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domingo, 5 de enero de 2020

Katmandú: Un espejo en el cielo (2011)




Directora: Icíar Bollaín
España, 2011, 104 minutos

Katmandú: Un espejo en el cielo (2011)
de Icíar Bollaín

Inspirada en la vida de la maestra catalana Victòria Subirana (Ripoll, 1959), también conocida como Vicky Sherpa, Katmandú: Un espejo en el cielo aborda las dificultades a las que la joven Laia (interpretada por Verónica Echegui) debe hacer frente para sacar adelante su proyecto de escuela en uno de los barrios más degradados de la capital nepalí. Sus alumnos son intocables o impuros cuyo contacto procuran evitar las demás castas, motivo más que suficiente para complicar una labor ya de por sí ardua.

Diversos flashback nos irán mostrando cómo la infancia de la muchacha no fue precisamente un camino de rosas ni en su colegio de monjas, donde la castigaban por díscola, ni menos aún en el seno de una familia con continuas trifulcas (la escena en la que los hermanos se esconden debajo de la cama es bastante reveladora a este respecto). Ni siquiera, ya en la facultad, puede contar con la comprensión de su pareja mientras se prepara para diplomarse y así optar a una vida mejor.



Vivencias, todas ellas, que nos ayudan a entender por qué tanto empeño, por su parte, una vez ya instalada en Nepal, donde ni la corrupción de los funcionarios locales ni la tozudez de unas familias que no comprenden por qué sus hijos deben ir a clase lograrán doblegar la perseverancia de Laia.

Sin embargo, es muy probable que el guion de Icíar Bollaín y Paul Laverty tienda, en cierta manera, a idealizar los hechos, cuando no a simplificarlos. Por ejemplo, en lo concerniente al matrimonio de conveniencia de la protagonista y su posterior enamoramiento de Tsering o a cómo se implica en el drama personal de su compañera Sharmila o en el progreso de algunos de sus alumnos.


domingo, 29 de diciembre de 2019

Yuli (2018)




Directora: Icíar Bollaín
España/Cuba/Reino Unido/Alemania, 2018, 115 minutos

Yuli (2018) de Icíar Bollaín


El niño no quería ser bailarín (por lo menos en el sentido clásico del término), pero a su padre se le metió entre ceja y ceja que Yuli no podía malgastar su talento... Y así, con continuos saltos del presente al pasado, mezclando la ficcionalización de los hechos con técnicas del cine documental, se reconstruye la historia del cubano Carlos Acosta (La Habana, 1973), figura internacional de la danza y uno de los primeros intérpretes mulatos de papeles como Romeo.

A partir de un guion de Paul Laverty —basado, a su vez, en No Way Home, la autobiografía del protagonista— Icíar Bollaín se adentra en los entresijos de una compleja relación paternofilial que tiene mucho, al mismo tiempo, de interesante aproximación a la Cuba interracial y empobrecida de los últimos años del castrismo. En dicho sentido, y pese a ser un rudo camionero, la determinación mostrada por Pedro Acosta (Santiago Alfonso) hará que su hijo Carlos (a quién él, orgulloso de sus raíces yoruba de descendiente de esclavos, llama  afectuosamente Yuli, que es nombre de guerrero) alcance la gloria dentro y, sobre todo, fuera de un país en el que no abundaban precisamente las oportunidades.



Al chico, en cambio, poco le importa lo que él percibe como una imposición del padre, por lo que su absentismo de la prestigiosa Escuela Nacional de Ballet a punto estará de dar al traste con una prometedora carrera. Menos mal que tanto sus profesoras como un entorno familiar desestructurado para casi todo excepto para lo concerniente a la disciplina académica del muchacho se muestran firmes hasta hacerlo entrar en vereda.

Y, alternándose con la acción en el pasado, se incluyen pequeños números de danza, ensayos para un espectáculo en el que el Carlos Acosta actual (y real) estiliza esas mismas vivencias que en los flashback protagonizan el niño Edlison Manuel Olbera Núñez y el joven Keyvin Martínez. A este respecto, son igualmente destacables las escenas rodadas en la imponente (y, por desgracia, ruinosa) sección de ballet de las Escuelas de Arte de La Habana, diseñada por el arquitecto italiano Vittorio Garatti durante los primeros años de la Revolución.


martes, 30 de enero de 2018

Yo, Daniel Blake (2016)




Título original: I, Daniel Blake
Director: Ken Loach
Reino Unido/Francia/Bélgica, 2016, 100 minutos

Yo, Daniel Blake (2016) de Ken Loach


Tras haber anunciado que se retiraba, el veterano director británico Ken Loach volvía de nuevo a la dirección para ganar su segunda Palma de oro en Cannes con esta historia sobre un viejo y enfermo carpintero en paro escrita por Paul Laverty, quien ha sido su guionista habitual durante los últimos veinte años. Y como ya sucediera en el certamen francés, donde el estreno del filme fue recibido con una ovación de un cuarto de ora, el público de la Filmoteca de Catalunya ha acabado de pie para despedir, en la tarde / noche de hoy, a un siempre combativo Loach que terminaba el coloquio con los espectadores con estas palabras: "A lo largo del día, hemos hablado varias veces sobre la dificultad de mantener la esperanza en unos tiempos tan aciagos como los que estamos viviendo. Sin embargo, a la máxima oscuridad le sigue el amanecer. Por eso debemos decir bien alto, tal y como me enseñaron cuando rodé aquí Tierra y libertad en 1995: '¡No pasarán!'"

Actitud comprometida que se mantiene intacta en su última película, al igual que el interés por la educación como motor de cambio que haga avanzar al mundo: en I, Daniel Blake, aparte del habitual tono panfletario de denuncia social, Loach plantea la relación entre el protagonista y los hijos de Katie (Hayley Squires) en unos términos que recuerdan enormemente a los de un abuelo con sus nietos. En efecto: tanto Daisy como, sobre todo, el pequeño Dylan verán en Dan (Dave Johns) la figura paterna que nunca tuvieron, aprendiendo de su paciencia y saber hacer historias tan sugestivas para la aún inocente mentalidad infantil de los chicos como el hecho de que, estadísticamente, los cocos matan a más gente que los tiburones.



Ya durante el debate posterior a la proyección, el cineasta inglés ha señalado que personajes como Daniel Blake sólo saldrán adelante en la Europa actual si la izquierda es capaz de unirse y llegar al poder. Si no, nos arriesgamos a que aparezca otro Trump, con todo lo que eso comporta. Preguntado sobre cuáles fueron los directores que más le influyeron a lo largo de su carrera, responde que los italianos del neorrealismo o el Pontecorvo de La batalla de Argel (1966), aunque, de un modo especial, los checos Jirí Menzel y Milos Forman. Lo cual es bastante coherente con el discurso implícito en toda una filmografía dedicada a analizar las penurias de la clase obrera hasta llegar a este I, Daniel Blake, cuyos personajes (en el afán diario de lograr un subsidio de la misérrima administración pública) recuerdan la desesperada situación que encarnaran los actores no profesionales de títulos míticos como Ladrón de bicicletas (1948).

Es precisamente respecto a su peculiar forma de trabajar con los intérpretes donde Loach tiene las ideas más claras, puesto que al no revelarles qué es lo que les va a ocurrir exactamente a sus personajes consigue unas actuaciones mucho más verídicas. Así, por ejemplo, confiesa que en la ya mencionada Land and freedom vivió varias situaciones anecdóticas con la actriz Rosana Pastor. O en I, Daniel Blake, rodada en orden cronológico y en la que Hayley Squires apenas recibía fragmentos del guion antes de filmar cada escena. No hay tiempo para más preguntas: una nube de admiradores se cierne a su alrededor en busca del ansiado autógrafo, mientras Esteve Riambau se atreve a aventurar que lo convencerá para que visite de nuevo la Filmoteca en el futuro, tal vez con una nueva película. ¿Qué tiene este octogenario de aspecto frágil, que todo el mundo se lo rifa? Pues probablemente eso: que transmite sencillez en un sector, el de la farándula, en el que lo que abunda, con demasiada frecuencia, es el divismo y la arrogancia petulante. Algunos de sus colegas de profesión deberían tomar nota...