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jueves, 26 de diciembre de 2019

Palabras encadenadas (2003)




Directora: Laura Mañá
España, 2003, 87 minutos

Palabras encadenadas (2003) de Laura Mañá


El éxito de público cosechado por el dramaturgo barcelonés Jordi Galcerán (1964) favoreció que, a comienzos de este siglo, se llevasen a cabo sendas adaptaciones cinematográficas a partir de sus dos obras teatrales más conocidas: El método (2005), basada en El mètode Grönholm, y, dos años antes, estas Palabras encadenadas que dirigió la actriz y realizadora Laura Mañá con Darío Grandinetti y Goya Toledo en los papeles protagonistas.

En el momento de su presentación —llevada a cabo en el Teatro Romea y que el DVD incluye entre sus extras— la directora la comparó con filmes igualmente claustrofóbicos como, por ejemplo, La huella (1972) de Mankiewicz o La muerte y la doncella (1994) de Polanski. Sin embargo, salta enseguida a la vista que, tanto a nivel visual como temático, el referente más obvio de Palabras encadenadas sería otro filme español: Tesis (1996) de Alejandro Amenábar, donde el asesino en serie interpretado por Eduardo Noriega, al igual que Ramón (Grandinetti), era aficionado a grabar en vídeo la tortura de sus víctimas.



Sin embargo, y a diferencia de la mayoría de títulos arriba mencionados, la cinta que nos ocupa posee la particularidad de estar planteada como un divertimento macabro: "Monserga - Gallito - Todopoderoso - Sobrado - Donaire - Recuerdo - Dorado - Doméstico - Cojonudo - Domar - Marmota - Tarado - Doler - Lerdo - Dominada - Dama - Marea..." Y así hasta que uno de los dos falle: si se equivoca él, Laura (Goya Toledo) ganará su libertad; si es ella, Ramón le sacará un ojo con una cucharilla. Enfoque "lúdico" que, pese a la crueldad de los hechos expuestos, termina generando un juego de apariencias en el que el espectador, al igual que el comisario Espinosa (Fernando Guillén), deberá desentrañar la verdadera naturaleza de la relación entre víctima y victimario.

Paredes de hormigón garabateadas, espacios subterráneos iluminados con fluorescentes, profesores de estética que citan a Thomas de Quincey (autor de la muy estimable Murder Considered as One of the Fine Arts, 1827), asesinos en serie que juegan a burlarse de la policía (y, de paso, de nosotros)... Elementos, todos ellos, que remiten a clásicos del género como El silencio de los corderos (1991) o Seven (1995), pero con el sello personal de una directora que, mediante el uso recurrente del plano cenital o valiéndose del estándar jazzístico "You don't love me" en la escena final, completó una de sus obras más redondas.


En sus manos (2010)




Título original: Contre toi
Directora: Lola Doillon
Francia, 2010, 77 minutos

En sus manos (2010) de Lola Doillon


Lo hemos visto montones de veces: un hombre secuestra a una mujer (los motivos pueden obedecer a mil y una variables) y, acto seguido, la encierra en una habitación para convertirse en su fiel guardián. A partir de aquí, o bien la víctima desarrolla algún tipo de síndrome de Estocolmo o bien el celador se excede en su vertiente más sádica. Tirando hacia atrás en el tiempo, uno de los primeros y más notables ejemplos al respecto lo encontramos en El coleccionista (1965) de William Wyler, si bien podrían citarse muchos otros filmes con similar y cruel planteamiento.

El cine español también ha frecuentado en no pocas ocasiones tan bárbaro subgénero, siendo los títulos más memorables Palabras encadenadas (2003) de Laura Mañá o ¡Átame! (1989) de Almodóvar. O incluso, ya rizando el rizo, Tamaño natural (1974) de García Berlanga, que vendría a ser la versión fetichista a propósito del mismo tema.



La francesa Contre toi (2010) —que aquí se estrenó, con dos años de retraso, bajo el título de En sus manos— sugería un acto de venganza minuciosamente planificado por un joven contra la doctora responsable de haber cometido una negligencia médica que le costó la vida a su esposa parturienta. A tal efecto, y aprovechando que Anna (Kristin Scott Thomas) se encuentra de vacaciones, Yann (Pio Marmaï) la retiene por la fuerza en una casa a las afueras donde apenas le proporciona alimento para su subsistencia. Sin embargo, y a fuerza de compartir muchos momentos de cautiverio y confidencias (él es viudo, ella divorciada), se acabará generando una apasionada atracción entre ambos. ¿Amor o dependencia?

A pesar de caer en los tópicos habituales, la cineasta francesa Lola Doillon (Charenton-le-Pont, Val-de-Marne, 1975: hija y esposa, respectivamente, de los también cineastas Jacques Doillon y Cédric Klapisch) ponía encima de la mesa, aunque fuese de forma tangencial, varios temas espinosos, como la relación entre doctores y pacientes o el estrés al que los primeros están expuestos a consecuencia de la enorme responsabilidad que tienen entre manos. Sin duda una problemática muchísimo más relevante que no el convencional (y previsible) thriller en el que se acaba convirtiendo la película.