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viernes, 31 de mayo de 2019

Sábado noche, domingo mañana (1960)

















Título original: Saturday Night and Sunday Morning
Director: Karel Reisz
Reino Unido, 1960, 89 minutos

Sábado noche, domingo mañana (1960)

Uno de los títulos clave en la Nueva Ola del cine británico, y hoy afamado filme de culto, Saturday Night and Sunday Morning supuso, también, el debut de Karel Reisz en la dirección de largometrajes. Amén de la puesta de largo de un actor que estaba llamado a ser uno de los más notables de su generación: el recientemente desaparecido Albert Finney (1936–2019).

El éxito y posterior fama de una película de tales características cabe buscarlo en el retrato descarnadamente realista de la clase trabajadora, así como de los ambientes por ésta frecuentados. Una sordidez que no sólo se hace patente en el lenguaje soez de sus protagonistas, sino que transmiten, asimismo, las imágenes con esas barriadas grises, garitos infectos y factorías estruendosas en las que transcurre la acción.



El guionista Alan Sillitoe, autor, además, de la novela en la que se basa el texto, había vivido en lugares parecidos. Incluso fue operario en la misma fábrica en la que vemos a Arthur (Finney) manejar el torno. Quién sabe si mantuvo, como el rebelde personaje central, una aventura con una mujer casada (Rachel Roberts), pero lo cierto es que la censura obligó a suavizar algunas de dichas escenas dado el atrevimiento que suponía, para la puritana sociedad inglesa de aquel entonces, mostrar abiertamente una relación de naturaleza adúltera.

Trabajar a destajo de lunes a viernes; desfogarse el fin de semana: ¿de qué le ha servido a Arthur su aparente rebeldía si, tal y como sugiere la secuencia final, la historia volverá a repetirse junto a Doreen (Shirley Anne Field) por más que ambos planeen compartir una ilusionante vida en común? De lo que se deduce que no hay felicidad posible cuando es el propio contexto social el que empuja al individuo a repetir una serie de patrones, a cuál más alienante.


martes, 29 de enero de 2019

Pícnic en Hanging Rock (1975)
















Título original: Picnic at Hanging Rock
Director: Peter Weir
Australia, 1975, 110 minutos

Pícnic en Hanging Rock (1975) de Peter Weir

What we see and what we seem are but a dream, a dream within a dream...
E. A. Poe

La rigidez victoriana ha servido de marco para no pocas ficciones cinematográficas, que han sabido captar, en lo estricto de sus usos y costumbres, el ambiente idóneo para situar historias de terror gótico como las de Suspense (The Innocents, 1961) de Jack Clayton o, más "recientemente", Los otros (2001) de Alejandro Amenábar.

La australiana Pícnic en Hanging Rock, dirigida en 1975 por el más célebre cineasta surgido de aquel país, Peter Weir, ahondaba en dichos elementos temáticos, sólo que sustituyendo los fantasmas por unas imparables fuerzas telúricas que parecen brotar del misterioso macizo que da nombre a la película, adaptación, por cierto, esta última de la novela homónima de Joan Lindsay (1896–1984).



Parece como si en el escenario que aquí se plantea entrasen en colisión dos mundos en principio opuestos: por una parte, el ambiente académico y europeizante del internado para recatadas señoritas que gobierna con mano de hierro la turbadora Mrs. Appleyard (Rachel Roberts); por otro, alguna especie de energía que brota de la tierra y cuyo poder subyugador no sólo provoca que se paren los relojes sin motivo aparente, sino que seduce fatalmente a tres alumnas y una profesora que se perderán en las profundidades de la montaña el día de San Valentín de 1900 para no regresar jamás.

Y aunque no aparezcan aborígenes en ningún momento, da la sensación de que Hanging Rock, con sus peñas que semejan extraños rostros de gigantes, debe de ejercer algún tipo de atracción liberadora similar al que provoca, desde su inexpugnable atalaya del Territorio del Norte, el imponente monolito del monte Uluru o, por poner un ejemplo más cercano, el espectral relieve de los riscos de Montserrat.