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martes, 19 de octubre de 2021

Réquiem por un campesino español (1985)




Director: Francesc Betriu
España, 1985, 95 minutos

Réquiem por un campesino español (1985)


Paco se agarraba a la sotana de Mosén Millán, y repetía: «No han hecho nada, y van a matarlos. No han hecho nada». Mosén Millán, conmovido hasta las lágrimas, decía:
-A veces, hijo mío, Dios permite que muera un inocente. Lo permitió de su propio Hijo, que era más inocente que vosotros tres.
Paco, al oír estas palabras, se quedó paralizado y mudo. El cura tampoco hablaba. Lejos, en el pueblo, se oían ladrar perros y sonaba una campana. Desde hacía dos semanas no se oía sino aquella campana día y noche.

Ramón J. Sender
Réquiem por un campesino español

La celebridad alcanzada por la novela homónima de Sender, lectura obligatoria de bachillerato durante años, explica el que tarde o temprano se acabase llevando a la pantalla una adaptación cinematográfica de Réquiem por un campesino español. Historia despiadada, con el telón de fondo de nuestra guerra civil, que el director Paco Betriu supo plasmar en imágenes manteniéndose fiel a la esencia del texto, si bien la banda sonora de Antón García Abril, con su tema para bandurria que quiere sonar aragonés (aunque sin lograr conseguirlo del todo), desentona por lo que tiene de risueño en el contexto de un asunto tan trágico.

Con su habitual solvencia, Antonio Ferrandis encarna al indeciso Mosén Millán, un sacerdote rural al que atormentan los remordimientos por no haber sabido amparar a Paco el del Molino (Antonio Banderas) frente a la barbarie fascista de los caciques del pueblo. Pesadumbre que, a efectos narrativos, se traduce en continuos flashback, desde que Paco era apenas un monaguillo a las órdenes del cura hasta la posterior toma de conciencia del muchacho con respecto a las injusticias de un medio social profundamente marcado por la miseria.



Las comadres que departen alegremente en el Carasol o el lavadero, y entre las que destaca Jerónima (Terele Pávez) por su desparpajo, aportan al conjunto un cierto toque documental que se intensifica, aún más, si cabe, en la escena de la procesión o durante las fiestas que tienen lugar en la plaza del pueblo, cuando los mozos trepan por el poste para hacerse con los capones que penden desde lo alto.

Apoltronado en su sacristía, el viejo y pesaroso párroco se dispone a oficiar la misa de réquiem en memoria de Paco que, en un alarde de hipocresía, pretenden ahora sufragar los mismos que acabaron con su vida. De hecho, don Valeriano (Fernando Fernán-Gómez), don Gumersindo (Eduardo Calvo) y don Cástulo (Simón Andreu) van a ser los únicos asistentes a semejante farsa, si no fuera porque el potro blanco del difunto, símbolo de la libertad ultrajada, se cuela de improviso en el templo.



domingo, 27 de junio de 2021

Carne apaleada (1978)




Director: Javier Aguirre
España, 1978, 102 minutos

Carne apaleada (1978) de Javier Aguirre


El ser humano es como es. La voluntad y la carne, débiles. Yo, entonces, me encontraba en la cárcel. Triste y sola. Senta, también. El ambiente y las circunstancias encendieron la mecha. No importa el nombre con que el mundo bautice esos sentimientos. No se les puede exigir carné de identidad a las razones del corazón. No importa cómo se llamen, sino lo que nos dan. A mí me han dado muchísimo. Me ayudan a sobrevivir. Lo que siento es algo maravilloso. Acaso se llame amor y me conduzca hacia un continuo INRI de carne crucificada.

Inés Palou
Carne apaleada

El desgarrador testimonio del que dejó constancia Inés Palou (1923-1975) en sus memorias carcelarias daría pie a una adaptación cinematográfica no menos impactante. Por varios motivos, Carne apaleada (1978) merece ser objeto de una revisión a fondo, comenzando por la valentía de su director, Javier Aguirre, quien, dejando momentáneamente de lado las producciones comerciales que le reportaban fama y dinero, optó en esta ocasión por una puesta en escena a medio camino entre aquéllas y su "anticine" de marcado corte experimental. En ese sentido, y sin llegar a ser un típico producto de la época del destape, la película aúna con pericia el morbo y la denuncia social, abordando el lesbianismo de la pareja protagonista desde una óptica insólitamente moderna para lo que se estilaba entonces.

No obstante, aparte de la relación sentimental entre Berta (Esperanza Roy) y Senta (Bárbara Rey), plantea especial interés el análisis que se lleva a cabo a propósito de lo que supone la vida en el presidio, un entorno inhóspito al que van a parar reclusas de todo tipo ("piculinas" o prostitutas, presas políticas, delincuentes comunes...) y donde la violencia más brutal, ejercida por las funcionarias o por las propias internas, convive al mismo tiempo con una camaradería inquebrantable.

Berta Costaleda (Esperanza Roy), trasunto literario de Inés Palou


Pese a tratarse de un drama penitenciario, los títulos de crédito iniciales nos sitúan en una solitaria estación de tren cuyos vagones vacíos se muestran con insistencia mientras suena de fondo una triste melodía de flauta: claro ejemplo de flash-forward, en alusión directa al desenlace que tendrá el filme así como al fatídico suicidio de la propia Inés Palou. Por lo demás, la cinta se mantiene bastante fiel a su fuente literaria, si bien condensa la profusa galería de personajes que desfilan por las páginas del libro, amén de recurrir al manido recurso de la voz en off para dejar que sea Berta quien resuma sus andanzas en primera persona.

La larga lista de secundarias que integran el reparto (Julieta Serrano, Pilar Bardem, las hermanas Terele Pávez y Elisa Montés, Yelena Samarina, Virginia Mataix haciendo de francesa...) nos deja alguna que otra curiosidad reseñable. Como, por ejemplo, el último papel para la gran pantalla de la veterana Tota Alba, aquí María Cinta, una de las dos sifilíticas de la celda (la otra es La Andaluza, interpretada por Carmen de Lirio). O el hecho de que Esperanza Roy y Enriqueta Carballeira (Arantxa, una de las presas políticas), las dos actrices que fueron pareja de Javier Aguirre en la vida real, compartan varias escenas en el patio de la prisión.



lunes, 7 de diciembre de 2020

La comunidad (2000)




Director: Álex de la Iglesia
España, 2000, 110 minutos

La comunidad (2000) de Álex de la Iglesia


Planteamiento típicamente castizo, el recurso de situar la acción en una comunidad de propietarios se ha explotado hasta la saciedad, con derivaciones de todo tipo, desde la teatral Historia de una escalera, de Buero Vallejo, hasta las tiras cómicas que Ibáñez hacía transcurrir en el mítico 13, Rue del Percebe, pasando, en los últimos años, por series televisivas de enorme popularidad, como Aquí no hay quien viva o La que se avecina.

Sin embargo, y por insólito que ello pudiera parecer, Álex de la Iglesia y su guionista Jorge Guerricaechevarría concibieron una trama coral que, además de rendir homenaje a los grandes clásicos del suspense, recuperaba para la gran pantalla a intérpretes de la categoría de Sancho Gracia (Castro), María Asquerino (Encarna), Terele Pávez (Ramona) o Manuel Tejada (Chueca): veteranos, todos ellos, de la escena, cuyo protagonismo queda patente en el propio cartel promocional de la película.



Cinéfilo como es, el director bilbaíno quiso incluir diversas referencias fílmicas en La comunidad. Algunas muy evidentes, como el contubernio malévolo de los vecinos a lo Semilla del diablo (Rosemary's Baby, 1968) o la escena final de la azotea, con Carmen Maura pendiendo de un conjunto escultórico, que remite a Con la muerte en los talones (North by Northwest, 1959). De hecho, es ésta una cinta de lo más hitchcockiano ya desde sus títulos de crédito iniciales —que podrían recordar a los de Vértigo (1958)— o la sublime orquestación que compuso Roque Baños para la banda sonora.

Todo un despliegue de medios en el que brilla con luz propia Carmen Maura (Julia), encargada de dar vida a una agente inmobiliaria en horas bajas que un buen día se encuentra trescientos millones de las antiguas pesetas bajo una baldosa: tremendo golpe de fortuna que el resto de moradores del edificio, capitaneados por su maquiavélico administrador (soberbio Emilio Gutiérrez Caba), no verán precisamente con buenos ojos.

"Sporting-Real Sociedad..."


viernes, 19 de junio de 2020

Los santos inocentes (1984)




Director: Mario Camus
España, 1984, 107 minutos

Los santos inocentes (1984) de Mario Camus


Al llegar la pasa de palomas, el señorito Iván se instalaba en el Cortijo por dos semanas y, para esas fechas, Paco, el Bajo, ya tenía dispuestos los palomos y los arreos y engrasado el balancín, de modo que tan pronto se personaba el señorito, deambulaban en el Land Rover de un sitio a otro, de carril en carril, buscando las querencias de los bandos de acuerdo con la sazón de la bellota, mas a medida que transcurrían los años a Paco, el Bajo, se le iba haciendo más arduo encaramarse a las encinas y el señorito Iván, al verle abrazado torpemente a los troncos, reía: "La edad no perdona, Paco, el culo empieza pesarte, es ley de vida..."

Miguel Delibes
Los santos inocentes

La titularon Los santos inocentes por ser la adaptación de la novela homónima de Delibes, pero podría perfectamente haberse llamado España profunda, La verdad descarnada o incluso Milana bonita. Pues es éste un retrato rotundo de los que marcan época. Y que contó con la presencia de una generación de actores irrepetible, encabezada, en esta película, por Alfredo Landa (Paco) y Francisco Rabal (Azarías), cuyas respectivas interpretaciones serían premiadas ex aequo en Cannes.

Más allá de la contundencia de unas imágenes que hablan por sí solas, conviene llamar la atención sobre algún que otro detalle que pudiera pasar desapercibido a la hora de contextualizar semejante obra maestra. Como, por ejemplo, la excelente banda sonora de Antón García Abril, muy en segundo plano, con pinceladas precisas de violín "desafinado" y, sobre todo, ese toque específico de folclore arcaizante que aporta la nota exacta de tribalismo tercermundista.



Desde los dientes podridos de Azarías, quien se orina las manos para que no se le agrieten, hasta la pericia de Paco olfateando el paradero de los pichones que caza su amo, todo en este filme rezuma un innegable aroma a campo, desprovisto de cualquier atisbo idealizador, así como a una miseria (más moral que material) que afecta, a partes iguales, a criados y a terratenientes.

En ese sentido, el relato a base de saltos temporales entre un presente gris y el pasado en el que acontecieron los hechos se articula mediante una estructura coral en la que lo que se ve en pantalla equivale a la plasmación de los recuerdos de cada personaje. Narración hiperrealista, por lo tanto, a la par que radiografía de un medio social fuertemente jerarquizado, cuyo momento culminante es la suma del rencor de un ser tan puro como primario más la arrogancia insufrible de un señorito cabrón.


domingo, 30 de septiembre de 2018

No somos de piedra (1968)




Director: Manuel Summers
España, 1968, 89 minutos

No somos de piedra (1968) de Manuel Summers


¿Me lo parece a mí o No somos de piedra es uno de los títulos más denostados en la ya de por sí infravalorada filmografía de Manolo Summers? Pues es una verdadera lástima, porque bajo su apariencia de españolada al servicio de Alfredo Landa se encuentra una sátira mordaz de los españolitos apocados y rijosos, pero también de la España mojigata, aquélla en la que los supernumerarios del Opus Dei inundaban de beatería santurrona la vida pública, al tiempo que escalaban posiciones en los sucesivos gobiernos franquistas en forma de tecnócratas.

Su protagonista, Lucas Fernández (Landa), es el típico hombrecillo insignificante, propietario de un Seiscientos, padre de familia numerosísima y obsesionado por toda hembra que se cruce en su camino, aunque de poco le sirve, dado su carácter pusilánime y reprimido.



Enriqueta (Laly Soldevila), esposa del susodicho, católica practicante y puritana de tomo y lomo, se negará en redondo a tomar la píldora contraceptiva, por lo que al sufrido marido no le quedará más remedio que ingeniárselas para hacerla transigir, aunque con un resultado tirando a pobre.

Escrita y producida en colaboración con Juan Miguel Lamet, No somos de piedra inauguraba la vertiente más comercial dentro de la producción de su director, lo cual no impidió que el inconfundible toque humorístico de Summers estuviese presente en forma de animaciones y globos sobreimpresos con los pensamientos de los personajes, así como a través de la participación de numerosos amigos en fugaces cameos, entre los que cabe destacar a García Berlanga haciendo de guardia urbano o a Lucía Bosé y Natalia Figueroa vestidas de monja.


martes, 24 de julio de 2018

La revolución matrimonial (1974)




Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1974, 87 minutos

La revolución matrimonial (1974)


La supuesta "revolución" a la que alude el título de esta película, escrita por Rafael Azcona a partir de una obra teatral de Antonio Martínez Ballesteros, no es otra sino convertir en chica de alterne a la esposa de un aburrido matrimonio burgués que no está pasando por sus mejores momentos. Lo cual tiene, sin duda, su punto subversivo (eso no lo discute nadie), aunque más en la línea de la España reprimida y represora del tardofranquismo que no en un sentido verdaderamente revolucionario.

Como en tantos otros papeles a lo largo de su prolífica carrera, y de un modo especial durante aquellos años, José Luis López Vázquez encarna al españolito medio, "feo, católico y sentimental", escuchimizado y víctima de sus muchos complejos. Médico de profesión y casado con la resignada Begoña (Analía Gadé), el hogar que ambos comparten se ha convertido en mudo testigo de sus continuas trifulcas. A lo que cabe añadir, como agravante, la convivencia con un hijo adolescente que sólo piensa en comer y en jugar al baloncesto y, sobre todo, con el padre de ella (Ismael Merlo), anciano cuya senilidad desquicia al marido.



Un cuadro que no dista demasiado de la típica españolada, si no fuera porque Azcona sabe llevárselo al terreno de la fantasía morbosa que ya explorara en títulos anteriores como Tamaño natural (1974) de Berlanga o, de un modo más evidente aún, La cera virgen (1972) de Forqué, donde el propio López Vázquez y Carmen Sevilla interpretaban papeles muy parecidos a los de la película que estamos analizando.

Desde luego que el rol reservado a la mujer en La revolución matrimonial adolece de un machismo galopante. Pero más cierto todavía es que no debemos juzgar una cinta como ésta según los parámetros actuales, sino como el valiosísimo documento sociológico que es, capaz, para quien tenga la paciencia de verlo, de arrojar un poco de luz sobre la represión sexual que afligía al ciudadano español de la época. Eso y la extraordinaria habilidad de la pareja protagonista para desdoblarse, respectivamente, en dos personajes antagónicos, situación que dará pie a momentos hilarantes, como cuando el hijo les pide dinero y Begoña le da las tres mil pesetas que, previamente, el padre le había pagado a su alter ego Cuqui por sus servicios en el club.


lunes, 12 de febrero de 2018

99.9 (1997)




Director: Agustí Villaronga
España, 1997, 106 minutos

99.9 (1997) de Agustí Villaronga


La película que nos disponemos a comentar no pasa por ser precisamente la mejor de las dirigidas por Agustí Villaronga. Es más: para muchos, ni siquiera pasaría por ser una buena película... Seamos sinceros: ni 99.9 es lo que se dice un título original ni el paso del tiempo ha sentado demasiado bien a un proyecto que nació con la voluntad de ser una serie de televisión y que se quedó en historia basada en fenómenos paranormales a lo Cuarto Milenio.

Pero Villaronga es mucho Villaronga y, por norma, nunca hay que subestimar nada que haya salido de sus manos. Sobre todo si en el reparto contó con la participación de mitos como Terele Pávez o hasta el mismísimo Miguel Picazo en un papel muy parecido al que había interpretado para Amenábar en Tesis. La fotografía, otro de los puntos fuertes de la peli, corrió a cargo del no menos importante Javier Aguirresarobe, hoy estrella consagrada a nivel internacional y cuyo tratamiento de la imagen le vino a la perfección a los ambientes claustrofóbicos y tenebrosos a los que tan dado es el realizador mallorquín.



El resto del elenco lo formaron una poco convincente María Barranco como locutora de radio metida a investigadora; un menos creíble Simón Andreu haciendo de hospedero medio jipi-medio gay-medio artista aficionado al vudú; la en su día actriz revelación Ruth Gabriel (de momento no ha pasado de eso, y ya hace veinticuatro años de Días contados) y Gustavo Salmerón, el mismo que últimamente ha triunfado dirigiendo a su madre en el documental Muchos hijos, un mono y un castillo (2017).

En fin: puede que el resultado no fuese memorable, pero ¿qué cabía esperar de una trama elaborada a partir de elementos de lo más trillado que era apenas una mezcolanza sin demasiada gracia entre las caras de Bélmez y los crímenes de Puerto Hurraco: una película de horror o un horror de película...?


domingo, 1 de octubre de 2017

El aire de un crimen (1988)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1988, 119 minutos

El aire de un crimen (1988) de Antonio Isasi


Una mañana de bronce apareció el cadáver de un hombre en la plaza de Bocentellas. Durante un par de días el suceso vino a incorporarse a la serie de extraños e inconexos acontecimientos que sucedieron aquel año desde la llegada del buen tiempo hasta mediado el otoño, cuando una precoz nevada cerró los puertos de montaña, incomunicó algunos pueblos y caseríos y canceló toda actividad en los piedemontes de Mantua y del Hurd.

Juan Benet
El aire de un crimen

Ha muerto Antonio Isasi-Isasmendi, el cineasta que en 1988 ponía el punto y final a su filmografía con la adaptación de El aire de un crimen, la novela homónima de Juan Benet. No puede decirse que sea la mejor ni tampoco la más significativa de las dieciocho películas que dirigió a lo largo de sus casi cuarenta años de carrera, pero, en todo caso, vale la pena destacar un reparto en el que sobresalían los nombres de Paco Rabal y Fernando Rey, por no mencionar a una jovencísima Maribel Verdú o al cantante Ramoncín haciendo de desertor.



Pese a lo aparentemente burdo de su argumento, basado en un feroz asesinato cometido en la España rural de los cincuenta, Isasi demuestra ser un realizador minucioso, preocupado por cuidar los pequeños detalles. Así, por ejemplo, los vehículos que vemos en pantalla llevan todos matrícula de RE: Región, la mítica comarca imaginada por Benet emulando el universo literario creado por Faulkner alrededor del condado de Yoknapatawpha. Y no es el único ejemplo. Resulta mucho más interesante, a nivel visual, la afición del Coronel Olvera (Rabal) de mojar los melindres en el café con leche, verdadero flash forward que anuncia cuál será su final. O el orujo con el que los lugareños obsequian al antipático juez (Agustín González), probablemente macerado en la misma tinaja que oculta el cuerpo del delito...

Sin embargo, le sobran a El aire de un crimen, eso sí, las escenas del inicio repetidas al final, por innecesarias y por alargar inútilmente un metraje que por poco no alcanza las dos horas. Como tampoco ha envejecido muy bien, que digamos, la ochentera banda sonora a base de sintetizadores compuesta por los aragoneses Aguarod y Fatás.


sábado, 12 de agosto de 2017

Las brujas de Zugarramurdi (2013)




Director: Álex de la Iglesia
España/Francia, 2013, 112 minutos

Las brujas de Zugarramurdi (2013)


Al incorregible y siempre excesivo Álex de la Iglesia le dio por arrancar Las brujas de Zugarramurdi (2013) con una escena que recuerda al inicio de Macbeth: un grupo de nigrománticas arrojando ingredientes al interior de una negra marmita pestilente. Pero ni de la Iglesia es Orson Welles ni sus películas obras maestras indiscutibles. Tendrán momentos más o menos acertados, podrán ser todo lo divertidas que se quiera (eso nadie se lo discute), pero el cine, el CINE con mayúsculas, debería ser otra cosa.

A la vista de los diálogos, de la estética o incluso de algunos actores de los que se rodea, queda claro que con una película de estas características buscaba un perfil de espectador muy de la calle (o muy de bar: no en vano, su último filme estrenado se titula precisamente así). Todo ello absolutamente respetable. Lo malo es que, en este país, cuando se busca de forma tan deliberada conectar con los sectores del público más populares se corre el riesgo de que el resultado final se parezca peligrosamente a las parodias televisivas de Los Morancos o de José Mota (quien, por cierto, trabajó a las órdenes del director en La chispa de la vida, 2011). Ése es el tono en Las brujas de Zugarramurdi, por lo menos el del humor utilizado.



Ahora bien: si el objetivo era dotar a la peli de un ritmo trepidante, sin duda que lo consigue. Por lo menos hasta la escena del aquelarre, momento en el que la canción "Baga biga higa" de Mikel Laboa interrumpe un tanto la acción. Con todo, hay que reconocer que es impactantemente soberbia la irrupción de la venus de Willendorf gigante (los efectos especiales de Arenas, Molina y Rodríguez lo son en general), poniéndose a la altura de títulos como El laberinto del Fauno (2006).

En fin, es lo que tiene Álex de la Iglesia: un estilo muy definido que o te chifla o no lo soportas. Así, sin término medio. Le pasa como a Tarantino (otro que tal baila), seguramente uno de sus directores de referencia. En cualquier caso, y obviando lo hasta aquí expuesto, ver a Carmen Maura o a la recientemente desaparecida Terele Pávez subirse por las paredes o caminar por los techos como si nada ya sería suficiente motivo para darle una oportunidad a una película que, quizá por algo, se llevó en su momento ocho Goyas de diez nominaciones.

Terele Pávez (1939-2017)

lunes, 20 de junio de 2016

Tenemos 18 años (1959)




Director: Jesús Franco
España, 1959, 73 minutos

Tenemos 18 años (1959) de Jesús Franco


Para alguien que, como Jesús Franco, dirigió más de doscientas películas, el cine no debía tener grandes secretos. Por lo menos, habría que concederle el mérito de haberse mantenido fiel no sólo a la profesión sino sobre todo a un estilo personalísimo que está presente a lo largo de toda su producción, como puede comprobarse en el primero de sus largometrajes: Tenemos 18 años, rodado en el lejano 1959, pero con un toque jovial muy cercano al de los cartoons americanos.

Su planteamiento es sumamente original, ya que se basa en las impresiones anotadas por las protagonistas durante un viaje. Pero como ambas poseen caracteres muy diferentes (el de la soñadora María José, Isana Medel, frente al de la alocada Pili, Terele Pávez) su percepción de los hechos también difiere bastante. De modo que se nos mostrarán ambas versiones y santas pascuas. Total: si la película se titula Tenemos 18 años es porque los protagonistas intuyen que al acercarse su mayoría de edad se acerca también el triste momento de sentar la cabeza. De manera que a lo que asistimos es al canto del cisne de su propia adolescencia: el último verano en el que están permitidas las ensoñaciones. 

Además de por el colorido de su fotografía en Eastmancolor, los dibujos animados de unos creativos títulos de crédito y por su desenfadada banda sonora jazzística (compuesta e interpretada al piano por el propio Jesús Franco y la orquesta de Don Parker), el filme destaca por ese peculiar sentido del humor del que hace gala el primo Mariano (Antonio Ozores). Y todo ello sirviendo de marco a una historia iniciática, verdadera road movie a la española, y aparentemente absurda, pero que al mismo tiempo encierra alguna que otra pincelada trágica, como el relato del atracador magistralmente interpretado por Luis Peña.

Hasta se apunta, aunque tímida y puntualmente (merced al carácter histriónico de Antonio Ozores), el elemento terrorífico del que tantas muestras daría Jesús Franco durante su prolífica carrera. ¿Qué más se puede pedir en los 73 minutos escasos de una película fresca, que apenas pretendía mostrar las vacaciones de dos universitarias por tierras andaluzas y a lomos de un desvencijado Ford T amarillo?


domingo, 7 de febrero de 2016

Las dos y media y... veneno (1959)




Director: Mariano Ozores
España, 1959, 78 minutos



"¡Ten-go-mie-do. Brrrrr!" Quizá los títulos de crédito cantados por los actores sean lo más original de Las dos y media y... veneno (1959), opera prima del flamante Goya de Honor 2015 Mariano Ozores. Se trata de una comedia macabra, excelentemente fotografiada en Eastmancolor por Manuel Merino, que contó con la participación de buena parte de la familia Ozores: José Luis y Antonio (hermanos del director), Elisa Montés (esposa en aquel entonces de Antonio) y Terele Pávez (hermana de Elisa y que interpreta un breve papel: es, aunque cueste trabajo reconocerla con apenas veinte años, la chica morena que espera sentada en la consulta del veterinario y a la que no deja hablar la charlatana Isabel de Pomés, vieja gloria que también aparece fugazmente). Completan el reparto Fernando Rey, Fernando Delgado, Teresa del Río, Valeriano Andrés y Félix Fernández (el anciano don Senén sobre el que gira buena parte de la trama).



Por el tipo de humor que rezuman sus diálogos y la banda sonora de resonancias jazzísticas que compuso Augusto Algueró podría decirse que Las dos y media y... veneno fue un intento de adaptar al panorama nacional la comedia americana al uso en aquel entonces: algo así como Jerry Lewis pasado por el tamiz de Jardiel Poncela. En ese sentido, los lujosos interiores con las máscaras africanas que decoran las paredes del chalé de don Senén aportan un indiscutible aire de modernidad y sofisticación. El problema es que ni la pretendida historia de suspense da miedo ni tampoco se desternilla uno que digamos con los chistes... En conjunto, el filme adolece de una evidente falta de naturalidad y es justamente ese carácter artificial el que impide la chispa necesaria en una película de este tipo. Da la sensación de que se hubiesen cuidado mucho los detalles (el envoltorio, por así decirlo) y que se hubiese descuidado lo esencial...

Tampoco es que Las dos y media y... veneno sea un título muy acertado para una comedia, la verdad, ya que no es precisamente fácil de retener. Pero, de todas formas, ¿qué se le va a hacer? Se nota que el clan Ozores puso todo su cariño en el rodaje de una película que iba a suponer el pistoletazo de salida a una de las carreras más prolíficas del cine español y, aunque solo sea por eso, vale la pena tenerla en cuenta.

¿Qué vaso de leche contendrá el cianuro...?

viernes, 27 de noviembre de 2015

La espada negra (1976)




Director: Francisco Rovira Beleta
España, 1976, 105 minutos

La espada negra (1976) de F. Rovira Beleta

Tanto monta... Últimamente se han puesto de moda series de televisión de temática histórica centradas en personalidades como Santa Teresa de Jesús, Carlos V o Isabel la Católica. El interés por dichas figuras, sin embargo, viene de lejos, pues ya en 1976 Rovira Beleta dirigió una película que nada tiene que envidiar a las producciones hoy emitidas por La 1 de TVE en horario de máxima audiencia.

Nos estamos refiriendo a La espada negra, recreación de las mocedades de los futuros Reyes Católicos según la novela homónima de Carlos Blanco. Rodada en localizaciones de lo más selecto del patrimonio nacional (murallas de Ávila, catedral de Toledo, toros de Guisando...), contó con la participación de notables actores, algunos de la talla de José María Rodero en el papel de pusilánime rey Enrique IV de Castilla, José Bódalo como ambicioso arzobispo que osa tratar condescendientemente a Isabel de hijita o Terele Pávez encarnando a la enajenada madre de ésta. Otros, como José María Pou, llegarían a lo más alto con los años.

La banda sonora corrió a cargo de un habitual de la época: el malogrado compositor argentino Waldo de los Ríos, cuya música, unida a la dirección artística de Gil Parrondo, los efectos de sonido de Luis Castro (sus relinchos son reconocibles a la legua), alguna pincelada erótica y el habitual e inevitable degradado de color que conlleva el paso del tiempo, hacen que la producción tenga un cierto aire a lo Curro Jiménez, serie de la que, por cierto, Rovira Beleta dirigió tres capítulos en ese mismo periodo.

Isabel (Maribel Martín): de campesina a reina de Castilla

Maribel Martín y Juan Ribó encarnaron a la pareja protagonista, dando pie a una trama en la que se mezclan el idilio amoroso de los aún infantes con las intrigas políticas de quienes se disputaban el codiciado trono de lo que un día llegaría a ser España. No faltan, de hecho, algunas proclamas avant la lettre en favor de la pluralidad de los reinos peninsulares, como las que profiere Isabel para justificar su elección y el futuro esplendor de la nación resultante. Los antagonistas, en cambio, ven con recelo su matrimonio con el príncipe aragonés, considerado un enemigo potencial de los intereses de Castilla, y abogarán por la unión de la joven con los pretendientes inglés o portugués. De ella dependerá, por tanto, demostrarles que Fernando es el candidato ideal, misión en la que juega con ventaja por haberse producido el enamoramiento de la pareja antes de que cada uno conociera la verdadera identidad del otro.

El pérfido Marqués de Villena (Carlos Ballesteros,
el primero por la izquierda) y sus acólitos

En ese sentido, La espada negra destaca por el hiperrealismo de algunos elementos, como los brotes demenciales de Isabel de Portugal (Terele Pávez), la autopsia del hermano menor de Isabel o el mostrar a una futura reina como si de una labradora más se tratase. Todo lo cual pone de manifiesto, una vez más, las inquietudes de Rovira Beleta por forjarse un estilo personal como cineasta.

De no haber muerto envenenado, el pequeño Alfonso habría sido rey