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sábado, 14 de octubre de 2023

El huerto del Francés (1978)




Director: Jacinto Molina
España, 1978, 94 minutos

El huerto del Francés (1978) de Jacinto Molina


La ambición de reivindicarse como cineasta capaz de llevar a cabo proyectos de mayor sustancia que las teóricamente insulsas películas de terror que le habían dado la fama llevó a Jacinto Molina (1934-2009), más conocido como Paul Naschy, a despojarse de su alias habitual para dirigir y protagonizar El huerto del Francés (1978)

Sin embargo, su apariencia de drama histórico ambientado a principios del siglo XX en la localidad sevillana de Peñaflor esconde, en realidad, una cinta repleta de elementos que resultaban enormemente morbosos para el público ávido de emociones fuertes de la Transición. Así pues, el repertorio de temas abarcados por el guion (obra del propio Molina y Antonio Fos) oscila entre las juergas subidas de tono, con prostitutas y timbas clandestinas que los señoritos del lugar organizan en el "selecto" garito regentado por el protagonista, hasta prácticas que, como el aborto (por aquel entonces totalmente prohibido en España), constituían una absoluta transgresión.



En esa misma línea, el carácter apacible de Juan Andrés Aldije (Paul Naschy), casado con una rica heredera (Julia Saly), aunque protector/proxeneta de las atractivas Charo (Ágata Lys) y Andrea (María José Cantudo), a las que deja embarazadas y con las que forma un particular triángulo erótico, contrasta con el lado oscuro de un personaje cuya torva mirada deja entrever las aviesas intenciones que alberga en su interior.

Y es que ese huerto al que alude el título no sería tanto una parcela para plantar patatas, sino un macabro cementerio adonde van a dar con sus huesos los incautos viajeros que allí recalan. Escabroso suceso, basado en hechos reales, del que da cumplida cuenta el romance cantado por Rosa León con el que se abre y se cierra la trama, un largo, larguísimo flashback que precede a la ejecución pública de los criminales.



sábado, 27 de abril de 2019

Vota a Gundisalvo (1978)




Director: Pedro Lazaga
España, 1978, 88 minutos

Vota a Gundisalvo (1978) de Pedro Lazaga


Sí, sí: ya sé que estamos inmersos en plena jornada de reflexión y que pedir el voto para cualquiera de los candidatos no parece lo más apropiado. Pero, aun así, vale la pena recuperar este viejo título que fuera concebido en tiempos de la hoy tan denostada transición para darse cuenta de que tampoco hemos cambiado tanto: partidos de nueva creación sin un ideario excesivamente definido; aspirantes a ocupar el escaño desprovistos de experiencia, pero con un pasado turbio e intenciones más que dudosas; guerra sucia para desacreditar a los rivales; etc., etc.

Escrita por el productor José Luis Dibildos en colaboración con Antonio Mingote y dirigida por el incombustible Pedro Lazaga, Vota a Gundisalvo es una película que resulta imposible desvincular del contexto en el que vio la luz. Sobre todo, porque alude directamente a los líderes políticos de aquel entonces, con una especial obsesión hacia Felipe González, sin duda a causa del ideario marxista y republicano que por aquellas fechas aún detentaba el PSOE.

Los exteriores del filme se rodaron en la provincia de Málaga

El añorado Antonio Ferrandis se mete en la piel de este arribista con la habitual solvencia de la que siempre hizo gala a lo largo de sus muchos años de carrera. El suyo es un personaje sin escrúpulos, dispuesto a lo que haga falta con tal de llegar a senador: ¿que hay que ponerse a régimen para mejorar la figura?, pues venga dieta del pomelo; ¿que conviene cambiar los habanos por Celtas para parecer menos potentado y más proletario?, pues adelante; ¿que su amante Lolita (Silvia Tortosa) debe dormir con su adversario (José Lifante)?, pues se sacrifica uno por más que le duela. Porque París bien vale una moza (1972), como rezaba el título de un filme anterior de Pedro Lazaga.

Lo malo es que ni una sola de todas esas iniciativas surge de Gundisalvo García, sino que más bien se trata de recomendaciones ideadas por su joven y ambicioso asesor de imagen Julio Pedraza (Emilio Gutiérrez Caba), antiguo responsable de varias campañas publicitarias para promocionar detergentes y que ahora deberá lavar la reputación del futuro senador y flamante candidato por la recién creada Concordia Democrática del Estado Español.


martes, 15 de agosto de 2017

Corazón de papel (1982)




Director: Roberto Bodegas
España, 1982, 95 minutos

Corazón de papel (1982) de Roberto Bodegas


Puede que, en algunos aspectos, esta olvidada película del hoy olvidado Roberto Bodegas (y valga la redundancia) haya quedado obsoleta. Pero por más que los entresijos de la prensa del corazón (y los de la otra) ya no escandalicen a nadie, cuando se cuenta con nombres de la talla de Héctor Alterio y Antonio Ferrandis y un guion escrito a medias con Jaime de Armiñán, el resultado debe forzosamente ser tenido en cuenta.

En una escena de Corazón de papel, Antonio Borja (director de la agencia Agepress) y don Arcadio Nieto (doctor en física) conversan en el jardín del segundo a propósito de unas comprometedoras fotografías. El duelo interpretativo entre ambos actores (los Ferrandis y Alterio, respectivamente, a que antes aludíamos) es de tal sutileza, tirando de amenazas veladas y discretas insinuaciones, que, sin necesidad de entrar en muchos detalles, intuimos un turbio trasfondo en el que se mezclan corrupción política, chantaje y viejas rencillas personales. 

Porque se da el caso de que Borja fue sargento de Nieto en la División Azul e incluso le salvó la vida. Y aunque ahora se hayan vuelto las tornas y el antiguo subordinado sea un influyente miembro de las altas esferas (laureado con la Cruz de Hierro de Segunda Clase y la Cruz al Mérito Civil) mientras que el suboficial ha quedado en apenas director de una agencia de noticias al borde de la quiebra, resolver el dilema no va a ser tarea fácil, dado que ninguno de los dos parece dispuesto a ceder.



Mucho más jóvenes, Julia y Tomás se toman la profesión de otra forma. Ella (Ana Obregón) es en realidad hija de Borja, aunque nadie lo sabe. Él (Patxi Andión) es la viva imagen del viejo director cuando era joven y recita de carrerilla los mandamientos que éste le enseñó:

1º: No dejes que la realidad te estropee un buen reportaje. 
2º: Todo lo que haces es para vender. 
3º: Vales lo que vendes.

Mientras se trate de obtener en exclusiva las fotos de la boda de una célebre actriz (en este caso, Silvia Tortosa interpretándose a sí misma) o sorprender in fraganti a un futbolista de moda con su último ligue en la discoteca o hacer pasar por robadas en Acapulco las instantáneas de una folclórica posando en la terraza de su casa... pues tira que te mata. Lo malo es que, a veces, comerciar con según qué mercancías puede acarrear tremendas consecuencias. En ese sentido, uno de los encantos de Corazón de papel es la descripción de una época en la que, superada la primera fase de la Transición, aún quedan residuos de lo que fue el antiguo régimen: en ocasiones disfrazados de "demócratas de toda la vida", como Antonio Borja; nostálgicos más o menos inofensivos, como el comisario Olmedilla (Eduardo Calvo) y peligrosos gerifaltes, como el ya citado don Arcadio, dispuestos a llegar adonde sea con tal de mantener su estatus de vicios privados y virtudes públicas.


martes, 25 de julio de 2017

Hasta que el matrimonio nos separe (1977)




Director: Pedro Lazaga
España, 1977, 95 minutos

Hasta que el matrimonio nos separe (1977)


En el caso improbable de que se reestrenase Hasta que el matrimonio nos separe (1977), lo haría casi con toda seguridad en el Festival de Cine de Sitges, tanto es el terror que producen sus diálogos al cabo de cuarenta años. Palabras como amancebamiento o apostasía, afortunadamente en desuso hace ya tiempo, convierten en una cuasi reliquia esta película escrita por el productor José Luis Dibildos y el humorista Antonio Mingote cuando en España la remota posibilidad del divorcio era todavía contemplada como una alarmante aberración entre amplios sectores de la sociedad.

El dilema que se le plantea a Miguel (José Sacristán) al saber que su novia americana está embarazada sólo es concebible en el seno de un país profundamente marcado por la represión sistemática de sus habitantes a instancias del nacionalcatolicismo. De ahí que, ante situaciones vividas con cierta naturalidad en el resto del mundo civilizado (como ser madre soltera o el matrimonio civil), a los españolitos de su generación se les viniese el mundo encima.

"¡In-di-so-lu-bleeee!"

Que la acción de Hasta que el matrimonio nos separe transcurra en Santander no es en absoluto baladí, puesto que el objetivo era (véase cartel) plantear "un debate sobre la libertad de la pareja española" en su vertiente más provinciana. De poco habría servido ambientarla en Madrid, donde sería menos verosímil recrear la sensación de espacio cerrado en el que todo el mundo se conoce y donde las noticias vuelan: Miguel comprobará enseguida que no hay secretos en una ciudad pequeña. En cuanto a por qué los hechos que se cuentan se sitúan en 1973 (como se deduce de la noticia del nombramiento de Carrero Blanco como Presidente del Gobierno que doña María ve por televisión) quizá haya que achacarlo al hecho de que en el 77, con el dictador ya muerto y las primeras elecciones democráticas al caer, se respiraban unos aires de cambio que hacían menos creíble la mojigatería de algunos personajes.

Y uno se pregunta: ¿a los actores no se les escapaba la risa cuando tenían que decir su papel durante el rodaje? No sé: todo eso de herejía, unión indisoluble y la condenación eterna. En cualquier caso, es ahora que nos hace gracia, cuando la evolución (y modernización) posterior de la sociedad española hacen inviable cualquier tipo de controversia al abordar estos temas. Lo verdaderamente importante es que películas así, con un Sacristán (José, se entiende) haciendo las veces de ciudadano medio, intentaban abrir la mentalidad de un determinado tipo de espectador en aras de una mayor tolerancia.


domingo, 14 de mayo de 2017

Pánico en el Transiberiano (1972)




Título en inglés: Horror Express
Director: Eugenio Martín
España/Reino Unido, 85 minutos

Pánico en el Transiberiano (1972)


Vayamos al grano: por mucho que haya terminado recibiendo la etiqueta de película de culto, Horror Express (1972) distaría bastante de ser lo que se dice una obra maestra del género. Tendrá legiones de seguidores, su reparto (con Christopher Lee y Peter Cushing a la cabeza) será todo lo atractivo que se quiera... Pero, bueno: ya se sabe cómo funcionan estas cosas: cuanto más friki más interés suscitan determinados títulos. Y éste es uno de ellos.

No nos detendremos en sus imprecisiones geográficas ni en lo monótono de un viaje en tren que llega a hacerse eterno ni en la machacona melodía que John Cacavas (1930–2014) compuso para la banda sonora, pero... ¿Qué decir de ese brazo peludo y casposo cuyas garras son capaces de abrir los candados de la caja que atesora los restos fosilizados de una criatura humanoide hallada en las cuevas de Manchuria? ¿O de cómo sus ojos rojos hacen sangrar los de sus víctimas hasta dejarlos completamente blancos? ¿O de Telly Savalas en un papel distinto al de Teniente Kojak? ¿Y de Helga Liné sin ser la madre de Javi en Verano azul? Todo terrorífico, sin duda.

Y pensar que Pánico en el Transiberiano fue concebida con la poco glamurosa finalidad de aprovechar los decorados de El desafío de Pancho Villa (1972)...


jueves, 27 de octubre de 2016

El último sábado (1967)




Director: Pere Balañà Bonvehí
España, 1967, 81 minutos

Día Mundial del Patrimonio Audiovisual



Presentación en la sala Chomón de la Filmoteca de Catalunya a cargo de Ferran Alberich, restaurador de películas. Se han proyectado dos anuncios publicitarios de animación dirigidos por Robert Balser a principios de los setenta: uno sobre Mirinda (sucedáneo de la Fanta de naranja) protagonizado por Mortadelo y Filemón y otro a propósito de los caramelos de menta Pectol. Y, a continuación, El último sábado, filme maldito y único largometraje que dirigiera Pere Balañà (1925-1995).

Tal y como ha señalado Alberich, el personaje interpretado por Julián Mateos presenta no pocas coincidencias con el Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa de Juan Marsé, así como con el protagonista de La piel quemada de Josep Maria Forn. Y lo curioso del caso es que tanto la novela como ambas películas salieron a la luz prácticamente por las mismas fechas, lo cual demuestra hasta qué punto la inmigración nacional se había convertido en inspiración de muchos creadores.

Hay en este José Luis Sánchez (el personaje central) una insatisfacción malsana, simbolizada por la motocicleta que tanto anhela, que lo empuja a querer siempre más: o, al menos, a querer abarcar más de lo que parecería corresponder a un simple charnego. Porque en el contexto social que muestra Balañà en El último sábado José Luis no deja de ser un ambicioso muchacho de barriada que se deja tentar por las veleidades de una burguesía que también pretende aprovecharse de él.

Da que pensar, al respecto, si tanto Balañà como Luis Romero, autores del guion, pretendieron castigar a José Luis por su atrevimiento, por relegar a su novia de toda la vida (una jovencísima Silvia Tortosa, en su debut cinematográfico) en beneficio de la seductora representante de una escudería italiana (Eleonora Rossi Drago). O por no haberse conformado con el humilde trabajo de repartidor de la editorial Seix-Barral o con el ambiente que se respira en el piso de su familia numerosa, donde el padre (Antonio Ferrandis) siempre está renegando y la madre (María Luisa Ponte) bregando con los niños y con la suegra.

En todo caso, y al margen de lo endeble que pueda ser la historia o la, en opinión de algunos, desmañada dirección de Balañà, lo realmente interesante de un filme como El último sábado es su innegable condición de documento de época, a medio camino entre el musical y el realismo social, que lo mismo muestra los bloques de pisos del extrarradio que el bullicio de los garitos y callejuelas más sórdidos del Paralelo (a veces filmados con cámara oculta) o de las boîtes de la Gauche divine barcelonesa donde actúan Karina o Los Sírex.