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sábado, 19 de marzo de 2022

Edipo, el hijo de la fortuna (1967)




Título original: Edipo Re
Director: Pier Paolo Pasolini
Italia/Marruecos, 1967, 104 minutos

Edipo, el hijo de la fortuna (1967)


¡Ay, ay! Todo va cumpliéndose exactamente. ¡Oh luz! ¡Así te vea por última vez! Pues queda patente que he nacido de quienes no debía, tenido trato con quienes no me era lícito y dado muerte a quienes no debía.

Sófocles
Edipo Rey
Traducción de Julio Pallí Bonet

Cuánta belleza en las imágenes de Edipo Re (1967). ¡Cuánta verdad! Aun a sabiendas de que el cine es una mentira... Pero Pasolini, poeta antes que cineasta, huye como de la peste de la estética del péplum y rueda los exteriores de su película en un Marruecos que podría pasar perfectamente por la Grecia clásica. Así pues, algunos enclaves emblemáticos del Valle del Draa como Ouarzazate, la ciudadela de Ait-Ben-Haddou o Zagora pasan por ser, en la ficción, las murallas de Tebas y Corinto.

Otros elementos de muy diversa procedencia encajan admirablemente en el conjunto, desde máscaras africanas (por ejemplo, en la escena de la Esfinge) hasta música folclórica rumana, japonesa o indonesia. En ocasiones, incluso se escucha de fondo un cuarteto de cuerda de Mozart (concretamente el número 19 en do mayor, K 465), que se utiliza como tema de la madre (Silvana Mangano).



Aunque la trágica historia del niño abandonado que, al crecer, mata a su padre y yace con la madre posee, a su vez, innegables connotaciones freudianas que Pasolini aprovecha para darle un enfoque personal al mito. A este respecto, tanto el prólogo, recreando el nacimiento del director en la Italia fascista de los años veinte, como el epílogo en la Piazza Maggiore de Bolonia pudieran entenderse, en clave autobiográfica, como un agrio rechazo contra su propio padre y la sociedad burguesa y militarista en la que le tocó crecer.

Al margen del encanto del filme en su vertiente etnográfica y de la magistral recreación de la Antigüedad que en él se lleva a cabo, conviene también subrayar que la milenaria leyenda edípica que le sirve de base, a partir del texto de Sófocles, constituye, al mismo tiempo, una clara metáfora de la angustia existencial del hombre contemporáneo, ofuscado por desconocer su verdadera identidad y siempre al borde del colapso bajo la amenaza de las muchas incógnitas que lo asedian.



martes, 15 de enero de 2019

Electra (1987)




Título original: Elettra
Director: Tonino de Bernardi
Italia, 1987, 93 minutos

Electra (1987) de Tonino de Bernardi


Comprenc que faig el que no pertoca a la meva edat ni el que m'escau. Però la teva perversitat i els teus actes m'obliguen per força a fer-ho, perquè dels dolents s'aprenen dolenteries...

Sófocles
Èlectra
Traducción de Esteve Bou i Castellà

Fiel a su cita anual con el ciclo Les fantasmagories del desig, la Filmoteca de Catalunya proyectaba esta tarde la Elettra que el italiano Tonino de Bernardi (Chivasso, Turín, 1937) dirigió, a partir del texto de Sófocles y hace ya más de tres décadas, en Casalborgone, la pequeña localidad piamontesa en la que dicho director reside. La intención que se adivina en ella es la de hacer que los clásicos bajen del pedestal para, liberados de cualquier atisbo academicista, insuflarles nueva vida.

Nos situamos, por tanto, ante un tipo de cine que exalta la autenticidad de lo rural por encima de cualquier otra consideración artística, convirtiendo, así, a los anónimos vecinos de la aldea en protagonistas de una tragedia que vendría a ser la heredera, por vía directa, del Edipo rey (1967) y la Medea (1969) de Pasolini o de aquella Orestíada africana que una vez concibiera el malogrado cineasta-poeta sin llegarla a ver jamás concluida.



De modo que las calles y prados de este pueblo se transforman, merced a la magia del cinematógrafo, en la mítica Argos, escenario de la venganza que Electra y su hermano Orestes planean para desquitarse de la aciaga muerte del padre, Agamenón, héroe de la guerra de Troya y alevosamente asesinado por Clitemnestra y Egisto. Mientras tanto, piezas para violonchelo o clarinete de Bach, Mozart y Weber son interpretadas en directo con la finalidad de ilustrar las diatribas del coro trágico.

Interesantísima puesta en escena cuya sobriedad podría recordar, por momentos, al Rohmer de Perceval le Gallois (1978), pero que tendrá, sin embargo, su posterior correlato en realizadores catalanes actuales como el Albert Serra de Honor de cavalleria (2006) y, sobre todo, Eva Vila, quien, en la reciente Penèlope (2017), explora la esencia del mito homérico situándolo en Santa Maria d'Oló, municipio de la Catalunya profunda donde, al igual que en Casalborgone, lo local se convierte en universal.


viernes, 18 de mayo de 2018

Los caníbales (1970)




Título original: I cannibali
Directora: Liliana Cavani
Italia, 1970, 88 minutos

Los caníbales (1970)


Con el eco lejano de la Antígona de Sófocles, I cannibali presentaba un futuro distópico en el que las calles de Milán aparecen repletas de cadáveres que nadie puede retirar bajo pena de incurrir en un gravísimo delito. De por qué han muerto todas esas personas no se nos llega a decir la razón exacta, aunque las palabras que el Primer Ministro dirige a su hijo a propósito de que los cuerpos deben servir de advertencia a quien se atreva a tocarlos ("la muerte sirve para impedir otras muertes") dejan entrever que es la propia Autoridad quien está sembrando el terror entre la ciudadanía.

En cualquier caso, la realidad que dibuja esta película recuerda enormemente a lo ya apuntado con anterioridad por François Truffaut en Fahrenheit 451 (1966) a partir de la novela homónima de Bradbury: una sociedad de aspecto pop, pero en la que el Estado y su aparato represor, herederos de la mirada pesimista de Hobbes sobre la condición humana por aquello del "Homo homini lupus", observan con puntual rigor el estricto cumplimiento de las leyes, así como la aplicación de drásticas medidas punitivas ante la más mínima disidencia.



Que en Los caníbales está representada por Antígona (la sueca Britt Ekland) y el misterioso Tiresias (el francés Pierre Clémenti), quienes, como los personajes de la tragedia clásica, sentirán una irresistible compasión hacia su prójimo, subrayada, en esta ocasión, por el pez que utilizan como emblema y que podría remitir a los cristianos de las catacumbas.

Aunque si algo pretende transmitir esta revolucionaria fábula alegórica, oportunamente disimulada bajo el disfraz de la ciencia ficción e ilustrada por la enérgica banda sonora de Ennio Morricone, es la posibilidad (y aun el deber) de rebelarnos contra el fascismo latente en unas instituciones que, lejos de proteger al ciudadano, lo que hacen es alienarlo con la excusa del progreso y el bienestar.