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jueves, 24 de diciembre de 2020

Cervantes contra Lope (2016)




Director: Manuel Huerga
España, 2016, 87 minutos

Cervantes contra Lope (2016) de Manuel Huerga


Valiéndose del mismo formato que ya utilizaran en 14 d'abril. Macià contra Companys (2011), el equipo de Minoria Absoluta produjo para RTVE este a modo de "documental" en el que las cámaras del siglo XXI viajan a través del tiempo con la finalidad de recoger el testimonio en primera persona de las viejas glorias literarias del Siglo de Oro.

La rivalidad entre Lope de Vega y Miguel de Cervantes no alcanzó nunca el encarnizamiento de las pullas que, años después, se lanzarían mutuamente Quevedo y Góngora (quienes, por cierto, participan de esta ficción como partidarios del uno y del otro literato, respectivamente). Sin embargo, los guionistas María Jaén y Manel Lucas sitúan la acción en 1614, cuando acaba de salir a la luz el Quijote apócrifo de Avellaneda y aún faltan unos meses para la publicación de la verdadera segunda parte. Momento clave, pues, en el que el anciano manco de Lepanto se muestra convencido de que es Lope quien, a causa de la envidia, anda detrás de semejante afrenta, mientras que el "Fénix de los ingenios" niega cualquier vinculación con la autoría del texto espurio.



Emilio Gutiérrez Caba compone un Cervantes venerable, aunque pesaroso por no haber triunfado como autor de comedias; José Coronado, en cambio, da vida a un Lope maduro, recién ordenado sacerdote, pero aún galante, que no pierde la ocasión de requebrar incluso a la entrevistadora y aun de dedicarle unos versos. Ambos escritores se admiran y se envidian al mismo tiempo. De hecho, hasta fueron amigos en una época lejana...

No puede negarse el talento del que hacen gala los responsables de este producto televisivo a la hora de recrear uno de los episodios más oscuros de las letras castellanas, imaginando qué hubieran respondido o cómo hubiesen reaccionado los protagonistas de haber sido posible entrevistarlos. Se incurre, todo hay que decirlo, en alguna que otra inexactitud (por ejemplo, ni Lope ni Cervantes, que no eran nobles, se habrían atrevido jamás a colocarse el don delante de sus respectivos nombres de pila), si bien, en líneas generales, la ambientación resulta más que notable.



jueves, 10 de septiembre de 2020

14 d'abril. Macià contra Companys (2011)




Director: Manuel Huerga
España, 2011, 84 minutos

14 d'abril. Macià contra Companys (2011)
de Manuel Huerga

Lo que tenían que haber sido unas simples elecciones municipales se terminó convirtiendo en un plebiscito sobre la monarquía que acabó provocando un cambio de régimen político en cuestión de días y casi sin altercados. El advenimiento de la Segunda República quedaría desde entonces ligado a la fecha de su proclamación, el 14 de abril de 1931, y, en el caso específico de Catalunya, a dos hombres predestinados a pasar a la historia: Francesc Macià y Lluís Companys.

Producido para TV3 por Minoria Absoluta y dirigido por Manuel Huerga (Barcelona, 1957), quien ya había abordado la ficcionalización de hechos histórico-políticos en Salvador (Puig Antich) (2006), el telefilme que nos ocupa adopta la forma de un falso documental cuyos protagonistas dan testimonio, un año después de lo ocurrido, de cómo llevaron a cabo, guiados más por instinto que por una estrategia bien delimitada, una proeza trascendental y sin precedentes.



Desde el punto de vista de la puesta en escena, el formato elegido para recrear los hechos remite directamente al que utilizara Jaime Camino en La vieja memoria (1978), con la salvedad de que allí eran los personajes reales quienes intervenían, alternando sus declaraciones con imágenes de archivo. Aun así, tanto la caracterización de los actores como el tratamiento de las imágenes (en sepia cuando los líderes políticos hablan a cámara, y en blanco y negro cada vez que se les muestra en acción, unos meses antes) resultan extraordinariamente fidedignos.

Revisar 14 d'abril. Macià contra Companys (2011) en vísperas de otra fecha señalada para Catalunya, en este caso la diada del 11 de septiembre, no sólo permite tomar conciencia de la lucha de egos entre dos mandatarios de muy distinto temperamento, aunque unidos por las circunstancias, o de las deslealtades que uno y otro pudieran cometer (Companys tomando la iniciativa desde el balcón de la Plaza Sant Jaume, sin encomendarse a nadie; Macià instaurando la República Catalana en el marco de una Federación Ibérica que incomodó enormemente en Madrid), sino, sobre todo, constatar la enorme cantidad de paralelismos entre aquella época y la situación actual.

Macià (Fermí Reixach) y Companys (Pere Ponce)

sábado, 29 de diciembre de 2018

Atolladero (1995)




Director: Óscar Aibar
España, 1997, 96 minutos

Atolladero (1997) de Óscar Aibar


La ópera prima de Óscar Aibar (Barcelona, 1967) se inscribe en la misma línea que los filmes de Álex de la Iglesia o Juanma Bajo Ulloa. No en vano, los tres cineastas pertenecen a una misma generación y comparten orígenes, intereses y trayectorias muy similares. En el caso concreto de Atolladero, rodada en el paraje semidesértico de las Bárdenas Reales de Navarra, se hecha de ver enseguida la influencia del cómic, por ejemplo, así como de un determinado cine independiente americano (el David Lynch de Wild at Heart, el Jim Jarmusch de Dead Man...)

Con la última de las anteriores, comparte precisamente esta película la presencia estelar en su reparto del cantante Iggy Pop, que aquí interpreta a Madden: un personaje repulsivo y sanguinario que trabaja a sueldo para el inquietante juez Wedley.



En realidad, Atolladero es una mezcla de géneros que lo mismo bebe del wéstern crepuscular que de la ciencia ficción distópica, aunque, como decíamos más arriba, siguiendo la senda marcada por títulos como Acción mutante (1993), que supuso, no hay que olvidarlo, otro debut: en este caso, el del ya mencionado Álex de la Iglesia. Junto con Airbag (también de 1997 y dirigida por el tercero en liza: Bajo Ulloa) conforman un panorama del cine español de aquella década cuyo rasgo más destacable sería, quizá, el carácter coral de la trama, amén de un gusto por la acción y la violencia casi inédito por estos pagos.

Nada es, sin embargo, lo que parece en esta película: ni las Bárdenas Reales son el desierto de Sonora en el 2048 ni Joaquín Hinojosa es Nicolas Cage, pero lo importante es que, tanto lo uno como el otro, dan absolutamente el pego. Es más: puede que hasta resulte incluso más convincente y todo que lo que de la Iglesia se propuso hacer, aquel mismo año, con la costosa (y fallida) Perdita Durango, rodada, ésta sí, en los escenarios reales del sur de los Estados Unidos que pretendía simular Atolladero.


martes, 6 de noviembre de 2018

Platillos volantes (2003)




Director: Óscar Aibar
España, 2003, 99 minutos

Platillos volantes (2003) de Óscar Aibar


A diferencia de lo que ocurre con determinados espacios televisivos de la noche del domingo (atención, por cierto, al cameo de Íker Jiménez hacia el minuto cincuenta de esta película), la cutrez de los ambientes y personajes reflejados en Platillos volantes no los convierte en involuntariamente cómicos, sino que, muy al contrario, nos muestra la cara más conmovedora de una realidad cotidiana a menudo desprovista de excesivos alicientes.

Porque tanto el corpulento José (Ángel de Andrés López) como el escuálido Juan (Jordi Vilches) han terminado refugiándose en la parafernalia estrambótica y seudocientífica de la ufología en busca de los encantos que difícilmente podría aportarles la existencia en un sórdido suburbio del cinturón industrial de Barcelona a principios de la década de los setenta.



En años de insoportable mediocridad monótona y gris, la pareja protagonista (inspirada, como suele decirse en estos casos, en un hecho real acaecido en Terrassa entre 1971 y 1972) sobrelleva los sinsabores de la desesperante cotidianeidad tardofranquista imaginando mundos de ideal alborozo más allá de nuestro sistema solar. Se ven, pues, a sí mismos como la avanzadilla de una civilización superior a quienes los extraterrestres han encomendado la ardua empresa de transmitir un mensaje trascendental que redima definitivamente a sus congéneres.

Conviene, por tanto, saber leer entre líneas cuál es la verdadera intencionalidad a la que obedece una película cuyos personajes tienen más de víctimas de un entorno represor que no de frikis excéntricos. De ahí que Óscar Aibar y su guionista Jorge Guerricaechevarría apostasen, con muy buen criterio, por incidir en el contexto obrero de lucha clandestina en el que se desarrollan los hechos.