atribuidos al genio suizo estaban ya presentes en una cinta magistralmente fotografiada en blanco y negro por Henri Decaë. ¿O es que acaso la joven pareja que roba el coche del protagonista no podrían haber sido Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg?

Por lo demás, el presunto crimen perfecto que un oscuro oficinista y antiguo combatiente en Indochina (Maurice Ronet) está dispuesto a perpetrar contra el marido de su amante (Jeanne Moreau), que además es también su jefe, representa el vínculo de Malle con el otro eslabón en liza por aquellos años de escuelas, tendencias y grupúsculos: el cine negro de tradición americana que tan magistralmente supo aclimatar Jean-Pierre Melville a la realidad europea.


domingo, 14 de mayo de 2017

Amador (1966)




Director: Francisco Regueiro
España/Francia, 1966, 94 minutos

Amador (1966) de Francisco Regueiro


Tengo que decirle la verdad. Si tuviera más dinero... Además, ya no puedo soportarla. En Torremolinos tiene que haber una mujer para mí. Las suecas, al día siguiente, te dan las gracias... y te pagan el desayuno.

Explicar la vida de un asesino en serie adoptando el punto de vista del mismo no debió de ser tarea fácil en la España mortecina y mortuoria de mediados de los sesenta. Un país de portales oscuros y paredes desconchadas, pueblerino y tedioso; de viudas mojigatas y turistas desinhibidas; de misa diaria y fiestas de guardar.



Por diversas razones, el Amador de Regueiro estaría emparentado con otras producciones del Nuevo cine español rodadas en los años inmediatamente anteriores o posteriores. Con Nueve cartas a Berta de Patino comparte una similar puesta en escena: un protagonista hastiado por el asfixiante entorno gris de la provincia, atormentado por la relación incómoda o enfermiza que mantiene con su propia familia y del que continuamente escuchamos los pensamientos en off. Hasta la banda sonora del francés Daniel White recuerda a la de Carmelo Bernaola, dado el protagonismo que ambas confieren al clavicordio. Con La piel quemada de Forn comparte el retraimiento del españolito voyeur que se deja deslumbrar por las playas de Torremolinos o la Costa Brava en busca de un poco de calor humano en los brazos de alguna rubia extranjera. Con La tía Tula de Picazo, por último, le une un similar tono de monotonía provinciana, de la que los protagonistas son víctimas por más que se aferren a una mínima esperanza que les permitiría huir.

Y así podríamos ir citando películas que, de un modo o de otro, nos recuerdan a Amador: Nunca pasa nada de Bardem, El extraño viaje de Fernán Gómez y un largo etcétera. Aunque lo que la hace única es la patológica relación de su protagonista con las mujeres, algo en lo que se profundiza con suma perspicacia merced a los peculiares diálogos/reflexiones escritos por Angelino Fons. Una penetración psicológica cuya consecuencia más inmediata y, a la par, perturbadora es que el espectador llegue a comprender a Amador (Maurice Ronet): ¿y quién no se liaría a navajazos en su situación?


sábado, 17 de septiembre de 2016

La piscina (1969)




Título original: La piscine
Director: Jacques Deray
Francia/Italia, 1969, 120 minutos

La piscina (1969) de Jacques Deray


Lleno absoluto en la Filmoteca de Catalunya para ver la versión restaurada de La piscine. Tal vez se deba a que muchos de los asistentes tendrán fresco el reciente remake de Luca Guadagnino Cegados por el sol (A Bigger Splash, 2015). O quizá por aquello de "sábado, sabadete..." O simplemente porque la película mantiene intacto su atractivo casi medio siglo después de ser filmada. No en vano, un señor comentaba justo antes de que diese inicio la proyección: "Tengo ganas de volverla a ver. Se estrenó en el 69, justo cuando yo tenía 29 años. La censura hizo un verdadero desastre con ella y, con tanto corte, no se entendía gran cosa..." Aunque, a decir verdad, luego el señor se ha quedado dormido un rato; pero, bueno, ése ya es otro tema.

Con guion de Jean-Claude Carrière, el propio Jacques Deray y Alain Page bajo el pseudónimo de Jean-Emmanuel Conil, La piscine plantea una situación que hoy en día puede parecer un tanto manida: Jean-Paul y Marianne, una pareja de amantes de belleza apolínea, pasan sus tórridas vacaciones de verano en una mansión con piscina cerca de Saint-Tropez (lo de tórridas, por supuesto, tiene doble acepción). Pero cuando, de improviso, se presente allí con su lujoso coche deportivo Harry, un apuesto y adinerado amigo de la pareja que viene acompañado de Pénélope, su hija de dieciocho años, la tensión irá en aumento debido a la mutua atracción que ejercerán los unos sobre los otros.



Desde el minuto uno, queda claro que ésta es una historia en la que late una fuerte pulsión erótica, máxime si la pareja protagonista está interpretada por los sex symbol Romy Schneider y Alain Delon. Claro que tampoco se quedan atrás los atractivos Maurice Ronet y Jane Birkin. En cuanto a la piscina en torno a la cual gira todo, representa una evidente metáfora (en el fondo, las cosas son mucho más turbias que en la tranquila superficie), aparte de que sirve como pretexto para que el elenco pueda lucir la perfección de su esbeltez en todo su esplendor, al tiempo que resultará clave en el desenlace.

Todo en La piscine contribuye a hacer del filme una explosión de color que contrasta con la fealdad que se oculta tras la aparente y placentera hermosura de los cuerpos y del entorno. Por algunas similitudes que comparten, se hace inevitable, además, pensar en una película americana estrenada justo un año antes: El nadador (The Swimmer), protagonizada por Burt Lancaster y dirigida por Frank Perry a partir de un relato de John Cheever. Sin embargo, puestos a hablar de parecidos, deben mencionarse los existentes con un título muy posterior: Swimming Pool (2003) de François Ozon, donde por más que la presencia de Charlotte Rampling ayude a dotarlo de interés no se llega, ni de lejos, a recrear la atmósfera de erotismo larvado del modelo que se pretendía homenajear.