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martes, 9 de julio de 2019

Siete novias para siete hermanos (1954)




Título original: Seven Brides for Seven Brothers
Director: Stanley Donen
EE.UU., 1954, 102 minutos

Siete novias para siete hermanos (1954)
de Stanley Donen


Pensar que el mito romano del rapto de las Sabinas pudiese servir de base para un musical de Hollywood ambientado en el lejano Oeste resulta, como mínimo, chocante. Sin embargo, fue ésa y no otra la principal fuente de inspiración de la que se valió el ocurrente equipo de guionistas que concibió Seven Brides for Seven Brothers. Si además se le añade, entre otros muchos atractivos, la genial dirección del recientemente desaparecido Stanley Donen (1924–2019), no queda más remedio que rendirse al encanto de uno de los títulos míticos de la historia el cine.

Que, todo sea dicho, ofrece una visión de las relaciones entre hombres y mujeres harto discutible (algo así como si el varón fuera una especie de adán desastrado y maloliente al que la esposa tiene la obligación de pulir y meter en vereda). Aunque también hay que aclarar, en su descargo, que, ya en la época del estreno, la película debió de ser recibida como una parodia de los antiguos usos y costumbres que solían regir entre los pioneros de la América profunda.



En cualquier caso, y prescindiendo de valoraciones de tipo moral, los números musicales que la componen mantienen intacta su frescura como el primer día, con ese colorido resplandeciente en Cinemascope que hace que las camisas de los siete hermanos Pontipee, pese a sus tonalidades insufriblemente chillonas, refuljan siempre rutilantes. Y todo esto tratándose de una producción que entonces se consideró de bajo presupuesto (de ahí que se rodase en estudio y utilizando como fondo decorados pintados).

Por último, y en lo que a los bailes se refiere, tal vez hoy día cueste apreciar en su justa medida las complejas coreografías diseñadas por Michael Kidd, repletas de acrobacias sólo aptas para verdaderos atletas. Basta echar un vistazo a la escena de la construcción del granero —precursora, en ciertos aspectos, de la de Único testigo (Witness, 1985)— para hacerse una idea de las habilidades equilibristas de algunos de los actores. Con todo, hay quien prefiere la quietud del número titulado "Lonesome Polecat", con los movimientos acompasados de los hermanos trabajando bajo la nieve intensa y que, muchos años después, sería homenajeado por Lars von Trier en Dancer in the Dark (2000).


viernes, 11 de enero de 2019

Bésame, Kate (1953)




Título original: Kiss Me Kate
Director: George Sidney
EE.UU., 1953, 109 minutos

Bésame, Kate (1953) de George Sidney


Si los musicales hollywoodenses de los años cincuenta fueron, ya de por sí, la edad dorada del cine clásico norteamericano, en Kiss Me Kate se daba, además, la feliz confluencia de muy variados ingredientes, a cuál más atractivo: por una parte, una muy lograda estructura de show-within-a-show en la que los personajes interpretan La fierecilla domada de Shakespeare dentro y fuera del escenario; en segundo lugar, el talento coreográfico de dos gigantes de la danza (Hermes Pan y, sobre todo, Bob Fosse en el papel de Hortensio); por último, las canciones de Cole Porter, pertenecientes al montaje homónimo de Broadway que se había estrenado a finales de 1948 y que cosechó varios premios Tony tras más de mil representaciones.

Pero es que si además le sumamos un cuidado diseño de vestuario, la formidable explosión de colorido de la fotografía a cargo de Charles Rosher (1885–1974) y el no menos tentador aliciente del formato 3D, se comprenderá que una película de tales características esté predestinada a hacer las delicias de los amantes del género entonces, ahora y siempre.



De entre los números que integran Kiss Me Kate hay probablemente dos de enorme fuerza visual que todo espectador que haya tenido oportunidad de admirarlos retendrá en lo sucesivo en su memoria. Uno es el titulado "Brush Up Your Shakespeare", en el que Keenan Wynn (Lippy) y James Whitmore (Slug) repasan el repertorio del vate de Stratford-upon-Avon mientras hacen literalmente el payaso en un callejón de los aledaños del teatro. El otro, mucho más sofisticado, muestra las habilidades contorsionistas de Ann Miller (Bianca) y los tres bailarines que la acompañan (entre ellos el ya mencionado Bob Fosse) al son del tema "From This Moment On".

Aunque no todo son cualidades: por desgracia, el uso (y abuso) del recurso fácil de hacer que los actores lancen objetos a la cámara para que, merced a la ilusión óptica de las tres dimensiones, tengamos la impresión de que atraviesan la pantalla y se nos vienen encima le resta credibilidad a la historia en aras de un efectismo que debía de ser muy impactante en su momento, pero que hoy se nos antoja caprichosa e innecesariamente repetitivo. Y otro tanto se puede decir de las continuas proclamas misóginas puestas en boca de los propios personajes femeninos que, si bien en su momento fueron introducidas con finalidad humorística, en la actualidad no tienen ni pizca de gracia.