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sábado, 27 de mayo de 2023

Midsommar (2019)




Director: Ari Aster
EE.UU./Suecia, 2019, 171 minutos

Midsommar (2019) de Ari Aster


Tras el visionado de un filme tan sumamente perturbador como Midsommar (2019) queda la duda razonable de si los hechos descritos remiten al culto pagano de una dañina secta nórdica o si, por el contrario, se trata del viaje lisérgico de unos jóvenes estadounidenses que han consumido sustancias psicotrópicas en el marco de una celebración folclórica de la Suecia profunda. Sea como fuere, lo cierto es que su director, Ari Aster, se postulaba, como ha vuelto a demostrar recientemente con el estreno de Beau is afraid (2023), como uno de los cineastas a tener en cuenta durante los próximos años.

La premisa de la que parte el excelente guion del propio Aster (una comunidad cerrada, anclada en usos y costumbres antiquísimos, a la que llegan elementos ajenos procedentes del mundo exterior) coincide a grandes rasgos con los de la mítica Único testigo (Witness, 1985), si bien la bondad amish que en su día retratara el australiano Peter Weir queda aquí bastante en entredicho.



Y es que lo antropológico y lo terrorífico se dan la mano en una cinta que comienza y acaba con un sacrificio ritual: el primero en forma de suicidio (subrayado, más adelante, con el paralelismo del Ättestupa o senicidio de una pareja de ancianos) y el segundo a través del fuego purificador de una solemne ceremonia expiatoria. Hasta el extremo de que Dani (Florence Pugh), que había perdido a su familia al inicio de la trama, acabará formando parte de otra mucho más amplia tras ser elegida Reina de Mayo por las mujeres del clan.

No obstante, son los altibajos de una relación de pareja en horas bajas lo que verdaderamente marca la esencia de una historia en torno a runas y enigmáticas ceremonias escandinavas (aunque la película se rodó en Hungría). Elementos, todos ellos, en la línea de lo ensayado en su día por Night Shyamalan en El bosque (The Village, 2004), pero desde una óptica más intelectual, dada la observación participante de algunos personajes que, como Christian (Jack Reynor) o Josh (William Jackson Harper), aspiran a escribir una tesis doctoral a propósito de las costumbres de los Hårga.



viernes, 2 de febrero de 2018

Lady Macbeth (2016)




Director: William Oldroyd
Reino Unido, 2016, 89 minutos

Lady Macbeth (2016) de W. Oldroyd


Si no fuera porque la historia expuesta en esta película es una nueva versión de Lady Macbeth de Mtsensk, el relato de Nikolai Leskov (1831–1895) que ya diera lugar a la célebre ópera de mismo título de Shostakóvich, se diría que el primer largometraje dirigido por el británico William Oldroyd describe un ambiente muy similar al de otro clásico de la literatura universal: las Cumbres borrascosas de Emily Brontë.

Ambiente decimonónico pasado por el tamiz del suspense hitchcockiano, toda vez que su protagonista (interpretada por Florence Pugh) se revela como una máquina destructora dispuesta a cometer cualquier tipo de atrocidad con tal de saciar sus instintos más primarios. Así pues, ni el suegro ni el marido ni el hijo bastardo de este último serán obstáculo que logre frenar la pasión desenfrenada que se desata entre Katherine y el mozo de cuadra Sebastian (Cosmo Jarvis).



De hecho, esta mujer pertenecería a la misma raza de féminas diabólicas que, como las del filme homónimo de Clouzot, no escatiman esfuerzos a la hora de urdir sus planes. Una mantis religiosa cuyo potencial destructivo no debiera ser subestimado por ninguno de los miembros de su entorno más inmediato y que, sin embargo, parecía condenada a ser una esposa sumisa, comprada como si de una mercadería más se tratase por una familia de terratenientes latifundistas que apenas concibe el matrimonio como transacción comercial.

Es por ello que la situación planteada en Lady Macbeth sitúa al espectador en el dilema de si tomar partido o no a favor de Katherine, moralmente una asesina pero humanamente una mujer que defiende con uñas y dientes la independencia que le niega un estricto orden social en el que las clases y los sexos se hallan separados por férreas distinciones infranqueables. En ese sentido, la puesta en escena de Oldroyd no duda en jugar con nuestros bajos instintos presentando al suegro y al marido como seres odiosos a los que, más tarde, veremos sucumbir con grato placer para, a continuación, contemplar impotentes cómo son los más inocentes, sobre todo la pobre Anna (Naomi Ackie), quienes terminarán pagando el pato en un mundo en el que la justicia dista años luz de ser imparcial.