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domingo, 1 de enero de 2023

Robin de los bosques (1922)




Título original: Robin Hood
Director: Allan Dwan
EE.UU., 1922, 143 minutos

Robin de los bosques (1922) de Allan Dwan


La magnificencia de sus monumentales decorados, rebosantes de los miles de extras que intervinieron en el rodaje, proporciona una imagen bastante precisa de lo que pudo suponer en el Hollywood de hace exactamente cien años una película como Robin Hood (1922). Una superproducción en toda regla, a mayor gloria de Douglas Fairbanks, protagonista absoluto e indiscutible de la cinta, amén de estrella del momento en la meca del cine, que costó la friolera de un millón de dólares. Aunque, dada la condición atlética del actor (capaz de encaramarse, sin necesidad de dobles, hasta lo más alto de una almena o descolgarse desde la repisa de un balcón), la espectacularidad parecía garantizada, como quedó demostrado tras el inmediato éxito de taquilla y de crítica que conoció el filme.

Pero no sólo de acrobacias vive el hombre, y Fairbanks, a la sazón guionista (bajo el pseudónimo de Elton Thomas), además de productor, imagina una trama cuya esencia no dista gran cosa del hilo central de la Odisea: el caos sembrado en un reino por unos usurpadores durante la ausencia del héroe. De modo que, mientras el rey Ricardo Corazón de León (Wallace Beery) y los suyos parten rumbo a las cruzadas, el pérfido Juan Sin Tierra (Sam De Grasse) causará estragos a lo largo y ancho de una Inglaterra donde los atropellos y las injusticias auspiciadas por el regente propician que un grupo de insurrectos se atrinchere en las profundidades del bosque de Sherwood, en las inmediaciones de Nottingham.



Por otra parte, la producción que nos ocupa no sólo contribuyó a fijar la iconografía asociada al mítico forajido que robaba a los ricos para dárselo a los pobres (invariablemente ataviado con una pluma de faisán en su capucha, tan diestro en el manejo del arco y las flechas como con la espada), sino que al plantear que el tímido conde de Huntingdon se transformase en el aguerrido príncipe de los ladrones se estaban sentando las bases de una dicotomía que iba a estar presente en tantísimos superhéroes posteriores (por ejemplo el tándem Clark Kent/Supermán).

La australiana Enid Bennett interpreta el papel de Lady Marian, la bella damisela, pareja romántica del bandolero, que reaparecerá entre las novicias de un convento de clausura cuando todos la daban ya por muerta. En cambio, el rol de Little John, el fiel subalterno de Robin, recayó sobre Alan Hale, quien a lo largo de su carrera llegaría a encarnar a ese mismo proscrito, experto en el manejo del bastón, hasta en tres ocasiones distintas (concretamente, entre 1922 y 1950), en lo que constituye una de las asociaciones más prolongadas de la historia del cine entre actor y personaje.



domingo, 5 de abril de 2020

El mundo perdido (1925)




Título original: The Lost World
Director: Harry O. Hoyt
EE.UU., 1925, 93 minutos

El mundo perdido (1925) de Harry O. Hoyt

Oculto en un punto indeterminado de la selva amazónica, en la bisectriz de las fronteras de Brasil, Colombia y Perú, el altiplano al que se dirigen el profesor Challenger (Wallace Beery) y el resto de expedicionarios británicos a sus órdenes está poblado por diversas especies de dinosaurio que se creían extintas, pero de cuya existencia había dado noticia el desaparecido Maple White, por lo que su hija Paula (Bessie Love) se unirá al grupo con la esperanza de encontrarlo con vida.

La presencia en esas mismas filas del periodista Ed Malone (Lloyd Hughes) no sólo facilita la consabida subtrama romántica que nunca puede faltar en todo relato de acción que se precie, sino que aporta, asimismo, una nota crítica respecto a la prensa sensacionalista, siempre ávida de reportajes que sacien la curiosidad de sus lectores. A este respecto, la presentación en sociedad de las teorías de Challenger despierta tantos recelos como expectación cuando, de regreso de sus andanzas por Sudamérica, los protagonistas llegan a Londres acompañados de un formidable brontosaurio...



Mucho antes de que Spielberg pusiera en marcha la lucrativa saga iniciada con Parque jurásico (1993), los pioneros del cine mudo ya habían abordado el tema en una de aquellas cintas que aterraban a los candorosos espectadores de los años veinte y que hoy, merced al auge de lo vintage, poseen un encanto añadido, más arqueológico que cinéfilo.

Por su estructura, a medio camino entre la expedición de aventuras y el pánico urbano motivado por la presencia en las calles de alguna alimaña de proporciones colosales, The Lost World responde, además, a la misma fórmula que, en los inicios del período sonoro, explotaría King Kong (1933). Parecido que, lejos de ser casual, se debe a la presencia, en ambos filmes, del técnico de efectos especiales Willis H. O'Brien, experto en la confección de figurillas a escala y uno de los precursores de la animación mediante stop-motion.


martes, 18 de abril de 2017

El último mohicano (1920)




Título original: The Last of the Mohicans
Director: Maurice Tourneur
EE.UU., 1920, 73 minutos

El último mohicano (1920) de Maurice Tourneur


En pleno fragor de la contienda, un indio se acerca reptando con un inmenso cuchillo entre los dientes. Mira fijamente a cámara y tan fiera es su mirada que, a buen seguro, los espectadores de 1920 de inmediato debían de desviar los ojos de la pantalla horrorizados...

La escena pertenece a The Last of the Mohicans, dirigida por el francés Maurice Tourneur y, ante los problemas de salud de éste, continuada y luego finalizada por Clarence Brown. Podría tratarse de una de tantas películas mudas, pero al estar basada en un clásico de la literatura americana acabó convirtiéndose en uno de los títulos seleccionados por el National Film Registry de la Library of Congress, en 1995. O lo que es lo mismo: en un icono de la cultura de aquel país, digna de ser cuidadosamente restaurada y preservada como parte del patrimonio fílmico para su posterior difusión.

Poco más puede añadirse a propósito del de sobras conocido argumento de la novela que escribiera James Fenimore Cooper a principios del siglo XIX, salvo que respeta en líneas esenciales los esquemas propios de todo melodrama, con esas manos ensangrentadas que se entrelazan apasionadamente en el plano final y que prefiguran el desenlace de Duelo al sol, otro clásico norteamericano, en este caso del wéstern.