La visita hoy domingo del austríaco Ulrich Seidl a la sede de la Fundació Miró, en el marco del Festival u22 de cine joven de Barcelona, ha permitido que los asistentes, además de un interesante coloquio con el director, pudiesen disfrutar también de la proyección de tres de sus cortometrajes.
Brüder, laßt uns lustig sein (2006) es una boutade de apenas un minuto de duración en la que dos individuos, sentados y completamente desnudos, se masturban mirando fijamente a cámara mientras suena de fondo una alegre melodía de Mozart. La pieza, concebida como una de las típicas provocaciones del cineasta, se incluyó en The Mozart Minute, filme colectivo, fruto de un encargo con motivo del 250 aniversario del nacimiento del compositor de Salzburgo, en el que más de una veintena de realizadores austriacos proponían miniaturas artísticas vinculadas de algún modo con su música.
La visita hoy domingo del austríaco Ulrich Seidl a la sede de la Fundación Miró, en el marco del Festival u22 de cine joven de Barcelona, ha permitido que los asistentes, además de un interesante coloquio con el director, pudiesen disfrutar también de la proyección de tres de sus cortometrajes.
Der Ball (1982) es un mediometraje cuya acción transcurre en la localidad de Horn, ciudad provinciana de la Baja Austria que cada año vive una auténtica fiebre con motivo del baile de gala organizado por las autoridades locales. Al igual que Einsvierzig (1980), se trata de uno de los trabajos que el joven Seidl, bajo la innegable influencia de Jean Eustache, fallecido un año antes y a quien va dedicado el filme, realizó durante su estancia en la Escuela de cine.
Aparte de moverse al ritmo frenético de la "Ententanz" (versión germánica de la que procede el célebre "Baile de los Pajaritos" que popularizara María Jesús con su acordeón), las fuerzas vivas del lugar demuestran un especial esmero a la hora de ocuparse de los preparativos para que todo salga a pedir de boca.
Sin embargo, dicha meticulosidad provocaba las risas del público cuando la película se proyectó en Viena, por lo que el alcalde y el resto del consistorio prohibieron la cinta, al tiempo que Seidl recibía la condena explícita por parte de sus profesores en la Escuela de cine debido a la mala imagen que, según ellos, ofrecía su visión de las clases conservadoras.
La visita hoy domingo del austríaco Ulrich Seidl a la Fundación Miró, en el marco del Festival u22 de cine joven de Barcelona, ha permitido que los asistentes, además de un interesante coloquio con el director, pudiesen disfrutar también de la proyección de tres de sus cortometrajes.
El primero de ellos, Einsvierzig (1980), presenta el caso de un par de personas, hombre y mujer, aquejadas de enanismo. La vida cotidiana junto a sus padres e hijos, los comentarios y suspicacias que su particularidad física despierta entre quienes les rodean, conforman un curioso retrato no exento de cierta mirada sarcástica. Sobre todo en el caso de Karl Wallner, el individuo cuya breve estatura sirve de título.
Se ha hablado mucho durante estos últimos días del mítico (y bastante mitificado) Festival de Woodstock con motivo del cincuenta aniversario de su celebración. Magno acontecimiento no sólo desde el punto de vista musical, sino, sobre todo, por lo icónico del significado que acabó adquiriendo en el contexto de la Guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos. Sin embargo, nuestro propio entorno fue también escenario de certámenes de similar trascendencia política y de los que, pese a no ser tan multitudinarios, quedó igualmente un testimonio fílmico.
A mediados de la década de los setenta, más o menos por las mismas fechas de la muerte de Franco, el cineasta Francesc Bellmunt realizó un par de documentales que dejaban constancia del momento particularmente efervescente que estaba viviendo la sociedad catalana en la antesala de lo que posteriormente daría en denominarse la Transición. En ese sentido, tanto La Nova Cançó (1976), primero, como Canet Rock (1976), inmediatamente después, no sólo preservaron para la posteridad las actuaciones de aquellos legendarios artistas, sino que el paso del tiempo les ha conferido el rango de verdaderos documentos históricos.
Pau Riba y Jaume Sisa
De las declaraciones recogidas por Àngel Casas a pie de calle se desprende que algunos de los anhelos que entonces se reivindicaban, con la esperanza puesta en el advenimiento de un régimen democrático, por desgracia están aún por cumplir. Pero son las entrevistas a personalidades destacadas de las artes o de las fuerzas vivas del país las que tienen más enjundia. Sorprende, por ejemplo, ver a Jordi Pujol en calidad de directivo de una entidad bancaria. Y, más aún, que el señor Casas, tuteándole, le suelte: "¿Tú crees que Banca Catalana nos daría un crédito para nuestra película?" A lo que el futuro Molt Honorable responde, ¡cómo no!, con evasivas, marcando ya una tendencia que caracterizaría su posterior trayectoria política.
Son, no obstante, las canciones de intérpretes como Lluís Llach o Raimon las que ocupan la mayor parte del metraje. Algunas, caso de "La cultura" de Pi de la Serra, dejando ir proclamas incendiarias: "Cultura és una paraula delicada / tan perillosa com la dinamita / generalment en manca més que en sobra / generalment tothom en necessita"; otras, según afirma el estrafalario Jaume Sisa al presentar "Qualsevol nit pot sortir el sol", venidas del Poble Sec, de las profundidades subterráneas de la Font del Gat. Hasta La Trinca se anima sobre el césped del Camp Nou con "Butifarra de pagès". Y aunando ambas vertientes, lo subversivo con lo festivo, "La fera ferotge" de Ovidi Montllor. Invento de la burguesía catalanista para unos, vehículo al servicio de los intereses del pueblo en opinión de otros, lo cierto es que la Nova Cançó quedó indisolublemente ligada a las aspiraciones y protestas de aquel período. Pau Riba, siempre tan iconoclasta, lo define a la perfección cuando Àngel Casas le pregunta: "¿Crees que ayudas a la cultura catalana?" Y el otro va y responde: "¡Sí, destruyéndola!"