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domingo, 4 de diciembre de 2022

Un tesoro en el cielo (1957)




Director: Miguel Iglesias
España, 1957, 98 minutos

Un tesoro en el cielo (1957) de Miguel Iglesias


A juzgar por la cantidad de manos que intervinieron en la escritura del guion de Un tesoro en el cielo (1957), donde, entre otros, destacan los nombres de Josep Maria Forn, Mariano Ozores y Alfonso Paso, merece la pena analizar con detenimiento una historia que, sin duda, tiene su miga. 

Ante la posibilidad de que fallezcan durante el parto su esposa y el hijo que esperan, un hombre desesperado (Alberto Closas) jura frente al altar de una iglesia que dará cuanto posee a cambio de que la madre y el niño se salven. Promesa que, cuando ambos estén ya fuera de peligro, caerá un tanto en el olvido. Aunque una serie de percances que se van a ir sucediendo a su alrededor pondrán en guardia al individuo en cuestión, quien, en lo sucesivo y pese a la oposición de su familia, se obsesiona con la idea de desprenderse de su patrimonio a base de donativos y obras de caridad.



Luego está el elemento misterioso que sobrevuela determinados momentos de la trama. Como la presencia de ese mendigo, dotado con el don de la ubicuidad, que se le aparece a Aguilar (Closas) en las situaciones más insospechadas y que casi se convierte en la voz de su conciencia. Lo cual no impide, sin embargo, que también la comedia se cuele en algunas escenas, en especial aquellas en las que interviene el suegro del protagonista, un señor entrometido y fatigoso al que da vida Luis Orduña.

El caso es que el asunto llegará incluso a los tribunales, dándose la paradoja de que el acusado, precisamente por haber querido salvar a su mujer y a su hijo, se arriesga a perderlos para siempre. De hecho, y así lo señala su defensa, el único delito de Ernesto Aguilar consiste en "haber sido fiel a su fe, entregarse por completo a su familia y creer realmente en la existencia de Dios hasta el punto de ligarse a él con una promesa".



sábado, 15 de febrero de 2020

Cañas y barro (1954)




Director: Juan de Orduña
España/Italia, 1954, 97 minutos

Cañas y barro (1954) de Juan de Orduña

Como todas las tardes, la barca-correo anunció su llegada al Palmar con varios toques de bocina.
El barquero, un hombrecillo enjuto, con una oreja amputada, iba de puerta en puerta recibiendo encargos para Valencia, y al llegar a los espacios abiertos en la única calle del pueblo, soplaba de nuevo en la bocina para avisar su presencia a las barracas desparramadas en el borde del canal. Una nube de chicuelos casi desnudos seguía al barquero con cierta admiración. Les infundía respeto el hombre que cruzaba la Albufera cuatro veces al día, llevándose a Valencia la mejor pesca del lago y trayendo de allá los mil objetos de una ciudad misteriosa y fantástica para aquellos chiquitines criados en una isla de cañas y barro.

Vicente Blasco Ibáñez
Cañas y barro (1902)

Son muchos y diversos los elementos que hacen de esta coproducción hispanoitaliana, dirigida por Juan de Orduña y adaptación de la novela homónima de Blasco Ibáñez, un filme a tener en cuenta. En primer lugar, por haber sido rodada en la Albufera valenciana, admirable enclave natural que le aporta ese toque pintoresco y localista tan propio, por otra parte, de la literatura de su autor. Pero también, en otro orden de cosas, debido a la presencia en el reparto del mítico actor catalán Joan Capri, quien, haciendo gala de su proverbial vis cómica, daba vida aquí al tonto del pueblo.

Por otra parte, las dos o tres expresiones en valenciano que se escuchan a lo largo de la película suponen una pincelada fugaz con la que se pretendía captar un hecho diferencial que, quizá por tratarse de un clásico de la literatura popular ambientado a finales del siglo XIX, se toleró sin mayores reparos por parte de la censura franquista. Como la relación adúltera entre el Tonet y la Neleta que, aunque muy suavizada respecto al tremendismo del texto original, seguía siendo bastante atrevida para la época. En cambio, del asesinato del hijo que tienen en común y ulterior suicidio del padre, como es lógico, no queda ni rastro en la película.



La fotografía en blanco y negro de Aguayo, la banda sonora de Ricardo Lamotte de Grignón, los diálogos de Manuel Tamayo, los decorados de Sigfrido Burmann… Nunca se ensalzará lo suficiente el buen hacer de una generación irrepetible de geniales artesanos. Puesto que no hay detalle, ni delante ni detrás de la cámara, que no merezca la pena ser destacado. Lo mismo que su reparto coral, con el portugués Virgilio Teixeira y la italiana Anna Amendola a la cabeza, acompañados de secundarios de la talla de Félix Fernández (Tío Paloma), un irreconocible José Nieto (sin su habitual bigotito falangista) haciendo de augusto padre y Aurora Redondo en un inusual doble papel, ya que interpreta a la enfermiza esposa de Cañamel y también a la Samaruca, la tóxica hermana de ésta.

Costumbrismo levantino que, apenas dos años después, explotaría de nuevo otro título no menos interesante, dirigido, esta vez, por el gallego Manuel Mur Oti. Nos estamos refiriendo a Fedra (1956), tragedia, como Cañas y barro, situada a orillas del mar, si bien con el trasfondo del mito clásico, cuya función, en el caso de las trifulcas de estos pescadores y arroceros, es cumplida por acontecimientos históricos como la Guerra de Cuba.


sábado, 9 de noviembre de 2019

Rapsodia de sangre (1958)




Director: Antonio Isasi-Isasmendi
España, 1958, 104 minutos

Rapsodia de sangre (1958) de Isasi-Isasmendi


Existe una profunda relación entre Dios, la paz y el amor. Son tres grandes raíces contra las que es inútil luchar. Y, sin embargo, se crucifica a Dios, se hace violencia contra violencia y se olvida el amor. Las fronteras de Hungría se han convertido en venas abiertas y una nueva raza vagará por la tierra. Mañana al amanecer tú y yo procuraremos huir de tanta violencia. Recuperar nuestras raíces divinas. Dios, paz, amor.

Hungría sin Hungría. O de cómo recrear un régimen comunista en la España del 58. Se toma una escalinata en Bilbao; alguna que otra localización de la Barcelona más monumental... Et voilà: se obra el milagro y, de repente, aparece ante nuestros ojos Budapest. O por lo menos la imagen mental que el espectador de aquel entonces asociaba con la gélida realidad estalinista allende el férreo Telón de Acero.

Aunque, al margen de las habilidades técnicas demostradas por Antonio Isasi y su equipo de colaboradores, lo cierto es que Rapsodia de sangre (1958) fue, por encima de cualquier otra consideración, una película notable. Que cuenta la historia de un pianista (Vicente Parra) enfrentado al politburó como medida de protesta contra la invasión soviética de su país. Estamos, por tanto, ante una cinta de propaganda anticomunista que, sin embargo, y más allá del tono panfletario que acostumbraban a adoptar tales producciones, se aguanta por la solidez de sus interpretaciones y del argumento.

El comandante Solov (Albert Hehn) y Anna (Lída Baarová)


Mérito que, asimismo, cabe atribuir, en buena medida, a la excelente banda sonora compuesta por Xavier Montsalvatge sobre la base de modelos como Chopin, Listz y Brahms, pero también a los numerosos insertos de imágenes de archivo con los que, además de un cierto carácter documental, se obtiene una enorme credibilidad a la hora de contextualizar los hechos.

Queda, por último, señalar un detalle de enorme importancia en lo concerniente a cómo aparece retratada la nomenklatura comunista, impíamente atea, y, en claro contraste, la disidencia que se alza en armas, no sólo para reclamar sus libertades cívicas, sino, sobre todo, para recuperar una fe que les fue arrebatada con la llegada del marxismo. Son, a este respecto, de enorme significación las palabras de Andras Pulac (Parra) que encabezan esta entrada, así como la ignorancia en materia religiosa de la que hace gala Lenina (María Rosa Salgado) cuando su padre, un ferviente defensor de la ortodoxia socialista, le hace ver que "los traidores se multiplican como los panes y los peces" y ella, ingenua, pregunta: "¿Qué panes y qué peces?" A lo que el hombre, con una sonrisa piadosa en los labios, responde: "Los panes y los peces de una historia. De una fábula que me enseñaron cuando era niño. Pero ahora no puedo contártela..."

Lenina/María (Mª Rosa Salgado) y Andras (Vicente Parra)