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sábado, 16 de junio de 2018

Canelita en rama (1943)




Director: Eduardo García Maroto
España, 1943, 88 minutos

Canelita en rama (1943) de García Maroto


Insulsa producción folclórica confeccionada a partir de los tópicos más manidos de la literatura de cordel, Canelita en rama contiene, sin embargo, algunas réplicas dignas de ser mencionadas por su particular sentido del humor. Así, cuando Canelita (Juanita Reina) se deshaga en jipíos al descubrir el supuesto parentesco que la une con su amado Rafael (José María Seoane), el agudo Taranto (Antonio Riquelme) intentará consolarla diciendo: "¿Tu hermano? ¡Pues tiene cara de primo!"

Mucha menos gracia, en cambio, tienen los comentarios racistas que se vierten, aquí y allá, sobre los gitanos. Baste, a modo de ejemplo, el diálogo que mantiene el Conde (Luis Peña) con su edecán Joaquín (Félix Fernández):

JOAQUÍN: Los gitanos en el cortijo, Señor Conde. Esto es desordenado y heteróclito. 
CONDE: Sí, señor. Heteróclito y estupendo, lo nunca visto. Pero es así, ¿qué le vamos a hacer? ¡No hay más remedio, don Joaquín! 
JOAQUÍN: Usted manda. ¿Y en qué los ocupo? 
CONDE: Uno de ellos dice que sabe de pluma. Tráigalo aquí de amanuense. 
JOAQUÍN: No, ¿mis libros en manos gitanas? ¡Prefiero morir! 
CONDE: Encárgueles del ganado. Para ello se dan maña. 
JOAQUÍN: ¡Y tanto! ¡En vez de ganado, será perdido! En fin...

Canelita (Juanita Reina) y Rafael (José María Seoane)

Ya en el plano meramente artístico, conviene resaltar la presencia en el reparto de la mítica Pastora Imperio, quien, a pesar de su función de comparsa a la sombra de Juanita Reina, brilla con luz propia interpretando a la salerosa Consolación.

Y como trasfondo, aunque no venga muy a cuento, Canelita en rama muestra el mundo de los vendimiadores en el marco de la vida en un cortijo andaluz: estampa tan idílica como falsa aderezada con el típico cancionero de charanga y pandereta para mayor lucimiento de las mencionadas artistas.

Juanita Reina, junto a Luis Peña, interpretando "Ojitos gitanos"

sábado, 24 de febrero de 2018

Serenata española (1947)




Director: Juan de Orduña
España, 1947, 109 minutos

Serenata española (1947)


La vida y milagros del celebérrimo compositor Isaac Albéniz dieron pie a esta peculiar producción de época, entre clásica y folclórica, que obedecía, en realidad, a los delirios grandilocuentes de los Marquina (padre e hijo). Poco rigor histórico, aderezado con algún que otro tópico, según marcaba la fórmula habitual del cine español de los cuarenta y que suscitara parecidos resultados a partir de otras figuras de similar trascendencia, tales como los poetas Bécquer (El huésped de las tinieblas, 1948, de Antonio del Amo) y Espronceda (1945, de Fernando Alonso Casares) o El marqués de Salamanca (1948, de Edgar Neville).

Se da la circunstancia, además, de que el mismo año en el que se rodó esta Serenata española, el argentino Luis César Amadori dirigía una cinta centrada en el mismo personaje y simplemente titulada Albéniz. Coincidencia o no, lo cierto es que tanto la una como la otra resultaron proyectos fallidos desde el punto de vista artístico por lo que tienen de pastiche inverosímil. En el caso que nos ocupa, porque Albéniz no fue jamás ese rasurado galán encarnado por Julio Peña, sino que las fotografías que de él se conservan nos lo muestran, más bien, como un orondo bigotudo. Pero es que, por otra parte, plantear un idilio con la gitana Angustias (Juanita Reina) parece tan improbable como ridículo.

Antonio (Manuel Luna) junto a Angustias (Juanita Reina)


Más interesante, en cambio, es el hecho de reconocer en ese niño nervioso que aporrea las teclas del piano con inusitada maestría al actor Carlos Larrañaga cuando apenas contaba nueve o diez años. O los decorados de Sigfrido Burman. O apreciar en los matices de la fotografía en blanco y negro el saber hacer de otro ilustre artesano de origen germano: Guillermo Goldberger.

De si la monumental Suite Iberia casa bien o no con las canciones de León, Quintero y Quiroga mejor no decir nada: juzgue el espectador en función de sus gustos musicales y que se quede con el estilo que más le plazca.

Emma (Mery Martín) intenta retener a Albéniz (Julio Peña)

sábado, 2 de diciembre de 2017

Aventuras de Juan Lucas (1949)




Director: Rafael Gil
España, 1949, 78 minutos

Aventuras de Juan Lucas (1949) de Rafael Gil


El pasado desde el presente: la acción transcurre en 1808, coincidiendo con la invasión napoleónica, pero los términos generalísimo y caudillo se dejan oír aquí y allá refiriéndose al militar interpretado por Fernando Fernández de Córdoba. Un poco como sucedía en 1984, la novela de George Orwell, el franquismo se valió bastante a menudo del cine histórico para reescribir determinados acontecimientos de la antigüedad según su propia conveniencia, en especial aquéllos que podían contribuir a legitimar al régimen como consecuencia de una supuesta continuidad a lo largo de la historia.

Aventuras de Juan Lucas (1949), adaptación de la obra homónima de Manuel Halcón, responde a dicha voluntad, aunque podría enmarcarse igualmente en el género del wéstern patrio, particular engendro al que ya nos hemos referido más de una vez y que consistió en aclimatar los estereotipos más habituales de las películas del Oeste a la imagen romántica del bandolero decimonónico. Como resultado, los Winchester son reemplazados por trabucos; el saloon, por una tasca y los indios, por franceses. El caso era que hubiese tiros y caballos que asegurasen el espectáculo, amén de un similar paisaje montaraz.

Juan Lucas (Fernando Rey) es atendido por Ana (Marie Déa)


Fernando Rey es el tal Juan Lucas, bandido en Sierra Morena, pero que logra redimirse como miembro destacado de la guerrilla que acabará enamorándose de la hija de un conde. Tiene guasa, por cierto, que, al entablar conversación con la susodicha, presuma de ardor patriótico diciéndole aquello de: "Piense que en mi trabuco llevaré la bala de la justicia. Y el francés que está en Madrid antes se las verá conmigo y mi banda..." Guasa porque la actriz que interpreta a la bella Ana Romero de los Viejos era precisamente de aquel país: Marie Déa, quien trabajaría al año siguiente a las órdenes de Cocteau en su versión del mito de Orfeo.

Comoquiera que sea, la película posee un innegable ritmo narrativo merced al talento del prolífico Rafael Gil, director todoterreno que siempre supo sacar el mejor partido de sus intérpretes, así como de los temas que le tocaron en suerte, ya fuesen intrascendentes comedias contemporáneas o recreaciones a medio camino entre lo folclórico y lo histórico en las que, como aquí, se mezclaba la Guerra de Independencia con el contrabando de mercancías en Gibraltar como telón de fondo.