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martes, 21 de abril de 2026

Fin de curso (1943)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1943, 91 minutos

Fin de curso (1943) de Iquino


Curioso intento de comedia musical por parte del prolífico Iquino (con banda sonora, por cierto, de su propio padre, Ramón Ferrés), rodada en la Barcelona de principios de los cuarenta, es decir, apenas transcurridos cuatro años tras la finalización de la contienda civil. Cine de evasión, por tanto, a propósito de una residencia universitaria cuyos jóvenes huéspedes cantan, estudian (muy poco) y sobre todo se enamoran. Ni que decir tiene que, pese al blanco y negro, todo es de color de rosa...

La reciente restauración, por parte de la Filmoteca de Catalunya, a que ha sido sometida la cinta le devuelve parte de su esplendor y gracejo original, sacando a la luz unos magníficos exteriores de la Universidad Central y sus aledaños, así como del parque de atracciones del Tibidabo, popular enclave en el que transcurre el tramo final de una película que invitaba al espectador de la época a mirar hacia el futuro con optimismo, aunque no tuviese demasiados motivos para ello.



Aparte del típico enredo en la susodicha residencia, donde la afable señora Loreto cuida de los alumnos internos como si fuesen sus propios hijos (no en vano, perdió al suyo, presumiblemente, en la guerra), Fin de curso (1943) posee además un innegable valor documental, sobre todo por la insólita secuencia, ambientada en un antro ligeramente bohemio y mundano (cuyas paredes aparecen adornadas con frases del tipo "La poesía es el lenguaje de los dioses"), en la que el speaker de la sala presenta a las celebridades que allí se dan cita. Una larga nómina de actores y escritores en la que sobresalen personalidades de la talla de Jardiel Poncela, Pepe Isbert, Guillermo Marín, Raúl Cancio, Adriano Rimoldi, Juan de Orduña, Isabel de Pomés o Fernando Fernán Gómez.

Encabezaba el reparto Luchy Soto, en el papel de Celi, dato inaudito habida cuenta de que las mujeres apenas representaban un ínfimo porcentaje en las aulas universitarias de la España autárquica. Aun así, la joven, de extracción social humilde, tiene tiempo de preparar los exámenes y flirtear, simultáneamente, con su compañero Miguel (Vicente Vega), si bien el protagonismo se lo llevan, la mayor parte de las veces, los secundarios, entre los que destacan Fernando Freyre de Andrade (el adusto don Rodrigo), Ángel de Andrés (el saleroso sevillano Gorito) y sobre todo Mary Santpere, quien demuestra aquí, haciendo de doncella deslenguada, una vis cómica, física y verbal, que ya anunciaba su estatus de leyenda.



viernes, 19 de febrero de 2021

Patrimonio nacional (1981)




Director: Luis García Berlanga
España, 1981, 112 minutos

Patrimonio nacional (1981) de Berlanga


La trilogía dedicada a los Leguineche supuso la culminación de la trayectoria artística de un Berlanga que, tras el éxito alcanzado con La escopeta nacional (1978), decide sacarle partido a esta familia de linajudos venidos a menos. Auspiciada de nuevo por el productor Alfredo Matas y coescrita junto a su inseparable Rafael Azcona, Patrimonio nacional (1981) situaba a los protagonistas en el contexto de la restauración de la monarquía, razón que los lleva a trasladarse a Madrid con la esperanza puesta en introducirse en los círculos de confianza del rey.

Sin embargo, lo que encuentran a su llegada a la capital es un ruinoso palacete (el de Linares, en pleno centro, junto a la fuente de la Cibeles) cuya irascible moradora, la condesa a la que da vida Mary Santpere, los recibe destempladamente para terminar echándolos a escopetazo limpio.



Los prolijos planos secuencia marca de la casa, lo mismo que el carácter coral tan típico de la puesta en escena berlanguiana, dan como resultado un filme de apariencia embrollada, casi caótico en muchos momentos. Con una obsesión erotómana que aflora continuamente en los diálogos, en especial cada vez que entra en acción el ocioso vástago del marqués (José Luis López Vázquez).

Mientras tanto, el patriarca del clan (Luis Escobar), ridículo y caradura, pasea su decrepitud por la corte hasta llegar a la conclusión de que lo único que puede sacarlos de la bancarrota es convertir su residencia en museo para deleite de turistas japoneses, ávidos de conocer de cerca cómo vive un verdadero aristócrata europeo en vías de extinción.



jueves, 15 de agosto de 2019

¡¡¡A tope!!! (1984)




Director: Ramón Fernández
España, 1984, 89 minutos

¡¡¡A tope!!! (1984) de Ramón Fernández


Impagable documento de época para unos, abominable engendro para otros, ¡¡¡A tope!!! pertenece a esa extraña categoría —tan propia del cine español, por otra parte— de las películas musicales. Que no son bien bien la misma cosa que un musical al uso, sino una especie de videoclip de hora y media en el que la trama (cuando la hay) no es más que relleno entre actuación y actuación.

El momento álgido de este tipo de cintas fue la década de los sesenta, de modo que para 1984, fecha de estreno de ¡¡¡A tope!!!, el género iba ya bastante de capa caída. Y es que la manera de promocionar a los grupos y hasta la forma de consumir música habían cambiado para entonces enormemente. Incluso la propia Movida madrileña ya no era lo que había sido algunos años antes.



En cualquier caso, ¡¡¡A tope!!! depara momentos tan abracadabrantes como ver compartir escenario a Loquillo (con sus Trogloditas), Alaska y Jaime Urrutia de Gabinete, cantando aquello de "Yo para ser feliz quiero un camión". O a los gallegos Golpes Bajos recordándonos que los suyos (y aun los nuestros) eran/son "Malos tiempos para la lírica". Nacha PopDerribos Arias y Aviador Dro quedan más en segundo plano en un elenco cuya presencia estelar (¡interpretan hasta cinco temas!) son los Objetivo Birmania.

Y en cuanto a los amores y desamores de Juanjo "el Zanahorio" y Raquel, poco se puede comentar más allá de las típicas correrías de unos hormonados estudiantes de COU que se pasan el día circulando en ciclomotor, yendo a guateques/conciertos o tomándole el pelo a don Braulio (alias "don Capullo") con la complicidad de Rafaela (Aparicio). Situaciones más propias de posteriores series televisivas como Al salir de clase o Compañeros. De hecho, el propio Tito (Ramón) Fernández acabaría su carrera dirigiendo la primera temporada de Cuéntame cómo pasó.

Natalia... Sí, es Cristina Torres: la Desi de Verano azul

domingo, 24 de junio de 2018

La batalla del domingo (1963)




Director: Luis Marquina
España, 1963, 99 minutos

La batalla del domingo (1963) de Luis Marquina


Más que una película, La batalla del domingo fue un publirreportaje, un panegírico narrado por Matías Prats que hoy sólo sería posible como especial televisivo (y aun ni eso). Se trata de un formato típico de una época en la que la política oficial del Régimen podría resumirse bajo el lema "pan y fútbol" y cuyo ídolo indiscutible, Alfredo Di Stéfano, capitaneaba el buque insignia madridista a lo largo y ancho del solar patrio e incluso del europeo, adonde el equipo blanco se paseaba ganando las copas por docenas.

Para 1963, sin embargo, la saeta rubia era ya un delantero en horas bajas y su traspaso al Espanyol de Barcelona no tardaría mucho en llegar. Es por ello que el filme desprende una cierta aura de despedida, sobre todo cuando, en la primera y en la última escenas, el jugador contempla las gradas vacías del Santiago Bernabéu.



No puede decirse que Di Stéfano poseyera unas grandes dotes interpretativas: lo suyo era el balón y así queda claro desde el minuto uno. En su lugar, y dadas las carencias expresivas del protagonista, son el resto de intérpretes quienes llevan la iniciativa en una serie de situaciones, a cuál más estrambótica, para repasar su trayectoria en clave humorística. Antonio Garisa, por ejemplo, será Mister Thompson, un productor cinematográfico claramente inspirado en la figura del mítico Samuel Bronston y empeñado en llevar a la pantalla la vida del futbolista. Y Mary Santpere, que en Once pares de botas era una criada que escuchaba tras las puertas, comenzará siendo la guionista de la futura superproducción para terminar encandilada por las costumbres españolas y su gastronomía (incluido el aceite de oliva, que antes aborrecía).

Y como el argumento era un mero pretexto para que el hispanoargentino luciese en todo su esplendor, los secundarios irán desfilando hasta completar los casi cien minutos de metraje. Aparte de los arriba mencionados, cabe destacar la presencia de Ismael Merlo haciendo de gánster, Manolo Gómez Bur como mánager del jugador, Félix Fernández encarnando al viejo conserje del estadio y un largo etcétera que incluye a Agustín González, Manuel Alexandre, Queta Claver, Ángel de Andrés o la venerable Isabel Garcés.

Junto a doña Aurorita (Isabel Garcés)

sábado, 23 de junio de 2018

Once pares de botas (1954)




Director: Francisco Rovira Beleta
España, 1954, 96 minutos

Once pares de botas (1954)
de Rovira Beleta


Decir Once pares de botas suena tan contundente como decir once pares de "narices" o algo todavía más fuerte. Que los eventos futbolísticos suelen ir acompañados de altas dosis de testosterona. Sabedor seguramente de ello, Rovira Beleta quiso darle a esta película un cierto toque femenino haciendo que parte del protagonismo dependiese de dos mujeres y una farola...

Efectivamente, las mujeres fueron Mari Carmen Pardo, que interpreta a la hija de un directivo y Elisa Montés, quien encarna a una intrépida reportera. Y en cuanto a la farola cuya voz en off narra la película (aquí Rovira Beleta quiso, sin duda, superar la proeza de Billy Wilder en Sunset Boulevard donde esa misma labor le correspondía a un cadáver flotando en una piscina) se trata, ni más ni menos, que de la monumental pieza art déco ubicada al principio de la Rambla de Canaletes.



Aun así, y al margen de su innegable tono festivo, si por algo llama hoy en día la atención un filme de tales características no es tanto por ver a los ases del esférico de aquel lejano 1954, sino por los roles tan marcadamente machistas de una sociedad en la que ellas estaban prácticamente predestinadas a llevar una existencia sumisa a la sombra del varón. Por eso tiene tanto mérito que Rovira Beleta ridiculizase dicha situación en la escena en la que un avasallador y bastante pueril Manolo Morán (acérrimo hincha del imaginario Hispania Club de Fútbol) apremia a su abnegada esposa para que le sirva la comida porque no quiere llegar tarde al partido.

Y en cuanto al argumento, y a pesar de que, en principio, no parece ser lo primordial en una cinta que usaba como reclamo a figuras de la talla de Ramallets, Aldecoa, Samitier e incluso Di Stéfano y Kubala, sí que resulta destacable el hecho de que el equipo de guionistas no quisiera dejarse en el tintero aspectos menos agradables como la compra de partidos (con un par de futbolistas que se dejan untar por el rival) o las estrecheces económicas de quienes un día fueron estrellas (caso de Martín), así como el vínculo entre deporte, religión y prácticas supersticiosas, tal y como queda patente cuando el párroco don Roque (Pepe Isbert) recomienda a su monaguillo que le ponga una vela a San Isidro si marca la selección española o a Santa Rita, patrona de los imposibles, en caso de que lo hiciera el equipo contrario.

José Suárez en el papel de Ariza

jueves, 21 de diciembre de 2017

El vicari d'Olot (1981)




Título en español: El vicario de Olot
Director: Ventura Pons
España, 1981, 96 minutos

El vicari d'Olot (1981) de Ventura Pons


Es curioso hasta qué punto, en algunas ocasiones, el simple paso del tiempo es capaz de convertir lo que nació como iconoclasta gamberrada en inocente comedia de costumbres. Lo cual viene a demostrar que ni había para tanto, cuando algunos se escandalizaban poniendo el grito en el cielo, ni determinados preceptos, aparentemente verdades inamovibles, eran en realidad para toda la vida.

El vicari d'Olot, primer largometraje de ficción dirigido por Ventura Pons, responde a la perfección a dicha premisa. Quizá menos rompedora que el retrato intermitente que hiciese del célebre Ocaña tres años antes (Ocaña, retrat intermitent [1978]), sus personajes componen, sin embargo, un reparto coral bastante representativo de lo que podían ser por aquel entonces las fuerzas vivas en una capital de comarca de la Catalunya interior. Un microcosmos en el que aún tiene un peso notable el legado del antiguo régimen, pero al que van a llegar nuevos aires, primero en forma de atractivo párroco que solivianta las calenturientas fantasías de algunas feligresas (caso de las señoronas interpretadas por las cantantes Marina Rossell y Núria Feliu) e, inmediatamente después, por una marea de travestis, gais y mujeres de la vida procedentes de la barcelonesa calle de las Tapias que, convocada por la Ramoneta (Rosa Maria Sardà), acude al lugar en protesta contra el reaccionario Congreso de Sexología Católica.

Pere Tàpias frente a una curiosa pintada

Claro que no todos vienen de fuera: algunos, como el farmacéutico de la población (Fernando Guillén), llevan una doble vida a la espera de que la sociedad acepte su condición sexual. Cosa que no tardará en llegar, a la vista del comentario que deja ir la joven Berta (Cristina Álvarez) cuando sus mayores desprecian abiertamente a los manifestantes congregados en la Plaza Mayor:

-¡No son hombres ni mujeres ni nada! ¡No tienen dignidad ni decencia! 
-¡Son divertidos! Es como si el teatro saliera a la calle. ¡Son muy majos!

El teatro... o las Ramblas, casi nos atreveríamos a decir (las Ramblas de entonces, por supuesto). En cualquier caso, lo demás es enredo: un enredo amable, si se quiere, que ponía al descubierto mucha hipocresía y falsa moral. Y todo ello gracias a la ayuda desinteresada de muchos artistas del momento, desde Maria Aurèlia Capmany o Pere Tàpias hasta Quico Pi de la Serra o Guillermina Motta, pasando por Mary Santpere, Montserrat Carulla o la mismísima Anna Lizaran.

Rosa Maria Sardà (Ramoneta) y Rosa Novell

martes, 28 de noviembre de 2017

¡Bruja, más que bruja! (1977)




Director: Fernando Fernán Gómez
España, 1977, 88 minutos

¡Bruja, más que bruja! (1977)


Atípica ya desde su título, en una película como ¡Bruja, más que bruja! se dan cita diversos elementos de la tradición hispánica. Posee, en primer lugar, aspecto de drama rural, aunque pasado por el tamiz de la zarzuela bufa. Su trama esperpéntica parece salida del caletre de un Valle-Inclán y la Tía Larga que compone Mary Santpere tiene visos de Celestina. El suyo, si está permitido decirlo, es un realismo paródico.

Por supuesto que muy pocos la entendieron en el momento de su estreno, probablemente porque en 1977 se esperaba que la historia de un casi parricidio fuese contada desde la óptica sombría utilizada un año antes por Ricardo Franco en el Pascual Duarte. Y esos paletos aburrangados de boina calada hasta el entrecejo no se concebían fuera del cine popular de entretenimiento de, por ejemplo, Pajares y Esteso. En ese sentido, ¡Bruja, más que bruja! pecaba de quedarse en tierra de nadie, adoptando una solución intermedia que difícilmente podía satisfacer a un público polarizado entre el compromiso político y el destape.

Mary Santpere (la Tía Larga)

De modo que se hacía necesario relanzarla, tal y como sucedería en julio del 2016. Vista cuarenta años después de ser rodada, la obra de Fernán Gómez se nos aparece como un engendro brutal y delicioso. Un musical en las antípodas del género tal y como se cultivaba en el Hollywood clásico, con música de Carmelo Bernaola y libreto de Pedro Beltrán y el propio director que deja bien a las claras la brutalidad de la España profunda. Como cuando Juan (Paco Algora) canta henchido de júbilo aquello de: 

¡Qué alegría, qué alegría, 
el saber que mi tío se moría! 
Cuando muera mi tío, 
tendré un gran porvenir, 
y si el hombre está grave, 
¿por qué no ha de morir? 
Cuando muera mi tío, 
¡ay qué rico he de ser!, 
entre tierras y casas 
y tendré a su mujer, 
y dineros y lujos 
y cuanto es menester.


sábado, 28 de octubre de 2017

Audiencia pública (1946)




Director: Florián Rey
España, 1946, 87 minutos

Audiencia pública (1946) de Florián Rey


Una forma de interpretar bastante alejada de los usos actuales, confiere a Audiencia pública aquel toque teatral tan falto de credibilidad del cine español de los años cuarenta. Y, sin embargo, Florián Rey procuró en todo momento que su película tuviese un aire extranjerizante. No sólo porque la acción se sitúa en una imprecisa nación del continente europeo, sino sobre todo porque determinados ambientes arrabaleros, como el tugurio en el que acaba la descarriada Ellen (Mary Delgado), recuerdan un tanto al cine de Marcel Carné.

Por lo demás, tanto la historia folletinesca a base de estupro de doncellas, niños entregados a la inclusa y desavenencias conyugales fruto de una maternidad frustrada carecerían de mayor interés si no fuese porque va engarzada en la típica contienda judicial con jurado incluido. Algo insólito en el cine patrio de aquel momento y que enlaza con un modelo de clara inspiración hollywoodense.

Ellen (Mary Delgado) y Raúl (Alfredo Mayo)

De modo que mientras la audiencia pública que da título a la película tiene lugar en el presente, los hechos juzgados se irán trayendo a colación conforme los testigos sean llamados al estrado para declarar ante el vehemente defensor (José Nieto) y el fiscal (Ramón Martori, célebre actor catalán de doblaje, por cierto).

Lo malo del caso es que tantas deliberaciones culminan, conforme a la moral imperante en 1946, en un veredicto que al espectador de hoy día se le antojará absolutamente demencial, en tanto que criminaliza a Ellen sólo por haber sido una pobre madre soltera y premia a los pudientes Holbein (Paola Barbara y Raúl Cancio) pese a haber cometido una adopción fraudulenta.

Mary (Paola Barbara) y el niño Guillermito

viernes, 27 de octubre de 2017

Aspectos y personajes de Barcelona (1964)




Director: Carles Barba
España, 1964, 25 minutos



Coincidiendo con la celebración del Día Mundial del Patrimonio Audiovisual, la Filmoteca de Catalunya brindaba esta tarde un caluroso homenaje al cineasta amateur Carles Barba (Terrassa, 1923), quien, a sus 94 años de edad, sigue aún en activo. Arropado por gran cantidad de familiares y amigos (entre otros David Carabén, cantante de Mishima), el acto ha contado con la moderación de Iolanda Ribas, del Centro de Conservación y Restauración de la cineteca catalana, entidad depositaria del extenso legado del realizador, y del periodista Toni Vall, quien, en la posterior mesa redonda, elogiaba la habilidad del homenajeado para captar con su cámara la esencia de un mundo que, desgraciadamente, ya no existe.

Rodada a pie de calle, como la mayor parte de la producción de Barba, Aspectos y personajes de Barcelona (1964) constituye un auténtico documento histórico que destaca por el colorido de sus imágenes. Un colorido que, sin embargo, contrasta vivamente con la inflexión enfática que el propio autor otorga a sus palabras en off. Porque Carles Barba, hombre ideológicamente moderado en cuya juventud llegó a militar en la Falange (más por inercia que por puro convencimiento, todo hay que decirlo), hace gala de una inusual ironía que le lleva a alternar secuencias protagonizadas por las más altas instancias del poder con otras en las que intervienen los seres más variopintos del lumpemproletariado barcelonés: de la Marquesa de Villaverde a los transformistas de la Bodega Bohemia, de los desfiles militares a las míseras profundidades del Barrio Chino, de Pedralbes al Somorrostro... La galería de personalidades y eventos retratada por Barba arrojan la impronta de una Barcelona muy anterior al boom turístico; tal vez más cutre, sí, pero seguro que más auténtica.


viernes, 21 de julio de 2017

Boda accidentada (1943)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1943, 64 minutos

Boda accidentada (1943) de Iquino


Humor blanco para un presente muy negro. Iquino lo tenía claro: el suyo debía ser un cine de evasión, sin mayor objetivo que el de hacer pasar un buen rato al espectador. Por lo menos ésa es la fórmula reconocible en las muchas comedias que rodó en los años cuarenta, generalmente con el auxilio de la misma troupe de actores: Mercedes Vecino y Luis Prendes como protagonistas; Mary Santpere y Paco Martínez Soria como secundarios bufonescos. Y ¿quién iba a ver estas películas? Pues probablemente los mismos que llenaban los teatros del Paralelo barcelonés. Su tono de enredo amable y los cuantiosos números musicales que contienen así lo indican.

Boda accidentada (1943) responde a esos mismos parámetros. Poco importa lo endeble de su argumento ni cuán previsible pueda llegar a ser. Como las demás producciones en serie de la factoría Iquino, fue rodada pensando en un tipo de espectador que lo único que exigía era que lo distrajeran un rato. Desde el minuto uno está clarísimo que Ketty (Mercedes Vecino) se acabará casando con el ocurrente Nico (Luis Prendes) y no con el meapilas de Cándido (Pedro Mascaró), que por algo se llama así. Todo eso es lo de menos: lo compensan los disparates del sabio despistado que interpreta Martínez Soria, quizá excesivo para los gustos de hoy pero seguramente desternillante para la audiencia de aquel entonces.

Paco Martínez Soria como Profesor despistado


Otro punto a tener en cuenta es el mundo reflejado en Boda accidentada: personajes de alta alcurnia, acaudalados hombres de negocios y hasta algún general. Todo lo contrario de lo que sucedía al otro lado de la pantalla: el empobrecido público de la posguerra tenía de este modo la oportunidad de olvidar durante un rato las penurias de la España autárquica. Aunque el hotel de lujo en el que transcurre la acción no fuese más que un decorado de los Estudios Lepanto. Es igual: daba el pego igualmente.

Una comedia, por último, ideológicamente "neutra" (según el criterio imperante en 1943, se entiende). Porque si analizamos la en apariencia candidez de Boda accidentada a la luz de los valores actuales no superaría la prueba del algodón ni de coña: el matrimonio como única meta en la vida (sobre todo para la mujer), una sociedad tremendamente clasista y superficial, cuya máxima ambición es llegar a formar parte de la plutocracia dominante para disfrute de una existencia despreocupada en cócteles y puestas de largo... son sólo algunos de los estereotipos con los que toparán quienes se atrevan a verla a día de hoy.

Mary Santpere como esposa extranjera del Profesor

sábado, 11 de marzo de 2017

Ángela es así (1945)




Director: Ramón Quadreny
España, 1945, 71 minutos

Ángela es así (1945) de Ramón Quadreny


Con un aire innegable de revista del Paralelo, Ángela es así fue una de aquellas comedias de los años cuarenta, rodadas en cadena en los estudios Trilla Orfea de Barcelona bajo la égida de Iquino o (como es el caso) del productor Aureliano Campa y el director Ramón Quadreny, e invariablemente protagonizadas por Josita Hernán y secundarios del estilo de Paco Martínez Soria (ausente del reparto en esta ocasión), Mary Santpere o el histriónico Fernando Freyre de Andrade.

Poco se puede decir de su típico argumento de enredo más que fue escrito conjuntamente por Joaquín Abati y Carlos Arniches, algo de lo que dan fe unos diálogos afilados y repletos de chistes (unos más afortunados que otros). También se incluye, como no podía ser menos, un par de canciones. Es especialmente llamativa, dadas sus alusiones cinematográficas, la que canta el personaje de Mary (interpretado por Gema del Río) y cuya letra, que no tiene desperdicio, dice así:

Si fuese Claudette Colbert 
o la Hedy Lamarr
tendría la voz ronca 
de tanto fumar.

Si fuese Greta Garbo 
o la Marlene Dietrich 
sería vampiresa 
de mucho postín...

Y todo para acabar apostillando: "Si algún día yo me caso, he de hacerlo con un hombre de mucho parné. No me importa que me llamen vampiresa de ocasión. Sólo anhelo que me compren una casa con ascensor."

Gema del Río (Mary) en plena actuación


Vemos, por consiguiente, de qué pie calzan las "amistades" de las que se rodea el soltero de oro Gonzalo Rivera (Fernando Fernández de Córdoba): mujeres frívolas que únicamente codician su fortuna o galancetes de medio pelo como Manolo (un jovencísimo Jorge Mistral en la que apenas era su segunda película). De modo que tendrá que venir desde el internado de Suiza la vivaracha Ángela para meter en vereda al díscolo de su tío. Un torbellino de muchacha aparentemente todo simpatía y extraversión, pero que no deja de ser la píldora moralizante que justificaba semejante planteamiento.

Al mismo tiempo, y en paralelo a la historia de sus señores, también acabarán enamorándose el mayordomo Baldomero y la fámula doña Cloefé. O sea: la Santpere y Freyre de Andrade haciendo de las suyas. La primera como criada vascuence que habla perfectamente el francés, pero no así el castellano (lengua que le plantea algún que otro problema); el segundo, en su típico papel de sirviente fiel aunque atolondrado.

Ni es la bruja de El Mago de Oz ni tampoco una amish: es Mary Santpere

martes, 3 de enero de 2017

El hincha (1958)




Director: José María Elorrieta
España, 1958, 73 minutos

El hincha (1958) de J.Mª Elorrieta


Que el deporte rey recibe ese nombre porque mueve pasiones queda más que claro en El hincha, amable comedia dirigida por José María Elorrieta a finales de los años cincuenta y protagonizada por Ángel de Andrés. 

Nicolás vive las veinticuatro horas del día por y para el fútbol, prestando atención especial al Centella, equipo de sus amores y rival acérrimo de la Unión, y a la peña de aficionados La Madrileña. A tal punto llega su obsesión balompédica que en la oficina está más pendiente de comentar con los compañeros las jugadas polémicas que no de atender al público. Como consecuencia, tanto él como don Gregorio, su inmediato superior (Antonio Riquelme), son despedidos. El resto de la trama consistirá en cómo se las ingenian el bueno de Nicolás y sus amigotes para poder costearse el viaje a Sevilla, donde el Centella debe disputar el próximo partido.

"¡Centella, Centella! ¡Ra-ra-rá!"

Al margen de que el guion pueda parecer previsible e independientemente de lo planos que son los personajes, el paso del tiempo ha jugado a favor de una película que muestra la vertiente entrañable del fútbol mucho antes de que se convirtiera en fenómeno mediático y nido de horteras tatuados. En ese sentido, El hincha sale sin duda ganando en la comparación, con su humor blanco y el ambiente sano que se respira entre los forofos.

Es, por otra parte, bastante ingenioso el prólogo que encabeza el filme, con la "retransmisión" incluida de un hipotético partido prehistórico entre trogloditas. Lo cual, unido al personaje de doña Amalia, la suegra de Nicolás (interpretada por Mary Santpere), contribuye a subrayar el carácter caricaturesco de una cinta concebida como si de un tebeo se tratase. Sus personajes, carentes por completo de cualquier tipo de inquietud intelectual, son felices única y exclusivamente con la fidelidad a los colores de su equipo. Algo que, por otra parte, resultaba enormemente hábil a la hora de evitar problemas con la censura, ya que se puede extraer entrelíneas, si se quiere, una cierta lectura crítica de El hincha, aunque, al mismo tiempo, la realidad es que la imagen que proyectaba de los españoles y de su obcecada afición por el fútbol es la que le convenía al régimen de Franco.

En la Edad de piedra ya se practicaba el futbo-litos

lunes, 25 de julio de 2016

Botón de ancla (1948)




Director: Ramón Torrado
España, 1948, 100 minutos

Botón de ancla (1948) de Ramón Torrado


Melindroso y más que rancio producto concebido con el único objetivo de despertar vocaciones que quisieran incorporarse a la marina de guerra del ejército franquista. Contó para ello con la colaboración del trío de galanes formado por Antonio Casal (José Luis), Jorge Mistral (Carlos) y Fernando Fernán Gómez (Enrique). A los que se suma la belleza de Isabel de Pomés (María Rosa) y la vis cómica de Mary Santpere, María Isbert y Xan das Bolas en el papel de Trinquete.

Las carantoñas, juramentos fraternales, hazañas, novatadas, líos de faldas y demás monerías de la trinca protagonista no son, pues, más que el anzuelo para que los espectadores de aquel entonces se hiciesen una imagen de lo más entrañable acerca de la Escuela Naval Militar de Marín (Pontevedra, Galicia). Y no debió de irles del todo mal, habida cuenta de los remakes que en 1961 y 1974 se llevaron a cabo de la película.




lunes, 13 de junio de 2016

Vida en sombras (1949)




Director: Llorenç Llobet Gràcia
España, 1948, 74 minutos

Vida en sombras (1949)
de Llorenç Llobet Gràcia

El cine, de mero espectáculo, ha pasado a ser arte, ya que han sido superados los tanteos iniciales, y lo que nació como simple curiosidad científica tiene actualmente una estética...

El caso de Llobet Gràcia es paradigmático del de tantos cineastas malditos del cine español a los que la incomprensión de sus coetáneos o la censura (cuando no ambos) les sellaron el paso condenándolos a lustros de olvido. Es, por otra parte, la historia de un cinéfilo de Sabadell que, habiendo puesto todo su empeño en el cine, no lograría el reconocimiento a su entusiasta labor sino hasta varios años después de su muerte.

Dado lo atrevido del planteamiento, tanto a nivel formal como de contenido, Vida en sombras fue objeto de no pocos reproches: por hacer referencia, en pleno franquismo, a los sectores de la izquierda republicana; por situar la acción en Barcelona, incluyendo algunas frases en catalán; por incorporar escenas de filmes ajenos (Rebeca de Hitchcock, Romeo y Julieta de George Cukor, cortos de Chaplin...); por sus continuas referencias cinéfilas (tanto nacionales como extranjeras)...

Puede decirse, sin temor a exagerar, que Vida en sombras, su única cinta, es un filme autobiográfico al que los avatares de su compleja trayectoria han hecho merecedor del calificativo de película de culto. Arranca la acción a finales del XIX y su protagonista, Carlos Durán (Fernando Fernán Gómez) nace a la par que el cinematógrafo: de hecho, su madre da a luz en un barracón en el que se están proyectando cortometrajes de los hermanos Lumière. He ahí una de las constantes del guion: el paralelismo entre los acontecimientos históricos/cinematográficos y la vida del personaje central. De modo que irán desfilando por la pantalla no sólo la Primera guerra mundial, el advenimiento de la segunda República, la Guerra civil y demás episodios relevantes de la historia de España sino también la irrupción del sonoro o del color, al mismo tiempo que veremos crecer a Carlos y, en él, la pasión por el cine.

Al fondo, silueta de un zoopraxiscopio. En primer plano,
 Carlos escribe a máquina el texto que precede a esta entrada

De hecho, ese discurrir en paralelo al que aludíamos más arriba se da igualmente entre las situaciones que vive Carlos y las películas que ve: tanto es así que la relación Carlos-Ana coincide plenamente con la que vive Laurence Olivier respecto a su difunta esposa en Rebeca (obsérvese, por otra parte, el intencionado parecido físico entre Fernán Gómez y el actor inglés). Y en cuanto a la versión del drama de Shakespeare tampoco es casualidad que Carlos y Clara se enamoren viendo precisamente este filme (en el cine Coliseum de Barcelona, para ser exactos).

Aunque, sobre todo, el problema de base que explicaría su fracaso inicial es que Llobet Gràcia pretendía un imposible: filmar el amor al cine. Por muy intenso que sea dicho sentimiento al final resulta que, como todos los sentimientos, no es plausible plasmarlo en imágenes: como mucho podremos mostrar a un señor muy serio que se mueve a pasos de tortuga por el plató. La procesión va por dentro y eso no hay cineasta que lo capte. De todos modos, el galanteo que Carlos comparte primero con Ana (María Dolores Pradera, entonces esposa de Fernán Gómez en la vida real) y después con Clara (Isabel de Pomés) viene a compensar su amor imposible con la cámara que, perpetuamente en ristre, lleva siempre a cuestas. Algo así como lo que le ocurre al personaje interpretado por Eusebio Poncela en Arrebato (1979) de Iván Zulueta, otro cinéfilo fagocitado por el frenesí de su propia pasión.


lunes, 7 de diciembre de 2015

Un enredo de familia (1943)




Director: Ignacio F. Iquino
España, 1943, 64 minutos

Un enredo de familia (1943) de Iquino


Cuatro mellizos, dos suegras y unos prismáticos: así estaba previsto que se titulase esta disparatada comedia de equívocos. Iquino, siempre atento a los gustos del público, pretendía ofrecer una película que aunase a un tiempo el surrealismo del humor de los hermanos Marx con el cine musical tan en boga en Hollywood.

El argumento que él y Francisco Prada idearon no podía ser más estrambótico: los Tontescos y los Capitetos, dos familias de inveterada rivalidad, ven, sin embargo, como sus respectivos vástagos (Catalina y Torcuato) se enamoran y deciden casarse. Habiendo tenido dos varones gemelos y, seis años más tarde, una pareja de mellizas, el matrimonio muere trágicamente como consecuencia de un duelo y los hermanos quedarán a cargo de sus familias: un chico y una chica irán a parar a Méjico y la otra parejita se quedará en Barcelona.

Cuando, ya adultos, regresen de América, se producirán no pocas confusiones, especialmente por parte de los cónyuges de los hermanos que se quedaron aquí: unos jovencísimos Mary Santpere (Paz) y Paco Martínez Soria (Samuel). Y no es para menos, teniendo en cuenta que Mercedes Vecino y Antonio Murillo interpretaban cuatro caracterizaciones distintas cada uno: abuela de Catalina, Catalina Tontesco, la severa mujer telegrama Catalina (presidenta del Club de las pocas palabras) y la americana Dorita; abuelo de Torcuato, el bigotudo Torcuato Capiteto, el doctor Torcuato ("médico nada más que de niños", porque la belicosa Paz no le permite atender a mujeres) y el americano Juanito.



Otro de los aspectos notables del filme es ese prólogo que arranca en 1907 y que, al estilo del cine mudo, se vale de carteles para situar la acción:

Espectador: Esta es la historia de Capitetos y Tontescos, nobles familias separadas por un odio secular, cuyos primogénitos se amaron locamente, no llegando a alcanzar la dicha por culpa del adverso y cruel Destino.

Y para conseguir este ritmo frenético, la música juega un papel importantísimo. A la banda sonora de Martín Montserrat Guillemat 'Serramont' hay que añadir, pues, las diferentes actuaciones musicales que se van sucediendo, de entre las que destaca en especial la de José Azarola, más conocido como 'El pianista relámpago' a causa de su endiablado virtuosismo, acompañado por unos improvisados pasos de claqué de Niceto (José Jaspe) el negro portero cubano (de cara pintada).

Azarola, el pianista relámpago


Puede que los dos clanes enfrentados en Un enredo de familia no fueran tan sofisticados como los Montescos y los Capuletos de Shakespeare ni Catalina ni Torcuato son Romeo y Julieta (ni están en la Italia Medieval...), pero de lo que no cabe duda es de que hicieron desternillarse al público de la posguerra (que no eran ni tontos ni catetos) y solo por eso ya vale la pena que guardemos un recuerdo entrañable de pequeñas grandes películas como esta.


lunes, 22 de junio de 2015

Los cuatro robinsones (1939)




Director: Eduardo García Maroto
España, 1939, 98 minutos

Los cuatro robinsones (1939)


Pedro Muñoz Seca y Enrique García Álvarez habían escrito la astracanada homónima que ya se llevó al cine en 1926. En esta ocasión, además de la ya conocida historia de los cuatro amigos que fingen un crucero para librarse de sus aburridas esposas, pero que finalmente acaban de náufragos en una isla desierta, se incluyen diversos números musicales, algunos de ellos de contenido folclórico. 

En la primera de las mencionadas actuaciones, destaca el uso del plano cenital, a lo Busby Berkeley, para filmar el viraje de una bailaora flamenca sobre unas figuras geométricas en el suelo. Pese a todo, el modelo confeso de García Maroto era el director francés Réné Clair, de quien toma la idea de mezclar comedia, música y baile.

Disfrazados de chinos


De entre los actores, los más relevantes son Alberto Romea en el papel de padre serio de la chica, Mary Santpere y, en una de sus primeras apariciones, Fernando Rey. En cuanto a las escenas, por lo "exótico" de su trama resulta especialmente simpática la secuencia del cabaret chino. En fin...

Aunque hoy día una película como Los cuatro robinsones (1939) pueda parecer excesivamente ingenua, no hay que olvidar que la guerra civil española acababa de terminar y que, como es lógico, esta era la forma más fácil de evadirse de la triste realidad. En ese sentido, los chistes que se incluyen en los diálogos son de lo más blanco. Como aquel empleado que, preguntado por su jefe qué le parecería ir a la pesca del bonito, responde: "¡Ir a la pesca del bonito debe ser precioso!" O aquel otro que no duda en afirmar: "¡Antes morir que perder la vida!"