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jueves, 1 de mayo de 2025

Bandidos en Milán (1968)




Título original: Banditi a Milano
Director: Carlo Lizzani
Italia, 1968, 98 minutos

Bandidos en Milán (1968) de Carlo Lizzani


Pese a tratarse originalmente de cine de consumo sin mayores pretensiones, el género poliziottesco depara gratísimas sorpresas como la muy estimable Banditi a Milano (1968), dirigida con suma maestría por un Carlo Lizzani (1922-2013) cuya obra está siendo objeto en los últimos tiempos (ahí está, para demostrarlo, la reciente retrospectiva que la Cinémathèque francesa le ha dedicado) de una más que merecida revalorización.

Comienza el relato con un a modo de reportaje de estilo entre periodístico y documental en el que una voz en off nos pone en antecedentes a propósito del origen de la película. Que no es otro sino investigar las causas de la violencia en el seno de la sociedad italiana, azotada, sobre todo en el área de la Lombardía, por una feroz ola de atracos a mano armada. De ahí las imágenes de archivo que ilustran el intento de "linchamiento" contra algunos de los delincuentes por parte de la multitud enfurecida.



En esa misma línea de crónica, la puesta en escena se sirve de tomas aéreas desde un helicóptero, de titulares de prensa o incluso del testimonio de algunos personajes reales (como, por ejemplo, el aportado por Luigi Rossetti, alias Gino el Cojo…) para contextualizar unos hechos que resultarán más interesantes por la forma de contarlos que no por su verdadera trascendencia.

Lejos de la estética glamurosa del giallo y anticipándose a la crudeza explícita de títulos posteriores, Lizzani nos sumerge en una Milán tensa y convulsa, azotada por una ola de crímenes violentos perpetrados por la despiadada banda de Piero Cavallero (Gian Maria Volontè). En cierta manera, podría afirmarse que se trata del reverso, urbano y mucho más trepidante, del estudio sociológico llevado a cabo por Francesco Rosi en Salvatore Giuliano (1962).



sábado, 26 de diciembre de 2020

El mejor alcalde, el rey (1974)




Director: Rafael Gil
España/Italia, 1974, 95 minutos

El mejor alcalde, el rey (1974) de Rafael Gil


SANCHO      Señor, mirad que no os toca
                  tanto mi bajeza honrar.
                  Enviad, que es justa ley,
                  para que haga justicia,
                  algún alcalde a Galicia.
REY           ¡El mejor alcalde, el rey!

Lope de Vega situó la acción de El mejor alcalde, el rey en la Galicia del siglo XII. Se trata, por tanto, de una de sus comedias de temática histórica, basada en un hecho real que recoge la cuarta parte de la Crónica de España de Florián de Ocampo. Sin embargo, los responsables de esta coproducción hispanoitaliana, dirigida por un ya veterano Rafael Gil, creyeron más oportuno que las localizaciones del filme se rodasen en enclaves medievales de Palencia, León, Guadalajara y Segovia. Sabia decisión, considerando que el atractivo de una cinta de tales características, aparte del reclamo de su fuente literaria, pasaba por entretener al espectador con algunas reliquias de nuestro patrimonio arquitectónico.

Colegiata de San Salvador de Cantamuda (Palencia)


Para suplir el esquematismo del texto original se le encargó la adaptación y los diálogos al guionista (y director ocasional en la década de los cuarenta) José López Rubio, quien introdujo algunos cambios respecto a lo expuesto por Lope. Así pues, el personaje de Felicia (Analía Gade), hermana de don Tello y apenas una presencia benévola en la obra en verso, ganaba ahora en perfidia al intentar seducir, sin éxito, al joven Sancho (Ray Lovelock). En cambio, el hallazgo visual de convertir al lobo en encarnación de la tiranía parece haber sido una idea del director.

Felicia (Analía Gadé) y su hermano el conde (Fernando Sancho)


El resto de la trama respeta, esencialmente, lo escrito por el Fénix de los Ingenios hacia 1620 o 1623, si bien el señor feudal pasa a ser aquí un conde (Fernando Sancho), mientras el donaire Pelayo (Pedro Valentín) resulta mucho menos gracioso (sobre todo en el trágico desenlace concebido por López Rubio) comparado con el ocurrente porquero de la pieza teatral. El rey Alfonso (Andrés Mejuto) continúa desempeñando su providencial papel de deus ex machina, de modo que el buen Sancho y la bella Elvira (Simonetta Stefanelli) verán cumplido su sueño de ser marido y mujer.

Sancho (Ray Lovelock) y Elvira (Simonetta Stefanelli)


Cierto que se percibe un tímido intento de poner al día la fórmula Cifesa mediante un erotismo muy incipiente (palpable, por ejemplo, en la escena inicial en el río) o que el hecho de recuperar para el cine la figura de un monarca redentor tal vez obedeciese, relacionado con la situación política que atravesaba el país, a un más que probable oportunismo ante la inminencia de la sucesión al frente de la Jefatura del Estado. Aunque, por lo demás, la película carece de mayor interés, teniendo en cuenta que responde a unos parámetros que, para aquel entonces, habían quedado por completo obsoletos hacía ya mucho tiempo.

El rey Alfonso VII de León (Andrés Mejuto)


miércoles, 16 de septiembre de 2015

No profanar el sueño de los muertos (1974)




Título original: Non si deve profanare il sonno dei morti
Director: Jorge Grau
España/Italia, 1974, 93 minutos

No profanar el sueño de los muertos (1974)


Se la ha comparado a menudo con La noche de los muertos vivientes, de la que se dijo que era prácticamente una versión en color, pero No profanar el sueño de los muertos es por méritos propios uno de los films de terror de culto más recordados del cine español. Muy en la línea de las producciones de zombis de la época, la película contó con la participación de Juan Cobos (colaborador habitual de Orson Welles) como coguionista y de José Lifante (secundario de rostro habitual en infinidad de producciones españolas, que interpreta a Martin West) y Fernando Hilbeck (el vagabundo ahogado Guthrie Wilson) en el reparto, aunque también con estrellas internacionales como Arthur Kennedy en el papel de inspector de policía.

Quizá porque su director, Jorge Grau, es catalán, No profanar el sueño de los muertos corresponde literalmente a lo que en aquella lengua se denomina película de sang i fetge (es decir, de "sangre e hígado"), a juzgar por cómo tratan e incluso devoran los resucitados a sus víctimas. Es este, pues, un film visualmente impactante, rodado en Inglaterra y continuador de una tradición de cine de terror que nace con Frankenstein y que basa su efectismo en elementos de tipo seudocientífico. En este caso, el desencadenante de los hechos serán unas vibraciones ultrasónicas emitidas en fase experimental con la finalidad de acabar con todos los insectos parásitos en varios kilómetros a la redonda, pero con unos imprevisibles y devastadores efectos secundarios.

Cristina Galbó y Ray Lovelock