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martes, 11 de agosto de 2026

Sueños de trenes (2025)




Título original: Train Dreams
Director: Clint Bentley
EE.UU., 2025, 102 minutos

Sueños de trenes (2025) de Clint Bentley


Trasladar a la pantalla el relato homónimo de Denis Johnson (1949-2017) parecía a priori una tarea difícil por lo conciso de su lírica, pero el director Clint Bentley y el guionista Greg Kwedar logran en Train Dreams (2025) adaptar con maestría la textura del tiempo y la memoria. Y es que, lejos del efectismo del wéstern tradicional, la película se adentra en la vida del leñador Robert Grainier (Joel Edgerton) para erigir un emotivo homenaje a esas existencias anónimas que presenciaron el vertiginoso nacimiento del siglo XX.
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Ambientada en los vastos bosques de Idaho, la cinta (nominada a cuatro premios Óscar) aborda el conflicto entre la naturaleza indomable y el avance ensordecedor de la modernidad. En ese sentido, la espléndida fotografía del brasileño Adolpho Veloso, apoyada en una paleta terrosa y luz natural, captura el polvo, la madera y el barro con precisión casi palpable. A esto se suma la delicada banda sonora de Bryce Dessner y un diseño sonoro donde el crujir de los abetos y el silbato lejano de las locomotoras dialogan constantemente con la soledad del protagonista.



​Por otra parte, el anclaje emocional de la trama recae en un magnífico Joel Edgerton, cuya interpretación de Grainier destaca por su contención absoluta. Así pues, el actor canaliza la tragedia y el desgaste físico a los que debe hacer frente a través de microgestos y miradas perdidas, evitando de este modo cualquier sobreactuación. Acompañado por la presencia luminosa de Felicity Jones como su esposa Gladys, el reparto secundario aporta la realidad humana de una frontera habitada por seres vulnerables que intentan encontrar su lugar en el mundo.
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Con una estructura que evoca el fluir de la memoria, narrada en off por Will Patton, la película utiliza los trenes como símbolo del progreso destructivo y de la erosión de un modo de vida primitivo. De ahí que, sin caer en moralismos ni artificios dramáticos, Bentley confíe en la intuición del espectador para darle sentido a los numerosos silencios de su puesta en escena. El resultado es una bella elegía cinematográfica, a medio camino entre la literatura de Thoreau y el trascendentalismo de, por ejemplo, Terrence Malick, que demuestra cómo en ocasiones los relatos más profundos suelen encontrarse en los márgenes de la gran Historia oficial.



martes, 24 de marzo de 2026

Meek's Cutoff (2010)




Título en español: El atajo de Cutoff
Directora: Kelly Reichardt
EE.UU., 2010, 104 minutos

Meek's Cutoff (2010) de Kelly Reichardt


La principal particularidad de Meek's Cutoff (2010) radica en esa atmósfera particularmente pausada que se impone sobre la propia acción, motivo por el cual transcurren más de siete minutos desde el inicio de la película hasta que se pronuncia la primera palabra de unos diálogos que tampoco van a ser ni muy prolijos ni muy fluidos (los personajes apenas si vocalizan) durante el resto del metraje. En ese sentido, el wéstern de la norteamericana Kelly Reichardt (Florida, 1964) constituye un ejercicio minimalista de paciencia y realismo crudo que subvierte casi todas las convenciones de dicho género. Así pues, allí donde el modelo tradicional solía celebrar la conquista y el heroísmo expansivo, Reichardt se centra, en cambio, en el error, el agotamiento y la asfixiante incertidumbre de lo desconocido.

Ambientada en 1845, la película sigue el arduo periplo de tres familias que viajan en caravana por el desierto de Oregón. Han confiado sus vidas a Stephen Meek, guía fanfarrón y algo estrafalario que afirma conocer un atajo. Sin embargo, los días pasan, el agua se agota y ese supuesto atajo parece ser un camino hacia la nada. No obstante, el corazón de la película es Emily Tetherow (interpretada magistralmente por Michelle Williams), ya que a través de ella vemos la dinámica de poder de la época, con los hombres reunidos aparte discutiendo en susurros el destino del grupo, mientras las mujeres esperan a lo lejos.



A diferencia de otros filmes sobre pioneros, aquí no hay grandes tiroteos ni duelos al sol, sino que el verdadero enemigo es el silencio, el polvo y la incertidumbre. A tal efecto, la directora utiliza un estilo visual y narrativo, subrayado por la banda sonora de Jeff Grace, que exige mucho del espectador, valiéndose de un formato casi cuadrado que crea sensación de claustrofobia a pesar de que la acción se sitúa en espacios abiertos; de tal forma que el espectador se siente atrapado con los personajes, limitando nuestra visión periférica justo como los sombreros que lucen las mujeres limitan la suya.

En definitiva, el título de la cinta no sólo se refiere a una ruta física, sino a la arrogancia del hombre blanco. Según dicha lectura, Meek representaría el mito del conquistador que, en realidad, se halla perdido, sugiriendo que el progreso estadounidense se construyó sobre la base de seguir ciegamente a líderes incompetentes pero ruidosos, mientras se ignoraba a quienes, como las mujeres en este caso, comprendían realmente la esencia de aquella tierra. Circunstancia que queda meridianamente clara cuando el grupo captura a un nativo americano (Rod Rondeaux) y Meek lo quiere matar, mientras que Emily decide protegerlo, no debido a una bondad ingenua, sino por lógica pragmática, ya que es el indio, el único que realmente conoce el terreno, quien puede sacarlos del atolladero.



sábado, 21 de marzo de 2026

La diligencia (1939)




Título original: Stagecoach
Director: John Ford
EE.UU., 1939, 96 minutos

La diligencia (1939) de John Ford


La madre de todas las road movies fue, además, la película que Orson Welles confesaba haber visto más de cuarenta veces para aprender el oficio antes de lanzarse a rodar él mismo su Ciudadano Kane (1941). Wéstern mítico que, por otra parte, supuso el inicio de la colaboración profesional entre John Ford y John Wayne, quien interpreta al intrépido Ringo Kid. Su aparición en pantalla, con la cámara avanzando hacia adelante y dejando el rostro del actor momentáneamente desenfocado hasta definirse en un primer plano del mismo, constituye uno de los instantes icónicos de la historia del género.

Nueve individuos, a cuál más pintoresco, se dan cita a bordo de esa mítica diligencia que atravesará territorio apache bajo la amenaza constante de que los adeptos de Gerónimo se abalancen sobre ellos. Planteamiento que posteriormente se reutilizaría con bastante asiduidad (hasta llegar, incluso, a la odisea espacial de los tripulantes de la nave Enterprise en Star Trek), pero que sin embargo se presta a no pocas lecturas alegóricas. Y es que tanto los pasajeros como su accidentado periplo no dejan de ser una metáfora de la propia sociedad norteamericana, diversa en cuanto a la procedencia de sus habitantes y fruto de la lucha constante que supuso la conquista del Oeste ya desde los tiempos remotos de los pioneros.



En esa variopinta mezcolanza de elementos que integran el reparto de Stagecoach (1939) lo mismo tienen cabida Dallas (Claire Trevor), la prostituta expulsada por la Liga de la Decencia, que el ya mencionado Ringo Kid, un forajido en busca de venganza. O el alcoholizado doctor Boone (Thomas Mitchell), más pendiente de empinar el codo a todas horas que de preservar intacta su reputación de excelente cirujano. Y, no obstante, ellos son los más íntegros en comparación con el banquero Gatewood (Berton Churchill), quien pese a huir con dinero robado es el que más sermonea sobre la moral, mientras que el jugador Hatfield (John Carradine) se rige por un código de honor aristocrático que resulta por completo anacrónico.

Una portentosa puesta en escena, con esas inolvidables persecuciones a través de Monument Valley, magníficamente fotografiado en blanco y negro por Bert Glennon, deja infinidad de instantáneas para el recuerdo. Glorioso escenario mediante el que Ford recrea en imágenes el nacimiento de una nación, pero cuyos diálogos contienen también réplicas sorprendentemente premonitorias como aquel comentario del maquiavélico Gatewood en el que el banquero suelta primero un "América para los americanos" para, acto seguido, afirmar que "El presidente de los Estados Unidos debería ser un hombre de negocios". Palabras que hoy, en plena vorágine trumpista, adquieren una dimensión dolorosamente trágica.



martes, 24 de febrero de 2026

Hombre sin fronteras (1971)




Título original: The Hired Hand
Director: Peter Fonda
EE.UU., 1971, 90 minutos

Hombre sin fronteras (1971) de Peter Fonda


Debut en la dirección de Peter Fonda, quien también protagoniza lo que el paso del tiempo ha terminado convirtiendo en película de culto. En efecto, la escasa repercusión que The Hired Hand (1971) obtuvo en el momento de su estreno la condenó injustamente a un olvido del que por fin fue rescatada varias décadas después, en 2001, cuando varias instituciones, entre ellas la Film Foundation de Scorsese, aunaron esfuerzos para restaurarla y devolverle la relevancia que verdaderamente merecía.

Sea como fuere, si por algo destaca la cinta que nos ocupa es por una particular atmósfera de quietud melancólica que la excelente fotografía de Vilmos Zsigmond y la banda sonora de Bruce Langhorne no hacen sino subrayar. En ese sentido, los personajes ideados por Alan Sharp, autor del guion, viven inmersos en un ambiente de perpetuo lirismo introspectivo en el que, aparte de momentos muy puntuales de confrontación, parece haberse detenido el tiempo.



Tras el éxito inesperado de Easy Rider (1969), la Universal pretendía repetir la jugada mediante producciones de bajo presupuesto en las que los actores implicados en la hoy ya mítica película de Dennis Hopper y su camarilla de moteros contraculturales pudiesen dar rienda suelta a su talento. Algo que, en el caso de Fonda, pasaba por remedar, en cierto modo, el personaje taciturno de Wyatt, reconvertido ahora en el jinete Harry Collings, un hombre que, después de varios años vagando sin rumbo fijo por la frontera, en compañía de su fiel amigo Arch Harris (Warren Oates), decide regresar a casa con Hannah (Verna Bloom), la esposa a la que en su día abandonó.

A diferencia de lo que ocurre en los wésterns clásicos, aquí no se dan cita los elementos típicos como motor principal de la acción, sino que el conflicto es puramente emocional y doméstico. En ese sentido, en lugar de recibirlo con los brazos abiertos, Hannah lo acepta como peón a sueldo (el "hired hand" del título original), sometiéndolo a una dura prueba de humildad y constancia antes de reconocerlo nuevamente como marido. De hecho, su interpretación constituye la columna vertebral de la película, por lo que, sin su firmeza, el viaje de redención de Harry carecería de peso.



sábado, 24 de enero de 2026

Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera (1996)




Director: Álvaro Sáenz de Heredia
España, 1996, 90 minutos

Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera (1996)


Algo genuinamente auténtico debía tener Chiquito de la Calzada cuando tantos años después de su fallecimiento sigue generando memes y demás virguerías que hoy permite la inteligencia artificial. Fenómeno sociológico que, ya en vida del susodicho, dio pie a una peculiarísima trilogía cinematográfica dirigida por Álvaro Sáenz de Heredia y cuya primera entrega, Aquí llega Condemor, el pecador de la pradera (1996), fue un atípico wéstern rodado, como no podía ser de otro modo, en las instalaciones del mítico mini Hollywood almeriense.

Independientemente de su argumento, tan olvidable como la propia cinta, lo que salta de inmediato a la vista es que tanto las situaciones como los diálogos no son más que un pretexto para que Chiquito pueda colocar su memorable repertorio de frases y hallazgos lingüísticos. Un idiolecto, el "chiquistaní" que, a base de fistros y otros neologismos por el estilo, dejó huella en el habla cotidiana y aun en el lenguaje corporal ("No puédorr, no puédorr...").



Sin embargo, la forma de expresarse del personaje recurre a mecanismos todavía más creativos desde el punto de vista gramatical, como por ejemplo los símiles por vía comparativa de superioridad ("Más calor que un camello cargado de maletas") o las deformaciones fonéticas, ya sea por influjo del origen andaluz de Chiquito o, en ocasiones, debido a su afición al inglés macarrónico, justificada aquí por la ambientación de la trama en el Far West.

Bigote Arrocet, en su línea habitual de sucedáneo de Cantinflas, da la réplica perfecta como comparsa del aristócrata francés en este vehículo para el lucimiento absoluto de Chiquito de la Calzada en el momento de pleno apogeo de su popularidad. Juntos encarnan lo que pudiera considerarse una típica pareja de reminiscencias quijotescas, pero desde la óptica kitsch de una producción de serie B que oscila entre lo absurdo y lo genial (más lo primero que lo segundo).



lunes, 10 de noviembre de 2025

Open Range (2003)




Título en español: Campo abierto
Director: Kevin Costner
EE.UU., 2003, 139 minutos

Open Range (2003) de Kevin Costner


A diferencia de lo que ocurría en Bailando con lobos (1991), el gran éxito de público y crítica de Kevin Costner, coronado con siete premios Óscar, la posterior Open Range (2003) discurre por unos derroteros mucho más convencionales. De entrada porque la presencia de aborígenes norteamericanos brilla por su ausencia, tratándose de una historia entre colonos y ganaderos que dirimen sus diferencias a tiro limpio. Aunque también es cierto que, ya en pleno siglo XXI, la corrección política hacía inviable abordar según qué temas y de ahí que la pareja protagonista, en vez de congeniar con tribus indígenas, se dedique a salvar a un perro de morir ahogado o suelte, incluso, alguna que otra lagrimilla porque le han matado el suyo...

En todo caso, es éste un wéstern atípico por el hecho de haberse rodado en Canadá (concretamente en el estado de Alberta), lo cual le otorga una apariencia paisajística, en honor a su título original, de grandes espacios abiertos en los que el equipo de producción invirtió más de un millón de dólares en levantar un poblado desde cero, ya que a Kevin Costner no le gustaba ninguno de los que se hallaban en los contornos, si bien el lugar elegido estaba tan aislado que tuvieron que gastarse otros 40.000 dólares más sólo para construir una carretera que llegase hasta allí.



Aun así, la clave para comprender las motivaciones de Charley y Boss, interpretados respectivamente por unos Kevin Costner y Robert Duvall cuya química constituye una de las principales bazas de la película, reside en que a sus personajes no les mueve la sed de venganza, sino el afán de llevar a cabo un acto de justicia. De ahí que la trama se desarrolle a ritmo lento hasta desembocar en el clímax del tiroteo final, no sin antes recrearse en la belleza indómita de unos parajes que la excelente fotografía de J. Michael Muro capta con una paleta de tonalidades inspirada en la obra de pintores norteamericanos del XIX como, por ejemplo, los paisajistas del Oeste Albert Bierstadt y Frederick Edwin Church.

Por último, la presencia en el elenco de Annette Bening como Sue Barlow, la mujer que ofrece a Charley y a Boss el atisbo de un futuro más tranquilo, aporta una cuota de sensibilidad que la banda sonora de Michael Kamen no hace sino subrayar. Elementos de un filme crepuscular, a ratos incluso sombrío, en el que el eco clásico de Ford y Hawks (pero también del Clint Eastwood de Sin perdón) se traduce en dos espíritus libres que cabalgan juntos mientras conducen su ganado a través de la vasta pradera. Razón por la cual no dudarán en rebelarse contra las tropelías de un terrateniente tiránico cuando se adentren en los dominios de Denton Baxter (Michael Gambon).



martes, 16 de septiembre de 2025

Eddington (2025)




Director: Ari Aster
EE.UU./Reino Unido/Finlandia, 2025, 148 minutos

Eddington (2025) de Ari Aster


Tal y como ya sucedía en Beau is Afraid (2023), el tándem Ari Aster-Joaquin Phoenix vuelve a proporcionarnos una experiencia cinematográfica de lo más intenso gracias a la muy estimable Eddington (2025), recreación en clave tremendista de la sociedad americana durante la pandemia por Covid-19 de hace cinco años. En ese sentido, el trasfondo que se intuye en la pequeña localidad de Nuevo Méjico en la que transcurren los hechos dibuja un panorama marcado por la crispación continua a través de las redes, ya sea en el marco de conflictos raciales o políticos.

Joe Cross, el sheriff al que da vida Joaquin Phoenix, responde a un perfil que sería el prototipo de individuo dispuesto a todo con tal de permanecer en el cargo e incluso llegar a más, cueste lo que cueste. De ahí el pulso encarnizado que mantiene con el alcalde Ted Garcia (Pedro Pascal) para arrebatarle el control de la ciudad. Que sus métodos no sean precisamente los más ortodoxos aporta momentáneamente un cierto toque cómico que la realidad, tras el advenimiento de la era Trump, nos recuerda que no es ninguna broma.



Por eso la etiqueta de wéstern moderno con la que casi unánimemente está siendo recibida semejante propuesta en el mundo entero se queda corta para definir una cinta cuyo sentido último apunta en la dirección del miedo, la paranoia y la amenaza que surge en momentos de extremismo político y polarización. Asimismo, el personaje de Emma Stone, al igual que su madre, una mujer enfermizamente obsesionada con teorías conspirativas de todo tipo, representan cómo la posverdad y la manipulación informativa pueden arraigar en el seno de una sociedad aparentemente democrática.

De todo lo cual se deduce una crítica clara a la radicalización de ideologías, tanto de derecha como de izquierda, y a la forma en que el miedo al “otro” convierte a vecinos en enemigos. Una ciudadanía más pendiente de grabar y difundir con sus teléfonos móviles lo que ocurre a su alrededor que de participar activamente en la vida pública para evitar el colapso de las instituciones. Algo que, a su vez, conecta con una visión demoledora de la masculinidad tradicional, autoritaria, que cree poder controlar el entorno mediante su fuerza o carisma, pero que termina desmoronándose ante la complejidad de un mundo al borde del abismo.



domingo, 7 de septiembre de 2025

El juez de la horca (1972)




Título original: The Life and Times of Judge Roy Bean
Director: John Huston
EE.UU., 1972, 120 minutos

El juez de la horca (1972) de John Huston


The Life and Times of Judge Roy Bean (1972) ejemplifica hasta qué punto el Hollywood de principios de los setenta había dejado de tomarse en serio a sí mismo. De ahí ese aire caricaturesco que impregna la puesta en escena de John Huston de principio a fin de una película que es al wéstern lo que el vodevil a la tragedia clásica. Efectivamente, los códigos del género quedan aquí revertidos en aras de una comicidad que no es sino la cara amable de eso que comúnmente se ha denominado "tono crepuscular".

Por otra parte, la particular forma que tiene el protagonista de aplicar la ley en sus dominios refleja, a su vez, el carácter excéntrico de un cineasta, el mismo Huston que previamente había dirigido El tesoro de Sierra Madre (1948) o Vidas rebeldes (1961), que para aquel entonces ya estaba de vuelta de todo. En ese sentido, la cinta que nos ocupa no sólo desafía las convenciones establecidas, sino que las deconstruye con un lenguaje visual y narrativo cargado de ironía, lirismo y una nostalgia profundamente ambigua.



Aun así, lo que resulta realmente innovador del guion de John Milius no es sólo su capacidad para mezclar lo épico con lo absurdo, sino su osadía al estructurar la historia como una serie de viñetas que se sienten casi como capítulos de una leyenda contada por un borracho lúcido. Por consiguiente, el juez Roy Bean, interpretado con una mezcla de brutalidad encantadora y socarronería extravagante por Paul Newman, no es tanto una figura legendaria como un símbolo mutable: juez, forajido, mártir, tirano y, finalmente, un eco romántico de un mundo que nunca existió tal como se cuenta.

En realidad, lo más fascinante del personaje es que parece celebrar y ridiculizar el mito del wéstern en la misma jugada. No se trata de una parodia ni de un homenaje ciego: es más bien una meditación excéntrica sobre cómo los mitos fundacionales de Estados Unidos fueron construidos a partir de excesos, errores y versiones altamente idealizadas de la realidad. Por eso Roy Bean no es tanto un héroe trágico ni un villano redimido, sino más bien una invención viva del tipo de historia que el cine ha solido contar para autolegitimarse.



sábado, 6 de septiembre de 2025

Los indeseables (1972)




Título original: Pocket Money
Director: Stuart Rosenberg
EE.UU., 1972, 102 minutos

Los indeseables (1972) de Stuart Rosenberg


Si lo que se proponía la productora de Paul Newman con esta película era reeditar el éxito de anteriores filmes protagonizados por la estrella, tales como La leyenda del indomable (1967) o Dos hombres y un destino (1969), lo cierto es que el tiro les salió por la culata. Porque ni hubo sintonía entre el actor y su compañero de reparto, Lee Marvin, lo cual se percibe en la pantalla, ni la cinta logró atraer la atención del público y la crítica. De ahí que se pueda decir que, en muchos aspectos, Pocket Money (1972) fue un proyecto fallido.

El aire crepuscular que rezuma la fotografía terrosa del húngaro László Kovács, en el marco de un paisaje cuya aridez abarca desde el desierto de Arizona hasta las polvorientas llanuras mejicanas, contrasta con un ligero toque humorístico puesto al servicio de dos perdedores de vida errática. En realidad, tanto Jim (Newman) como Leonard (Marvin) forman una pareja despareja cuya química es menos cómica que melancólica, reflejando una masculinidad en proceso de derrumbe.



Bajo la superficie de la desaliñada puesta en escena late una crítica sutil al sueño americano y una elegía a los vínculos masculinos condenados a desaparecer en el contexto de un mundo en continua transformación. No es casual, por tanto, que fuese Terrence Malick quien escribiese la historia, pues ya entonces anticipaba su fascinación por los personajes que se disuelven en la vastedad del paisaje, por los seres que caminan hacia ninguna parte, cargando con su soledad como único equipaje.

Por otra parte, el interés de Stuart Rosenberg por los individuos marginales le llevó a plantear su propia exploración del desencanto en la que la descomposición del mito americano aparece disfrazada bajo la apariencia de una buddy movie ambientada en el Oeste moderno. Así pues, su mirada resulta seca, casi impasible, como si contemplara a sus personajes con una mezcla de ternura y distancia crítica. Algo que la elección del formato panorámico contribuye a subrayar, enmarcando la errancia existencial de estos dos hombres fuera de lugar, fuera de tiempo.



lunes, 25 de agosto de 2025

Dos hombres y un destino (1969)




Título original: Butch Cassidy and the Sundance Kid
Director: George Roy Hill
EE.UU./Méjico, 1969, 110 minutos

Dos hombres y un destino (1969)


Varias razones explican el éxito, tanto comercial como a nivel de crítica, que obtuvo Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969). Por una parte, la cinta de George Roy Hill, con guion de William Goldman, planteaba una relectura del género wéstern que supuso su puesta al día en clave ligeramente contracultural. Así pues, la banda sonora de Burt Bacharach le daba al conjunto un cierto aire pop, en alguna secuencia incluso prescindiendo de los diálogos, que se vio recompensado con un par de premios de la Academia.

Al mismo tiempo, la química entre la pareja protagonista, unos Paul Newman y Robert Redford en estado de gracia, retomaba el espíritu de las comedias de colegas (un poco como Bob Hope y Bing Crosby), pero ahora bajo el prisma más sugerente que la condición de sex symbol de ambos actores otorgaba a sus respectivos personajes. Sobre todo porque, formando trío con Katharine Ross, constituían una especie de ménage a lo Jules et Jim (1962) que conectaba de pleno con la estética renovadora de la Nouvelle Vague francesa.



Los más de cien millones de dólares que la película recaudó en taquilla certifican la enorme repercusión de una cinta mediante la que la industria hollywoodense se reinventaba para salir reforzada de cara a un nuevo escenario en el que el público demandaba ya otro tipo de productos más acordes con el signo de los tiempos.

Todo lo cual no impide que el filme destile, asimismo, un aura retro que se manifiesta en los insertos color sepia con imágenes que remedan las proyecciones de la época muda, tal vez con la intención de resaltar el carácter mítico de los protagonistas, así como la nostalgia hacia un mundo que ya no existe y cuya principal característica sería la visión romántica del forajido.



jueves, 21 de agosto de 2025

Un hombre (1967)




Título original: Hombre
Director: Martin Ritt
EE.UU., 1967, 111 minutos

Un hombre (1967) de Martin Ritt


Otro título que comienza por H, como Hud (1963), Harper (1966) o The Hustler (1961), y otra de las películas que cimentaron la leyenda de Paul Newman. Hombre (1967) planteaba el curioso caso de un individuo, de nombre John Russell, que tras haber sido criado por los apaches recibe la herencia del viejo inglés que lo adoptó. Ello hace que se corte la cabellera y acuda a la casa que ahora es suya, sí, pero sin renunciar ni un ápice a la esencia india que adquirió en la reserva y que él considera su verdadera identidad.

El núcleo central de la trama sitúa a los personajes en una ardua travesía a bordo de una diligencia de resonancias tan fordianas como la propia aculturación del susodicho Russell: wésterns como Centauros del desierto (1956) o Dos cabalgan juntos (1960) relataban, de hecho, episodios similares de niños blancos secuestrados por tribus indígenas. Ahora, sin embargo, la novedad radicaba en el protagonismo innegable del marginal, de alguien hasta entonces repudiado, pero al que las circunstancias lo convierten en indispensable para la supervivencia del grupo.



El carácter lacónico e incluso altivo con el que Newman adorna su composición de indio orgulloso hacen de Russell uno de esos personajes inolvidables, siempre con la réplica precisa a punto cuando debe hacerse valer ante sus compañeros de viaje. Algunos, como la experimentada Jessie (Diane Cilento), sentirán una cierta atracción hacia él, por más adusto que se muestre en el trato. Otros, caso del corrupto Favor (Fredric March), no tendrán más remedio que rendirse a la evidencia de su superioridad moral.

Última de las seis ocasiones en que Newman trabajó a las órdenes del director Martin Ritt (1914-1990), la historia gira en torno a un periplo que no es sino metáfora de la vida, con sus tensiones y prejuicios. Asimismo, cuando el carruaje es atacado y los protagonistas quedan a su suerte en mitad de la nada, la incertidumbre aumenta y las verdaderas personalidades de cada cual emergen. Llega entonces el momento en el que el estoico John Russell, el "Hombre" que posee la sabiduría de los apaches pese a que no encaja en ninguno de los dos ámbitos, ni el de los indios ni el de los blancos, pasa a ser una especie de antihéroe que, sin buscarlo, se convierte en adalid de la honradez en un mundo desprovisto de ella.



domingo, 17 de agosto de 2025

Cuatro confesiones (1964)




Título original: The Outrage
Director: Martin Ritt
EE.UU., 1964, 96 minutos

Cuatro confesiones (1964) de Martin Ritt


Curioso e interesantísimo remake del Rashomon (1950) de Kurosawa, filme mítico que ya había sido objeto previamente de una adaptación teatral en Broadway. El caso es que Martin Ritt y su guionista Michael Kanin se llevan la acción al Far West de finales del siglo XIX para situarla en una destartalada estación de ferrocarril por donde apenas pasa ningún tren. Los tres personajes que allí se resguardan de la intensa lluvia son un predicador que ha perdido la fe (William Shatner), un veterano buscador de oro (Howard Da Silva) y un estafador de poca monta (Edward G. Robinson) cuyo cinismo propiciará que actúe como abogado del diablo mientras los otros dos le van relatando el oscuro incidente que ha tenido lugar en las inmediaciones de aquel distrito.

¿Y qué es lo que ocurrió realmente? Un individuo que responde al nombre de Juan Carrasco (Paul Newman) detiene el carruaje de una pareja de recién casados para ofrecerles un valioso puñal procedente de un supuesto tesoro azteca. A resultas de lo cual se produce un trágico desenlace. Para saber cómo discurrieron los hechos, cada testigo relata lo que, a su vez, escuchó contar en el juicio, ya fuese por boca del principal acusado, la esposa de la víctima (Claire Bloom) o un viejo chamán indio (Paul Fix). Al visualizar todas y cada una de esas variantes, el espectador tiene la posibilidad de decantarse por la opción que más plausible le parezca, ya sea la violación de la mujer, el asesinato o la muerte accidental del marido (Laurence Harvey).



Sin duda lo más llamativo de The Outrage (1964) es ver a Newman caracterizado de mejicano, intentando remedar, sin demasiado éxito, un acento y una forma de comportarse que culturalmente le quedaban muy lejos. Al menos, aunque esto raya un tanto en lo cómico, el hecho de que la cinta se rodase en blanco y negro ayudó a disimular los proverbiales ojos azules de la apolínea estrella de Hollywood. Aun así, su esfuerzo por dotar de verosimilitud al forajido Carrasco se distingue por ese sello inconfundible (excesivo, sobreactuado) que poseían los actores del método.

Como si de un rompecabezas se tratase (y de hecho lo es), las distintas versiones de lo ocurrido se van sucediendo en forma de flashback hasta conformar un complejo mosaico donde se hace difícil dilucidar cuál es la verdad. A fin de cuentas, como dice el predicador al final de la película, todos somos culpables de algo, todos somos cobardes, todos hemos mentido alguna vez y acaso, más allá de una suma de muchos y muy diversos puntos de vista, esa sea la única verdad que existe.



domingo, 10 de agosto de 2025

Hud, el más salvaje entre mil (1963)




Título original: Hud
Director: Martin Ritt
EE.UU., 1963, 100 minutos

Hud (1963) de Martin Ritt


La buena sintonía entre Paul Newman y el director Martin Ritt motivó que ambos decidieran fundar conjuntamente una productora cinematográfica cuyo nombre, tal vez en alusión a la caza de brujas macartista, sería Salem. En el primero de sus proyectos, un wéstern contemporáneo titulado Hud (1963), la estrella de Hollywood interpretaba a un tipo rudo, camorrista y mujeriego al más puro estilo tejano. Sin embargo, esa rebeldía sin causa aparente en la que vive instalado el personaje deja entrever la amargura que sobre él pesa al sentirse responsable de la muerte accidental de su hermano mayor.

Buena parte de ese sentimiento de culpa se lo ha transmitido su padre, el viejo Homer Bannon (Melvyn Douglas), hombre íntegro y respetable que se avergüenza del carácter díscolo del hijo. Con ellos vive Lonnie (Brandon De Wilde), nieto y sobrino, respectivamente, de los anteriores, y si bien el muchacho se siente en un principio atraído por la aparente seguridad de su tío, pronto demostrará que su temperamento se decanta más bien del lado recto del abuelo.



La nota femenina en aquella casa la pone Alma (Patricia Neal), cocinera madura e independiente por la que unos y otros experimentan una indisimulada atracción. En el caso del patriarca Bannon y de Lon, los sentimientos que les inspira la mujer son sobre todo de naturaleza maternal. En cambio, entre Hud y ella se establece una tensión sexual no resuelta de consecuencias imprevisibles.

Tres premios Óscar (para Douglas, Neal y a la fotografía en blanco y negro), de un total de siete nominaciones, certificaron el éxito de una película en la que se percibe el mismo tono crepuscular de, por ejemplo, Vidas rebeldes (The Misfits, 1961) de Huston. Así pues, el hecho de que los rancheros se vean obligados a sacrificar sus reses, en cumplimiento de lo que dictaminan las autoridades sanitarias, como también el precario estado de salud del viejo Bannon, augura no sólo la desintegración definitiva de una familia, sino el fin de una época y, lo que es más triste, el advenimiento de una sociedad más despiadada.



sábado, 19 de julio de 2025

El zurdo (1958)




Título original: The Left Handed Gun
Director: Arthur Penn
EE.UU., 1958, 103 minutos

El zurdo (1958) de Arthur Penn


Después de haberse formado en el ámbito televisivo, el director Arthur Penn (1922-2010) debutaba en el cine con el wéstern The Left Handed Gun (1958), una película de la que finalmente no quedaría del todo satisfecho. La razón habría que buscarla en los métodos de producción de una industria para la que el criterio de los cineastas apenas si contaba, motivo por el que los ejecutivos de la Warner dejaron a Penn al margen del proceso de montaje, así como de la elección del final.

Tampoco el guionista Gore Vidal la tenía en mucha estima, aunque en su caso la razón era más de índole personal, ya que no le sentó del todo bien que se le encargase a Leslie Stevens la reescritura de un libreto que previamente había servido de base para el telefilme The Death of Billy the Kid (1955), también protagonizado por Paul Newman.



Se ha comentado a menudo la inconveniencia de escoger a dicho actor para el papel principal (en un principio era James Dean el candidato, fallecido dos años antes en accidente automovilístico), considerando que Newman ya rebasaba por aquel entonces la treintena. Pero aunque Billy el Niño fuese originalmente un chaval de apenas dieciocho primaveras, lo cierto es que Newman, gracias a la destreza adquirida tras su paso por el Actor's Studio, supo dotar al personaje de una inusual carga psicológica que le venía muy bien para reflejar el carácter atormentado del mismo.

El ya mencionado Gore Vidal afirmó en su día, quizá cargado de razón, pero también de bastante mala leche, que éste era el tipo de película que sólo podía gustar a los franceses... Lo cual fue hasta cierto punto cierto si se tiene en cuenta que en América cosechó un auténtico fracaso de taquilla, mientras que la crítica europea contribuyó a ensalzar la celebridad de una cinta que reinventaba a Billy the Kid no como una figura histórica precisa, sino como un joven problemático e inadaptado, sediento de venganza, que no logra integrarse en una sociedad deliberadamente cruel con los que son diferentes.



miércoles, 2 de julio de 2025

Crin blanca (1953)




Título original: Crin blanc : le cheval sauvage
Director: Albert Lamorisse
Francia, 1953, 40 minutos

Crin blanca (1953) de Albert Lamorisse


¿Conocería Tarkovski Crin blanc (1953)? Parece plausible planteárselo teniendo en cuenta que la luminosidad de la Camarga, tal y como la plasma Albert Lamorisse en este mediometraje, en especial cuando su protagonista sueña con el caballo que es el objeto de sus desvelos, recuerda, y mucho, a cuanto anhelaba el niño de La infancia de Iván (1962). Aunque, por esa misma regla de tres, también cabría preguntarse si el John Huston de Vidas rebeldes (The Misfits, 1961) tuvo en mente esta maravilla a la hora de captar con su cámara las evoluciones de los mustangs a través de las llanuras del desierto de Nevada.

Al margen de las diversas similitudes que se puedan establecer entre éste y otros muchos títulos que dialogan a la perfección con la claridad de sus imágenes (por ejemplo, Tabú de Murnau), lo cierto es que la propia caligrafía de Lamorisse deja traslucir una serie de constantes que se repiten con bastante asiduidad a lo largo de su filmografía. En efecto, la estética visual del cineasta francés, a menudo con una puesta en escena en espacios abiertos, y en la que la poética de la infancia juega un papel determinante, permite deducir la obsesión por la libertad de alguien que considera la niñez como la única patria que verdaderamente nos pertenece.



En consonancia con esto último, sería posible igualmente establecer un paralelismo entre el carácter indómito del caballo y el del muchacho que lucha por evitar que los hombres lo domestiquen. A fin de cuentas, ambos simbolizan el mismo espíritu rebelde frente a la rigidez de lo convencional. En el caso del caballo, su color níveo, asociado con la pureza y lo etéreo, subraya su condición de ser casi mítico, encarnación de la libertad absoluta y salvaje cuya capacidad para evadir la captura, una y otra vez, simboliza la resistencia de la naturaleza ante la imposición y el control humano. En cambio, Folco (Alain Emery) representa la inocencia, la empatía y la capacidad de conexión auténtica, pues a diferencia de los rancheros que intentan someter al caballo por la fuerza, él se acerca a Crin Blanca con respeto, paciencia y un entendimiento intuitivo que le permite ver más allá de la utilidad o el poder, reconociendo en el caballo un espíritu afín al suyo.

Con un cierto toque wéstern, el paisaje de la inhóspita Camarga francesa, territorio virgen que constituye un personaje más de la película, refleja la indomabilidad del entorno en consonancia con la ya mencionada rebeldía del chico y del animal. Telón de fondo, en definitiva, de un verdadero poema cinematográfico con el que su director pretendió hacernos reflexionar sobre lo que significa ser realmente libre y el precio que con demasiada frecuencia hay que pagar por mantener intacta la propia esencia en un mundo de insufribles servidumbres.



sábado, 31 de mayo de 2025

Vidas rebeldes (1961)




Título original: The Misfits
Director: John Huston
EE.UU., 1961, 125 minutos

Vidas rebeldes (1961) de John Huston


Muchas y variadas son las razones que explicarían esa aureola de malditismo que desde siempre ha pesado sobre The Misfits (1961). De entrada porque el propio guion, escrito por Arthur Miller (reputado dramaturgo y, en aquel entonces, como todo el mundo sabe, marido de Marilyn Monroe), gira en torno de unos "inadaptados" cuyo mundo se halla al borde de la extinción. Un aire crepuscular que el fallecimiento de la pareja protagonista tras la que había de ser la última película de ambos (Clark Gable, de hecho, murió pocos días después de la finalización del rodaje) contribuyó a elevar a la categoría de mito, dando pie a todo tipo de rumores acerca de una supuesta maldición.

Leyendas al margen, lo cierto es que el proceso de filmación resultó un verdadero infierno a causa de las continuas desavenencias entre un John Huston en horas bajas y un elenco de intérpretes aquejado de adicciones y problemas mentales de diversa índole. Si a ello se le suma que la temperatura media en el desierto de Nevada en el que se rodaron los exteriores no bajó de los cuarenta grados, se comprenderá que la cinta estaba predestinada a ser un fracaso comercial.



Aun así, el paralelismo entre los mustangs (nombre con el que se conocen los caballos salvajes que habitan en las praderas) y los últimos cowboys, representados en el filme por el veterano Gay Langland (Gable) y el atormentado Perce (personaje idóneo para Montgomery Clift, en el declive de su carrera), actúa de motor de un drama en el que una divorciada tan bella como hipersensible (Monroe), su casera (Thelma Ritter) y un veterano piloto de guerra que se gana la vida como mecánico (Eli Wallach) completan la galería de perdedores.

La soberbia banda sonora de Alex North subraya el carácter trágico de una historia en la que no faltan, sin embargo, guiños cinéfilos como las fotografías de Marilyn que la protagonista femenina tiene colgadas en la puerta del armario o la alusión a unas cicatrices en la cara durante la conversación telefónica que el personaje de Monty Clift, víctima años antes de un grave accidente de tráfico, mantiene con su madre. Pinceladas cómicas, tal vez sarcásticas, en el contexto del retrato amargo de una realidad cuya belleza, presente en tantos wésterns, tocaba entonces a su fin porque el avance imparable del progreso dictaba que los jóvenes prefiriesen montar en motocicleta y que la carne de los corceles terminase siendo comida para perros.



jueves, 11 de julio de 2024

No tocar a la mujer blanca (1974)




Título original: Touche pas à la femme blanche !
Director: Marco Ferreri
Francia/Italia, 1974, 108 minutos

No tocar a la mujer blanca (1974) de Marco Ferreri


Tras el escándalo suscitado por La grande bouffe (1973), el italiano Marco Ferreri volvía de nuevo a la carga con Touche pas à la femme blanche ! (1974), un disparate premeditadamente anacrónico que sitúa la batalla de Little Bighorn en pleno centro de un París en obras. Sin duda, la película de un anarquista. Pero, precisamente por eso, un alegato muchísimo menos absurdo de lo que a simple vista pudiera parecer.

Y es que en el 74 la guerra de Vietnam estaba a punto de acabar, un conflicto en el que las tropas norteamericanas, como en los días del general Custer, terminarían siendo derrotadas por un rival a priori inferior. En ese sentido, Ferreri (y su guionista Rafael Azcona) no dan puntada sin hilo, de ahí las continuas alusiones al presidente Nixon, de cuyo retrato omnipresente se destaca una y otra vez su "mirada magnética".



Por otra parte, la solemnidad con la que los miembros del reparto interpretan sus respectivos papeles, pese a lo disparatado de la trama, remite al género de la farsa, en el que cuanto más trascendente se pone el actor más histriónica resulta su interpretación. Por ejemplo en el caso de Mastroianni, ataviado con una ridícula cabellera, o en el de Michel Piccoli haciendo de Buffalo Bill.

Queda meridianamente clara, pues, la intencionalidad crítica de una cinta que, más allá de parodiar el wéstern clásico, aspiraba sobre todo a burlarse de lo absurdo que es cualquier conflicto bélico, máxime si éste se produce como consecuencia del imperialismo yanqui. A este respecto, los estereotipos del salvaje Oeste que aquí se ridiculizan —la bella mujer blanca (Catherine Deneuve), el obtuso indígena asimilado (Ugo Tognazzi)— promueven una crítica implícita contra un cierto tipo de racismo estructural en el seno de la sociedad estadounidense, así como contra las actitudes colonialistas que definen la política internacional de la Gran Potencia.