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jueves, 21 de mayo de 2020

Espartaco (1960)




Título original: Spartacus
Director: Stanley Kubrick
EE.UU., 1960, 184 minutos

Espartaco (1960) de Stanley Kubrick

Se ha dicho tantas veces que Kubrick no la consideraba exactamente una película suya, al no haber podido tener pleno control sobre todos los elementos de la producción, que Spartacus terminó cayendo un poco en tierra de nadie, apenas un péplum recurrente para ser televisado, año tras año, por Semana Santa. De sobras es conocido, además, el episodio del despido de Anthony Mann, tras haber dirigido únicamente la secuencia preliminar en las minas de sal, así como la controversia generada en torno a la presencia en los títulos de crédito del guionista Dalton Trumbo, antiguo represaliado durante la caza de brujas del macarthismo.

Sin embargo, una superproducción de tal magnitud, con sus cuatro premios Óscar y un reparto estelar de intérpretes, destaca especialmente por una cuidadísima dirección artística en la que se nota el esmerado trabajo de documentación llevado a cabo a la hora de recrear aspectos tan específicos de la vida cotidiana en la antigua Roma como los lujosos interiores de inspiración pompeyana de las villas o incluso las termas y el propio Senado.



Minuciosidad que se observa, asimismo, en el combate privado de gladiadores que tiene lugar en la escuela regentada por Batiatus (Peter Ustinov), donde cada contendiente aparece perfectamente caracterizado según se trate de un reciario (armados con red y tridente) o de un mirmillón (provistos de espada tracia y escudo redondo). Y luego están las pequeñas genialidades, con el sello inconfundible de Kubrick, como hacer que los personajes de condición social humilde hablen con acento americano, mientras que los sofisticados patricios se expresan en un cuidado inglés británico. O el espectacular despliegue de las legiones, filmado en la Dehesa de Navalvillar, cerca de Colmenar Viejo (en Madrid), magistral puesta en escena que no figuraba en el guion original y que preludia algunos de los planos que podrán verse, años más tarde, en Barry Lyndon (1975).

¿De qué habla, en realidad, Espartaco? Evidentemente, de todo menos de romanos. A este respecto, conviene tener en cuenta que la rebelión de esclavos comandada por un antiguo gladiador simboliza, en primer lugar, la lucha titánica de un actor y productor (Kirk Douglas) que, al frente de la modesta Bryna Productions, pretende plantarle cara al imperio hollywoodense. Hay también muchísimo, lo apuntábamos más arriba, de crítica subterránea contra los poderes fácticos, que no sólo limitan la libertad de expresión, sino que están dispuestos a crucificar a todo aquél que se atreva a nadar contracorriente. Aunque, y ahí está ese momento antológico en el que, todos a una, se ponen en pie para clamar aquello tan célebre de "I'm Spartacus!", ésta es una película que encarna a la perfección el espíritu de camaradería, la lucha por una causa común a la que hay que permanecer fiel hasta las últimas consecuencias.


domingo, 20 de enero de 2019

Romeo y Julieta (1968)




Título original: Romeo and Juliet
Director: Franco Zeffirelli
Reino Unido/Italia, 1968, 133 minutos

Romeo y Julieta (1968) de Franco Zeffirelli


En la bella Verona, donde situamos nuestra escena, dos familias, iguales una y otra en abolengo, impulsadas por antiguos rencores, desencadenan nuevos disturbios, en los que la sangre ciudadana tiñe manos ciudadanas. De la entraña fatal de estos dos enemigos cobraron vida bajo contraria estrella dos amantes, cuya desventura y lastimoso término entierra con su muerte la lucha de sus progenitores.

William Shakespeare
La tragedia de Romeo y Julieta
Traducción de Luis Astrana Marín

Como los lienzos de Jean-Léon Gérôme o de Ingres, el Romeo y Julieta de Zeffirelli tiene un trazo de cromo, de reconstrucción preciosista y minuciosa que sería recompensada con sendos Óscar: mejor fotografía para Pasqualino de Santis y mejor diseño de vestuario para Danilo Donati. Colorido y delirio romántico subrayados, además, por la partitura de Nino Rota. Todo muy en la línea de las aclamadas superproducciones sentimentales que arrasaban en la época: Los paraguas de Cherburgo (1964) de Jacques Demy, Un hombre y una mujer (1966) de Claude Lelouch,  Love Story (1970) de Arthur Hiller...

Sin olvidar, eso sí, que se trata, ante todo, de una película de época que adaptaba una de las obras cumbre de la literatura universal. Y que, como todo éxito de taquilla que se precie, guarda no pocas sorpresas y curiosidades. Por ejemplo, que la voz del narrador con la que se abre y se cierra la historia es la de Sir Laurence Olivier, aunque no aparezca acreditado. O que, según parece, Franco Zeffirelli quedó por completo prendado de su Julieta, una casi adolescente Olivia Hussey con la que habría de volver a trabajar en la serie televisiva Jesús de Nazaret (1977).



El hecho de que los exteriores se rodasen en la propia Verona podría asimismo considerarse una circunstancia destacable de no ser porque el también italiano Renato Castellani (1913–1985) ya había hecho lo propio en su meritoria (y a menudo olvidada) versión de 1954, un portento que convendría reivindicar por su delicada y cuidada factura: que lo que tiene Zeffirelli de espectacularidad (y cientos de extras batallando a favor o en contra de Montescos y Capuletos) le sobraba en refinamiento a su compatriota.

En cualquier caso, y permítasenos barrer para casa (valga la paronomasia), los amores prohibidos del apolíneo Romeo (¡hay que ver cómo se parece Leonard Whiting a Zac Efron!) y la gentil Julieta son cien años posteriores a los de Calisto y Melibea, quienes también la liaron parda por hacer caso omiso de las advertencias de sus mayores. Vaya, pues, para Fernando de Rojas la gloria de haber creado unos personajes tan llenos de vida que ni la frialdad senequista del teatro isabelino ni el despliegue de medios Made in Hollywood de Zeffirelli pudieron jamás igualar.


martes, 20 de diciembre de 2016

El discípulo del diablo (1959)




Título original: The Devil's Disciple
Directores: Guy Hamilton y Alexander Mackendrick
Reino Unido/EE.UU., 1959, 83 minutos

El discípulo del diablo (1959)


El pasado 20 de abril fallecía en Mallorca, a los 93 años de edad, el director Guy Hamilton, célebre por haber sido el responsable de varios títulos de la saga James Bond, entre los que destacan Diamantes para la eternidad (1971) o Vive y deja morir (1973). Mucho antes de eso, sin embargo, Hamilton había dirigido The Devil's Disciple, un interesante filme en blanco y negro, basado en la obra homónima de Bernard Shaw a propósito de la Guerra de Independencia americana, en el que, según parece, también intervino Alexander Mackendrick, aunque no figure en los títulos de crédito.

Vehículo para el lucimiento del trío de actores formado por Kirk Douglas, Burt Lancaster y Laurence Olivier (los dos primeros fueron, además, coproductores ejecutivos), El discípulo del diablo contaba con un ingenioso batallón de soldaditos de plomo para mostrar sobre el mapa las evoluciones de las tropas de uno y otro bando.



En lo esencial, la trama se centra en el cínico Richard Dudgeon (Douglas) y el puritano reverendo Anthony Anderson (Lancaster). Cuando el segundo de ellos, casto varón de conducta irreprochable, interceda en favor del padre de Richard, contraviniendo el dictamen oficial, se granjeará las iras de las autoridades coloniales. Pero Dudgeon no dudará en hacerse pasar por Anderson cuando vienen a detener al ministro presbiteriano, acción que motiva que la esposa del religioso (Janette Scott) caiga rendida a sus pies a partir de ese momento y que el prelado se acabe convirtiendo en un revolucionario más.

Durante el posterior juicio, Dudgeon hará gala de su fina ironía frente a los toscos ingleses, dejando en evidencia a los hombres del General Burgoyne (Olivier) incluso cuando tenga la soga al cuello: huelga decir que en el último minuto se salvará de morir ahorcado.

Olivier, un caballo, Douglas, Scott y Lancaster

domingo, 24 de mayo de 2015

Elemental, Dr. Freud (1976)




Título original: The Seven-Per-Cent Solution
Director: Herbert Ross
Reino Unido/EE.UU., 1976, 113 minutos
Elemental, Dr. Freud (1976) de Herbert Ross


El novelista (y más tarde director de cine) Nicholas Meyer tuvo la genial ocurrencia de reunir en una novela a Sherlock Holmes y a Sigmund Freud: siendo adicto Holmes a la cocaína y obsesionado por la manía persecutoria contra el profesor Moriarty (interpretado en un fugaz papel nada menos que por Laurence Olivier), su inseparable doctor Watson (Robert Duvall) no tendrá más remedio que llevar al detective privado hasta Viena para someterlo al método psicoanalítico. Una vez allí, además de poner en orden su subconsciente, tendrá tiempo para resolver el enigma del secuestro de la bella cantante Lola Deveraux (Vanessa Redgrave).

De izquierda a derecha: Alan Arkin (Freud),
Nicol Williamson (Holmes) y Robert Duvall (Watson)


La dirección estuvo a cargo del veterano Herbert Ross (1927-2001), quien le dio a la historia un aire más de comedia que no de película de misterio. Así pues, los ya clásicos personajes creados por Sir Arthur Conan Doyle parecen más bien caricaturas de sí mismos.
Por cierto que el título original del filme (The Seven-Per-Cent Solution) hace referencia a la droga de la que Sherlock Holmes suele abusar: de ordinario se inyecta una mezcla formada por un 7% de cocaína y un 93% de solución salina.

Laurence Olivier caracterizado como Profesor Moriarty

Entre las escenas más logradas de Elemental, Doctor Freud, resulta memorable la persecución en tren que llevan a cabo los protagonistas en pos del pérfido Barón Karl von Leinsdorf (Jeremy Kemp): para aligerar peso y quemar combustible van arrancando los listones de madera de las paredes hasta quedarse prácticamente al aire.
En cuanto a la banda sonora, estaba previsto que la compusiera Bernard Herrmann. Pero habiendo fallecido éste poco antes, finalmente sería John Addison el encargado de la partitura.