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lunes, 11 de agosto de 2025

Samantha (1963)




Título original: A New Kind of Love
Director: Melville Shavelson
EE.UU., 1963, 110 minutos

Samantha (1963) de Melville Shavelson


Todo lo que tiene de aparente elegancia y sofisticación lo tiene, a su vez, de superficial y tontorrón. Así es: A New Kind of Love (1963) no pasará a la historia precisamente por ser la mejor película protagonizada por el matrimonio Newman-Woodward. Muy al contrario, esta anodina comedia romántica, escrita y dirigida por el hoy olvidado Melville Shavelson, tira del recurso fácil de la batalla de sexos y de los típicos roles asociados a hombres y mujeres para explotar el gancho de la pareja de estrellas que encabeza su reparto.

Ella es una excéntrica diseñadora, nada femenina en su atuendo y modales, que se gana la vida plagiando los modelos expuestos en los escaparates más selectos de Nueva York para luego venderles la versión barata a las clases menesterosas. Él, en cambio, es un periodista deportivo que responde al perfil de mujeriego incorregible. Siendo tan opuestos, nada haría suponer que pudiesen acabar juntos...



Por exigencias del guion, la acción transcurre en ese París idílico, ciudad del amor, que el Hollywood clásico tanto ha frecuentado hasta mitificarlo. Equívocos, enredos y todos los clichés imaginables se encargarán del resto. Y aún así, pese a la sarta de situaciones inverosímiles de sus casi dos horas de duración, la película no está exenta de un cierto encanto iconoclasta.

En primer lugar, se salva la chispa de algunas réplicas, generalmente en boca de Thelma Ritter, cuyo personaje, la fiel ayudante enamorada del jefe (George Tobias) y que sufre en silencio la indiferencia que éste le dispensa, destila cinismo a raudales. Pero, al mismo tiempo, la idea de fondo que flota en todo momento consiste en parodiar los estereotipos del amor romántico, coqueteando incluso con la prostitución de lujo, para, por último, acabar estableciendo un inusual símil deportivo en el que los enamorados lo mismo aparecen ataviados como ciclistas, futbolistas o jugadores de rugby.



sábado, 31 de mayo de 2025

Vidas rebeldes (1961)




Título original: The Misfits
Director: John Huston
EE.UU., 1961, 125 minutos

Vidas rebeldes (1961) de John Huston


Muchas y variadas son las razones que explicarían esa aureola de malditismo que desde siempre ha pesado sobre The Misfits (1961). De entrada porque el propio guion, escrito por Arthur Miller (reputado dramaturgo y, en aquel entonces, como todo el mundo sabe, marido de Marilyn Monroe), gira en torno de unos "inadaptados" cuyo mundo se halla al borde de la extinción. Un aire crepuscular que el fallecimiento de la pareja protagonista tras la que había de ser la última película de ambos (Clark Gable, de hecho, murió pocos días después de la finalización del rodaje) contribuyó a elevar a la categoría de mito, dando pie a todo tipo de rumores acerca de una supuesta maldición.

Leyendas al margen, lo cierto es que el proceso de filmación resultó un verdadero infierno a causa de las continuas desavenencias entre un John Huston en horas bajas y un elenco de intérpretes aquejado de adicciones y problemas mentales de diversa índole. Si a ello se le suma que la temperatura media en el desierto de Nevada en el que se rodaron los exteriores no bajó de los cuarenta grados, se comprenderá que la cinta estaba predestinada a ser un fracaso comercial.



Aun así, el paralelismo entre los mustangs (nombre con el que se conocen los caballos salvajes que habitan en las praderas) y los últimos cowboys, representados en el filme por el veterano Gay Langland (Gable) y el atormentado Perce (personaje idóneo para Montgomery Clift, en el declive de su carrera), actúa de motor de un drama en el que una divorciada tan bella como hipersensible (Monroe), su casera (Thelma Ritter) y un veterano piloto de guerra que se gana la vida como mecánico (Eli Wallach) completan la galería de perdedores.

La soberbia banda sonora de Alex North subraya el carácter trágico de una historia en la que no faltan, sin embargo, guiños cinéfilos como las fotografías de Marilyn que la protagonista femenina tiene colgadas en la puerta del armario o la alusión a unas cicatrices en la cara durante la conversación telefónica que el personaje de Monty Clift, víctima años antes de un grave accidente de tráfico, mantiene con su madre. Pinceladas cómicas, tal vez sarcásticas, en el contexto del retrato amargo de una realidad cuya belleza, presente en tantos wésterns, tocaba entonces a su fin porque el avance imparable del progreso dictaba que los jóvenes prefiriesen montar en motocicleta y que la carne de los corceles terminase siendo comida para perros.



domingo, 23 de marzo de 2025

El hombre de Alcatraz (1962)




Título original: Birdman of Alcatraz
Director: John Frankenheimer
EE.UU., 1962, 149 minutos

El hombre de Alcatraz (1962) de J. Frankenheimer


Si no fuese porque el personaje central de Birdman of Alcatraz (1962) existió realmente, pudiera pensarse que la idea de un recluso aficionado a la ornitología nació de la imaginación sutil de algún guionista de Hollywood. Porque qué mejor metáfora de lo que supone el cautiverio que la de un hombre condenado a cadena perpetua por doble asesinato que, sin embargo, logra encontrarle un sentido a su vida a través de las aves, símbolo de la libertad.

A este respecto, la dirección de John Frankenheimer subraya el carácter claustrofóbico de la historia mediante una puesta en escena eminentemente teatral en la que el protagonista se encuentra tan enjaulado como los gorriones y demás pájaros que cría en su celda. Una historia verídica, basada en la biografía de Robert Franklin Stroud (1890-1963), quien falleció un año después del estreno de la película sin que las autoridades federales le hubiesen permitido verla.



De todos modos, parece ser que el verdadero señor Stroud no resultaba tan afable en la vida real como el adusto preso al que interpreta magistralmente Burt Lancaster, merecedor por su papel, auténtico recital de contención dramática, de una candidatura al Óscar, así como del BAFTA y de la Copa Volpi en Venecia. Sea como fuere, lo cierto es que asistir a la evolución del convicto, viéndolo trabajar en la soledad de su celda, produce un insólito placer en el espectador, que se siente partícipe de sus progresos.

Muchos son, en definitiva, los momentos que vale la pena destacar de una cinta tan sumamente memorable como la que nos ocupa, ya sea la relación de Stroud con sus carceleros (en especial aquél que le recuerda que él también es una persona, digna, por tanto, de que le den las gracias cuando es preciso), las continuas tensiones con el alcaide (Karl Malden), el ascendiente enfermizo de una madre sobreprotectora (Thelma Ritter) o el curioso idilio que mantiene con Stella Johnson (Betty Field), fruto de una intensa labor académica que termina por llamar la atención de la comunidad científica más allá de los estrechos límites de un centro penitenciario de alta seguridad.