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domingo, 20 de febrero de 2022

Más allá del deseo (1976)




Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1976, 95 minutos

Más allá del deseo (1976) de J.A. Nieves Conde


Puede que hoy ya nadie recuerde al novelista gaditano Ramón Solís (1923-1978), pero lo cierto es que en su momento gozó de bastante éxito comercial. Hasta el punto de que un par de años antes de su fallecimiento se llevaron al cine dos de sus obras más conocidas: El alijo (1976), dirigida por Ángel del Pozo, y, la que hoy nos ocupa, Más allá del deseo (1976), adaptación del best seller, publicado por la editorial Planeta, Mónica, corazón dormido.

El argumento de la película gira en torno a la compleja relación entre un pintor llamado Pedro Bernáldez (Ramiro Oliveros) y su amante Mónica (María Luisa San José). De hecho, la acción arranca con la aciaga noticia de la muerte de la muchacha en accidente de tráfico, por lo que el resto de la trama se plantea como una reconstrucción de las vicisitudes que rodearon el amor que un día los unió.



Aunque, al igual que en tantísimos filmes rodados en los albores de la Transición, el argumento pasa a un segundo plano en beneficio de una morbosidad latente, ya desde el propio título de la cinta, y que se acaba materializando en los cuantiosos desnudos de las actrices protagonistas.

Filmada en distintas localidades de los alrededores de Madrid, contiene también algunas escenas a medio camino entre Roma y Florencia, adonde el pintor se traslada para proseguir sus estudios en la Academia Española de Bellas Artes. Además, se da la circunstancia de que buena parte del equipo es el mismo que ya había trabajado con José Antonio Nieves Conde, por aquellas mismas fechas, en la realización de Volvoreta (1976).



domingo, 17 de noviembre de 2019

Goya, historia de una soledad (1971)




Director: Nino Quevedo
España, 1971, 110 minutos

Goya, historia de una soledad (1971)
de Nino Quevedo


En su libro Directores españoles malditos, Augusto M. Torres se expresa sobre Nino Quevedo en los siguientes términos: "En otras circunstancias más favorables Nino Quevedo, un hombre simpático, siempre sonriente, hubiese podido desarrollar una buena carrera, no brillante, pero no se hubiera convertido en un director maldito." Queda claro, pues, que, por más que su debut como director de largometrajes fuese prometedor, no le quedaran al hombre ni muchas ganas ni tampoco excesivas oportunidades para volver a intentarlo. 

Como ocurre tantas veces con las superproducciones históricas, Goya, historia de una soledad destaca más por el envoltorio que no por su contenido. Posee una excelente dirección de fotografía en color a cargo de los añorados Luis Cuadrado y Teo Escamilla y lo mismo podría decirse del vestuario y de la dirección artística, elementos fundamentales a la hora de recrear la corte dieciochesca o el Madrid de la invasión napoleónica, ya a principios del siglo XIX. E igualmente remarcables son unos exteriores y localizaciones excepcionales, rodados en enclaves tan paradigmáticos como el Palacio de Aranjuez, en una época en la que se daban muchísimas más facilidades que hoy en día para disponer de nuestro patrimonio nacional como escenario.



Es, sin embargo, en los diálogos, desprovistos de toda naturalidad, donde la cosa no acaba de funcionar, pese a que fuera el novelista Alfonso Grosso quien se encargó de escribirlos. Abusando de subrayados y aclaraciones innecesarias, no son pocas las veces en las que se hace que los personajes verbalicen datos de carácter histórico que ayuden al espectador a situarse. Con el inconveniente, claro está, de que haciéndoles hablar así se pierde credibilidad. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, cuando, en los primeros compases del filme, es el propio Goya (Paco Rabal) quien aclara que: “Soy pintor del rey. Gano como tal quince mil reales al año. Más lo de la Academia. Y lo que nos dan las acciones del banco.” O, más tarde, durante la escena del juicio contra el artista por afrancesamiento, en la que, mediante un breve comentario del fiscal, se hace notar que ha pasado el tiempo: “Ya ven lo que es la vida, amigos. ¡Cuánto hemos cambiado en seis años! Tú, Agustín, teniente. Yo, juez del Tribunal Depurador de Afrancesados. Sebastián, usted también ha cambiado lo suyo...”

Con todo y con eso, sería una lástima no valorar en su justa medida el esfuerzo que supuso la realización de una película de tales características, en la que, aparte de lo ya mencionado, se capta la esencia del estilo goyesco y aun se recrea en varias escenas o cuadros vivientes (por ejemplo, la que alude a Los fusilamientos del 3 de mayo). O la secuencia de la pesadilla, rodada en blanco y negro, en la que Nino Quevedo no sólo se atrevió a introducir elementos de tipo lésbico entre la Duquesa de Alba (Irina Demick) y La Maja (Marisa Paredes), toda una osadía para la época, sino que denota en su planteamiento (entre onírico y underground) una cierta influencia de lo que, por aquellas mismas fechas, defendían los cineastas de la Escuela de Barcelona.


sábado, 6 de julio de 2019

Don Quijote cabalga de nuevo (1973)

















Director: Roberto Gavaldón
España/Méjico, 1973, 130 minutos

Don Quijote cabalga de nuevo (1973)
de Roberto Gavaldón

-Aún la cola falta por desollar -dijo Sancho-. Lo de hasta aquí son tortas y pan pintado; mas si vuestra merced quiere saber todo lo que hay acerca de las caloñas que le ponen, yo le traeré aquí luego al momento quien se las diga todas, sin que les falte una meaja; que anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y, yéndole yo a dar la bienvenida, me dijo que andaba ya en libros la historia de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha; y dice que me mientan a mí en ella con mi mesmo nombre de Sancho Panza, y a la señora Dulcinea del Toboso, con otras cosas que pasamos nosotros a solas, que me hice cruces de espantado cómo las pudo saber el historiador que las escribió.
-Yo te aseguro, Sancho -dijo don Quijote-, que debe de ser algún sabio encantador el autor de nuestra historia; que a los tales no se les encubre nada de lo que quieren escribir.

Miguel de Cervantes Saavedra
Segunda parte del ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha (1615)
Capítulo II

Más que una adaptación de la obra de Cervantes, Don Quijote cabalga de nuevo fue un producto fabricado a medida para el lucimiento de Mario Moreno, "Cantinflas". Tanto es así que el mismísimo hidalgo, interpretado por Fernando Fernán Gómez, quedaba reducido a mera comparsa al servicio de las habituales humoradas del cómico mejicano. Es, por así decirlo, un Quijote correcto, pero al mismo tiempo desdibujado, como si le faltara brío.

Tampoco se puede decir que el guion de Carlos Blanco fuese precisamente un portento en lo que a ritmo narrativo se refiere, quizá debido, en buena medida, a un metraje innecesariamente largo. En cualquier caso, uno de los puntos fuertes de la película es la dirección artística del siempre magnífico Gil Parrondo, quien recrea, a partir de localizaciones castellanas, un genuino ambiente quijotesco.



Y aunque en su línea habitual de candidez, el personaje de Cantinflas deja ir alguna que otra réplica impagable. Como cuando, a punto de convertirse en gobernador de la ínsula Barataria, promete que abolirá la pena de muerte, "porque la muerte no merece la pena". Simpático retruécano que pone de manifiesto hasta qué punto Cantinflas no hace tanto de Sancho Panza, sino de sí mismo.

Por último, de entre la amplísima nómina de secundarios que integraron el reparto destacan los nombres de María Fernanda D'Ocon (en el papel de una Aldonza Lorenzo que, poco a poco, se va creyendo ella misma que también es Dulcinea), Paca Gabaldón (entonces Mary Francis) como Altisidora, Ricardo Merino (Sansón Carrasco) o Emilio Laguna y Laly Soldevila haciendo de Duques. María Luisa Ponte apenas tiene relevancia en su rol de ama y les pasa un poco lo mismo a Valeriano Andrés como Barbero y, sobre todo, a Javier Escrivá: un Cervantes más bien antipático, ayudante del juez (José Orjas), y desprovisto de personalidad. Lo cual resulta comprensible si, como ya se ha dicho, se tiene en cuenta que el único que debía brillar con luz propia era Cantinflas.


sábado, 9 de diciembre de 2017

Mariquilla Terremoto (1939)




Director: Benito Perojo
España/Alemania, 1939, 100 minutos

Mariquilla Terremoto (1939)


Falta de recursos y ávida de medios, la precaria industria nacional tuvo que ingeniárselas para sacar provecho de la coyuntura bélica durante los duros años de la contienda civil. En semejante contexto, y a pesar de tantas penurias materiales, no faltaron elementos avispados para concebir la Hispano Film Produktion, productora con sede en Berlín que alumbró hasta nueve títulos de variada índole: los largometrajes de ficción Carmen la de Triana (1938), El barbero de Sevilla (1938), Suspiros de España (1939), Mariquilla Terremoto (1939) y La canción de Aixa (1939); así como los documentales de propaganda El azote del mundo, ¡Arriba España!, España heroica y Héroes en España. Todo ello muy bien recreado, huelga decirlo, por Fernando Trueba en La niña de tus ojos (1998) y, a nivel historiográfico, por el murciano Manuel Nicolás Meseguer en su monografía Hispano film produktion: Una aventura españolista en el cine del Tercer Reich (1936-1944), publicada recientemente en la colección Hispanoscope de la editorial Shangrila.

Hechas las debidas presentaciones, centrémonos ahora en el más telúrico de los títulos arriba mencionados: Mariquilla Terremoto. Original de los hermanos Álvarez Quintero, este sainete costumbrista basaba su encanto en un andalucismo de cartón piedra puesto al servicio de Estrellita Castro. Lo curioso del caso es que, a diferencia de otros filmes surgidos de dicha factoría, éste resulta menos "racial" a partir del momento en el que se cruza en el camino de la protagonista un pintor que se la lleva consigo a París. Pico de oro no le falta al tal Carlos (Antonio Vico) y será interesante ver hasta qué punto congenian el bohemio y la salerosa sevillana.

"Oda a la sardina": en una buhardilla bohemia de París


Otro de los elementos destacables son los diálogos, si bien ahí el mérito haya tal vez que achacárselo a don Joaquín y a don Serafín. Cualquiera sabe... En todo caso, es digno de encomio el gracejo del retratista a la hora de vender sus cuadros, en la plaza pública de Las Canteras, acuciado por la urgencia de reunir el dinero suficiente que los lleve, a él y a la futura artista, hasta la Ciudad de las Luces:

CARLOS: ¡Atención! ¡Orejas! ¿Cuánto dinero miserable vais a dar por esta maravilla? ¡Miradlo bien! ¡Miradlo bien! ¡Es un verdadero Goya! ¡La copia de un fresco! [Refiriéndose a sí mismo].
UN LUGAREÑO: ¡Tres pesetas!
CARLOS: ¿Tres pesetas? ¡Por tres pesetas quiere que le dé el fresco en pleno verano!

Pura dilogía... Lo mismo que al degustar unas míseras sardinas junto a sus camaradas de fatigas en una buhardilla parisina:

CARLOS: ¡Venga, sirve vino!
BOHEMIO: ¡Sirvo vino! Vino por aquí, vino por allá... ¿Y usted? ¿Vino?
MARIQUILLA: ¡Vine porque éste se empeñó!

Cine de evasión en el que ni una sola referencia a la guerra se deja oír, por más que los carteles de la exitosa gira emprendida por Mariquilla den a entender que la acción se desarrolla entre 1938 y 1939. Habría sido excesivo tratándose de una historia amable, típica, por otra parte, de la literatura de folletín, en la que el acceso a la fama de una humilde huérfana no es más que el pretexto para aparentar una normalidad que brillaba por su ausencia en la vida real.

Estrellita Castro como Mariquilla: diálogo con el espejo

domingo, 15 de octubre de 2017

La querida (1976)




Director: Fernando Fernán Gómez
España, 1976, 91 minutos

La querida (1976) de Fernán Gómez


Más que una película en la que se incluían canciones, La querida fue una plataforma pensada para el lucimiento de Rocío Jurado y en la que tanto los diálogos como el argumento no eran más que relleno. La típica historia de la humilde muchacha de pueblo que lucha por abrirse camino en el mundo del espectáculo, tantas veces contada desde, por ejemplo, Ha nacido una estrella, era en esta ocasión el pretexto ideal para sacar adelante uno de los muchos productos de un inminente erotismo que convertía el cuerpo de la mujer en pura mercancía.

Un poco como sucedería por esas mismas fechas con títulos tipo La lozana andaluza de Vicente Escrivá, aunque sin llegar a tanto atrevimiento, no hay más que ver el cartel de la película para darse cuenta de por dónde iban los tiros. En realidad, todo obedecía a una estrategia de marketing de la que otras folclóricas del panorama nacional, como Carmen Sevilla, ya se habían servido previamente para relanzar sus respectivas carreras.



El hecho de que la dirección y el papel masculino principal recayesen sobre Fernando Fernán Gómez le confería a priori un cierto aliciente que el pronunciado escote de la Jurado y su abracadabrante repertorio de canciones compuestas por Manuel Alejandro enseguida diluyen.

Con todo, La querida nos deja alguna que otra imagen de singular hermosura: un primer plano de unas manos que se entrelazan, cortando el viento, a través de la ventanilla de un tren en marcha; o un gesto similar cuando la mano de Eduardo (Fernán Gómez) se posa sobre la de la madre de sus hijos (Maite Blasco) buscando una complicidad que hace tiempo que se acabó. Otras, en cambio, son abiertamente sensuales, como la escena en la que Teresa Gimpera le pone crema en la espalda a Manuela Silva (Jurado) mientras toma el sol en una piscina. Claro que, puestos a quedarse con la más impactante de todas (en otro orden de cosas), si hay una que destaca es el insólito corte de pelo que luce Fernando Fernán Gómez en esta película...


domingo, 9 de octubre de 2016

La Dolores (1940)




Director: Florián Rey
España, 1940, 85 minutos

La Dolores (1940) de Florián Rey


El indiscutible talento de Florián Rey se percibe en la plasticidad de la mayoría de encuadres de La Dolores, así como en la destreza que demuestra a la hora de ejecutar los movimientos de cámara, notablemente el travelín. Es asimismo relevante el simbolismo de algunos elementos, en especial los barrotes de las ventanas que tan a menudo se interponen entre el objetivo y la protagonista, y cuyo uso (y abuso) pretende expresar el cautiverio moral que padece la muchacha (Concha Piquer) por culpa de la copla difamatoria que ha propagado el barbero Melchor (Manuel Luna).

Por más que sonría, la Dolores es esclava de la maledicencia

Del resto de la película poco más se puede decir, si no es mencionar lo pintoresco de un Aragón idílico que jamás existió fuera del cine y de la obra teatral homónima de Josep Feliu i Codina en la que se basa la ópera de Tomás Bretón.