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domingo, 15 de febrero de 2026

Cleo de 5 a 7 (1962)




Título original: Cléo de 5 à 7
Directora: Agnès Varda
Francia/Italia, 1962, 90 minutos

Cleo de 5 a 7 (1962) de Agnès Varda


Dotada de la mirada de un fotógrafo y un alma casi de filósofo, Agnès Varda propone en Clèo de 5 à 7 (1962) un relato que transcurre prácticamente en tiempo real, capturando noventa minutos críticos en la vida de una joven cantante parisina. Florence (la Cléo del título) es una intérprete pop en ascenso que espera impacientemente los resultados de una biopsia para saber si padece cáncer. Así pues, la película cubre el lapso temporal entre las cinco y las seis y media de la tarde, lo que da pie a un deambular por las calles de París que se acaba convirtiendo en un viaje espiritual. Durante dicho proceso, Cléo pasará de ser un objeto pasivo (deseada por todos) a transformarse en un sujeto activo que observa el mundo por vez primera.

Varda se sirve de la ciudad de París no como un decorado, sino más bien como un personaje vivo. En ese sentido, la cámara sigue a Cléo por cafés, tiendas de sombreros y concurridos bulevares, valiéndose de un estilo documental que captura el bullicio del París de principios de los años sesenta. Pero a pesar de la luminosidad de la fotografía en blanco y negro, la muerte acecha tras cada esquina: en las cartas del tarot de la escena inicial (la única rodada en color), en el fragor callejero o en las preocupantes noticias que, sobre la guerra de Argelia, llegan desde la radio.



Al dividir la estructura en capítulos con marcas temporales, la película adquiere una tensión única que hace que el espectador sienta cada minuto del reloj como si fuese la protagonista. También la banda sonora, compuesta por el legendario Michel Legrand (quien interviene fugazmente en un pequeño papel), pasa gradualmente de las ligeras cancioncillas que los protagonistas interpretan al piano (o que suenan en los tocadiscos de los bares) a piezas de una melancolía desgarradora como "Sans toi".

La belleza radiante de Corinne Marchand inunda la pantalla para mostrarnos el interior de una mujer que únicamente después de quitarse su peluca rubia, despojándose de la "máscara" que la sociedad y sus amantes le han impuesto, encontrará su alma gemela en la figura de un sencillo soldado que apura sus últimos instantes de permiso antes de volver al frente. En efecto, la aparición de Antoine, ya en el tramo final de la película, es el catalizador que completa la transformación de Cléo, ya que mientras ella teme morir de una enfermedad interna (el cáncer), él se enfrenta a una amenaza externa (la guerra), lo cual rompe el aislamiento de la joven, que ya no se sentirá sola en su miedo.



sábado, 20 de febrero de 2021

Nacional III (1982)




Director: Luis García Berlanga
España, 1982, 102 minutos

Nacional III (1982) de García Berlanga


A pocos días de que se cumpla el cuarenta aniversario de la intentona golpista del 23F, comentamos un filme, Nacional III (1982), cuyo arranque tiene, precisamente, como telón de fondo el tejerazo. Al igual que en sus dos entregas anteriores (La escopeta nacional y Patrimonio nacional), el tercer y último episodio de la saga giraba en torno a los chanchullos del clan Leguineche, ahora, más que nunca (ante la inminencia de la llegada al poder de los socialistas), obsesionados con la evasión de capitales hasta el extremo de ingeniarse las mil y una para llevar a cabo su propósito.

Dignos herederos de la tradición picaresca, los personajes del reparto (coral, como la mayoría de los ideados por el tándem Berlanga-Azcona) mienten, roban o viven de dar el sablazo en una película que transcurre en Madrid, Badajoz y Biarritz entre los meses de febrero y mayo del 81. De hecho, la trama se cerrará con la victoria de Mitterrand en las presidenciales de aquel mismo año, en lo que supone un duro revés para las intenciones de estos aristócratas venidos a menos, que iban huyendo del fuego para caer después en las brasas.



Queda claro, pues, cómo la actualidad política y social de aquel entonces está presente en todo momento, con alusiones, por ejemplo, al mundial de fútbol, las salas X —en cuyo interior irrumpe el iracundo padre Calvo (Agustín González) para rescatar al descarriado heredero (López Vázquez)— o la futura ley del divorcio. Coyuntura, esta última, que hará que al marqués (Luis Escobar) se le plantee un dilema ante la posibilidad de que su ama de llaves (Chus Lampreave), y con la que vive amancebado, se separe legalmente del obtuso Segundo (Luis Ciges) para así casarse con él; eventualidad que, de sólo pensarlo, horroriza al septuagenario.

Entre lo cutre y lo sardónico, Nacional III nos habla de un tiempo no tan lejano, repleto de inquietantes paralelismos con la España de hoy (y probablemente con la de siempre). Son esos próceres de la patria, campechanos eméritos por más señas, que, sin embargo, cuando vienen mal dadas, no dudan ni un segundo en largarse con la música a otra parte y la maleta rebosante de millones. Los Leguineche, al menos, con sus estrambóticas escayolas ocultando el botín, tenían cierta gracia. Éstos de ahora, en cambio, ninguna.



viernes, 19 de febrero de 2021

Patrimonio nacional (1981)




Director: Luis García Berlanga
España, 1981, 112 minutos

Patrimonio nacional (1981) de Berlanga


La trilogía dedicada a los Leguineche supuso la culminación de la trayectoria artística de un Berlanga que, tras el éxito alcanzado con La escopeta nacional (1978), decide sacarle partido a esta familia de linajudos venidos a menos. Auspiciada de nuevo por el productor Alfredo Matas y coescrita junto a su inseparable Rafael Azcona, Patrimonio nacional (1981) situaba a los protagonistas en el contexto de la restauración de la monarquía, razón que los lleva a trasladarse a Madrid con la esperanza puesta en introducirse en los círculos de confianza del rey.

Sin embargo, lo que encuentran a su llegada a la capital es un ruinoso palacete (el de Linares, en pleno centro, junto a la fuente de la Cibeles) cuya irascible moradora, la condesa a la que da vida Mary Santpere, los recibe destempladamente para terminar echándolos a escopetazo limpio.



Los prolijos planos secuencia marca de la casa, lo mismo que el carácter coral tan típico de la puesta en escena berlanguiana, dan como resultado un filme de apariencia embrollada, casi caótico en muchos momentos. Con una obsesión erotómana que aflora continuamente en los diálogos, en especial cada vez que entra en acción el ocioso vástago del marqués (José Luis López Vázquez).

Mientras tanto, el patriarca del clan (Luis Escobar), ridículo y caradura, pasea su decrepitud por la corte hasta llegar a la conclusión de que lo único que puede sacarlos de la bancarrota es convertir su residencia en museo para deleite de turistas japoneses, ávidos de conocer de cerca cómo vive un verdadero aristócrata europeo en vías de extinción.



domingo, 26 de enero de 2020

Giulietta de los espíritus (1965)




Título original: Giulietta degli spiriti
Director: Federico Fellini
Italia/Francia, 1965, 137 minutos

Giulietta de los espíritus (1965) de Federico Fellini

El proceso de liberación de Giulietta no es sólo un proceso contra la figura del marido sino, sobre todo, un proceso de rehabilitación personal, una escapada de las viejas mitologías que la han encerrado en una prisión psíquica.

Àngel Quintana

Barroca, onírica y hasta psicodélica: adjetivos con los que, de un modo u otro, se podría definir una película que no es sino una declaración de amor incondicional a la musa y esposa, Giulietta Masina (1921-1994), la mujer que inspiró decisivamente a Fellini y con la que trabajaría en tantísimas ocasiones a lo largo de su prolífica carrera como cineasta.

Por su espléndido colorido, Giulietta degli spiriti es ya, en sí misma, una absoluta obra maestra cuya fotografía corrió a cargo del malogrado Gianni Di Venanzo, quien fallecería en febrero del 66, a los cuarenta y cinco años de edad, víctima de una hepatitis. Exuberante desfile de tipos y situaciones, a cuál más estrambótico, que nos irán introduciendo gradualmente en la psique de la protagonista hasta desembocar en una presunta resolución de sus traumas. 



En dicho sentido, el filme vendría a ser una suerte de terapia psicoanalítica de más de dos horas de duración mediante la que Fellini intenta exorcizar los fantasmas (y de ahí esos "espíritus" a los que alude el título) que llevan atenazando a su compañera desde la más tierna infancia: la severa figura materna, el lastre represor de la educación religiosa… Pero también la sensualidad a flor de piel, el erotismo incluso, encarnados en personajes como la voluptuosa Susy (Sandra Milo) o un seductor Jose Luis de Vilallonga.

De hecho, y en relación con lo arriba expuesto, podría afirmarse sin ambages que Giulietta… forma un interesante díptico junto con Otto e mezzo (1963), en este caso una introspección freudiana en el mundo interior del marido. Figura, por cierto, de sombra tan alargada que hasta aquí llega su influjo, habida cuenta de toda la parafernalia, con detective eclesiástico incluido, a la que se ve sometida la pobre señora con tal de conocer las infidelidades de las que es víctima.


miércoles, 31 de julio de 2019

El largo invierno (1992)




Título original: El llarg hivern
Director: Jaime Camino
España/Francia, 1992, 135 minutos

El largo invierno (1992) de Jaime Camino


Tratándose de un director que tantas veces había abordado el tema de la guerra civil española a lo largo de su carrera, era casi obligado que Jaime Camino cerrase su filmografía (en lo que al cine de ficción se refiere) con una película rotundamente a favor de los valores republicanos. Porque ese "largo invierno" al que alude el título no es más que una metáfora en referencia a los cuarenta años de dictadura franquista que seguirían tras el fin de la contienda. Se trata, por tanto, de una especie de segunda entrega de Las largas vacaciones del 36 (1976), sólo que ahora el período retratado no es el alzamiento propiamente dicho, sino la debacle final con la entrada de las tropas nacionales en Barcelona a finales de enero de 1939.

Aparte de un reparto internacional, encabezado por Vittorio Gassman en el papel de fiel mayordomo y en el que figuran nombres de la talla de Jean Rochefort o Elizabeth Hurley, se da la circunstancia, como ya sucediera en anteriores superproducciones del cine catalán como La ciutat cremada (1976) de Antoni Ribas, de que diversas personalidades aparecen en fugaces cameos. Así, por ejemplo, el músico Quimi Portet (componente de El último de la fila), que es el "topito" hallado por los falangistas en el sótano mientras expurgan la biblioteca familiar (la escena se rodó en el Ateneo Barcelonés). O el guionista Romà Gubern, captado brevemente por la cámara como uno de los presos que esperan a que los lleven al Campo de la Bota para ser fusilados. Hasta el propio Jaime Camino se reservó un papelito, con texto y todo, de lo más ocurrente: es el Capitán General al que acude Casimiro Casals (Adolfo Marsillach) para implorar que indulten a su hermano Jordi. No deja de ser gracioso que quien dirige la película sea, asimismo, quien interprete a la máxima autoridad en la ficción...

Jean Rochefort en el Salón Sant Jordi del Palau de la Generalitat

También en el guion encontramos los nombres ilustres de Manuel Gutiérrez Aragón y el escritor Juan Marsé. Algo que, en el caso de este último, queda patente a través de pequeños detalles que previamente ya habían aparecido en algunas de sus novelas. Como ese fusil que alguien escondió bajo el cenador del jardín y que, al cabo de los años, descubrirán los operarios que se disponen a acondicionar la casa antes de entregársela a sus nuevos propietarios japoneses: objeto cargado de enorme valor simbólico con el que Marsé ya había jugado en Un día volveré (1982). O Flora, la niña en silla de ruedas, que podría recordar a la enfermiza protagonista de El embrujo de Shanghai (1993).

Dividida en dos partes —"La casa de las mimosas" y "Caralsol"—, El largo invierno indaga, como todos los filmes de Camino, en los resortes de "la vieja memoria", que fue, por cierto, el título del mítico documental por él dirigido en plena Transición. Claudio, su protagonista, es un hombre acostumbrado a obedecer dada su condición de criado. También es el responsable, sin él proponérselo, de que la tragedia se cierna sobre la rama republicana de los Casals. De ahí que, pese a ser el nexo de unión entre pasado y presente, viva apesadumbrado por el peso de la culpa. Y es que, nos viene a decir la película, en la vida hay que tomar partido si uno no quiere acabar, como ese pobre anciano, vencido por los años y el desconsuelo.


viernes, 3 de agosto de 2018

Los amantes (1958)















Título original: Les amants
Director: Louis Malle
Francia, 1958, 88 minutos

Los amantes (1958)

Ya desde los títulos de crédito iniciales, Louis Malle deja constancia de su audacia al hacer que éstos aparezcan superpuestos sobre la Carte de Tendre, célebre mapa topográfico y alegórico inspirado por una narración de Madeleine de Scudéry (1607-1701) en el que se detallan, como si de aldeas o ríos de un reino imaginario se tratase, las diferentes etapas de toda vida amorosa. Sutileza de lo más agudo cuya finalidad no es otra sino avisar al espectador de por qué derroteros va a discurrir la historia que está a punto de comenzar.

El próximo mes de noviembre se cumplirán sesenta años exactos del estreno de Les amants, cinta que hoy, con el segundo movimiento del Sexteto de cuerda nº 1 de Brahms como banda sonora y sus inteligentes diálogos, resulta de una extraordinaria exquisitez, pero a la que en su momento, dado que exponía sin ambages los amoríos de una mujer adúltera, se llegó a acusar directamente de pornográfica.



Dice la protagonista (una fantástica Jeanne Moreau) que su marido le recuerda a un oso. Y, ciertamente, el señor Tournier (Alain Cuny) es un muermo de tomo y lomo, por lo que, según la lógica interna del relato, nada tiene de particular que Jeanne, tratándose de una mujer joven y atractiva, busque refugio en los brazos de un apuesto jugador de polo (José Luis de Vilallonga). Aunque el azar hará que encuentre el amor verdadero donde menos lo esperaba y no precisamente en forma de flechazo: porque el conductor que la recoge en la carretera secundaria donde su coche ha sufrido una avería no pasa de ser, en un principio, un simple arqueólogo desprovisto del atractivo de su amante español. Sin embargo, Bernard (Jean-Marc Bory) detesta el ambiente burgués en el que se ha criado y, por ahí, va a conectar con Jeanne.

En efecto, es la voz en off del personaje de Jeanne Moreau la que nos narra la historia de principio a fin, aportándole a la película, desde un presente que arranca a partir de la secuencia final, la coherencia del proceso que se ha producido en el interior de la mujer y de cuya génesis hemos sido testigos de excepción a lo largo de hora y media. Gracias a Bernard, Jeanne descubre que de lo que en realidad huye no son los ocho años de matrimonio junto a un hombre abúlico y algo mordaz, sino de los convencionalismos e hipocresía de una clase social a la que ya no soporta más. Por eso, lejos de ser un cuento de hadas con final feliz, la película se cierra con un comentario realista cargado de recelo y fascinación a partes iguales: « Ils partaient pour un long voyage dont ils connaissaient les incertitudes. Ils ne savaient pas s'ils retrouveraient le bonheur de leur première nuit : déjà, à l'heure dangereuse du petit matin, Jeanne avait douté d'elle… Elle avait peur, mais elle ne regrettait rien ».