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martes, 28 de abril de 2026

Bajo el peso de la ley (1986)




Título original: Down by Law
Director: Jim Jarmusch
EE.UU./Alemania, 1986, 107 minutos

Bajo el peso de la ley (1986) de Jim Jarmusch


Se ha comparado a menudo Down by Law (1986) con la obra cumbre de Robert Bresson Un condenado a muerte se ha escapado (1956). Sin embargo, y pese a las similitudes evidentes entre las dos películas (ambas de temática carcelaria, ambas rodadas en blanco y negro), lo cierto es que Jarmusch le da a la suya ese inconfundible toque humorístico que la acerca mucho más a otros referentes clásicos, como por ejemplo la no menos icónica Tiempos modernos (1936). A este respecto, Bob, el personaje interpretado por el italiano Roberto Benigni, destila un innegable candor chapliniano, aparte de que la metáfora visual del camino, ya al final de la cinta, remite irremediablemente al último plano de la ya mencionada Modern Times.

Por otra parte, los tres reclusos (John Lurie y Tom Waits, además del histriónico Benigni) coinciden en la misma celda después de haber seguido trayectorias muy distintas. Así pues, si Zack (Waits) era DJ radiofónico antes de entrar en prisión, Jack (Lurie) termina recluido por proxenetismo. Tres individuos con personalidades opuestas, pero que al verse forzados por las circunstancias a compartir las reducidas dimensiones de un mismo espacio terminan por amoldarse los unos a los otros e incluso a compenetrarse.



Mucho antes del éxito mundial obtenido con La vida es bella (1997), Benigni actúa de catalizador de la trama. En ese sentido, su personaje rompe la tensión nihilista entre Zack y Jack mediante un dominio estrafalario del inglés cuyo punto álgido se produce durante la célebre escena del cántico "I scream, you scream, we all scream for ice cream!", momento de euforia colectiva que, además de contagiarse al resto de reclusos, rompe la barrera del idioma y la hostilidad de la prisión.

Propenso como es a subvertir los géneros cinematográficos, Jarmusch convierte lo que a priori debiera haber sido un drama carcelario al uso en una fábula existencialista de tintes ligeramente cómicos. De ahí que, a diferencia de los dramas carcelarios convencionales, a Jarmusch no le interese el plan de escape ni la violencia institucional, sino que la película trata sobre el tiempo muerto, la convivencia forzada y la extraña química que surge entre tres desconocidos cuando no les queda más remedio que hablar entre ellos.



Noche en la Tierra (1991)




Título original: Night on Earth
Director: Jim Jarmusch
EE.UU./Reino Unido/Francia/Alemania/Japón, 1991, 129 minutos

Noche en la Tierra (1991) de Jim Jarmusch


Aficionado como es Jarmusch a los filmes episódicos y a las historias que suceden simultáneamente en varios lugares, con Night on Earth (1991) volvía a plantear algo que ya estaba presente en su anterior largometraje, Mystery Train (1989), llevándolo incluso más allá. Así pues, el cineasta asume el reto de ubicar la acción en cinco ciudades distintas del planeta (Los Ángeles, Nueva York, París, Roma y Helsinki), situando la cámara en el interior de otros tantos taxis. Un curioso ejercicio de soledades conectadas, al fin y al cabo, con el que se evidencia que mientras un conductor inicia una carrera en California otro está terminando su turno bajo el frío invierno finlandés.

La premisa de la sincronía global, por cierto, se constata mediante varios relojes de pared que marcan la hora oficial en las respectivas metrópolis y cuya imagen precede a cada uno de los episodios. El primero de ellos, a propósito de una joven desaliñada (Winona Ryder) que prefiere ser mecánica antes que aceptar la oportunidad de convertirse en estrella que le ofrece una ejecutiva de casting (Gena Rowlands), posee el atractivo de contar con la viuda de John Cassavetes en lo que supuso el regreso de la actriz a los platós tras un largo período de inactividad. El segundo, en cambio, resulta mucho más tierno, ya que un inmigrante de Alemania del Este, antiguo payaso y que apenas sabe conducir (Armin Mueller-Stahl), termina cediéndole el volante a su pasajero (Giancarlo Esposito).



Ya en Europa, el episodio parisino se centra en un conductor marfileño (Isaach De Bankolé) que, harto del racismo de sus clientes anteriores, recoge a una mujer ciega (Béatrice Dalle), la cual demuestra, pese a su discapacidad, que puede "ver" más allá con los ojos de la razón. Llegados a Roma, el cuarto episodio supone un alarde de histrionismo a cargo del siempre intenso Roberto Benigni, quien interpreta a un taxista que decide confesar a un supuesto obispo con problemas cardíacos sus lúbricos escarceos sexuales. Por último, la historia que transcurre en Helsinki, aparte de homenaje explícito a los hermanos Kaurismäki (pues dos de los personajes se llaman Aki y Mika, respectivamente), gira en torno a tres borrachos cuya triste situación resulta ampliamente superada por la del propio taxista.

En resumen, para Jarmusch la noche no sería tanto peligrosa, sino más bien confidencial, ya que el taxi funciona como un confesionario móvil donde las barreras sociales se diluyen por la brevedad del encuentro. Asimismo, la banda sonora de Tom Waits, con sus letras ásperas y melancólicas, subraya la sensación de fin del mundo que acostumbra a sentirse de madrugada. Se dice que Jarmusch escribió el guion en apenas ocho días. Y lo cierto es que esa espontaneidad se traduce en diálogos que fluyen de manera natural, evitando los grandes discursos existenciales en favor de pequeñas verdades cotidianas. A fin de cuentas, nos viene a decir, cada persona con la que nos cruzamos es el protagonista de su propia película, con una carga de penas y alegrías tan densa y respetable como la nuestra.



jueves, 20 de febrero de 2020

La voz de la luna (1990)




Título original: La voce della luna
Director: Federico Fellini
Italia/Francia, 1990, 120 minutos

La voz de la luna (1990) de Federico Fellini


Por haber tenido como actores a Benigni y a Villaggio (que encarnan el arquetipo de los actores-cómicos, incluida la faceta vagabunda, ambulante) […] pude componer un trío que me permitió avanzar con más seguridad en una película inventada día a día. Un itinerario que partía de la oscuridad... He hecho un bonito viaje de la mano de Arlequín y Brighella, o, mejor aún, de Pinocho y Polilla.

Federico Fellini
La dulce visión
Traducción de Regina López Muñoz

Parada final, última entrega, presagio de la muerte... La voce della luna tiene mucho de despedida, de visión desencantada por parte de un autor que ha dejado de identificarse con el mundo que le rodea. Filme fantasmagórico y oscuro cuyos personajes, con el rostro embadurnado de blanco, se diría que son almas en pena desorientadas. De hecho, la propia luna es un símbolo fúnebre en la obra de poetas como García Lorca, tocayo de Fellini y emparentado con el director italiano gracias a la soberbia Che strano chiamarsi Federico (2013) de Ettore Scola.

De la misma manera, tampoco es baladí la elección de un actor tan chaplinesco como Roberto Benigni para el papel principal, teniendo en cuenta la enorme influencia ejercida por Charlot sobre filmes como La Strada (1954) o, más aún, si cabe, sobre la particular manera de componer de Nino Rota, quien, en numerosas ocasiones, adornó sus bandas sonoras con el tema "Je cherche après Titine", procedente del célebre número de Tiempos modernos (1936) en el que el protagonista entonaba aquella elocuente "Nonsense song".



Asomado al borde de un pozo o acompañado del circunspecto señor Gonnella (Paolo Villaggio); perdido, la mayor parte de las veces, en un páramo solitario alumbrado por los rayos de Selene, Ivo Salvini (Benigni) representa la ingenuidad frente a un mundo hostil que es capaz de capturar a la luna y retransmitir la gesta en directo: nuevo ataque del maestro, tras los precedentes de Ginger e Fred (1986) e Intervista (1987), contra el monstruo televisivo.

Y, mientras tanto, el populacho se atiborra de ñoquis en las fiestas locales, ajeno a cualquier otra cosa que no sea el espectáculo ruidoso de la cultura de masas. Como esa especie de concierto-discoteca multitudinario, símbolo de la incomunicación que nos atenaza, en el que suena la música atronadora de Michael Jackson. De ahí que la película (y la filmografía de todo un genio) se cierre con una llamada a practicar el silencio reflexivo, que es la única respuesta sensata frente a tantísima barbarie alienante.


domingo, 12 de enero de 2020

Federico Fellini: Soy un gran mentiroso (2002)




Título original: Fellini: Je suis un grand menteur / Sono un gran bugiardo
Director: Damian Pettigrew
Francia/Italia/Reino Unido, 2002, 105 minutos

Federico Fellini: Soy un gran mentiroso (2002)
de Damian Pettigrew


Llamarse mentiroso a uno mismo, especialmente si el que lo dice es cineasta y aun de los mejores del mundo, demuestra un conocimiento preciso y profundo de la profesión. Porque, en esencia, fingir es básicamente lo que hace un señor que, sistemáticamente, no sólo dobla la voz de sus actores, sino que los trata como marionetas para luego añadir, cortar y manipular a su antojo en la sala de montaje.

El documental Je suis un grand menteur, del canadiense Damian Pettigrew, contiene reflexiones en primera persona del propio Federico Fellini, fruto de una larga entrevista concedida apenas un año antes de su fallecimiento. Un testimonio impagable en el que el director italiano comienza por admitir que, cuando rueda una película, se adueña de su mente otro yo que no es él, sino un desconocido que vierte en la pantalla las obsesiones de su más profundo inconsciente.

Donald Sutherland (Casanova) durante una sesión de maquillaje


Sorprende escuchar en boca del "homenajeado" que él jamás ha tenido problemas con los actores que han trabajado a sus órdenes para, acto seguido, oír a Donald Sutherland, quien actuó en Il Casanova (1976), describiéndolo poco menos que como un peligroso psicópata. O los peculiares recuerdos de Terence Stamp a propósito del rodaje del segmento "Toby Dammit" de Historias extraordinarias (1968), según el cual, Fellini era un personaje estrafalario y anárquico, incapaz de darle indicaciones precisas sobre cómo interpretar su personaje.

De hecho, viéndolo moverse por el plató durante la filmación de algunos de sus títulos más célebres (Amarcord, Satyricon...) salta enseguida a la vista la personalidad desbordante de un hombre tan minucioso como acuciado por abundantes complejos. A fin de cuentas, ¿no lo fueron también Hitchcock, Welles o Kubrick? El siempre histriónico Roberto Benigni lo define a la perfección cuando pone el ejemplo de que podía gustarle cómo cae una gota de agua, pero no el sonido de ésta al chocar contra el suelo. Miserias y grandezas de un genio. Alguien capaz de comparar el rodaje con una especie de ceremonia (y en eso coincide con nuestro José María Nunes, para quien el cine era una misa) y, acto seguido, afirmar que si sus películas se han acabado realizando es sólo por haber firmado un contrato y recibido a cambio un anticipo que no quiere devolver. Embustero, ¡quién sabe! Pero contradictorio desde luego que lo fue. Y mucho.


jueves, 23 de julio de 2015

Coffee and Cigarettes (2003)




Director: Jim Jarmusch
EE.UU./Japón/Italia, 2003, 95 minutos

Coffee and Cigarettes (2003) de Jim Jarmusch


Las once historias que conforman Coffee and Cigarettes (2003) no solo tienen el tabaco y el café como denominador común (como es lógico) sino también el hecho de que los actores se interpretan a sí mismos. Además, ya señaló Jim Jarmusch que había decidido filmarlas en blanco y negro porque esos son los colores, respectivamente, de los cigarrillos y de la infusión.

Otro nexo de unión es la comicidad de todas ellas, a menudo rozando el absurdo. Es el caso, por ejemplo, del segmento titulado "Jack le enseña a Meg su bobina Tesla", en el que Jack y Meg White (del grupo de rock The White Stripes) un poco más y se electrocutan bajo el pretexto de que "la tierra es un conductor de la resonancia acústica" (frase atribuida al inventor de origen serbio).

Destacan, igualmente, por lo ingenioso de sus planteamientos "Primas", en el que Cate Blanchett se desdobla en dos personajes distintos que comparten pantalla, y "¿Primos?", en el que Alfred Molina revela al también actor Steve Coogan que son parientes muy lejanos. Lo curioso del caso es que las evasivas del segundo acabarán convirtiéndose en súplicas cuando descubra que Molina es amigo de Spike Jonze.

En un principio, Coffee and Cigarettes empezó siendo un cortometraje en 1986 (de hecho, es el primer segmento: "Strange to Meet You", con Roberto Benigni y Steven Wright), al que seguirían otras dos versiones, una en 1989 ("Gemelos", protagonizada por los hermanos Joie Lee y Cinqué Lee y Steve Buscemi en el papel del camarero que expone la teoría del hermano mellizo de Elvis, así como unos supuestos comentarios racistas que hizo el rey del Rock & Roll) y otra en 1993 ("Somewhere in California", con la participación de los cantantes Iggy Pop y Tom Waits).


"Somewhere in California": Iggy Pop y Tom Waits
"Jack le enseña a Meg su bobina Tesla": con el retrato de Lee Marvin
"Cousins": Cate Blanchett en el doble papel de Cate / Shelly
"¿Primos?": Alfred Molina y Steve Coogan