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sábado, 29 de julio de 2023

La quiniela (1960)




Directora: Ana Mariscal
España, 1960, 84 minutos

La quiniela (1960) de Ana Mariscal


«—¿Trae algo nuevo el periódico? —Sí, la fecha...» Los diálogos de La quiniela (1960) están repletos de réplicas que, como la que encabeza estas líneas, evidencian un humor blanco de lo más entrañable. Como encantadora resulta la figura de Ana Mariscal (1923-1995), actriz y cineasta que el próximo 31 de julio hubiese cumplido cien años. Su filmografía como directora, nunca lo suficientemente reivindicada, había arrancado con la comedia de ambientación madrileña Segundo López, aventurero urbano (1953), primero de una decena larga de títulos entre los que destacan Con la vida hicieron fuego (1959) o El camino (1964), adaptación cinematográfica de la novela homónima de Miguel Delibes.

Entre bromas amables y situaciones de lo más ocurrente, el trasfondo futbolístico de la cinta que nos ocupa deja entrever, sin embargo, uno de los rasgos habituales en cualquier sociedad subdesarrollada: la obsesión por salir de pobre. En ese sentido, llama poderosamente la atención el hecho de que su protagonista, un venerable ancianito que responde al nombre parlante de don Cándido Palomo y García (Joaquín Roa), viva por completo ajeno a la pasión por el deporte rey de cuantos le rodean, hasta que un compañero de trabajo, el oportuno Olmedilla (Erasmo Pascual), le pide que le ayude a rellenar el boleto para los partidos del próximo domingo.



Aunque no es el fútbol la única manía que aparece aquí descrita, gracias al magistral guion de Agustín Valdivieso con diálogos adicionales de Tono de Lara y Luis Ligero, sino que también queda patente la adicción de la joven Elisita (Isana Medel) a las novelas románticas y a los seriales radiofónicos. Una ensoñación recurrente, encarnada por el apuesto Leonardo Mendoza (Rafael Durán), cuyo origen más plausible cabría buscarlo en el afán escapista de quien ansía evadirse de la cruda realidad diaria. La misma que obliga a la sufrida doña Elisa (Rafaela Aparicio) a hacer malabarismos para poder llenar la cesta de la compra en un mercado donde la gente se agolpa en torno a un puesto porque una señora (¡cosa insólita!) está comprando carne...

Por otra parte, la propia Ana Mariscal se reserva un pequeño papel, concretamente el de la solterona Berta, mujer en principio condenada a una existencia gris en la modesta casa de huéspedes regentada por don Cándido, pero a la que la vida tal vez depare una última oportunidad. En todo caso, el penúltimo plano de la película, una mano que sube el volumen del televisor a través del cual se está retransmitiendo un partido, denota una gran audacia (quien vea la escena y su contexto entenderá por qué) por parte de una directora avanzada a su tiempo.



domingo, 12 de noviembre de 2017

Labios rojos (1960)




Director: Jesús Franco
España, 1960, 98 minutos

Labios rojos (1960) de Jesús Franco


En los inicios de su prolífica carrera, el incombustible Jesús Franco dirigió el policíaco Labios rojos, segundo de los más de doscientos largometrajes que rodaría a lo largo de su vida. Aunque, para ser una película de tan colorido título, el blanco y negro de la fotografía de Foriscot y Mariné se quedaba más bien corto.

La trama, que tiene como protagonistas a una pareja de atractivas y alocadas jóvenes dedicadas, como detectives aficionadas, a resolver los casos de los que luego se encargará el bonachón comisario Fernández (Manolo Morán), presenta algunos toques de humor que convierten al filme en una casi parodia, siendo los más llamativos la banda sonora compuesta por Antonio García Cano o la peculiar coreografía que Lola (Ana Castor) y Cristina (Isana Medel) protagonizan en el club de jazz Stardust.



El robo de un valiosísimo diamante se va a convertir en el motor de la acción, toda vez que una serie de peligrosos gerifaltes están dispuestos a llegar hasta donde sea necesario con tal de conseguirlo: el distinguido Alexis Kalman (Antonio Jiménez Escribano), su ayudante Carlos Moroni (interpretado por el actor peruano Nerón Rojas) o el avispado Radeck (Félix Dafauce). Todos ellos tenderán sus redes alrededor de la preciada joya, llegando incluso a urdir una trampa que inculpe a las jóvenes investigadoras en un crimen que no han cometido.

Desde el punto de vista técnico, Jesús Franco revela con esta película, por la frescura de la puesta en escena, una cierta influencia sobre su modo de filmar (todavía no muy bien digerida) de los primeros títulos de la Nouvelle vague francesa, decantándose por el uso continuado del encuadre holandés y del plano contrapicado, rasgos que no sólo ponen de manifiesto una marcada personalidad como realizador, sino que preludian su futura colaboración con Orson Welles.


lunes, 20 de junio de 2016

Tenemos 18 años (1959)




Director: Jesús Franco
España, 1959, 73 minutos

Tenemos 18 años (1959) de Jesús Franco


Para alguien que, como Jesús Franco, dirigió más de doscientas películas, el cine no debía tener grandes secretos. Por lo menos, habría que concederle el mérito de haberse mantenido fiel no sólo a la profesión sino sobre todo a un estilo personalísimo que está presente a lo largo de toda su producción, como puede comprobarse en el primero de sus largometrajes: Tenemos 18 años, rodado en el lejano 1959, pero con un toque jovial muy cercano al de los cartoons americanos.

Su planteamiento es sumamente original, ya que se basa en las impresiones anotadas por las protagonistas durante un viaje. Pero como ambas poseen caracteres muy diferentes (el de la soñadora María José, Isana Medel, frente al de la alocada Pili, Terele Pávez) su percepción de los hechos también difiere bastante. De modo que se nos mostrarán ambas versiones y santas pascuas. Total: si la película se titula Tenemos 18 años es porque los protagonistas intuyen que al acercarse su mayoría de edad se acerca también el triste momento de sentar la cabeza. De manera que a lo que asistimos es al canto del cisne de su propia adolescencia: el último verano en el que están permitidas las ensoñaciones. 

Además de por el colorido de su fotografía en Eastmancolor, los dibujos animados de unos creativos títulos de crédito y por su desenfadada banda sonora jazzística (compuesta e interpretada al piano por el propio Jesús Franco y la orquesta de Don Parker), el filme destaca por ese peculiar sentido del humor del que hace gala el primo Mariano (Antonio Ozores). Y todo ello sirviendo de marco a una historia iniciática, verdadera road movie a la española, y aparentemente absurda, pero que al mismo tiempo encierra alguna que otra pincelada trágica, como el relato del atracador magistralmente interpretado por Luis Peña.

Hasta se apunta, aunque tímida y puntualmente (merced al carácter histriónico de Antonio Ozores), el elemento terrorífico del que tantas muestras daría Jesús Franco durante su prolífica carrera. ¿Qué más se puede pedir en los 73 minutos escasos de una película fresca, que apenas pretendía mostrar las vacaciones de dos universitarias por tierras andaluzas y a lomos de un desvencijado Ford T amarillo?