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martes, 5 de agosto de 2025

Dulce pájaro de juventud (1962)




Título original: Sweet Bird of Youth
Director: Richard Brooks
EE.UU., 1962, 120 minutos

Dulce pájaro de juventud (1962) de Richard Brooks


Tras haber permanecido durante más de un año en los escenarios de Broadway, con un total de 375 representaciones, parecía lógico que el rotundo éxito cosechado por Dulce pájaro de juventud se tradujera en su correspondiente adaptación cinematográfica. Y así sucedió, sin duda, siendo de nuevo Richard Brooks, al igual que en La gata sobre el tejado de zinc (1958), el encargado de dirigirla. Asimismo, buena parte del elenco, encabezado por Paul Newman y Geraldine Page, volvió a interpretar los mismos papeles que en la versión teatral.

Tal vez lo más destacable de la puesta en escena ideada por Brooks sean los flashbacks que nos permiten rescatar vivencias anteriores de los personajes, lo cual posee enorme trascendencia tratándose de seres fatalmente marcados por su pasado. Por eso es tan importante para Chance (Newman) el regreso a su localidad natal, St. Cloud, donde le quedaron tantísimas cuentas por ajustar, o en el caso de Alexandra del Lago (Page) una adicción a las drogas y al alcohol que no es sino un mecanismo de defensa para evadir la realidad y protegerse de la angustia que le produce su condición de actriz en decadencia.



Por otra parte, y pese a que se optó por endulzar mínimamente el contenido de una historia ya de por sí turbia, el personaje central seguía siendo un individuo reprobable, especie de gigoló sin escrúpulos, aunque con aspiraciones a convertirse en estrella de cine a costa de Alexandra quien, a su vez, se aferra a él como una forma de prolongar la fantasía de juventud y vitalidad. A este respecto, resulta especialmente patética la secuencia en la que el susodicho implora a su protectora que le recomiende a la influyente personalidad que la vieja gloria atiende en aquel momento al teléfono.

No obstante, las estrictas normas que por aquel entonces se observaban en Hollywood en materia de censura motivaron diversos cambios respecto al texto original de Tennessee Williams. Así pues, en lugar de contraer una enfermedad venérea, la cándida Heavenly (Shirley Knight) se ve obligada a abortar. Y al bueno de Chance Wayne no lo castran, sino que "simplemente" le rompen la nariz. Además, ambos huyen juntos al final de la película, dejando atrás la irrespirable atmósfera represiva impuesta por Boss Finley (Ed Begley, Óscar al mejor secundario), con lo que la industria zanjaba la cuestión mediante su habitual happy ending.



domingo, 27 de julio de 2025

La gata sobre el tejado de zinc (1958)




Título original: Cat on a Hot Tin Roof
Director: Richard Brooks
EE.UU., 1958, 108 minutos

La gata sobre el tejado de zinc (1958)


Cat on a Hot Tin Roof (1958) responde a un planteamiento eminentemente teatral cuyos personajes permanecen recluidos en espacios interiores donde hablan, discuten e incluso llegan a las manos conforme las palabras van subiendo de tono. Como todo el mundo sabe, se trata de la adaptación cinematográfica de una pieza del estadounidense Tennessee Williams (1911-1983), autor célebre por la intensidad dramática que solía imprimir a sus obras.

Previamente, el montaje de Broadway había cosechado un éxito notable y algunos de los miembros del reparto original (caso de Burl Ives, en el papel de Big Daddy, o Madeleine Sherwood, en el de prolífica e insoportable nuera) repitieron ante las cámaras a las órdenes del director Richard Brooks. En cambio, para Paul Newman y Elizabeth Taylor, por aquel entonces estrellas emergentes, la película supuso la consagración definitiva de sus respectivas carreras, convirtiéndose, gracias a sus excepcionales interpretaciones, en uno de los títulos míticos de la filmografía de ambos.



De un modo u otro, todos los miembros de la familia protagonista cargan con una pesada mochila de vivencias traumatizantes, generalmente por razones afectivas o sexuales. Así pues, Brick (Newman) se refugia en la bebida en busca de consuelo tras el suicidio de su mejor amigo, lo cual provoca, a su vez, que su insatisfecha esposa (Taylor) busque en vano las caricias de un marido que la culpa de lo sucedido. Ni que decir tiene que la homosexualidad latente que se adivina en el origen de dicho conflicto quedó por completo atenuada debido a las presiones de una industria para la que ese tipo de relaciones constituía un tema tabú.

Mucho más que un melodrama sureño sobre la disfunción familiar, el mérito de la cinta reside en sus sutilezas, en las capas de significado que se despliegan bajo la superficie de la confrontación abierta. A pesar de las limitaciones impuestas por el Código Hays, se logra preservar gran parte de la mordacidad original, utilizando el subtexto y la simbología para explorar temas como la soledad compartida, la represión, la identidad sexual y la fragilidad de las apariencias.



martes, 13 de agosto de 2024

El cuarto poder (1952)




Título original: Deadline - U.S.A.
Director: Richard Brooks
EE.UU., 1952, 87 minutos

El cuarto poder (1952) de Richard Brooks


Título mítico en torno al mundo del periodismo, Deadline - U.S.A. (1952) contiene diálogos incisivos con réplicas geniales de esas que destilan inteligencia y humor a partes iguales. No en vano, el título español de la cinta, El cuarto poder, denota la trascendencia que se le suele atribuir a la prensa por su capacidad para influir sobre la opinión pública.

El equipo humano que integra la plantilla del The Day asiste con estupor a la compra inminente del diario por parte de la competencia, lo cual supondrá en la práctica, todo el mundo lo sabe, la desaparición del rotativo. Sin embargo, ahí está su redactor jefe, Ed Hutcheson, magistralmente interpretado por Humphrey Bogart, para demostrar que todavía siguen vigentes los ideales que llevaron a la creación de un periódico encargado de hacer que siempre prevalezca la verdad.

"Leche: esto podría provocarme una segunda niñez..."


Independientemente de lo que sería la propia trama de la película, el telón de fondo sobre el que giran los hechos descritos dibuja un escenario en el que la defensa a ultranza de la ética periodística pretende alertar de los peligros a los que quedaría expuesto un mundo sin medios de comunicación libres. O dicho con otras palabras: de cómo la democracia es inviable sin una información veraz. Por eso es tan importante que el The Day, diario de tradición progresista, no caiga en manos del corrupto Rienzi (Martin Gabel), un poderoso capo mafioso que utiliza la intimidación y la violencia para proteger sus intereses.

Aun así, y al margen de los intríngulis de una profesión capaz de desenmascarar las conexiones entre el poder y el crimen organizado, es la parte humana la que acaba prevaleciendo en el retrato de unos profesionales que, como en el caso de Hutcheson, se resisten a admitir que la que fuera su esposa (Kim Hunter) esté a punto de contraer matrimonio con un distinguido petimetre. A fin de cuentas, parafraseando las sabias e irónicas palabras de la venerable viuda Garrison (Ethel Barrymore), no resulta nada fácil estar casada con un periodista, alguien que sólo dispone de tiempo para amarte entre edición y edición.



martes, 23 de febrero de 2016

Buscando al señor Goodbar (1977)




Título original: Looking for Mr. Goodbar
Director: Richard Brooks
EE.UU., 1977, 136 minutos

Diane Keaton (Theresa) y Alan Feinstein (Martin)


Hace algunos días comentábamos el filme de Barbara Loden Wanda, el cual en cierto modo coincide con Buscando al señor Goodbar (1977) en el hecho de presentar a una mujer que decide adentrarse en ambientes cada vez más sórdidos. La acertada elección de ambos para formar parte del ciclo Mujeres (bastante) perdidas de la Filmoteca de Catalunya se debe a la directora Isabel Coixet, quien subrayaba en el vídeo de presentación previo a la proyección de la segunda de dichas películas el olvido en el que parece haber caído. De hecho, durante mucho tiempo Buscando al señor Goodbar ni siquiera gozó de una difusión fluida en DVD. De todas formas, se comprende que un filme de estas características no haya envejecido del todo bien. Y no sólo por su banda sonora discotequera sino sobre todo por reflejar una sociedad puritana que cultiva aquello tan manido de las virtudes públicas y los vicios privados: hoy en día, en cambio, tal vez se esté más cerca del libertinaje que no de la represión.

En todo caso, la doble vida de Theresa (que no de Verónica) puede poseer algún punto de contacto con la del protagonista de la más reciente Shame (2011), por lo que tiene de adicción patológica compensatoria a todas aquellas actividades con las que pretende llenar su inmenso vacío vital. Vacío que no se acaba de comprender del todo viendo cómo se entrega a sus alumnos sordomudos y la devoción que estos le rinden. Se diría más bien que a Theresa, al margen de la estricta educación que ha recibido y del desengaño amoroso que le supone su relación con Martin (el profesor de literatura interpretado por Alan Feinstein), lo que la empuja hacia el abismo es su gusto por coquetear con los bajos fondos, quizá porque en los bares que frecuenta experimenta la falsa sensación de sentirse más libre.

Y ahí es donde entra en juego el tono moralizante de la historia. Aunque basada en un hecho real, el final de Theresa (uno de los más impactantes que se recuerdan) solo puede ser concebido como castigo a una conducta reprobable. "Quien mal anda mal acaba", parece decirnos Richard Brooks, quizá esperando que el espectador, escarmentando en piel ajena, tome buena nota de lo que no debería hacer.

Mucho más atractiva parece, por último, una forma de narrar en la que se utiliza la elipsis con maestría, enlazando una secuencia con otra mediante un ritmo a menudo frenético. Se aprecia, asimismo, una cierta tendencia a mezclar las ensoñaciones de la protagonista con la realidad, lo cual confiere al conjunto una apariencia por momentos onírica que se acentúa en escenas como la de la supuesta muerte del padre.

Richard Gere (Tony) y Diane Keaton (Theresa)