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domingo, 20 de febrero de 2022

Más allá del deseo (1976)




Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1976, 95 minutos

Más allá del deseo (1976) de J.A. Nieves Conde


Puede que hoy ya nadie recuerde al novelista gaditano Ramón Solís (1923-1978), pero lo cierto es que en su momento gozó de bastante éxito comercial. Hasta el punto de que un par de años antes de su fallecimiento se llevaron al cine dos de sus obras más conocidas: El alijo (1976), dirigida por Ángel del Pozo, y, la que hoy nos ocupa, Más allá del deseo (1976), adaptación del best seller, publicado por la editorial Planeta, Mónica, corazón dormido.

El argumento de la película gira en torno a la compleja relación entre un pintor llamado Pedro Bernáldez (Ramiro Oliveros) y su amante Mónica (María Luisa San José). De hecho, la acción arranca con la aciaga noticia de la muerte de la muchacha en accidente de tráfico, por lo que el resto de la trama se plantea como una reconstrucción de las vicisitudes que rodearon el amor que un día los unió.



Aunque, al igual que en tantísimos filmes rodados en los albores de la Transición, el argumento pasa a un segundo plano en beneficio de una morbosidad latente, ya desde el propio título de la cinta, y que se acaba materializando en los cuantiosos desnudos de las actrices protagonistas.

Filmada en distintas localidades de los alrededores de Madrid, contiene también algunas escenas a medio camino entre Roma y Florencia, adonde el pintor se traslada para proseguir sus estudios en la Academia Española de Bellas Artes. Además, se da la circunstancia de que buena parte del equipo es el mismo que ya había trabajado con José Antonio Nieves Conde, por aquellas mismas fechas, en la realización de Volvoreta (1976).



jueves, 17 de febrero de 2022

Las señoritas de mala compañía (1973)




Director: José Antonio Nieves Conde
España, 1973, 83 minutos

Las señoritas de mala compañía (1973)


La pequeña localidad segoviana de Aranda de Lerma cuenta en su seno con un burdel que trae de cabeza a las beatas del pueblo, bajo la batuta de doña Íñiga (Milagros Leal), por lo que éstas no cesan de conspirar con la intención de clausurarlo. Sin embargo, las pupilas de doña Sole (Isabel Garcés) son tan populares que hasta los maridos de las puritanas defensoras de la decencia se cuentan entre la nutrida parroquia de clientes que acuden regularmente al local. Una plantilla de lo más solicitado que, además, verá engrosar sus filas con la llegada de Charo (María Luisa San José), joven madre soltera de la que enseguida queda prendado el tímido Luis (Emilio Gutiérrez Caba), opositor y, para más inri, hijo de otra de las remilgadas mojigatas que se oponen a la casa de lenocinio.

El resto de personal lo conforman la risueña Dominga (Concha Velasco), Eloísa (Marisa Medina) y una despampanante moza que responde al nombre de Lola (Esperanza Roy). También Eloy (Manolo Gómez Bur), especie de mayordomo fiel o amanerado "chico" para todo. Como se ve, un entorno menos sórdido que entrañable, por el que irán desfilando buena parte de los vecinos del lugar, hasta que el premio gordo de la lotería de Navidad inunde de júbilo la pensión, trastocándolo todo.



Porque, a lo tonto a lo tonto, el tema de fondo de Las señoritas de mala compañía (1973) no es otro sino el fariseísmo de quienes se rasgan las vestiduras en nombre del recato y la santa moral para, acto seguido, transigir en lo que parecían principios inquebrantables. Y es que no hay remilgos que valgan cuando lo que anda en juego es una suculenta fuente de ingresos procedente de la otrora impúdica madama. Crítica (amable y sin mayores reparos, si se quiere, pero crítica, al fin y al cabo) que muy bien pudiera hacerse extensible al conjunto de la sociedad española bajo el franquismo.

El tono desenfadado del libreto de Juan José Alonso Millán, a partir de una idea de Antonio Fos, unido a la pegadiza banda sonora compuesta por el maestro García Segura, confiere al conjunto un aire muy de la época, vehículo ideal para el lucimiento de secundarios de la talla de José Luis López Vázquez, Saza, José María Caffarel (en un breve papel de viajante catalán) o Juanito Navarro. Ahora, eso sí: es el personaje del sacerdote (Ismael Merlo) el encargado de poner orden y una nota de sentido común en una cinta que abogaba abiertamente por una visión frívola de la prostitución y aun de las propias mujeres.



miércoles, 27 de octubre de 2021

De hombre a hombre (1985)




Director: Ramón Fernández
España, 1985, 85 minutos

De hombre a hombre (1985) de Ramón Fernández


Filme de inspiración inequívocamente chaplinesca, dos son los referentes principales que enseguida saltan a la vista en De hombre a hombre (1985). Por una parte, la relación que se establece entre el viejo maestro Silvestre (Fernando Fernán-Gómez) y Carlitos (Jorge Noguera) resulta en buena medida deudora de la que unía al vagabundo con el niño Jackie Coogan en la hoy ya centenaria The Kid (1921). De hecho, el reportero que entrevista a la madre, durante la fiesta de cumpleaños del chaval, sostiene entre sus manos una carpeta cuyo reverso reproduce un fotograma de dicha película. La otra fuente de inspiración, tal vez no tan evidente (pero no por ello menos cierta), sería Modern Times (1936), ya que la pareja protagonista se cobija por las noches en Galerías Preciados de la misma manera que Chaplin y Paulette Goddard dormían en el centro comercial en el que su amigo y protector ejercía como vigilante nocturno.

Sin embargo, y al margen de los ilustres modelos que pudieran inspirar al guionista Joaquín Oristrell, lo cierto es que la comedia que ahora nos ocupa aborda temas tan espinosos como la soledad de un anciano o el desamparo afectivo durante la infancia. Extremos que, a pesar de la diferencia de edad entre los personajes, ocasionan una insólita camaradería "de hombre a hombre" que es el verdadero tema de la historia. Porque al pobre don Silvestre no le ha quedado otro remedio que darse a la fuga para evitar que su hijo y su nuera lo internasen en un asilo, mientras que los padres divorciados de Carlitos, atareadísimos con las obligaciones de sus respectivas carreras profesionales, apenas pueden ocuparse de una criatura que pasa más tiempo con su tata (Charo Soriano) que con ellos.



En el transcurso de los tres días que dura la escapada del menor, éste tendrá ocasión de frecuentar, siempre de la mano de su peculiar "amigo", los más variopintos ambientes, desde la consulta de la pitonisa Shangai Lili (María Luisa Ponte) hasta los metálicos dominios del superhéroe de plata Silvester-Tex, pasando por los bajos fondos del garito de Félix (Fernando Conde, ex Martes y trece), donde los futuros carteristas reciben las lecciones de una especie de Fagin a lo Oliver Twist.

Las andanzas del profesor de literatura jubilado junto a su joven socio dejan traslucir un espíritu entre quijotesco y libertario: última aventura de uno, con la que intenta aferrarse desesperadamente a la vida, y primer aprendizaje del otro, receptor del testigo de la experiencia en forma de múltiples y valiosas enseñanzas. A este respecto, la relación que se establece entre ambos les enriquece y complementa mutuamente al aportarles justo aquello de lo que estaban más necesitados antes de conocerse. Así pues, Silvestre vuelve a sentirse necesario para alguien, mientras que Carlitos encuentra en él la figura entrañable y afectuosa que su entorno más directo, tan volcado en lo material, no había sabido proporcionarle hasta ese momento.



martes, 21 de septiembre de 2021

Más fina que las gallinas (1977)




Director: Jesús Yagüe
España, 1977, 87 minutos

Más fina que las gallinas (1977) de Jesús Yagüe


Uno escucha un título como Más fina que las gallinas (1977) y se pone en lo peor... Sin embargo, quien supere esos prejuicios iniciales se encontrará con una película mucho más entrañable de lo que a simple vista pudiera parecer: la historia de dos antiguos paisanos (él ex sacerdote y ella mujer de la vida) que se reencuentran al cabo de los años en Madrid cuando ambos se hallan en un momento crítico de sus respectivas existencias. Aunque, para ser exactos, la reaparición de Lorenzo (Pepe Sacristán) no tiene nada de casual, puesto que, en realidad, él nunca ha podido olvidar a la que fue su compañera de juegos (e incluso novia) durante la infancia.

Pero las cosas no son tan sencillas como plantarse en el apartamento de Alicia (María Luisa San José) y ya está. Porque resulta que la que fuera vecina del pueblo es ahora una reputada prostituta de lujo que no sólo reniega de sus orígenes humildes, sino que, además, sueña con montar su propia boutique de modas gracias al dinero que ahorre vendiendo su cuerpo. Y, claro: Lorenzo —esmirriado, casto y más bien corto de luces— se lleva un chasco monumental cuando tiene noticia de las andanzas puteriles de su adorada musa. Lo cual no será óbice, por cierto, para que renazca momentáneamente entre ellos la antigua chispa que los unió cuando eran apenas unos críos.



Para acabar de redondear semejante embrollo entra en liza don Enrique (Fernando Fernán-Gómez), hombre de negocios que, como a él le gusta recalcar, supera ya los cincuenta tacos. Su relación con Alicia oscila entre la de pretendiente y cliente. De modo que, pese a que aspira a casarse con ella, no tiene reparos en acostarse con Adela (Teresa Gimpera) cuando su querida está ausente. Lo cual tampoco supone mayor problema, ya que, como queda dicho arriba, Alicia hace lo propio por dinero o, en el caso de Lorenzo, por placer.

Ni que decir tiene que la anatomía femenina (un seno por aquí, una nalga por allá) juega un papel importante en no pocas escenas de la película, si bien es el carácter desinhibido de los personajes, en materia carnal, lo que pretende pasar por moderno. No obstante, es ahí precisamente donde radica ese rescoldo reaccionario con el que a menudo se topa a la hora de comentar y/o analizar los filmes de la era inmediatamente anterior al destape: el convencimiento (lo hemos dicho ya en repetidas ocasiones) de que la prostitución es la única vía posible para la independencia económica de una mujer. Eso o, como también sucede aquí, la solución hipócrita de acatar el matrimonio como tapadera para que, en este caso, Alicia y Lorenzo se conviertan en amantes a expensas del idiota de Enrique, absorto en la contemplación de sus peces tropicales.



martes, 17 de julio de 2018

De barro y oro (1966)




Director: Joaquín Bollo Muro
España, 1966, 81 minutos

De barro y oro (1966)
de Joaquín Bollo Muro


Pese a tratarse de una cinta teóricamente concebida para el lucimiento de la pareja artística y sentimental que formaban Dolores Abril y Juanito Valderrama, lo cierto es que De barro y oro puede deparar más de una sorpresa a quien, movido por algún que otro prejuicio, espere encontrarse con la típica película folclórica de tomo y lomo. 

Porque, ya de entrada, en los títulos de crédito —rodados, según una costumbre bastante habitual en la época, en la Gran Vía madrileña— destaca sobremanera el nombre del novelista Juan García Hortelano como coguionista. Una firma de prestigio que dejó su huella en no pocos detalles, como esa cita del poeta Walt Whitman que aparece sobreimpresa justo antes de que dé comienzo la acción para aclarar el porqué del título y que a continuación reproducimos:



La historia de Manuel (Manuel San Francisco) es la del típico maletilla que el cine español de aquellos años explotó hasta la saciedad: la del joven pueblerino que llega a la capital cargado de ilusiones pero sin blanca y que deberá enfrentarse a mil y una adversidades con tal de abrirse camino en el difícil mundo del toreo. No en vano, el personaje interpretado por Juanito Valderrama —un cantaor menesteroso y algo borrachín, aunque buena gente— tiene muy claro que ser matador "es lo más importante que se puede ser en este país" (minuto 55). 

Juan sabe de lo que habla: por algo quiso hacerse torero en su juventud, llegando a ser amigo de Manolete, quien estuvo a punto de llevárselo a Méjico con él. Pero, como no tuvo suerte, ahora intentará resarcirse haciendo lo imposible para que Manuel triunfe. Y aunque sueña con ser su apoderado, hay algo premonitorio en los versos de una de las coplas que canta: "Castillos he visto yo abatidos por la tierra. ¡Ay, que nadie se tenga por grande! ¡Ay, que el mundo da muchas vueltas!" (Minuto 38).


lunes, 25 de junio de 2018

Cuadrilátero (1970)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1970, 90 minutos

Cuadrilátero (1970) de Eloy de la Iglesia


Tras un arranque notable, con un tema jazzístico a cargo del mismísimo Jesús Franco sonando de fondo, la fuerza de Cuadrilátero se irá, sin embargo, desbravando a medida que avancen sus casi noventa minutos de metraje. Lo cual es, sin duda, una lástima, habida cuenta del magnífico reparto con el que contó la película: José María Prada, el alemán Gérard Tichy, el estadounidense Dean Selmier, la argentina Rosanna Yanni, Irene Daina y hasta un campeón del mundo de los pesos pluma: el hispanocubano José Legrá.

Pese a tratarse de un encargo, el director Eloy de la Iglesia deja su personal impronta con una recurrente obsesión por filmar el rostro de los intérpretes en primer plano, recurso que hoy puede parecer más bien ingenuo, pero que en el contexto de un cineasta que luchaba por abrirse camino cuando su carrera apenas sí estaba en ciernes revela su ímpetu por desmarcarse del estilo entonces imperante en un cine español que languidecía a base de insípidas producciones comerciales al servicio del landismo y la habitual cáfila de cómicos patrios.

Valdés (Dean Selmier)

En ese aspecto, la puesta en escena de Cuadrilátero permite entrever la firme voluntad de su joven realizador (a la sazón, Eloy de la Iglesia contaba con apenas veintiséis años, aunque ya había dirigido un par de largometrajes) de emparentar con un determinado cine americano, del que Cuerpo y alma (1947) de Robert Rossen o El ídolo de barro (1949) de Mark Robson serían los referentes clásicos. Sin olvidar, claro está, el precedente local que había supuesto la incursión de Mario Camus en los ambientes pugilísticos mediante Young Sánchez (1964), adaptación del relato homónimo de Ignacio Aldecoa.

Atreverse a hablar de relaciones extramaritales como las que protagonizan Óscar (Gérard Tichy) y los aspirantes a héroe del ring que el arrogante apoderado acoge bajo su égida, así como la violencia soterrada (más tarde explícita) a que ello acabará dando pie, son sólo algunos de los rasgos definitorios de esa nueva manera de hacer cine, titubeante aún y por pulir, pero de la que, en cierta manera, tomarán el relevo, ya en la década siguiente, jóvenes talentos como el Almodóvar de Matador (1986).


domingo, 13 de agosto de 2017

País, S.A. (1975)




Director: Antonio Fraguas, 'Forges'
España, 1975, 84 minutos

País, S.A. (1975) de Forges


Hay películas que nacieron fruto de una coyuntura muy específica y que, precisamente por ello, resultan del todo irrepetibles. O incluso inconcebibles a día de hoy (por lo menos, en lo que al cine se refiere, porque en Telecinco ya sabemos que no hay límites...). Pero en la España del 75 estas cosas no sólo eran posibles, sino que además (y eso es lo fuerte) pasaban. Una película dirigida por Forges, con un argumento tan delirante como sus viñetas y un montón de actores y celebridades de la época haciendo apariciones estelares: Concha Velasco vestida de monja, José Luis López Vázquez saliendo de una cabina telefónica al tiempo que grita: "¡Si se llega a enterar Mercero!", Juan Diego haciendo de mendigo, Sancho Gracia aparcando su coche frente a la discoteca Boccaccio (la de Madrid, en Marqués de la Ensenada), Chicho Ibáñez Serrador y Alfredo Amestoy haciendo de abogados... En fin, que hasta el Dúo Dinámico andaban por allí.

La diversificación del sector audiovisual en las últimas décadas ha hecho que productos como País, S.A. sólo tengan cabida en la televisión (y no en todas las cadenas) o en internet. Sin embargo, cuando no había tanta variedad de canales para la difusión no era tan extraño que un humorista gráfico diese el salto a la gran pantalla. En todo caso, esta gamberrada que ahora a muchos les parecerá infumable posee un enorme valor como documento histórico, testimonio de una etapa muy particular de nuestro pasado o como quiera llamársele.

ARRIBA (Izquierda a derecha): San José-Delgado-Zarzo
ABAJO (Izquierda a derecha): Algora-Font-Gamero


Y el estilo inconfundible de Forges, que aún puede seguirse a diario desde las páginas de El País, está muy presente en la película. Sobre todo ese gusto tan suyo por el inglés macarrónico o la ironía sarcástica para denunciar la corrupción (en esto no hemos cambiado tanto: más bien se ha ido a peor). Incluso los nombres parlantes de sus personajes denotan el sentido del humor que le ha hecho célebre, siendo el caso más llamativo el de Don Luis Pesón Muchapast (Fernando Delgado), un cínico empresario millonario al que una panda de infelices gánsters aficionados decide secuestrar.

El tono general es deliberadamente chapucero e irreverente (on 'pórpous', of 'cors') y hasta en el arranque se supone que los proyeccionistas la lían metiendo el rollo que no toca, por lo que lo primero que vemos son los títulos de crédito de El amor del capitán Brando (1974) de Jaime de Armiñán (detalle que, por cierto, no recogen las versiones de País, S.A. que hay colgadas en YouTube). Bueno, os dejamos con ella. Si sois capaces de aguantar hasta el final, os habréis ganado el Cielo (y parte del extranjero).


martes, 25 de julio de 2017

El arte de vivir (1965)




Director: Julio Diamante
España, 1965, 82 minutos

El arte de vivir (1965) de Julio Diamante


La abulia que aflige al protagonista de El arte de vivir es muy sintomática del Nuevo cine español. Nada parece contentar a Luis (Luigi Giuliani), quien dedica la tarde del domingo a pasear asqueado por el concurrido centro de Madrid mientras su voz en off no para de despotricar contra todo y contra todos. Él es un joven de León, de buena familia, que vino a la capital a estudiar la carrera de Económicas. Y, aunque no se le dio mal, no acaba de encontrar un trabajo que le satisfaga.

Pero en uno de esos paseos conoce a Ana (Elena María Tejeiro), una joven solitaria que tampoco parece dar con su lugar en el mundo. Juntos, emprenderán una relación con altibajos en la que él peca de ambicioso y ella, tal vez, de timorata. Luis le confiesa en una de sus charlas: "Hay que luchar por romper moldes. En el trabajo... Y en la manera de vivir. ¿Comprendes?" De ahí el título de la película, en referencia a la más difícil de todas las artes. Ella replicará más adelante: "No sé si me engaño, pero estoy convencida de que nuestro amor es... otra cosa diferente al de los demás. Y cuando se quiere así... hay que darse uno al otro sin reservas." Pero Ana tiene, en realidad, todas las reservas del mundo y Luis va muy lanzado...

El dramaturgo Antonio Buero Vallejo en un breve papel


Frente a las dudas que acometen a la pareja, otros personajes tienen bastante definido su rol en la sociedad. Como Santiago (Paco Valladares), compañero de curso de Luis: a pesar de su juventud, ya está casado, es padre de un hijo y su mujer y él esperan el segundo para muy pronto. Claramente consolidado en una empresa de publicidad, es un hombre de brillante porvenir y seguro de sí mismo que ayudará a Luis a entrar en la compañía. O, peor aún, el caso de su primo Juanjo (Juan Luis Galiardo), el típico vividor mujeriego, descarado y sin escrúpulos. ¿Hacia cuál de esos modelos se acabará decantando Luis?

El gaditano Julio Diamante acertó a mostrar con El arte de vivir la incertidumbre de una juventud que, en el umbral de la vida adulta, se debate entre mantenerse fiel a sus principios o dejarse corromper, en cambio, por la vileza del mundo que los rodea. Son los mismos jóvenes que no fueron a la guerra (en alusión al título de un largometraje anterior del director), los mismos muchachos ociosos de El Jarama de Sánchez Ferlosio o de Los golfos de Saura. Representan, en definitiva, un relevo generacional y de valores, reflejo de la nueva sociedad que se estaba fraguando en España a raíz del desarrollismo económico. Por eso viven angustiados entre la tradición y la modernidad, entre los estrictos valores morales que les han inculcado y los aires de renovación que ya empiezan a intuirse. Es, al respecto, magistral la secuencia en la que Ana intenta refugiarse en una iglesia justo en el momento en el que le cierran la puerta en las narices. Como irónica es la letra de la canción de Miguel Ríos con la que empieza y acaba la película:

Todo va bien en el mejor de los mundos,
bello es cantar y el aire azul respirar.
¿Quién dice que hay que olvidar ilusiones?
No cuesta hoy ningún dinero soñar.

Luigi Giuliani (izquierda) y Julio Diamante en un cameo

Hasta que el matrimonio nos separe (1977)




Director: Pedro Lazaga
España, 1977, 95 minutos

Hasta que el matrimonio nos separe (1977)


En el caso improbable de que se reestrenase Hasta que el matrimonio nos separe (1977), lo haría casi con toda seguridad en el Festival de Cine de Sitges, tanto es el terror que producen sus diálogos al cabo de cuarenta años. Palabras como amancebamiento o apostasía, afortunadamente en desuso hace ya tiempo, convierten en una cuasi reliquia esta película escrita por el productor José Luis Dibildos y el humorista Antonio Mingote cuando en España la remota posibilidad del divorcio era todavía contemplada como una alarmante aberración entre amplios sectores de la sociedad.

El dilema que se le plantea a Miguel (José Sacristán) al saber que su novia americana está embarazada sólo es concebible en el seno de un país profundamente marcado por la represión sistemática de sus habitantes a instancias del nacionalcatolicismo. De ahí que, ante situaciones vividas con cierta naturalidad en el resto del mundo civilizado (como ser madre soltera o el matrimonio civil), a los españolitos de su generación se les viniese el mundo encima.

"¡In-di-so-lu-bleeee!"

Que la acción de Hasta que el matrimonio nos separe transcurra en Santander no es en absoluto baladí, puesto que el objetivo era (véase cartel) plantear "un debate sobre la libertad de la pareja española" en su vertiente más provinciana. De poco habría servido ambientarla en Madrid, donde sería menos verosímil recrear la sensación de espacio cerrado en el que todo el mundo se conoce y donde las noticias vuelan: Miguel comprobará enseguida que no hay secretos en una ciudad pequeña. En cuanto a por qué los hechos que se cuentan se sitúan en 1973 (como se deduce de la noticia del nombramiento de Carrero Blanco como Presidente del Gobierno que doña María ve por televisión) quizá haya que achacarlo al hecho de que en el 77, con el dictador ya muerto y las primeras elecciones democráticas al caer, se respiraban unos aires de cambio que hacían menos creíble la mojigatería de algunos personajes.

Y uno se pregunta: ¿a los actores no se les escapaba la risa cuando tenían que decir su papel durante el rodaje? No sé: todo eso de herejía, unión indisoluble y la condenación eterna. En cualquier caso, es ahora que nos hace gracia, cuando la evolución (y modernización) posterior de la sociedad española hacen inviable cualquier tipo de controversia al abordar estos temas. Lo verdaderamente importante es que películas así, con un Sacristán (José, se entiende) haciendo las veces de ciudadano medio, intentaban abrir la mentalidad de un determinado tipo de espectador en aras de una mayor tolerancia.


miércoles, 26 de agosto de 2015

El diputado (1979)




Director: Eloy de la Iglesia
España, 1979, 110 minutos

El diputado (1978) de Eloy de la Iglesia


Durante la transición democrática se estrenaron en España unas cuantas películas que, bien por su atrevimiento o bien por reflejar el momento político que se vivía, marcaron época. Curiosamente, en muchas de ellas el protagonismo recayó sobre el actor José Sacristán. Tal es el caso de Asignatura pendiente (José Luis Garci, 1977), Un hombre llamado Flor de Otoño (Pedro Olea, 1978), Operación Ogro (Gillo Pontecorvo, 1979) o El diputado (Eloy de la Iglesia, 1979).

En esta última interpreta al diputado socialista Roberto Orbea, un hombre que se debate entre los ideales políticos que lo han llevado desde la clandestinidad hasta lo más alto del Partido y entre sus tendencias homosexuales. El siempre valiente Eloy de la Iglesia y su coguionista Gonzalo Goicoechea afrontaban así una historia llamada a ser doblemente polémica: en primer lugar porque la inestabilidad política se palpaba en el ambiente y el ruido de sables y las acciones de la ultraderecha estaban a la orden del día; por otra parte, porque la homosexualidad era un tema tabú que nunca se había abordado explícitamente en el cine español de forma seria y, mucho menos, ligado a una personalidad de relevancia social.

José Sacristán como Roberto Orbea en El diputado (1979)


Aunque en la película se incluyen imágenes de archivo pertenecientes a sesiones del Congreso de los diputados en las que se puede ver a la plana mayor de los líderes que protagonizaron la transición, tanto el personaje central como su formación política son ficticios, si bien se trata de una síntesis evidente entre elementos del Partido Comunista y del PSOE.

Otro de los puntos fuertes de la historia expuesta en El diputado es que desmitifica la lucha obrera y el prototipo de líder izquierdista, lo cual la aleja de cualquier atisbo panfletario: más que lucha de clases, los jóvenes que, como Juanito, proceden de extracción social baja están dispuestos a lo que sea con tal de medrar, porque no quieren cambiar el sistema sino formar parte de él.

Quizá en su momento ni todo el mundo apreció la osadía de un film como este ni muchos supieron ver más allá de algunos de sus aspectos superficiales (el destape, a fin de cuentas, estaba en su pleno apogeo), pero lo cierto es que si la libertad de expresión se afianzó en nuestro país fue gracias a películas como El diputado, film que, todo sea dicho, ha resistido bastante bien el paso del tiempo y que aún puede verse sin sonrojarse uno (demasiado).


Con el puño en alto...
... y llorando